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Caleidoscopio Balzac

Par José de María Romero Barea  |  17 novembre 2016     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Todos los libros fracasan, en mayor o menor grado. En primer lugar, por no estar a la altura de las altas expectativas de sus autores. Un escritor, si es honesto, reconoce que el manuscrito final son los restos del naufragio de una idea de mayor envergadura, apenas esbozada. En última instancia, la mayoría de las obras literarias pasan desapercibidas, cuando no ignoradas, por los medios de comunicación, eludiendo así los anhelos de reconocimiento de sus hacedores y la atención de un público más amplio.

Algunas novelas, las menos, logran alargar su influencia a través de las generaciones. En esa zona de penumbra literaria, cohabitan relatos leídos cuando éramos niños, de adolescentes o en circunstancias excepcionales. Si la lectura es un placer solitario, una pasión privada, hay libros que parecen encapsular toda una época. No es otro el empeño del autor que nos ocupa, el narrador francés Honoré de Balzac (Tours, 1799-París, 1850). Quiso captar la inmensidad y variedad de la vida decimonónica en la capital del Sena, todo ello en un ciclo de novelas.

Lo primero que leí de Balzac fueron sus cuentos. Recuerdo haber abierto el libro, al azar, para comprobar, de inmediato, la extraordinaria destreza con la que el turonense construye las tramas en relatos como Sarrasine o El verdugo. Me sorprendió la variedad de tonos y registros. Recuerdo La señora Firmiani, donde dandis y duquesas discuten la decadencia de las costumbres aristocráticas. Un par de relatos más tarde, en Una pasión en el desierto, un soldado perdido en el Sáhara se topaba con un oasis. Con el tiempo, descubría que está habitado por una pantera.

He vuelto a sentir aquel inicial escalofrío de placer releyendo la edición y traducción de Mauro Armiño de los Cuentos completos de Balzac (Páginas de Espuma, Madrid, 2014), donde se compila una muestra de los mejores relatos. En la mayoría de ellos, un narrador introduce un personaje cuya historia eclipsa, gradualmente, al propio narrador : la página se desvanece, y el lector se convierte, en el mejor sentido de la palabra, en oyente.

Veamos uno de los más famosos, “La obra maestra desconocida”, la historia de un pintor que, dependiendo de la perspectiva de cada uno, es un fracaso absoluto o un genio trascendental. En cualquier caso, se trata de la crónica grotesca y trágica de un artista destrozado por sus sueños. El pintor ficticio Frenhofer pasa diez años de su vida tratando de crear la imagen perfecta de una mujer, pero termina pintando lo que, en el relato (que mezcla la ficción con la realidad del siglo XVII), el narrador, el joven Nicolas Poussin, describe como “colores amasados de forma confusa y contenidos en una multitud de líneas absurdas que forman una muralla de pintura”. Testimonio elocuente del poder perdurable del arte, su autor jamás pudo imaginar la relevancia que su cuento tendría como anticipación ejemplar de la aventura de la pintura moderna.

El personaje de Frenhofer supone la materialización de un fracaso (“No tengo ni talento, ni capacidad, no soy más que un rico que, cuando anda, no hace otra cosa que andar”). Epítome de una pasión sin fruto en medio de una sociedad de buenos modales intelectuales y sociales, su trabajo incansable sobre el lienzo precipita su muerte y la destrucción de su obra. El corazón se acelera a medida que leemos la historia como si no fuera una ficción, como si no hubiera sucedido siglo y medio atrás.

Frenhofer es, sin duda, trasunto de su hacedor, que fue menos un amanuense (recordemos sus manías de escritor : el hábito de monje, el régimen nocturno y las interminables tazas de café) que un mártir, para quien el trabajo a mano supuso la muerte, no por culpa de su daemon, sino por agotamiento debido al exceso : rehuía la vida nocturna, trabajaba de manera obsesiva y estaba obsesionado por el detalle. Fue, sin duda, víctima de sus contradicciones : sensualista moralizante, creía en la monarquía, pero retrató la clase obrera tan bien que se convirtió en el escritor favorito de Marx.

