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LA “GRAN ESTAFA” Y EL DERRUMBE MORAL

Banalidad de la ética

Par Llorenç Llop  |  5 juin 2014     →    Version imprimable de cet article Imprimer

¿Cuánto tiempo tardará en aparecer la violencia ? La continua vulneración de las reglas de juego, la impunidad, la desafección de las elites, la quiebra de las metas compartidas, el predominio de la razón cínica, ¿saldrán gratis ? Toda gran crisis se lleva algo por delante. La que estamos viviendo, desde luego, está dinamitando el capital de confianza acumulado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pero, ¿y los grandes principios, esos que articulan la vida democrática y que las instituciones civiles y religiosas nos han venido inculcando ? ¿Ha devenido la ética algo banal ?

La banalidad de la ética se produce cuando los principios éticos en los que son educados los individuos no vertebran sus decisiones morales, cuando los sujetos no comprenden las implicaciones de sus actos y cómo contribuyen a destruir el orbe social del que forman parte. La educación ética deviene banal porque no consigue que las auténticas preferencias de los individuos (sus valores, aquello que realmente condiciona sus actos) traduzcan el espíritu de los principios que dicen defender. Es evidente que las clases de filosofía del derecho no han calado en jueces que, como en el caso de España, no tienen inconveniente en vulnerar el principio de imparcialidad para sentenciar al ya ex juez Garzón o en hacer prevalecer intereses corporativos sobre el prestigio de la institución ; en abogados y políticos que han estudiado al filósofo estadounidense John Rawls (1921-2002) y su Teoría de la Justicia, y que no ven que ello sea incompatible con asesorar a sus clientes para crear empresas pantalla, desviar fondos a paraísos fiscales o con defender los intereses de determinados lobbies ; en notarios, que no parecen ver contradicción entre la presunción de verdad que exige su ética profesional y levantarse de la mesa para que promotor y comprador arreglen “sus cosas”. Sorprende la fragilidad o laxitud de los principios de los miembros de facciones religiosas que son educados día sí y día también en los preceptos del cristianismo (solidaridad, amor al prójimo, compromiso con la verdad, con la comunidad) y verlos barrer pro domo sua en cuanto tienen la ocasión (¿o no es de esto de lo que se habla cuando se acusa al Vaticano de encubrir los abusos sexuales de relevantes miembros de la Iglesia en diversos países a lo largo de décadas ?).

Estos casos constituyen la crónica de un fracaso. Es cierto que siempre se han producido ejemplos de desafección y de vulneración de las reglas de juego. ¡Qué seductor el cinismo de Orson ­Welles en El tercer hombre ! : “Nadie piensa en términos de seres humanos. Los gobiernos no lo hacen. ¿Por qué deberíamos hacerlo nosotros ? (…) En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia, no hubo más que terror, guerras y matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron 500 años de paz, amor y democracia. ¿Y cuál fue el resultado ?... El reloj de cuco”. Pero la mirada cínica parecía relativamente neutralizada tras décadas de un contrato social imperfecto pero aceptable. La diferencia con el presente es que los ejemplos de desafección y miseria moral, cada día uno nuevo, siempre protagonizados por aquellos que tienen a su cargo la defensa y representación de los principios, sugieren que el cinismo es global, que el sistema está podrido. Y los principales agentes infecciosos de esa podredumbre son precisamente quienes con mayor éxito han sido educados en los principios de la filosofía ética, jurídica y política : abogados, jueces, notarios, sacerdotes, economistas, políticos,…

Por ello hablo de fracaso. Fracaso, muy destacadamente, de la institución religiosa ; pero también de la institución educativa en todos los niveles : si es cierto que “las repúblicas y las democracias sólo existen en virtud del compromiso de sus ciudadanos en la gestión de los asuntos públicos” (1), la nuestra parece en trance de desaparecer si el referente lo han de constituir políticos imputados hasta las cejas, jueces con un curioso sentido de la imparcialidad, banqueros que definen ad hoc el sentido de la palabra “responsabilidad” o abogados y economistas entregados con pasión al darwinismo social. Todos ellos educados en principios sobre ciudadanía, nación y patria, en una filosofía del derecho emanada de la Ilustración y del iusnaturalismo, en ideas que, explícita o implícitamente, aluden al término “comunidad” como el constructo que edificar.

