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ENCUENTROS CON GENIOS DE LAS LETRAS

Augusto Roa Bastos, paraguayo supremo

Par Ramón Chao  |  12 août 2014     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Periodista y escritor, Ramón Chao es autor de varias novelas inolvidables. Fue también en París, donde reside, director de Radio France Internationale y corresponsal del semanario Triunfo. A lo largo de esas experiencias conoció a numerosas celebridades. En una serie de textos, Ramón Chao va recordando cada mes para nuestros lectores algunos de sus encuentros con genios como el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos (1917-2005), Premio Cervantes 1989, de quien nos habla esta vez.

Los avatares de Paraguay propiciaron la vida accidentada de Augusto Roa Bastos. A lo largo de la historia, se sucedieron en su país choques entre buscadores y sepultureros de la libertad : guerras civiles, golpes de Estado, dictaduras repetitivas en medio de frágiles respiros democráticos, sin contar dos guerras internacionales que menguaron a esta nación, para colmo incrustada en tierras del continente. Nacido en Asunción en 1917, Roa Bastos vivió su infancia en Iturbe, donde recibió el sentido de la dignidad, cariño y disciplina de su padre. De su madre, le llegó el espíritu artístico, el hábito de la lectura y el estímulo de la escritura que no lo abandonaría jamás. Ya adolescente, se trasladó a estudiar a la capital, Asunción, desde donde mantuvo una correspondencia frecuente con su familia

En 1960, publica su primera novela, Hijo de hombre, epopeya sublime de un pueblo sufrido y doliente. Ganadora del Premio Losada (1959), su narración abarca un marco muy amplio : desde la dictadura del doctor Francia hasta años después de la Guerra del Chaco (1932-1935). La obra de Roa Bastos siempre tiene como escenario a Paraguay, y como temas fundamentales : la denuncia de los abusos del poder y el deseo de lograr educación y justicia social para todos. Temáticas que le causan problemas durante la dictadura militar. La policía lo encontró en Clorinda, desde donde el escritor huyó a Buenos Aires y luego a Francia (Toulouse), en cuya universidad dio clases de literatura latinoamericana y lengua guaraní. Gracias a esas contrariedades, tuve yo la suerte de conocerle.

En 1974, sale a luz Yo, el Supremo. Inspirada en un personaje histórico, el doctor Francia, dictador de Paraguay durante 26 años : “Yo, El Supremo Dictador de la República, ordeno que al acaecer mi muerte, mi cadáver sea decapitado, la cabeza puesta en una pica por tres días en la Plaza de la República, donde se convocará al pueblo al son de las campanas echadas al vuelo…”

Se trata de un auténtico catálogo de las formas y tiempos que ofrece nuestro idioma para contar. Cronologías, pasquines, memorandos, cartas, testimonios anónimos, monólogos dislocados y polifonías de voces que se contradicen constantemente para contar una verdad sin cortapisas. Descrita por el propio autor como una intrahistoria en el sentido unamuniano de la palabra, Yo, el Supremo es el relato del alma de una de las grandes figuras de la historia a partir de la visión de sus pobres gentes, de sus pequeños protagonistas, en fin, de las víctimas secretas de un tiempo y un lugar donde las singularidades del ejercicio del poder cicatrizaron profundamente. “José Gaspar Rodríguez de Francia fue un Robespierre latinoamericano. Su modelo, la República francesa ; su política, la Razón. Tomó el poder en 1812 y se proclamó ‘Dictador perpetuo’. Hasta 1840 se esforzó en realizar sus ideas cometiendo excesos lamentables. Sin embargo, preservó la independencia de nuestro país, codiciado por el ya voraz Brasil, por el Uruguay de Artigas y por Argentina, alentada por Inglaterra. Rodeó a Paraguay de un infranqueable telón de acero y dio una conciencia nacional a su pueblo”.

Esa novela creó un género. Después de ella numerosos narradores se afanaron en escribir sobre los dictadores. El mexicano Carlos Fuentes y el peruano Mario Vargas Llosa, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias ; el colombiano García Márquez, el cubano Alejo Carpentier nos deleitarán más tarde con obras maestras de la literatura moderna. “Aunque justo es aclarar que estas no fueron las primeras ni serán las últimas novelas de dictadores escritas en español : muchos años antes, Ramón del Valle-Inclán había iniciado la tradición con su Tirano Banderas, para mí insuperada”.

Verdadero tour de force en lo referente al ingenio, a la imaginación creadora y al mismo lenguaje, Yo, el Supremo, es un chisporroteo de juegos de palabras. “Quise estafar la credulidad del lector, aunque leer casi siempre consiste en dejarse embaucar. De todas formas, traté de dejar pistas, como quería Raymond Roussel. Por ejemplo, la cuestión de las quince mil horas de grabación. Este es un asunto que despertó la curiosidad de muchos estudiosos. Echando cálculos, algunos llegaron a la conclusión de la imposibilidad de grabar tantas horas en una vida”.

