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ENCUENTROS CON GENIOS DE LAS LETRAS

Álvaro Cunqueiro, fantástico y sentimental

Par Ramón Chao  |  2 mai 2014     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Periodista y escritor, Ramón Chao es autor de varias novelas inolvidables. Fue también director de Radio France Internationale y corresponsal del semanario Triunfo. A lo largo de esas experiencias conoció a numerosos creadores. En una serie de textos que estamos publicando desde hace más de un año, Ramón Chao va recordando cada mes, para nuestros lectores, algunos de sus encuentros con genios como el escritor gallego Álvaro Cunqueiro (1911-1981), de quien nos habla esta vez.

Al levantarse la veda en la Terra Chá (una choza aquí, otra allá y el resto es soledad), individuos de toda calaña pululaban en busca de patos, perdices, conejos y urogallos indefensos. Sus actividades cruentas con animales me repugnaban. Yo era niño prodigio del piano y seducía a los carniceros tocándoles El lago de Como (una de las piezas más cursis del repertorio pianístico), por ver si los amansaba. Mis padres tenían en Vilalba, capital de esta comarca, una fonda ostentosamente llamada Hotel, célebre en toda Galicia debido al pastelón que cocinaba mi madre, y algo por el genio histriónico de mi padre. Entre decenas de otros, aparecían dos o tres veces al año en el hotel Álvaro Cunqueiro, Celso Emilio Ferreiro, Torrente Ballester y José María Castroviejo. Este gozaba de una reputación deleznable, simplemente porque una noche mi madre lo había sorprendido en calzoncillos al salir del WC, y porque en sus años anarquistas habría colocado una bomba debajo de la silla de su padre, catedrático en la Universidad de Compostela. Antes de saber que se trataba de literatos, estos clientes eran para mí rastreadores insaciables y gorrones.

Álvaro Cunqueiro vivía a treinta y cuatro kilómetros de Vilalba, en Mondoñedo, ciudad “rica en pan, en aguas y en latín”, decía. Xoaquín Cunqueiro, su padre, buen cazador, refinado gastrónomo y alcalde del pueblo, explotaba una farmacia en la que se liaban tertulias de médicos, canónigos y sacamuelas. Esta fue la academia de Alvariño. “Allí aprendí el nombre de todas las hierbas y a distinguir los cantos de pájaros”. También escuchaba lances prodigiosos y cuentos de amoríos, leyendas artúricas, carolingias y viajes alucinantes. Todo eso sin menospreciar la barbería del “pallarego” : “Él fue mi maestro. Me enseñó filosofía, música, geografía y literatura. Iba allí todos los días, a leer el periódico a los clientes. Inventaba la mitad de las noticias y las comentábamos.” El barbero también disponía de tebeos para los niños. Alvariño les contaba la vida de Bufallo Bill, en la que los blancos hablaban castellano y los indios, gallego.

Con veinticuatro años, allá por 1935, Cunqueiro escribió una corta autobiografía en la que detalla que, de niño, “tenía pasión por los caballos y los encajes y que era poco xogantín [socarrón], mentiroso y contemplativo”. Sus pillerías eran tolerables, como cuando en los años 1940 en nombre del Ayuntamiento de Mondoñedo compró un tiovivo de feria, para que los niños se divirtieran en las fiestas de su patrón San Lucas. Nadie llegó a saber cómo se apropió de la chequera del alcalde, su padre, e imitó su firma, pero este pagar pagó.

Cunqueiro venía a menudo a Vilalba con el catalán Josep Pla, pues gustaba de mostrar nuestras reputadas ferias a sus amigos gastrónomos. Mi padre les ayudaba a elegir capones dorados de Tardad y quesos de San Simón, más célebres por sus formas tetudas que por su calidad. Era un espectáculo ver a aquel grandullón mindoniense, hacedor de historias de fantasmas, de tesoros guardados por moros y enanos, de sirenas durmientes en ciudades sumergidas, regateando por cinco pesetas. Yo era demasiado joven para comprender que el escritor estaba transformando en literatura nuestras tradiciones.

La sublevación militar de 1936 le sorprende en Mondoñedo. Al poco se entera de los asesinatos de algunos amigos suyos por obra de los fascistas, como su impresor Ánxel Casal. En vistas de su pasado y militancia en el Partido Galeguista, le entra un lógico temor. Cualquier desliz podía costarle la vida. Así que modera sus veleidades nacionalistas. Un cura de Ortigueira le aconseja que escriba en la revista de la Falange Era azul y salude a lo fascista. Cunqueiro obedece, arrincona el gallego, adopta el castellano, y su meollo pergeña sonetos a José Antonio Primo de Rivera :

“Si por murallas, pasión nunca sabida,/ voces proclaman tu carne como escena,/ ¿qué tu boca sin sed, de tierra llena,/ responde a nuestro amor y enorme vida ?