Este fracaso tiene graves implicaciones. Constituye la base, en palabras de Fernando Savater, de la “imbecilidad moral”. Uno de sus rasgos es no comprender la fragilidad de las conquistas éticas, de forma que el individuo contribuye con sus preferencias y decisiones a dinamitar los cimientos de aquello que dice defender. El correlato de la imbecilidad moral es la afirmación de que, en el fondo, todo da igual, que todas las decisiones políticas tienen la misma catadura, que todo es convención. La insensibilidad moral y la indiferencia son la argamasa de la cultura de la irresponsabilidad, en la que los individuos “buscan coartadas que disimulen que somos libres y por tanto, razonablemente responsables de nuestros actos” ¡Con qué rapidez interiorizan algunos de mis alumnos que la corrupción forma parte de nuestro ADN cultural, que “todo el mundo haría lo mismo, no voy a ser yo el tonto” !

La imbecilidad moral conduce a la miseria moral, reflejando dichas coartadas la catadura de cada uno. Una miseria que tiene sus iconos, desde luego : el doble rasero (juzgar como necesaria la misma decisión que hace cinco minutos declaraba intolerable en mi adversario), el enmascaramiento de la verdad a través del eufemismo (¡qué manía en desplazar la carga de las consecuencias de las decisiones políticas con términos como “decisión difícil”, “esfuerzo”, como si el recorte de las prestaciones sociales les doliera más a ellos !), la estigmatización del Otro, del extranjero, el inmigrante, la deliberada confusión entre prescripción y absolución (como si en un delito prescrito no se hubiera cometido falta alguna, alimentando la cultura de la impunidad), la deliberada confusión entre legalidad y moralidad (¡cuántas veces no hemos oído la jaculatoria “¡es legal, es constitucional !, como si las leyes no pudieran encubrir abusos : muchos de los privilegios de jueces y políticos son legales, pero dudosamente morales !), hacer pasar por interés general lo que no es más que una descarada defensa de intereses particulares (¿es irrelevante la sospecha de que con la amnistía fiscal en España se han hecho algunos favores, como se desprende de la podredumbre del caso Bárcenas ?)...

No queda nada. Parece que la crisis moral que ha destapado “la Gran Estafa” revela algo parecido : el fracaso de la institución religiosa, de la educativa, de los poderes del Estado (el legislativo y el judicial), de las instituciones transnacionales, de las facultades de Derecho, de Periodismo, de las escuelas de negocios,…en enseñar y transmitir a sus miembros los principios de los que hacen gala, de forma que vertebren realmente sus elecciones morales. Los escándalos más sonados de los últimos años están protagonizados una y otra vez por los más conspicuos representantes de la ética civil y de la religiosa. Enarbolan con una mano sus libros sagrados (verdad, legitimidad, igualdad, democracia, transparencia, mérito, esfuerzo, responsabilidad social corporativa) mientras con la otra pervierten sus grandes significados. La banalidad de la ética –y sus terribles consecuencias en términos de desafección, egoísmo, cinismo, desigualdad y violencia– es el gran asunto que nos va a tocar lidiar.

Tiene razón Javier Gomá (2) cuando dice que “el relativismo es la condición de posibilidad de la conciencia crítica”. Por ello Benedicto XVI, el ya ex pontífice, y fundamentalistas de todo signo, no pierden ocasión de denostarlo. Cuestionar los principios es el punto de partida de una elección razonable sobre aquello que nos parece preferible, y con lo que estamos dispuestos a comprometernos. Es la base de la conciencia libre. Pero la banalidad de la ética no anuncia el predominio del relativismo, sino el abandono de todo compromiso que no sea con el propio interés y la defensa de la esfera privada. Significa la renuncia a plantearse el sentido de las elecciones morales, puesto que no se reconoce su vínculo con los principios éticos, que devienen, como ya advirtió Kant, una cáscara vacía.

¿Es cierto ? ¿Es “la Gran Estafa” la crónica de un fracaso ? La indignación que supuran estas líneas, y que comparto con una ciudadanía que la ha hecho sentir, remite a una dignidad ofendida. Nos sentimos violados. Y ese sentimiento nace de la convicción de que las cosas no “deben” ser así. La dignidad se alimenta de un concepto de justicia relativo en sus términos –porque estamos dispuestos a discutirlo– pero sólido en sus fundamentos, porque es el resultado de una histórica lucha por la dignidad (3), por el reconocimiento de elementos inalienables en el individuo. El panfleto de Stéphane Hessel, ¡Indignaos ! (4), sólo tiene sentido si hay una realidad ética profundamente arraigada que está siendo violentada. Una realidad que es el sedimento de la secularización, de la Ilustración, de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. No, no ha fracasado la consolidación de un imaginario, sino la comprensión de su naturaleza. El orbe ético es frágil. Las conquistas del Derecho son frágiles. La barbarie que emerge del siglo XX debería habernos mostrado cómo se generan las dinámicas de un sistema que se devora a sí mismo, que dinamita sus bases (como muestra una de las paradojas estúpidas del momento : el capitalismo destruyendo el fundamento de la creación de riqueza, la confianza). Lo que ha fracasado es la conciencia de que el universo democrático es una empresa colectiva que no soporta durante mucho tiempo la pasividad de una ciudadanía que entrega a la zorra las llaves del gallinero. Todo sistema tiene sus depredadores. El problema es si estos encuentran en la sociedad civil al colaborador necesario que se entrega a dinámicas que no entiende ni se esfuerza por entender.

