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LOS NUEVOS HILOS DE ARIADNA

Atrapados en el laberinto

Par Francisco Jarauta  |  31 août 2013     →    Version imprimable de cet article Imprimer

A lo largo de las épocas, la figura del laberinto expresa, como ninguna otra, la concepción del mundo que ha tenido la civilización occidental. Desde el laberinto clásico, el de Cnossos, que dio lugar al primer relato del mito, hasta las formas que, en la época moderna, dibujan la “errancia” del hombre barroco navegando en un mundo de signos que intenta descifrar. Hoy el laberinto se llama Internet. En la Red, todos somos “cibernavegantes” sin rumbo, sin hilo de Ariadna, vigilados por un nuevo Minotauro llamado NSA (National Security Agency) que amenaza con devorar nuestra identidad. De ahí la importancia y la urgencia de conocer los orígenes de este mito.

La centralidad del laberinto y su permanencia a lo largo de la historia nos permite pensar que esa figura expresa la condición humana de seres abocados a un destino incierto, sin horizonte claro, sino marcado por los enigmas y por aquel espacio que el mito dibuja como camino tortuoso hacia la verdad. Se podría decir incluso que la figura del laberinto funda, como ningún otro relato mítico, la verdad de la experiencia humana. Mejor aún, el laberinto podría ser la figura que marca el inicio de la historia humana. Su final es narrado por otra figura opuesta : la del naufragio. La historia se inicia en el centro del laberinto desde el que partirá el largo viaje de Ariadna (1).

Jorge Luis Borges interpreta la permanencia del laberinto en la cultura occidental a partir de la pérdida de transparencia o de lo que él llama “la opacidad del mundo”, esa dificultad para explicar o entender la ley de los acontecimientos, la historia o el destino. El mito inicial fundó la frontera de los saberes humanos, de todo aquello que se resiste a ser sabido o conocido. Para Borges, el mito y los relatos que le siguen mantienen la relevancia y atención de toda interpretación. Son los mitos los que custodian las preguntas y los enigmas, y es la historia la que se aventura en el juego de las interpretaciones. De ahí la importancia de la lectura como registro fundamental no sólo del reconocimiento de los saberes sino del descubrimiento del sentido más allá del laberinto o del naufragio. En la cabecera de su breve ensayo La esfera de Pascal, Borges escribe : “Quizá la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas.” Y concluye : “Quizá la historia universal es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas.”

Y es cierto que, en la figura del laberinto, se reconoce la condición humana, esa sed de viajes que moverá al Ulises homérico a iniciar su recorrido. De la mano de Ariadna, la atención gira sobre la construcción de las formas de la cultura, la religión, la ciencia, el arte... que el hombre construye cuando abandona el laberinto. Un viaje que la escritura hace posible.

En el laberinto gira toda la cultura occidental, sus orígenes, su historia, sus desafíos, su verdad y su sombra. Al igual que lo sugiere el dramaturgo Friedrich Dürrenmatt en su Minotaurus. Eine Ballade, la permanencia del enigma es la garantía última de la verdad del mito, y sus versiones nos remiten una y otra vez necesariamente a una galería de espejos. Un juego infinito en el que se dan cita las diversas literaturas y las formas que la escritura ha ido intentando tejer para construir ese tapiz (el texto es un textil) del mundo en el que se albergan relatos e imágenes –Dédalo fue su primer inventor– de todo aquello que se oculta entre las sombras, protegiendo su misterio.

Sin duda alguna, la figura del laberinto es una “metáfora absoluta”, y su historia y formas remiten a la historia de la cultura con sus registros iconográficos más variados, pero siempre cercanas a la pregunta inicial, a aquel enigma que fundó el relato del primer laberinto : un viaje que llega a nosotros y que volvemos a interpretar más cercanos a los problemas de nuestro mundo.

La amplísima literatura sobre el tema del laberinto ha recorrido caminos varios que han intentado iluminar los diferentes aspectos de la cuestión. Los trabajos de Sir Arthur Evans, en las excavaciones del palacio de Cnossos entre 1900 y 1906, ofrecieron en su momento una documentación que permitió abrir nuevas pistas de estudio con relación a los contextos culturales desde los que leer los documentos antiguos. Pero lo más curioso es que no disponemos de una versión canónica del mito fundador, sino de diversos materiales, cuya variación nos muestra la permanente elaboración que la literatura sobre el laberinto sufrió a lo largo del periodo clásico.