En nuestra era de series y atracones televisivos, es sorprendente que no haya habido un resurgimiento de los apólogos del francés. En ellos se despliega una serie que nunca termina. Asistimos a los cambios que tienen lugar en el campo de batalla más importante : el de las relaciones sociales, donde pugnan el amor y la venganza, el colapso de las viejas formas y la pulsión constante de abreviar el placer por el bien de la eficiencia. El mapa de la sociedad francesa de la época que muestran, los personajes y frases que saltan de la página como si hubieran sido escritos ayer, hacen que leer estos cuentos siga siendo entretenido.

Después del arte menor de sus relatos, me entregué a su obra magna, La Comedia humana, donde cada novela es diferente y, como tal, puede ser leída por separado. El resultado : un caleidoscopio de ficción donde imperan el materialismo y el desprendimiento, el rencor y la virtud ; donde personajes de todas las edades, tipos y posiciones sociales se enfrentan entre sí y actúan unos en los dramas de los otros.

No en vano, el narrador francés afirma en el prólogo que su objetivo es describir de modo casi exhaustivo a la sociedad de su tiempo para, según su notoria frase, hacerle “la competencia al Registro Civil”. Pocas veces un novelista se había interesado tanto en relacionar los diferentes modos de la experiencia. Veamos la novela La amante imaginaria. “El mes de septiembre de 1835, una de las más ricas herederas del faubourg Saint-Germain, la señorita del Rouvre, hija única del marqués del Rouvre, contrajo matrimonio con el conde Adam Mitgislas Laginski, joven polaco proscrito”. En ella, el narrador es por turnos un santo, un criminal, un juez honesto, un juez corrupto, un ministro, una prostituta, una duquesa, pero siempre un genio. La amante imaginaria no es solo una novela, sino una metáfora bastante obvia de cómo Balzac concibe su gran obra : como un puente entre lo más alto y lo más bajo de la sociedad : “A los burlones de París les fue, pues, difícil reconocer a un gran señor en una especie de estudiante frívolo que, en la conversación, pasaba con indiferencia de un tema a otro, que corría en pos de las distracciones con tanto más ardor cuanto que acababa de escapar de grandes peligros, y que, viniendo de su país, en el que su familia era conocida, se creyó libre para llevar una vida desordenada sin correr el peligro del descrédito”.

Las historias de la primera entrega de la Comedia muestran el germen de los principales caracteres de obras posteriores. Algunas de ellas son, en cierto sentido, un ensayo de relatos de mayor envergadura ; todas están, sin duda, plenamente logradas. Su autor se descubre en ellas como el interlocutor ideal : unas veces un sabio, otras un niño, las más un observador infatigable.

Se sabe que el francés escribió asolado por las deudas. Tal vez por ello teje y desteje las tramas, nos coge por las solapas y nos arrastra a través de ambientes, siempre escondido tras sus personajes, como si huyera de sus acreedores. En la novela La casa de El gato juguetón, los personajes parecen seguir el único impulso de su indomable voluntad : “Recorrer los salones, mostrándose en ellos con el brillo prestado por la gloria de su marido, verse envidiada por todas las mujeres, fue para Agustina una nueva cosecha de placeres ; pero también fue el último destello que iba a arrojar su dicha conyugal”.

En el relato El baile de Sceaux, el de Tours demuestra ser el bisabuelo de escritores tan diversos como Colette y Antoine de Saint-Exupéry : “Sceaux posee otro atractivo no menos poderoso para el parisiense. En medio de un jardín, desde el cual se descubren vistas deliciosas, se encuentra una inmensa rotonda abierta por todas partes, y cuya cúpula, tan ligera como amplia, está sostenida por elegantes pilares. Este dosel campestre protege una sala de baile”.

