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ENCUENTROS CON GENIOS DE LAS ARTES

Antonio Saura, color negro

Par Ramón Chao  |  22 novembre 2013     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Periodista y escritor, Ramón Chao es autor de varias novelas inolvidables (El lago de Como, La pasión de Carolina Otero, Las travesías de Luis Gontán). Fue también, en París, donde reside, director de Radio France Internationale y corresponsal del semanario Triunfo. A lo largo de esas experiencias conoció a numerosos creadores. En una serie de textos que estamos publicando desde hace más de un año, Ramón Chao va recordando cada mes para nuestros lectores algunos de sus encuentros con genios como el pintor Antonio Saura (1930-1998), de quien nos habla esta vez.

¿Acaso el pan y el agua no son alimentos suficientes ?”, replicó Picasso a Asger Jorn cuando este reprochara a los artistas españoles en general, y a él y a Goya en particular, un empleo excesivo del blanco y del negro. “Esos no son colores”, había remachado el pintor danés. Estos no-colores ya los utilizaba Antonio Saura desde los años 1950, melodías fúnebres de la España de siempre que trataba de exorcizar : cantos metafóricos y simbólicos ; obras evocadoras de principios de vida, al tiempo que imágenes de muerte. Con blancos y negros por lo visto irreconciliables, con una sensualidad y un ascetismo a priori antagónicos, la pintura de Saura supuso, hasta 1970, un esfuerzo tenaz de armonía y avance de lo espontáneo y de lo reflexivo, del sentimiento y del intelecto, de lo estructurado y de lo informal. 

Picasso, el artista que más cambió a lo largo de su vida, reconocía la unicidad de la obra de Saura : “Consigue expresar algo nuevo sobre temas de siempre, y logra conciliar la dualidad de una inspiración romántica con una inspiración rigurosa y clásica”. Sin embargo, Saura no había aprendido a dibujar en una escuela de arte ; practicó esta asignatura de forma autodidacta desde 1943, cuando le recetaran inmovilidad y clima sano para curar una tuberculosis ósea. Por eso su padre le compró una casa en Cuenca ; lo visitaba con frecuencia para informarle de lo que ocurría en el mundo, y le llevaba cuadernillos que el niño pintarrajeaba.

Con la violencia ya se había enfrentado antes. Tenía seis años cuando le contaron el primer bombardeo de Madrid por la aviación franquista. En 1937, su padre le prestaba la revista Signal, órgano de propaganda de la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial. La revista era quincenal y trataba principalmente del desarrollo de la guerra. La calidad de sus fotografías en color era excepcional para la época. En esa revista, el niño descubrió la masacre de Guernica por la legión Cóndor. A menudo su padre lo llevaba al Museo del Prado, donde le impresionaron el Cristo crucificado de Velázquez y el Perro semi hundido de Goya, incorporados después a su temática.

Recién instalada la familia en Barcelona, siguen las tragedias : la casa vecina a la suya se desploma bajo los bombardeos. Poco después le toca ver a un hombre decapitado por una ráfaga de ametralladora y que, acéfalo, logra dar algunos pasos. Imagen imborrable para este “pintor de cabezas”, según la expresión de Julián Ríos, a quien Saura diría : “Mi gusto por lo monstruoso es indudable ; el motor fundamental de mi trabajo”.

Solo faltaba que, en la gran soledad que conoció en Cuenca, el adolescente tratara de matar el tiempo recortando y pegando en álbumes cromos de “arte degenerado” de Picasso, Max Ernst, Marc Chagall, Paul Klee, o Mondrian, todos condenados al fuego eterno por el nacionalcatolicismo. No es de extrañar que, decenios después, emerjan de él tantas ferocidades, y que las traduzca en monstruos, engendros y vía crucis. Con los pintores Feito, Millares y Canogar, entre otros, funda en 1957 el grupo El Paso –que dirigirá hasta su disolución en 1960. En su manifiesto, El Paso insiste en la necesidad de crear en España un nuevo lenguaje pictórico que se inscriba en el contexto de las vanguardias europeas. Lo mismo reclamaba el grupo catalán Dau al Set, con Antoni Tàpies al frente.

Saura no era pintor de ruptura ; al contrario, nunca dejó de rendir homenaje a su primera visita al Prado, donde se decidió su vocación. Primero surrealista, se entendía bien con la abstracción radical. Consumidor de periódicos, creaba acumulaciones de imágenes, siempre en lucha contra la injusticia.

En 1953, Antonio Saura se desplaza a París con el fin de conocer a André Breton. Grande fue su decepción al descubrir a un hombre vanidoso sólo interesado por ensalzar su persona. Vivirá en París –con estancias veraniegas en Cuenca– hasta el final de su vida ; primero en la rue Nationale, luego en la Cité des Artistes, y al final en el barrio chino de las Olympiades.