Hoy, cualquier aproximación al problema no puede dejar de apoyarse en testimonios de la Antigüedad. Junto al relato encontramos ya la lectura y juicio de su significado. Valga, en primer lugar, la minuciosa narración de Plutarco, quien desde un inquietante pesimismo, acierta a reunir en un solo fragmento, todos los testimonios antiguos acerca de la figura del laberinto, afirmando la sinuosidad de los testimonios que se pierden en la suma de variantes, algunas entre sí no concordantes. O habría que acudir a los grandes recopiladores antiguos como Diodoro Siculo, Plinio, Apolodoro o Isidoro de Sevilla. Sin olvidar a los grandes poetas que desde Virgilio a Ovidio y al más arcaico Homero, nos relatan la importancia del mito del Minotauro.

En todos ellos vendrá a narrarse la historia siguiente : Dédalo construye, por orden de Minos, un laberinto para custodiar al Minotauro al que Teseo mata con la ayuda de Ariadna, hija de Minos. Se trata de una historia que pasa a la literatura con una excepcional fuerza dando lugar a una compleja interpretación de los hechos, cuya verosimilitud no ha sido probada. Lo que importa es la aparición de un mito que muy pronto será aceptado como referencia de algo que transciende la historia para hablar de la condición humana misma.

¿Qué hay detrás de esta "métáfora sin referente" ? ¿En qué se funda su fuerza y eficacia al animar una serie de variaciones sucesivas cuya intención no es otra que la de repensar el mito original, aquel encierro del Minotauro, encierro debido a su monstruosidad, humano con cabeza de toro, que Minos custodia y protege en su secreto, y al que Teseo con la ayuda de Ariadna dará muerte ?

Una vez más es Borges quien ha vuelto a hacerse estas mismas preguntas dándonos una lectura de indiscutible interés. En La casa de Asterión, conciso y sorprendente fragmento de El Aleph, Borges planea que la idea del laberinto es extensible al mundo. En el centro del laberinto Borges sitúa a un Yo narrador que recorre las salas y corredores de la casa o palacio, encerrado entre “galerías de piedra” por las que discurre enajenado, sabedor de ser él mismo el verdadero autor. “El hecho es que soy único”, extrañeza que le lleva a imaginar un mundo igual que la casa o palacio en el que vive. “(...) Pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez : arriba, el intrincado sol ; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.” La conciencia del monstruo, Minotauro o Asterión, se desdobla y borra. De nuevo regresa a la encrucijada del no saber, de aquella condición de prisionero involuntario, sometido al poder de Minos, en el encierro por excelencia de toda la mitología antigua. Y entretanto seguirá a la espera de su redentor. “¿Cómo será mi redentor ? me pregunto. ¿Será un toro o un hombre ? ¿Será quizá un toro con cara de hombre ? ¿O será como yo ?”. Y si su redentor fuese Teseo que con la muerte acaba con la ambigüedad monstruosa del destino, abriendo la puerta al sentido, aquel sentido que se construye contra el enigma, siempre irresoluble, imposible de atravesar. Qué extraña liberación, la sugerida por el texto borgesiano, cuando ya la escritura termina siendo la verdadera puerta abierta para abandonar el laberinto, comenzando así aquel viaje que Teseo y Ariadna iniciarán con su huida.

Viaje que, desde una cercana perspectiva, Dürrenmatt nos propone al imaginar un nuevo laberinto en el que el Minotauro encerrado espera la llegada del enemigo. Todos somos el Minotauro. Y todo él proyectado en una galería de espejos que nos devuelve imagen a imagen la circularidad del engaño. Hasta Teseo irrumpirá en la escena, cubierto de una cabeza de toro, jugando al desdoblamiento que arrastrará al verdadero Minotauro a la muerte. Lo que está en juego es el orden del mundo, el orden de las cosas, más allá de la trágica ambigüedad que el mito propone. Teseo anuncia un nuevo orden más allá del laberinto “para que el mundo conserve su orden y no se convierta en laberinto y así caer en el caos del que había brotado”. Dürrenmatt nos presenta un Minotauro melancólico, solitario, atento a ordenar el caos de imágenes que el laberinto le propone en su extraño desdoblamiento. Su negación dará paso a otro orden que significará el final del laberinto. Las cosas comenzarán a tener nombres, apariencias verdaderas, entrarán en la secuencia del mundo como cosas, sin el insoportable peso de su enmascaramiento.

