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OTRA EUROPA ES POSIBLE

Cinco ojos, una sola lengua

Par Bernard Cassen  |  31 de agosto de 2013     →    Versión para imprimir de este documento imprimir

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A diferencia de los dirigentes de los países de lenguas latinas, los de los países anglosajones –con los estadounidenses a la cabeza– comprendieron hace mucho tiempo la densidad estratégica del vínculo lingüístico entre los individuos. El contraste con Francia, para tomar este sólo ejemplo, es sorprendente: en París, hay sin duda un ministerio responsable de la francofonía en cada gobierno, pero sin recursos financieros, sin visibilidad mediática y sobre todo sin la menor influencia política. La mayoría de los responsables públicos, en el poder o en la oposición, de izquierdas o de derechas, pronuncian eventualmente algunas frases de apoyo a la francofonía –como quien, de manera ritual, coloca una ofrenda floral en una tumba– pero sin creer en ellas ni un segundo. Están demasiado fascinados por el inglés y su única verdadera política lingüística consiste en promover el uso de esta lengua en el sistema educativo y en la vida profesional de los franceses.  

En Londres y en Washington, la conducta es muy diferente: no se hacen grandes discursos, ni existen instituciones de defensa de la “anglofonía”, pero hay un actuar permanente, discreto y perseverante para imponer el inglés como lengua “natural” de los intercambios internacionales, de la ciencia, la tecnología, los ejércitos y las industrias del ocio. En consecuencia, y con el apoyo activo de los “colonizados” locales –entre los cuales los europeos figuran como los más diligentes– la todopoderosa galaxia de la comunicación anglosajona presenta a quienes se siguen negando a plegarse a esta voluntad hegemónica como ‘paseistas’, ‘proteccionistas’ e incluso ‘nacionalistas’. Si queda la menor duda sobre el potencial de solidaridad política inducido por el uso compartido de una lengua materna, basta con observar el enorme dispositivo de espionaje planetario implantado por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de Estados Unidos y revelado por Edward Snowden.

Ya no es un secreto: los “grandes oídos” que escuchan todos los mensajes del planeta por cuenta de Estados Unidos no son solamente norteamericanos, sino también australianos, británicos, canadienses y neozelandeses. En la jerga de la “comunidad de la información”, los países involucrados son designados como los “cinco ojos”. Cinco ojos que tienen una sola lengua: el inglés.

En realidad, los estrategas norteamericanos únicamente le otorgan confianza total a los británicos y a los naturales de los tres ex dominions “blancos”: Australia, Canadá y Nueva Zelanda. Ese Club de los Cinco quedó formalizado mediante tratados secretos firmados después de la Segunda Guerra Mundial. El primero de ellos en 1946, entre Washington y Londres, fue el United Kingdom-United States Communications Intelligence Agreement (UKUSA).

Sea cual sea el color político de los gobiernos, esos acuerdos nunca fueron cuestionados por ninguno de los Cinco anglófonos “puros” ni por ningún gobierno exterior. Y sin embargo deberían plantear un serio problema para la Unión Europea (UE). No solo porque sus instituciones y sus capitales están bajo la vigilancia del “aliado” norteamericano, sino y sobre todo, porque uno de sus Estados miembros, Reino Unido, es un cómplice activo en ese espionaje. Es una de las razones por las que Barak Obama desea a toda costa que Londres permanezca en el seno de la UE. Cabe preguntarse incluso, por qué la NSA gasta tanto dinero en espiar a Bruselas cuando tiene acceso directo a todos los documentos considerados confidenciales de su burocracia por la vía del 10 Downing Street y los funcionarios británicos de las instituciones comunitarias…





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