La Vendetta muestra la decadencia de costumbres ancestrales. La bolsa es un relato sobre la locura, la pasión ilícita y el delito. Asistimos a un exacerbado sentido del melodrama : “El robo era tan flagrante, y negado con tanto descaro, que Hipólito no podía ya seguir dudando acerca de la moralidad de sus vecinas. Se detuvo en la escalera, la bajó con trabajo : sus piernas temblaban, sentía vértigo, sudaba, tiritaba, y no podía andar luchando con la atroz conmoción causada por la ruina de todas sus esperanzas”. Nada se improvisa en sus extensas descripciones. La historia se cierra sobre sí misma, como una caja china. Por ella discurre la “circulación misteriosa de la sangre y el deseo” que admiraba Proust.

Juntas, las novelas de esta primera entrega proporcionan una visión general e inaudita de las obsesiones y el arte de un gran escritor. Oscar Wilde afirmó que el siglo XIX, tal y como lo conocemos, fue una invención de Balzac. Humana, por oposición a la Divina de Dante, la Comedia se ocupa de personajes de todos los ámbitos de la sociedad : señores y señoras, empresarios y militares, empleados pobres, prestamistas implacables, aspirantes a políticos, artistas, actrices, estafadores, avaros, parásitos, aventureros sexuales, chiflados. Se trata, sobre todo, de una crónica de la modernidad en todo su esplendor y miseria.

El narrador del opúsculo La paz del hogar, en la segunda entrega de la serie narrativa, busca su lugar en la historia. Se nos muestra el sueño de un hombre real incapaz de soñar con alguien que no sea un intruso : “Un círculo de hombres silenciosos rodeaba a los jugadores sentados a la mesa. Se escuchaban a veces algunas palabras (…) pero, mirando aquellos cinco personajes inmóviles, parecía como si no se hablasen más que con los ojos”. La marquesa de Listomère “es una de esas mujeres jóvenes educadas en el espíritu de la Restauración. Tiene principios, guarda las vigilias, comulga y va muy peripuesta al baile, a los Bufos y a la Ópera”. Lo humano, demasiado humano –la cotidianeidad– no escapa al plan demoníaco del autor decimonónico : capturar la esencia de la naturaleza.

Su titánico esfuerzo por humanizar la narrativa se hace sentir aún más en el segundo tomo de su Comedia. El escritor francés se convierte en reportero de tradiciones, usos y costumbres. Narrador que mezcla acción y reflexión. En una de las novelas de la serie, Otro estudio de mujer, la intriga se sostiene a pesar de (o gracias a) lo intrincado de la trama, del encanto de los detalles : “Quizás se charla entonces con más gusto delante de un postre, acompañado de vinos delicados, en ese momento delicioso en que cada uno puede apoyar su codo sobre la mesa y su cabeza sobre la mano”.

La brevedad desnuda de la muerte de la señora de Merret se relaja gracias a los comentarios de su interlocutor sobre la naturaleza del valor y la forma exacta del duelo : “Sus labios de un violeta pálido me parecieron inmóviles cuando me habló (…) confieso que las familias llorosas y las agonías que he podido ver no eran nada al lado de aquella mujer solitaria y silenciosa”. El relato Una doble familia descansa en el simulacro realista que lleva a cabo un narrador caprichoso. Los salones de la burguesía parisina albergan un microcosmos : “Todas las mañanas se desarrollaba una escena que, si hay que creer las maledicencias del mundo, se repite en el seno de más de un matrimonio, originada por determinadas incompatibilidades de carácter, por enfermedades morales y físicas, o por extravagancias que conducen a muchos matrimonios a las desgracias descritas en esta historia”.