Conozco a Saura desde que llegó a París, y escribo en presente porque los amigos no desaparecen ; siguen existiendo en nuestra mente, como si hubieran cambiado de continente. Me lo presentó su amigo de siempre Antonio Pérez, quien a la sazón se ocupaba de la librería “La Joie de lire” del Barrio Latino y aconsejaba a Saura, lector perseverante. Coincidimos los tres en la Galería Stadler, donde Saura exponía cuadros de las Mujeres sentadas, algunos Retratos imaginarios y El Perro de Goya. Lo primero que me impresionó fue su mirada, luego la exquisita elegancia con que llevaba el bastón y la cojera, y ya más tarde, su carácter caprichoso y su inclinación casi infantil por las golosinas. Antonio Pérez no podía volver de Sigüenza sin llevarle yemas del Doncel, y mi otra mitad, Felisa, siempre lo agasajaba con chocolatinas de Sèvres.

Una tarde, y sin pensarlo demasiado, me atreví a pedir a este señor tan importante si me haría un dibujo para la portada de mi libro Después de Franco, España, que acababa de escribir con Enrique Tierno Galván. Encantado ; a la semana me dio una tira en tinta con francos grotescos, cruces y procesiones de obispos. En realidad fueron dos dibujos : el primero lo envié como un pampo a la editorial por correo. Naturalmente, “se perdió”... Y con toda generosidad, al cabo de una semana, Saura me regaló otro. Esta vez mandé un contratipo y así no se extravió.

Desde entonces nos veíamos a menudo en cenas privadas en casa de Alejo Carpentier o en las nuestras ; viajábamos a Cuenca, Mallorca, La Habana o Niza. Cuando el Festival del Libro de esta última ciudad, llevé a Saura y Carpentier, con nuestras respectivas, a visitar el museo de autómatas de Montecarlo. Bastó con que el autor de Concierto barroco entrara para que, como por arte de magia, adquirieran luz, sonido y movimiento la infinidad de cajas de música, títeres, marionetas, maniquíes y pulchinelas expuestos. Antonio había dirigido la puesta en escena, explicando al conservador quién era el egregio visitante : nada menos que el inventor del realismo maravilloso.

Más tarde, Antonio invitó a Carpentier a su casa de Cuenca, pero el escritor cubano y su esposa prefirieron la comodidad del Hotel Torremangana. Alejo había estado allí en compañía de Wifredo Lam. Estaba seguro de que iba a encontrar muchos cuadros que Wifredo había empeñado para pagar sus deudas. Antonio y yo le acompañamos en las pesquisas, que no dieron resultado. En cambio, Alejo compró unas zapatillas de piel de cordero a una buena señora de Carretería, quien nunca sabrá cómo se las enseñaba, en París, a todo el mundo, y estaba con ellas como un niño con zapatos nuevos.

Por los años 1992-1993, bastante después de la muerte del (hasta ahora) último dictador español, la ciudad de Huesca quiso rendir homenaje a sus hijos preclaros, los hermanos Saura, Antonio, el pintor y Carlos, el cineasta. Cientos de personas atiborraban la plaza del Ayuntamiento. Las autoridades les pidieron que pronunciasen algunas palabras. Sin saber qué hacer, los hermanos se concertaron por lo bajini, y ante aquel público de reaccionarios orgullosos de disponer de una monarquía, soltaron al unísono un resonante : “¡Viva la República !”.

Sin Carpentier, pero con Antonio Pérez y Merceditas, la compañera de Saura, fuimos a pasar un fin de semana a Solesmes, con misa cantada incluida, en la Abadía benedictina, cuna del canto gregoriano. Reinaba una paz singular ; el monje hierático y sumamente amable que nos recibe en la entrada nos conduce a la nave principal para que nos acomodemos. Mientras tanto, aparecen dos filas de monjes, una por cada lado, vestidos con túnicas blancas y moradas. Desfilan hacia el coro, de ambos lados del órgano, en una puesta en escena que cualquier Peter Broock envidiaría. A Saura, le facilitamos un sitio en un banco. Se instala en medio, yo a su lado. En un silencio piadoso empieza la función, con fastuosas cadencias monódicas, que parecen surgir de la noche de los tiempos. Cuando el misacantano alza la hostia y se dispone a repartirla, Antonio me pide que le deje salir. Creí que le apremiaba alguna necesidad ineludible, y le pregunté susurrando : “¿Sales ?” ; “Es que voy a comulgar” ; “¡Pero Antonio, si debes tener la conciencia como el chapapote !”. No me hizo caso, y allá se fue, con gran alegría del oficiante, que no tenía muchos clientes, no. Al salir del convento, volví a la carga : “¿Desde cuándo no te habías confesado ?” ; “Desde pequeñito, pero es que nunca cometí pecados, que yo sepa. Y la emoción de la ceremonia me incitó a participar en ella”.

Después del espectáculo emprendimos la vuelta a París, con la intención de visitar de paso la catedral de Chartres : admiramos el rosetón, el laberinto del pavimento. Antonio gozaba con estos viajes.