En su ensayo Les mots du labyrinthe, Pierre Rosenstiehl escribe : “La exploración del laberinto es un arquetipo del hombre que busca”, es decir, en el laberinto se reconocen aquellas tensiones que desde el mundo clásico han señalado la búsqueda del conocimiento y del saber acerca del mundo, una forma de hacer frente al destino. El paso del laberinto al sentido marcaría la dirección de la civilización occidental en su búsqueda de conocer y nombrar las cosas, el mundo, de dar nombre a la experiencia en sus diferentes manifestaciones.

Joseph Hillis Miller, en su ensayo Ariadne’s Thread, sitúa la escritura en el centro de un proceso de configuración de aquellas formas que toda cultura define a través de sus procesos de conocimiento. Una escritura que abarca también la memoria, el saber de lo que ya ha sido, entendido ahora desde el ejercicio reflexivo del tiempo. Este mismo punto de vista fue ya abordado por Hans Blumenberg quien proponía la experiencia moderna como la de un proceso de nueva semantización del mundo, siendo las páginas de la Enciclopedia (hoy sería Google o Wikipedia) la expresión máxima de tal transparencia y adecuación entre lenguaje y mundo. Es curioso observar cómo, en el nacimiento de la cultura moderna, hay una presencia intensa de elementos iconográficos que tienen al laberinto como referente.

Hoy, en la era Internet, asistimos a una situación totalmente nueva, resultado de los grandes cambios económicos, tecnológicos, sociales y culturales del mundo actual. Asistimos a cambios que han modificado profundamente nuestra mirada, nuestra forma de leer y entender, de establecer relaciones de conocimiento y de escritura. Ha nacido un nuevo lector que navega por la Red y los circuitos de la información con la misma libertad que pudieran tener en su día aquellos viajeros de mares conocidos, guiados por los portulanos de la época. Todo ha sufrido profundas transformaciones. Sobre la sociedad de la información se ha construido la llamada sociedad del conocimiento que da acceso a todo tipo de información sobre los más lejanos problemas del saber. Todo queda a la mano y el lector se ha transformado en un nuevo navegante de los circuitos de la información. Surge así un mundo virtual que sustituye al mundo real que pasa a un segundo plano. El poder de la información tiene que ver con esta capacidad de sustitución y con la aparente autonomía de las fuentes de la información, nada ajenas a las fuentes del poder. Como lo confirman estos días las revelaciones del disidente estadounidense Edward Snowden sobre el espionaje masivo operado por la NSA sobre nuestras comunicaciones vía Internet. (veáse el artículo de Roberto Montoya pág.3)

Es curioso observar cómo el mundo contemporáneo ha restaurado la presencia y sentido del laberinto, asociándolo a los nuevos campos del saber y de la información. Tanto en el ámbito de las ciencias naturales, físicas y biológicas, como en el de las ciencias sociales. Todo se nos presenta bajo la forma de un complejo sistema de formas que nos recuerda la verosimilitud del antiguo laberinto, llevándonos a habitarlo en sus dimensiones contemporáneas. Y si antes, el trabajo del lector era recorrer el tapiz que la Ariadna liberada iba tejiendo a lo largo de los tiempos, es ahora un nuevo lector, “cibernavegante” por excelencia de otros universos de la Red, el que traza las rutas de mundos posibles, cuya articulación y sintaxis se definen a partir de los procesos de interacción e intercambio de saberes y discursos.

Hace ya unos años, George Steiner (en su conocido After Babel) señalaba el cambio de escenario para toda la cultura del lenguaje y la comunicación, en el que estaba apareciendo una “nueva gnosis” como comportamiento y actitud intelectual. La palabra se situaba más allá del objeto, es decir, el lenguaje más allá de la realidad y volvía a producirse una nueva especie de juegos nominalistas que terminaban sustituyendo a la realidad.

Lo que hace unos años se presentaba como una premonición hoy puede considerarse un hecho consumado. De ahí que sea absolutamente urgente abordar aquellos procesos que hagan posible la formación de un nuevo lector, capaz de navegar en los espacios de la sociedad de la información y del conocimiento, y que sepa establecer una crítica relación con el mundo virtual que ya es nuestro mundo. Es necesaria una ética del lector que oriente y decida sobre los mundos que constituyen nuestro laberinto contemporáneo.

NOTAS :

(1) Según la mitología griega, Ariadna es la hija de Minos y de Pasifae, reyes de Creta, que ayudó a Teseo a salir del laberinto en el que mató al Minotauro, dándole un ovillo de hilo gracias al cual pudo volver sobre sus pasos y hallar la salida.





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