En estos relatos, la vida ordinaria es una distracción necesaria de la pureza. La ironía de Memorias de dos recién casadas, su gusto por los nombres y las fechas, son una forma de pseudorrealismo : “La sociedad, como la Naturaleza, es celosa, y no permite jamás atentar contra sus leyes ; no tolera que alteren su economía”. En La mujer de treinta años, el manejo de las revelaciones graduales y una elegancia innata hacen que la maestría del relato parezca fruto del descuido : “La condesa de Listomère-Landon era una de aquellas pulcras ancianas de tez pálida, cabellos blancos y sonrisa maliciosa que parecen llevar copete y cubren su cabeza con un tocado, cuya moda se desconoce”.

El arte de Balzac es tardío, consciente de las tradiciones que lo preceden, las que anticipa, las que lo sobrevivirán. El propio escritor es su víctima, un soñador que descubre que es soñado por “el espectáculo de tantas pasiones vivas, todas aquellas querellas de amor, aquellas dulces venganzas, aquellos crueles favores, aquellas miradas encendidas”. Se cumple la profecía de Mallarmé de que el mundo está destinado a convertirse en un libro. Se mezclan, con encanto y crueldad, fantasía y realidad, prefigurando “la verdad de las mentiras” que Vargas Llosa deplorará en el siglo XX.

El tercer volumen de la serie constituye una nueva oportunidad de disfrutar de los audaces vuelos imaginativos, los efectos sorprendentes y los agudos giros psicológicos del autor francés. La historia que inicia la colección, La mujer abandonada, contiene todos los temas de la saga : la mecánica de la sociedad, el matrimonio, el adulterio ; la herencia, la amante repudiada, la que envejece. La manera en que de Nueil se enamora es clásica y a la vez contemporánea : el personaje se queda prendado de un ideal, al igual que hoy nos pasa con alguien que apenas conocemos en Facebook.

Aunque escritas en 1835, las observaciones en El contrato matrimonial son modernas. La institución sigue siendo hoy tan divertida (y trágica) como entonces. Cuando en la novela corta La Grenadière, la madre protagonista muere casi en la pobreza, el hijo mayor provee para la educación del menor y se hace a la mar. Lo mejor, sin duda, la descripción inicial de la casa donde tiene lugar la historia. Gobseck está vinculada con algunos de los personajes de la narración más conocida de su autor, Papá Goriot, y mantiene idénticas relaciones con la codicia y la riqueza de sus protagonistas. Leyéndola, uno entiende que Karl Marx insistiera en que había aprendido mucho de ella.

La última y más larga entrega, Modesta Mignon también se ocupa de la obsesión y la pasión, aunque de manera diferente al resto. Comienza con la correspondencia entre la heroína epónima y su admirado poeta, Melchior de Canalis. Canalis, pagado de sí mismo, deja que su secretario Ernest La Brière se encargue de escribir las cartas. Añádase al enredo el padre de Modesta, el Coronel, alias el conde de la Bastie, que regresa rico de Oriente y enfrenta a Ernest, a Canalis (que ahora está interesado porque Modesta es una heredera), y al duque de Herouville.

Cuatro novelas importantes en ese proyecto de mayor envergadura son Beatriz, El Coronel Chabert, Honorina, La interdicción y Una hija de Eva, cuarto volumen de La Comedia, y penúltimo del subciclo “Escenas de la vida privada”, que publica, al igual que las anteriores, Hermida Editores, con la traducción de Aurelio Garzón del Camino y María Teresa Gallego Urrutia, según el orden de la edición canónica establecida por Charles Furne.