Nosotros (mi mujer Felisa y yo) tuvimos una casa en Cuenca durante veinticinco años. Dos veranos antes, nos habíamos instalado con los niños en un pisito que nos prestó Saura. Un día, frente a su puerta, vimos un cartel : “Se vende”. Él me animó a comprarla, lo que hice por un precio módico y con mucho entusiasmo, porque además al lado vivía el también famoso Antonio Pérez, ahora ya de responsable en Ruedo Ibérico. Cuando inauguramos la casa, Saura se nos presentó con una litografía de Felipe II, fastuoso regalo.

En 1977, se le ocurrió a Christian Bonnet, ministro francés del Interior, expulsar a Mercedes y a Antonio. A las siete de la mañana, se les presentó en casa una pareja de policías, conminándoles a dejar el territorio francés en menos de tres horas. Antonio pudo llamar a cuatro o cinco amigos, y todos nos pusimos en marcha para organizar la impugnación. El servicio en Radio Francia, que yo dirigía por entonces, con sus periodistas y secretarias, se convirtió durante una semana en cuartel general de la respuesta. Al cabo, el ministro en cuestión, nuevo Chiappe (1), hubo de anular su orden.

Todos los participantes en la campaña recibimos una litografía numerada, pero no llegamos a saber qué había motivado el decreto de expulsión. Según unos, se debía a las simpatías que Antonio profesaba por el Frente Polisario ; según otros, que el ministro consideraba a la cubana Mercedes como agente de Fidel Castro ; y la mayoría pensó que Christian Bonnet era un fascista. La marcha atrás administrativa permitió que fuéramos a Mallorca, los Saura, Antonio Pérez, nosotros e hijos, incluyendo a nuestro perro Dago. Saura presentó una exposición en la galería Sa Pleta, de Son Servera, el 8 de agosto de 1981 ; yo di un concierto de piano ese día, por ahora el último de mi vida. Pero lo más relevante fue el cariño que Saura le tomó a nuestro perrito. Le llamaba “el perro de Goya”, y lo utilizó de modelo para todos los cuadros futuros de esta serie.

Uno de mis últimos recuerdos de Saura se remonta al verano de 1992, en Cuenca. Habíamos ido a comer con su hermano Carlos al restaurante Nelli, que regentaba Alberto Herráiz. Nos sirvieron un exquisito arroz negro, una de las especialidades de la casa. Alberto era un gran seguidor de Saura, y en general de la pintura moderna. Hablaba con nosotros como un enterado más. Un día, Antonio lo convenció de que se viniera a Francia a visitar museos y completar su formación. Así hizo el guisandero, trabajando en París medio de pinche, inventando tapas, y la otra mitad dedicada al arte. Hasta que encontró en París un lugar para instalar su propio restaurante en el 45, Quai des Augustins, al lado del taller de Picasso, que sigue con la misma calidad y todavía se llama El Fogón.

Volviendo a los tiempos de Cuenca, estábamos una tarde en su jardín los de siempre, hablando de lo que fuera, cuando Saura nos muestra un recorte del periódico del día. Antonio Pérez le propone que haga un dibujo diario basándose en una noticia o imagen publicada durante aquel mes de agosto. La serie se convertiría en libro, que se podría titular Nulla dies sine linea, siguiendo el ejemplo del pintor griego Apeles, según el informe de Plinio el Viejo. Acerca del libro, Claude Roy le advierte : “Un verdadero libro de imágenes no se logra con fotos esparcidas en un texto, como se depositan flores sobre una tumba o guijarros en una muralla. Al contrario, es una pasión que surge entre un escritor y un artista ; una complicidad apasionada de dos espíritus”. Saura no se arredra ; siente que este será “el principio de algo nuevo”. “Durante todo un año voy a dedicarme a esta idea extrema que ya condiciona mi vida, pues si dibujar puede ser un placer, buscar el pretexto del cual ha de surgir la imagen se convierte en una inquietud cotidiana y un obstáculo”. Otra vez enfermo y encamado en Cuenca, la espiral de los tiempos le lleva a plasmar la agresividad de la vida con manchas feroces, aceptando la función de “pintor de presagios que sabe leer en los posos del aire”, que decía André Breton : con líneas zigzagueantes como vuelos de moscas ; con trazos matemáticos.

Más pintor que nunca, a sus sesenta y cuatro años ya figuraba entre los grandes artistas del siglo XX, y este Nulla dies sine linea (2), nostalgia de la niñez, esfuerzo de introspección de un día o de varias horas, será su postrera gran obra. En 1998, en Cuenca siempre, vuelve a caer víctima de una leucemia galopante. Su muerte nos pilló en Galicia. Después, vendimos la casa de Cuenca y nuestras vidas se empobrecieron por su ausencia.

 

NOTAS :

(1) Jean Chiappe fue un prefecto de policía ultraconservador. En 1930, prohibió en Francia la proyección de “La edad de oro”, de Luis Buñuel. Hasta 1981 no se anuló tal medida.

(2) Antonio Saura, Nulla dies sine linea, Patrick Cramer éditeur, Genève-Colección Antojos, Cuenca, 1999.





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