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MIS ENCUENTROS CON GENIOS DE LAS ARTES

Buñuel y lo buñuelesco

Par Ramón Chao  |  29 mars 2013     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Periodista y escritor, Ramón Chao es autor de varias novelas inolvidables (El lago de Como, La pasión de Carolina Otero, Las travesías de Luis Gontán). Fue también, en París donde reside, director de Radio France Internationale y corresponsal del semanario Triunfo.

A lo largo de esas experiencias conoció a numerosos creadores. En una serie de textos, Ramón Chao va recordando cada mes para nuestros lectores algunos de sus encuentros con genios como Luis Buñuel, del que nos habla esta vez.

Las imágenes de Luis Buñuel (1900-1983) me marcaron cuando llegué a París en 1955. Tenía veinte años, todos vividos en el ambiente social-represivo del catolicismo. Ahí se me abrieron los ojos. Me ayudó la película Las Hurdes, símbolo del atraso de una tierra que soñábamos con redimir. Durante meses me obsesionó el ojo rasgado por la cuchilla de afeitar en La edad de oro ; la mano saturada de hormigas y la mujer presa del arrebato de Pierre Basche en Un perro andaluz, excitado por el Preludio y muerte de Tristán e Isolda de Wagner. El escultor catalán Joan Llorens Gardy me había invitado a ver Las Hurdes. Su padre –me dijo orgulloso– desempeñaba un papel importante. Al final le pregunté : “Oye, ¿y tu padre ?”. “Es que no se le ve. Está acurrucado detrás de la chica cuyos senos acaricia Gaston Modot. Buñuel le encargó que los sujetara fuerte con ambas manos, pues de por sí los tenía bastante desplomados. Pero con el calor de los focos, la chica sudaba y a mi padre se le resbalaban...”.

El actor de marras, disimulado detrás de la actriz Lya Lys, era Josep Artigas, uno de los más grandes ceramistas del siglo XX, de la escuela surrealista, que más tarde me contó su mal trago. Cosa de un año después, Joanet me vuelve a invitar a la Cinemateca, esta vez para ver La Edad de oro, también con su padre de actor. Ahí sí lo reconocí : es el gobernador menudito, acompañado de una mujer voluminosa. Caminan al son de la Sinfonía Inacabada de Schubert, formando una pareja desigual, como en la vida le ocurrió luego. Corrió entonces el bulo de que, por auto irrisión, Buñuel se proclamaba “uno de los mejores directores de cine aragoneses”, para aclarar inmediatamente “es que no hay muchos”.

En la región de Teruel había nacido, en Calanda, lugar famoso por haberse producido allí, en 1640, un milagro capaz de estremecer al más bragado : un carromato había triturado la pierna de un lugareño. La Virgen María bajó rauda del cielo con un equipo de ángeles, y en un dos por tres le colocaron una prótesis carnal. Calanda se convirtió, para nosotros, en lugar de peregrinación. Cada vez que podíamos, asistíamos a las procesiones de Semana Santa, para oír a los machacones tamborileros cuyas manos sangraban tras siete u ocho horas de darle al cuero. Cierta vez preguntamos por la casa de Buñuel, a unos pasos del cuartel de la Guardia Civil. Estaban dos de sus hermanas, Conchita y Margarita, ambas devotas del Dios su hermano. Nos enseñaron el edificio, recién restaurado. Nos acompañó la “muchacha” –al servicio de la familia desde hacía medio siglo–. Cuando Conchita abrió la puerta del cuarto de baño y la buena señora descubrió un bidet, dijo, santiguándose espantada : “¡Señora ; le juro que no se lo diré a nadie !”.

Con nuestra guerra civil y la ocupación de Francia por los nazis, la República española desplazó a Buñuel a Estados Unidos para prestigiar a la España agredida por los fascistas. Se puso a trabajar en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York como colaborador de un comité anti-nazi destinado a los países de habla hispana. De ahí lo expulsaron tras una denuncia de Salvador Dalí. Lo acusó ante los hombres de Joseph McCarthy, en la Oficina de actividades antiamericanas, de ser “ateo, comunista y blasfemo”, que sin consultarle había añadido escenas sacrílegas en las películas que realizaran entre ambos. (Esto, y lo que sigue, me lo confirmaría Buñuel años después).

Unas semanas más tarde, desorientado y sin trabajo, Buñuel se encontró con Dalí en la Quinta Avenida. Sin dirigirle la palabra, le soltó un mandoble que dejó tumbado al de Cadaqués en el empedrado. 