Los personajes de Beatriz, cuando hablan de amor, quieren decir dinero. Su motor es la lujuria. Sus preocupaciones giran en torno a tres conceptos esenciales : cuánto se tiene, cuánto se gasta y cuánto se querría gastar. “Se ha demolido la gran sociedad para hacer de ella un millar de otras pequeñas a imagen y semejanza de la desaparecida. ¿No revelan la descomposición estas organizaciones parásitas ? ¿No se parece al hervidero de los gusanos en el cadáver ?”. El sentimiento se mide en francos, y la ansiedad (financiera) es una característica común a unos caracteres que se mueven entre tentaciones opuestas de codicia y desprendimiento. Para recuperar posición y fortuna, El Coronel Chabert tendrá que acudir a los tribunales. Pero, ¿cómo amparase en la ley cuando no se dispone de estatus o dinero ? “Yo me he visto enterrado bajo los muertos, pero ahora estoy enterrado bajo vivos, bajo actas, bajo hechos, ¡bajo la sociedad entera, que quiere mantenerme de nuevo bajo tierra !”.

Honorina, a su vez, es la historia de una terca adhesión a un extraño concepto de nobleza. “El Paraíso de Dante, sublime expresión del ideal, es un azul sereno y constante que no se encuentra sino en el alma, y pedírselo a las cosas de la vida es una voluptuosidad contra la que protesta continuamente la naturaleza”. La esposa del conde se ha casado demasiado joven. En provincias, se enamora de un canalla. De vuelta a París y recluida por su marido, Honorina, que no sabe que el conde ha pagado al amante por su ausencia, lo ama en silencio y no contempla la idea de reconciliarse con su esposo, que está dispuesto a todo tipo de pruebas para conseguirlo.

“La señora de Espard estaba, desde hacía siete años, muy de moda en París, donde la moda eleva y abate sucesivamente a personajes que, tan pronto grandes, y tan pronto pequeños, es decir, en boga hoy para ser olvidados mañana, se convierten más tarde en personajes insoportables”. La interdicción supone un curso acelerado sobre el valor (monetario) de la nobleza. La señora de Espard pretende declarar a su marido incompetente para poder controlar así su dinero. Popinot, sin embargo, es un juez demasiado astuto como para dejarse comprar por la aristócrata.

Las protagonistas de Una hija de Eva acaban atrapadas en las espirales que ellas mismas han creado. La condesa María de Vandenesse, casada con un hombre bueno, casi por aburrimiento, decide tomar un amante, Raúl Nathan. “Los sentimientos puros se comprometen con un desdén soberbio que se asemeja al impudor de las cortesanas. Desde el punto en que, por un distingo capcioso, estuvo segura de no menoscabar la fe conyugal, la condesa se arrojó plenamente al placer de amar a Raúl. Las menores cosas de la vida le parecieron entonces encantadoras”. Pensando hacer fortuna, Nathan se adentra en esas aguas procelosas hasta ser rescatado por los esfuerzos de la condesa, que a su vez es rescatada ... no desvelaremos por quién.

El método de Balzac para captar nuestra atención es sencillo (y tan complejo) : contar historias de forma elocuente, con facilidad y rapidez. Sus tramas privilegian el suspense y las intrusiones automáticas, casi dictadas a vuelapluma. El método diríase inconsciente, como si, en el afán de narrar, no hubiera tiempo para cuidar la narración. Sus personajes son viles e inocentes, codiciosos y humanos, insensibles y compasivos. Ninguno es digno de emulación. Engañan y son engañados. La conclusión es sombría : los humanos somos seres irredentos e irremediables ; la iniquidad campa entre nosotros a sus anchas. La vivacidad cómica, junto a la fascinación expresa de su autor por la escena social, contrarrestan, sin embargo, ese impulso hostil.

Lejos de la fama y del glamour del Premio Nobel hay un mundo olvidado de tesoros literarios, novelas brillantes pero subestimadas que merecen una segunda oportunidad de brillar. Las listas de libros más vendidos y las concurridas presentaciones en festivales crean una impresión errónea de las verdaderas circunstancias de la vida literaria. Por cada libro que araña la gruesa piel del gusto popular, o que captura el espíritu de una época y sobrevive, al menos una temporada, hay miles que no atraen a los lectores contemporáneos, no logran encontrar un público suficiente y desaparecen. No es el caso de La Comedia humana.

 





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