La emergencia de fascismos de nuevo cuño es una posibilidad real. Pero lo preocupante, de momento, es el retroceso, el coste de oportunidad, la pérdida de capital humano, el fracaso de la inteligencia colectiva. La sociedad europea camina hacia la desaparición de las metas compartidas, esto es, hacia la entronización de la miseria moral y la americanización del modelo de vida. El salvaje mantra de Friedrich Hayek que trasluce la frase de M. Thatcher, “la sociedad no existe ; sólo existen los individuos” –tan apreciado por ese neoliberalismo ramplón de nuestros sedicentes liberales– está en trance de ser mucho más que una opción ideológica : es un torpedo a la línea de flotación de una concepción de la sociedad que pone a la dignidad, y no a la productividad, en la cima de las conquistas sociales.

Movimientos como el 15-M constituyen una reacción espontánea, como la de un anticuerpo, a un ataque salvaje a la dignidad. Pero hay que ir más allá, sacar a la ética de su banalidad y devolver a los principios su carácter vertebrador. Hay que recordar a toda la sociedad (y no sólo a los políticos) que un Estado del bienestar (algo tangible : mi paro, mi seguridad social, mi subsidio de dependencia, mi beca) se sostiene sobre algo intangible : la corresponsabilidad, el compromiso, la equidad, el respeto a las reglas de juego, la solidaridad. Cada vez que ignoramos el valor de lo intangible restamos recursos a lo que sí lo es : ¿cómo es posible que parte de la ciudadanía premie a los sospechosos de corrupción volviéndoles a votar ?, ¿por qué sólo nos manifestamos cuando nos recortan el sueldo y no cuando atentan contra la independencia de los medios de comunicación ?, ¿por qué se han atrevido los dos partidos políticos mayoritarios españoles a boicotear tanto tiempo la renovación del Tribunal Constitucional por intereses partidistas, y los presidentes/as de CCAA a lanzarse en tromba al control de las cajas de ahorro, si no es por la convicción de que la ciudadanía no iba a reaccionar ? La falta de transparencia, el uso partidista de las instituciones, el nepotismo, el clientelismo, la corrupción, la cooptación, ¿no constituyen la perversión de los usos políticos que están en la base del sistema ? ¿No han minado día a día los recursos hasta dejar la caja vacía ?

Como recordaba Hannah Arendt, el sentido de la política es la libertad. Y el grado cero de la política –y, por tanto, la negación de la libertad– se produce cuando la lógica de la esfera privada inunda y sustituye la de la esfera pública (y cuando la negación de la política es alimentada y jaleada por aquellos que más se benefician de ella). Se produce entonces una de las tantas paradojas de las derivas sistémicas : la degradación del espacio público lleva a una disminución de los sistemas de protección social, a la pérdida de la cohesión, a la desconfianza, lo cual, a su vez, lleva a una degradación del espacio privado, puesto que la proyección de posibilidades y expectativas de que depende todo proyecto de vida depende de la riqueza del espacio social en el que se enmarca. La “sociedad líquida” de la que nos habla Zygmunt Bauman es el correlato de la “sociedad del riesgo” (Ulrich Beck).

Reivindicar el sentido de la política implica devolver a los principios éticos su carácter vertebrador. Tal vez por ello cobran tanto valor las iniciativas de quienes luchan por su ciudadanía y su dignidad. 

NOTAS :

(1) Tony Judt, Algo va mal, Taurus, Madrid, 2011.

(2) Javier Gomà, “El relativismo es bello”, El País, 7 de julio de 2012.

(3) J. A. Marina, La lucha por la dignidad, Anagrama, Barcelona, 2000.

(4) Stéphane Hessel, ¡Indignaos !, Editorial Destino, Barcelona, 2011.

(5) Zygmunt Bauman, Modernidad líquida, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1999 ; Ulrich Beck, La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad, Paidós Iberica, Barcelona, 1998.





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