Roa Bastos venía con frecuencia a París invitado por el escritor también paraguayo Rubén Bareiro Saguier, buen amigo mío. Solíamos vernos los tres cerca del domicilio de Rubén, en la plaza de Alesia. Roa Bastos mostraba una amabilidad solo comparable a su timidez. De salud floja y sentimientos robustos, hablaba sin parar cuando le interrogábamos algo sobre su obra ; si no permanecía en silencio, con aires de soñador. Predominaban las preguntas referentes a su bilingüismo (hispano-guaraní) y a su doble cultura. La presencia de esas dos culturas determinará que Augusto Roa Bastos tome principal partido en los años 1950 y 1960 por la española, aunque sin renunciar por ello a la decisiva influencia y convivencia con la segunda. Su objetivo en sus primeros tiempos de escritura fue encontrar una dimensión más profunda sobre el ser paraguayo y resaltar las difíciles condiciones de vida que soportaban los indígenas ; así como recuperar a través de la escritura (con la siempre presente oralidad) el mundo de su niñez, y traducir en sus novelas y relatos el mundo mágico, mítico y religioso que heredó de la cosmología guaraní. “Bueno, eso forma parte de lo que yo llamo la trampa imaginativa ; esa especie de fraude que se coloca no para atrapar al lector, sino para inducirlo a extraer conclusiones más profundas. No puede decir directamente al lector ‘yo quiero decir tal cosa’ ; a veces, en lugar de una develación, de un descubrimiento, un autor procede por descubrimientos. Es decir, que la verdad no puede ser revelada sino ocultándola. Entonces, eso de los elementos consultados, de las horas calculadas minuciosamente forma parte del gran cuento que es la novela”.

Nunca trató de estafar la credulidad del lector, aunque leer es casi siempre ser embaucado, como decía, creo, Raymond Russel. Se trataba de dar pistas. El 23 de abril de 1990 le fue entregado el Premio Cervantes, verdadero peldaño que abrió las puertas al conocimiento del Paraguay, de su literatura, de su compleja situación de la construcción de su democracia. Su obra ya había recorrido gran parte del mundo, había sido traducida a más de veinte idiomas, pero el Cervantes reforzó esa trascendencia y le dio visibilidad al Paraguay.

“La concesión del Premio Cervantes, en el comienzo de esta nueva época para mi patria oprimida durante tanto tiempo, es para mí un hecho tan significativo que no puedo atribuirlo a la superstición de una mera casualidad. Pienso que es el resultado –en todo caso es el símbolo– de una conjunción de estas fuerzas imponderables, en cierto modo evidentes, que operan en el contexto de una familia de naciones con la función de sobrepasar los hechos anormales y restablecer su equilibrio, en la solidaridad y en el mutuo respeto de sus similitudes y diferencias”.

Al final de nuestros encuentros, allá por 1985, Roa Bastos acudía a nuestra cita con documentos y borradores de una Carta Abierta que preparaba, dirigida al Pueblo Paraguayo : “No poseo otros títulos que avalen este mensaje. Salvo, tal vez, el de ser un ciudadano común, un escritor independiente ; quiero decir, un ciudadano que no milita en ninguna agrupación partidaria, pero que respeta a los partidos y reconoce el rol que cumplen como función y expresión de la vida política nacional. No soy más que un trabajador de la cultura, como muchos otros que viven en el país y en el extranjero”. Nos la leía para reflexionar juntos sobre la irresponsabilidad de los sectores nacionales. Le dábamos nuestra opinión, sobre todo Rubén.

Publicada en 1986, esta Carta circuló ampliamente dentro del país y en los cuarteles. En ella exigía una transición a la vida democrática. Tenía mucha fe en la escritura : “La literatura es capaz de ganar batallas contra la adversidad sin más armas que la letra y el espíritu, sin más poder que la imaginación y el lenguaje. Esta batalla el más alto homenaje que me fue dado ofrendar al pueblo y a la cultura de mi país, que han sabido resistir con denodada obstinación, dentro de las murallas del miedo, del silencio, del olvido, del aislamiento total, las vicisitudes del infortunio y que, en su lucha por la libertad, han logrado vencer a las fuerzas inhumanas”.

Poco después de la caída de Stroessner regresó al Paraguay. “De allí surgí interiormente. Él me convirtió en lo que soy. A él le debo los rasgos de mi carácter, la estructura de mi existencia espiritual íntimamente libre. Por supuesto, le debo también mis errores de hombre. Y en alguno que otro desolado momento, la nostalgia innominada de esa tierra de sacrificios y resplandores donde están mis raíces que han quedado allí como mis muñones. Como decía Luis Cernuda : “Es la tierra imposible, que a su imagen te hizo/ para de sí arrojarte...”

Nosotros tratamos de disuadirle. Le pedimos que nos hiciese un contrato de alquiler de su pisito, así lo podría recuperar si tuviera que volver. Pero él quiso romper con todo lo que le atara al exilio : “Es mi compromiso con la literatura y con la vida, con mi país y con el mundo. Esto es lo que debo pagar y pago como puedo. Sólo pido, a cambio, la restitución que se me debe. A mi pueblo, a mis amigos, a todos los que sé que me quieren hasta cuando me injurian y abominan de mí, les comprometo a cumplirla : cuando muera del todo –una larga agonía y una bella muerte toda una vida honran–, pido que incineren mis despojos y lleven a esparcir mis cenizas sobre esa tierra en la que gocé en mi juventud el casi intolerable y huidizo fulgor de la felicidad. Pero donde también conocí desde mi infancia el drama de la vida campesina y el inquebrantable valor de su gente. Su recuerdo aún me sostiene y ennoblece. Sólo que después de muerto no quiero correr la suerte de tantos otros compatriotas abandonados en tierra extranjera”.

El general Alfredo Stroessner falleció a los noventa y tres años después de haber tiranizado a Paraguay durante treinta y cinco. Fue derrocado por su consuegro, el general Andrés Rodríguez, en 1989, y se exilió en Brasil, donde vivió sus últimos años como fugitivo de la justicia.

Augosto Roa Bastos nos dejó físicamente en Asunción, el 26 de abril de 2005. Pero se quedó para siempre en el corazón de los que, de alguna forma, fueron tocados por su pluma o su palabra. El nuevo gobierno de Paraguay le rindió póstumo e inevitable tributo con una declaración de tres días de duelo nacional, y fue calificado como “el hijo más ilustre” del país.





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