¿Escucharás siquiera la florida/ rama de encina, por siglos tan serena,/ o el vidrio que derrama en dura pena/ peña sufriendo ríos sin medida ?

Muerte cegó tus ojos y usó el frío/ hierro en tus pies, cadenas destinadas/ a privarte del aire y del rocío.

José Antonio, señor, yacen desesperadas,/ olvido del invierno y del estío,/ las naves mozas por tu canto armadas.”

Más tarde diría : “¡Ah, sí ! ¡Eso sí que es un soneto de ocasión ! ¡Un soneto muy malo ! [...] Me lo pidieron Luis Rosales y Laín Entralgo cuando murió José Antonio. Era un hombre joven muerto por sus ideas y escribí un soneto muy malo, porque nunca se me dio bien el soneto. No tengo por qué avergonzarme. Es algo que haría también por Lord Byron, porque siempre que un joven muere por sus ideas, por lo menos se merece un soneto.”

En 1939, Cunqueiro se afinca en Madrid para escribir en ABC. Disponía de un espacio reservado en el periódico ; y si había que llenar huecos achacables a la censura, allí estaba él para inventar noticias, comentarios y fantásticas repercusiones. Por ejemplo, concibió y publicó la noticia, fechada en Estados Unidos, de que la Universidad de Columbia había otorgado un premio de 20.000 dólares por una novela al escritor Álvaro Cunqueiro. Se fue a ver a todos sus conocidos con el recorte, consiguiendo anticipos a granel.

Podríamos decir de la vastísima cultura de Álvaro Cunqueiro que era casi toda inventada. Su Historia parece anterior a la propia Historia : no un territorio mítico, a lo García Márquez (cosa de una o de varias novelas fundidas en un barroquismo de selva frondosa), sino un espacio idealizado que se obstina en realizarse, y a fuerza de escritura lo consigue. El tiempo en cambio es un artificio innecesario (“La cronología, qué ordinariez”, decía Borges) ; tanto que el propio Cunqueiro unos días es cronista medieval y otros cartujo en una celda o escritor de provincias que sale a pasear, sabe los nombres de las setas y charla de literatura o de filosofía con los perros de su pueblo.

En Madrid tuvo un percance con el embajador de Francia, al que logró embaucar para escribirle (con remuneración previa) una serie de reportajes sobre las regiones francesas, que no conocía. Cunqueiro cobró, y los artículos no aparecieron. Como el diplomático se quejara a las más altas instancias, la Dirección General de Prensa acordó desposeerle del carné profesional. Asqueado de la capital, defraudado por la ideología a la que había dedicado sus peores poemas, regresa a Mondoñedo sumido en una profunda depresión, agravada porque muchos de sus amigos se habían exiliado y otros le ignoraban debido a sus coqueteos falangistas. Casado y padre de dos hijos, se consagra a las leyendas artúricas, a los viajes de Ulises, a las anécdotas de curanderos. Sin camisa azul ni carné de periodista, se dedica a comer y a leer. Vuelve a escribir en gallego, porque lo hablaba con todos en la calle y con los campesinos en las ferias.

Paradojas de la vida, habiendo sido desterrado de su profesión, entre 1965 y 1970, Cunqueiro llega a dirigir el Faro de Vigo. Editados en varios libros, sus artículos son una rara mezcla de cotidianidad y leyenda, con una prosa íntima y llana que parece salida de un medioevo futuro. Escribía yo en La Voz de Galicia cuando fui a visitarlo a Vigo. “Tú vas a ser nuestro corresponsal en París”, me dijo. “Álvaro, ya sabes que colaboro en La Voz”. “¡Me es igual !”. Y desde entonces, cada vez que llegaba una noticia de Francia, él se las arreglaba para añadir : “Como nos informa nuestro corresponsal en París, Ramón Chao...”. Francisco Pillado, director de La Voz, me lo reprochó, pero era tolerante. Después de mi explicación me dijo : “¡Todos sabemos cómo es Cunqueiro !”