Luego se fue a México. Allí, Buñuel realizó una veintena de películas. Algunos dicen que no todas están a la altura de su genio. Para mí, Los Olvidados (1950), El gran calavera (1949), Susana la perversa (1950), Subida al cielo (1951), Una mujer sin amor (1951), El bruto (1952), Robinson Crusoe (1952), Él (1952), Abismos de pasión (1953), La ilusión viaja en tranvía (1953), Nazarín (1958), Viridiana (1961), El ángel exterminador (1962), Simón del desierto (1964) y otras del periodo mexicano se encuentran entre sus obras maestras, y Buñuel tuvo siempre gran cuidado en mantener intactas en ellas sus exigencias artísticas y morales.

En 1969, Buñuel rueda en el bosque de Fontainebleau La vía láctea, historia de dos vagabundos que recorren a pie el Camino francés hasta Compostela. La película gira en torno a Prisciliano, obispo de Ávila en el siglo IV y decapitado en Tréveris por insistencia de la Iglesia cristiana. Jean-Claude Carrière, inseparable guionista de don Luis, encarna el predicador romano galaico. Acudí al rodaje para contarlo en el semanario Triunfo. Entre los discípulos de Prisciliano se hallaba mi buen amigo José María Berzosa. En la película lo reconocerán, porque habla en latín. Buñuel detestaba la entonación de los franceses cuando hablan la jerigonza eclesiástica : Dominús Boviscún Ecúm spiritú tuúm, acentuando siempre la sílaba final. En cambio, el acento manchego de Berzosa le pareció celestial. Era un 22 de febrero. Buñuel cumplía 69 años, por lo que nos invitó a comer en un tugurio del bosque. En medio del festejo, le entregan un telegrama : “Felicidades. Stop. Te beso en la boca. Stop. Dalí.” Ipso facto, como diría Prisciliano, Buñuel contesta por la misma vía : “Agua pasada no mueve molino”. Y punto.

También nos descifró un enigma que plantea una escena de otra película suya, El Ángel exterminador. Una de las parejas encerradas en aquel piso se retira a los lavabos. El hombre mira por el agujero de la taza y se extraña : “¡Se ven águilas !”. “Es una reminiscencia, nos dijo, de cuando estuve en las Casas colgadas de Cuenca. Como los retretes dan directamente al precipicio, se veían toda clase de aves”. No habló más de este asunto. Pero como oyera la palabra “hereje” de la boca de alguno de la mesa, reaccionó con vehemencia teológica :

“Prisciliano no pudo ser hereje ni heresiarca, por la sencilla razón de que, en el siglo IV, cuando lo persiguieron y degollaron, no existía un canon cristiano y menos aún católico : Roma aún no se había erigido en centro de ninguna religión. Eso sí ; por todos los medios trataba de unir bajo su yugo las numerosas corrientes del cristianismo. A los ebonitas, quienes ya en el siglo I negaban la divinidad de Jesús ; a los docetas, convencidos de que Jesús tenía sólo un cuerpo aparente ; a los mandeos, seguros de que todo procedía de un Dios masculino y otro femenino. En los siglos II y III, los gnósticos identifican el mal con la materia, la carne y las pasiones, y el bien con el espíritu. Por entonces, el montanismo pensaba que el cristianismo se estaba convirtiendo en algo trivial y mundano, y que era necesario volver al cristianismo primitivo, austero. Montano era un rigorista quien además exigía fuertes ayunos. También predijo el retorno inminente del Mesías.

“En esta línea de austeridad y predicciones se inscribe el priscilianismo, y comprenderéis que yo prefiera a los curas de amas y sobrinas tan comunes en Galicia. Roma se convirtió en centro del catolicismo gracias a la acción radical de su obispo Dámaso, también de Gallaecia, quien no vaciló en exterminar a 137 adversarios para obtener la sede de Roma. En su campaña electoral, diríamos hoy, compró el apoyo del emperador Máximo a cambio de la cabeza de Prisciliano”.

“Lo que exigimos unos cuantos –añadió Buñuel– es que se aplique a los restos conservados en la catedral de Compostela el carbono 14 : si datan del siglo I pueden ser de Santiago Apóstol, y se descarta a Prisciliano. Si son del siglo IV, pueden ser de Prisciliano y de ningún modo de Santiago. Si se demuestra que jamás estuvo el Hijo del Trueno en Compostela, o que los restos de la cripta son de un perro, como sostenía Lutero, seguirán acudiendo a venerarlos huestes de cristianos de base, amantes de la naturaleza y de viajes iniciáticos a Finisterre”. 