Cuando me vine a París perdí de vista a los cazadores, pero oía hablar de ellos, sobre todo de Cunqueiro. Salían sus novelas y lo único que se decía en los medios que yo frecuentaba es que tenía en su haber poemas en loor de la Falange y alguna anécdota picaresca. A mediados de los años 1950 ya había yo leído todo lo que se podía leer en la España de aquella época : La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela, Nada de Carmen Laforet, novelas de Ignacio Aldecoa, de Zunzunegui, de Papini y el Romancero gitano de García Lorca. Sin embargo, si del otro lado de la frontera se quería ser progresista en pocos días, bastaba con bañarse en la obra de Machado (Antonio y no Manuel, el preferido de Borges), de Blas de Otero, lo que escribieran los hermanos Goytisolo ; todo ello en quebranto de lo que fuera literatura de imaginación, en particular de Álvaro Cunqueiro y Torrente Ballester. Pese a ello, víctima de una vertiente del estalinismo, yo seguía con mis prejuicios hasta que vino unos días a París Aurichu Pereira, nada sospechosa de franquismo. “No, Ramón ; tienes que leer a Cunqueiro. Es uno de los mejores escritores del momento”. Me puse a ello, empezando por las Crónicas del sochantre. “Había imaginado −dijo Cunqueiro en su presentación− que este libro fuese iniciado con una carta dedicatoria al que allí, en el siglo XVI, fue obispo de Mondoñedo, Fray Antonio de Guevara. Y no solamente por lo que aprendí en él, aprendí a escribir, sino porque conforme van pasando los años, me encuentro muy fiel a él (como a Borges, por ejemplo) en la invención de erudiciones”.

Quedé deslumbrado. Al fin descubrí el origen del realismo mágico y la presencia del espíritu gallego en Juan Rulfo, en Cien años de soledad… Luego Álvaro Mutis y García Márquez me confirmaron su gusto por la obra de Cunqueiro, así como la influencia del mindoniense en sus obras. La realidad maravillosa, el realismo mágico lo teníamos en Galicia desde hacía años sin que nadie se enterase. Recuerdo que cuando estuve en Aracataca (el Macondo de García Márquez) con el “Expreso del hielo” (1), me encontré con muchos descendientes de gallegos. El propio García Márquez me confesó que todo lo que tiene de irracional Cien años de soledad procede de leyendas gallegas : invenciones que le contaba cuando era niño su abuela (gallega) para dormirlo.

Emprendí la lectura de toda la obra de Cunqueiro ; con retraso y con fervor descubrí su prosa desenvuelta, su devoción por la sintaxis latinizante, por el vocablo culto, por la construcción neoclásica, el sabor arcaico del pretérito en lugar del pluscuamperfecto, escritura incorrecta según la gramática sólo permisible en Galicia. Pero “yo no soy un erudito −repetía− ; por eso pido perdón si alguna vez parezco tal ; a mí lo que me gusta es contar llano y seguido, fantástico y sentimental a la vez ; lo que pasa es que a veces escribo entusiasmado y distraído.” De tanto empaparme, caí en sus redes delirantes. No es que Cunqueiro fuese solamente mi escritor de cabecera, sino que antes de ponerme a la máquina necesitaba leer algunas líneas suyas para tratar de situarme en estado de gracia. Con él aprendí que “toda reforma y toda primavera emanan del corazón, pues él elige las temporadas, las ardientes amistades, las canciones, los caminos, la esposa y la tumba...”

Escribía yo en aquel entonces la Vida de Empédocles de Agrigento, y por uno de los artículos de Cunqueiro me entero de que había asistido a un coloquio gastronómico en Salaparuta de Sicilia. Allí había conocido al conde de aquel distrito, autor según afirmaba de la mejor biografía de mi filósofo. Pregunté en el Centro Italiano de París, en algunas librerías de Roma, telefoneé a la alcaldía de Salaparuta, que sí existe, pero nadie conocía al conde en cuestión. Llamé a Vigo, hablé con el hijo de Cunqueiro, César, quien revisó la obra de su padre. Al final me recordó escuetamente : “Ya sabes como es…”

Admirado por la perfección de sus trampas, quedé con mala conciencia. Estaba en deuda con él. Cuando supe que sus días estaban contados decidí ir a Vigo a decírselo. Me llevó a su casa nuestro amigo común Perfecto Conde, corresponsal de El País en Galicia. Cunqueiro estaba tumbado en un sillón, agotado y cerúleo entre dos diálisis. Me confesé : “Álvaro, me tienes que perdonar. Fui tan víctima como tú de la incomprensión, cada cual de una de las dos Españas”. Apenas tenía fuerza para hablar. Esbozó una sonrisa. Le estreché las manos, frías y huesudas. Estábamos emocionados y hasta se nos saltaron las lágrimas. De vuelta a París, me esperaba la noticia de su muerte. Me llamaron de El País, pero me negué a contar mis relaciones con él. La magia de su realismo irracional no se podía relatar en prosa de periódicos.

NOTAS :

(1) Léase Ramón Chao, Mano Negra en Colombia. Un tren de hielo y fuego, Ediciones Cybermonde, Valencia, 2001, 168 páginas, 9 euros. Adquiéralo directamente en nuestro sitio web : http://www.mondiplo.net/epages/eb80...





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