— Hay algo que desde hace tiempo deseo preguntarle, don Luis. Solo usted me lo podrá explicar. Se trata de un pasaje de su película La Vía láctea, la escena en la que Laurent Terzieff hace auto-stop. Maldice al conductor que no se detiene, y el coche se estrella contra un árbol. Siempre comparo esta escena con un pasaje del Evangelio de Santo Tomás, inspirador de los priscilianistas. Cuenta que, jugando, un amiguito empujó a Jesús, lo tiró al suelo : el Niño-Dios le condenó a morir repentinamente. Borges dice que Jesús tendría que haberse arrepentido y resucitar a su amigo.

“Tal como usted lo cuenta –me repondió Buñuel– he de admitir su interpretación. Y muchas otras escenas semejantes habrá en la película, pero no lo hice adrede. Yo siempre dejo funcionar mi inconsciente”. 

El citado Jean-Claude Carrière escribió Mi último suspiro, un compendio de sus conversaciones con don Luis. Concluyen con una referencia a la muerte, a su muerte : “Una cosa lamento : no saber lo que va a pasar. Abandonar el mundo en pleno movimiento, como en medio de un folletín. Yo creo que esta curiosidad por lo que sucede después de la muerte no existía antaño, o existía menos, en un mundo que no cambiaba apenas. Una confesión : pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba”.

A partir de 1982, conocí mejor a la familia Buñuel. Ese año, el servicio de Radio Francia Internacional que yo dirigía, en colaboración con el Centro Cultural de México, decidimos montarle un gran homenaje. Mercedes Iturbe, directora del Centro, se desplazó a México para invitarlo. “Yo no quiero homenajes”, le dijo con acento golpeado. “Pero, ¿aceptaría que lo represente su estatua del Museo de Cera de Barcelona ?”. “¡Están ustedes locos !”, lo que tomamos por aceptación. Entramos en contacto con su hermana Margarita y con el director del Museo de Cera. A las dos semanas, lanzamos un comunicado de prensa : “Margarita, la hermana del cineasta aragonés Luis Buñuel, y éste, viajarán juntos desde Barcelona hasta París para presidir los actos que, a partir del día 2 de noviembre y hasta el día 14 de diciembre, se van a celebrar con motivo del más espectacular homenaje rendido al cineasta español mundialmente reconocido”. El Centro Cultural de México en París y Radio Francia Internacional organizaron un festival buñuelesco en el que participaron figuras latinoamericanas de todos los horizontes. Se celebró una retrospectiva de la obra del cineasta, incluso la que produjo en España antes de la guerra civil.

Margarita y Luis fueron recibidos en la estación parisiense de Austerlitz por periodistas de los principales diarios. “¿Que tal pasó la noche ‘don Luis’ ?” –le preguntaban a Margarita. “Muy bien, –respondía ella. No se levantó para nada, ni siquiera se despertó”.

También trajimos a sesenta tamborileros de Calanda, que recorrieron alborotando la ciudad por los Campos Elíseos hasta el Centro Pompidou. La comitiva estuvo presidida por su efigie de cera, Conchita y Juan Luis, su hijo. En andas, ‘Buñuel’, vestido de sumo pontífice, presidía todos los actos ; el cartel anunciador era obra de Alberto Gironella, pintor mexicano muy amigo del homenajeado. Con toda solemnidad, en el centro Pompidou, un representante del alcalde le puso a ‘Buñuel’ la Medalla de la Ciudad. Después se proyectó una película sobre los tamborileros de Calanda, dirigida por Juan Luis.

Las relaciones amistosas con las hermanas Buñuel prosiguieron ; cada vez que venían a París y que él dejaba México un par de meses para escribir el guión o rodar alguna película, se hospedaban en el mismo hotel : l’Aiglon, con vistas al cementerio de Montparnasse. Allí descubrí la otra faceta del genio : su amabilidad, gentileza, deferencia hacia su interlocutor. No volví a ver ni a Luis ni a sus hermanas. Por el tiempo que pasó me temo lo peor ; al único que encuentro de vez en cuando es al afectuoso Juan Luis, que conserva muchos de los rasgos de su padre.





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