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CUADERNOS DEL PENSAMIENTO CRÍTICO LATINOAMERICANO

Cinco tesis sobre el populismo

Par Enrique Dussel  |  14 janvier 2013     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Deseo resumir el tema en cinco tesis sobre el fenómeno del populismo que ha cobrado actualidad dada la existencia de gobiernos latinoamericanos que, a excepción de México y Colombia han escogido presidentes de centro-izquierda en las últimas contiendas electorales desde el año 2000. Un cierto cansancio ante los modelos neoliberales aplicados por las élites y la constatación de las masas populares de los efectos negativos del consenso de Washington han promovido movimientos y decisiones que se juzgan como populistas por los grupos o los intereses conservadores, de dentro de América Latina o desde fuera, es decir, desde Estados Unidos o Europa.

Tesis 1.

El “populismo” histórico de ayer

Categorización adecuada de un proceso legítimo (Dussel, 1997 y 2007)

La coyuntura latinoamericana entre las dos Guerras Mundiales (1914-1945), y notoriamente desde la crisis económica de 1929, produjo un cambio geopolítico de gran impacto en América Latina. La hegemonía inglesa (1818-1914) es jaqueada por el poder económico y militar estadounidense, que desplazó al Reino Unidos desde 1945 como potencia hegemónica. Estas guerras por la hegemonía capitalista, con costos inmensos nunca vistos en la historia mundial, produjeron más de cuarenta millones de muertos.

Esta categorización no era negativa, sino intentaba mostrar el hecho de un proyecto político hegemónico (en tanto cumplía con los requerimientos de la mayoría de la población, incluyendo la élite burguesa industrial) que afirmaba un cierto nacionalismo que protegía el mercado nacional, gracias a que el Estado ejercía una relativa autonomía sobre las clases dominantes. El débil capitalismo naciente tenía entonces unas fronteras resguardadas en cuanto al uso de su energía (de allí la nacionalización del petróleo, del gas, de las minas, de la electricidad, etc.) y de ventajas aduaneras. Fue la etapa de mayor crecimiento económico sostenido de América Latina en el siglo XX, y el tiempo de los gobiernos elegidos efectivamente por la presencia masiva del pueblo en elecciones no fraudulentas. El bloque social de los oprimidos se hizo presente aún desde un punto de vista democrático. Este hecho no tuvo comparación con ninguno otro en todo ese siglo (exceptuando los procesos revolucionarios a los que haremos referencia posteriormente) (…)

Tesis 2.

El seudopopulismo de hoy

Epíteto peyorativo como crítica política conservadora sin validez epistémica

Aquel populismo histórico del siglo xx no puede compararse de ninguna manera con lo que hoy ciertos grupos conservadores y dominantes usan como populismo radical, para negar de forma peyorativa validez a ciertos fenómenos político-sociales en la actual coyuntura de comienzos del siglo XXI.

En efecto, Estados Unidos necesitó algo menos de diez años para organizar su hegemonía en el llamado mundo “libre”, ante la presencia de la Unión Soviética (un efecto inesperado de las guerras intraburguesas), desde el inicio de la llamada guerra fría. Por el Oeste, su antiguo enemigo en Europa, Alemania, fue fortalecido con el Plan Marshall ante el nuevo adversario : la URSS. Por el Este, el antiguo opositor, Japón, fue reorganizado ante el nuevo enemigo : China.

Terminada la tarea de estructurar la ­hegemonía en el Norte, EEUU observó que en el Sur abundaban regímenes con aspiraciones nacionalistas, aunque casi todos ­capitalistas, que se le enfrentaban en la compe­tencia dentro del mercado mundial capitalista donde las burguesías del Norte luchaban contra las del Sur. Sin ‘compasión’ –como era de esperarse– el Norte despedazó violentamente esas burguesías periféricas que intentaban tener un lugar en la economía mundial. Por medio del Pentágono la burguesía estadounidense impulsó una guerra de competencia (una burguesía domina y extrae plusvalor de la otra), que se manifestó en primer lugar en Guatemala, en 1954, contra el proyecto capitalista de emancipación nacional de Jacobo Arbenz, que intentaba imponer mayores salarios a los obreros de la United Fruit Company para fortalecer el mercado interno guatemalteco y permitir una naciente revolución industrial –nada socialista el proyecto– (Dussel, 2007). Pero en la guerra de la competencia de la burguesía del Norte contra la del Sur latinoamericana no había ninguna proporción en la potencia de los contendientes. Los proyectos del populismo histórico latinoamericano fueron destruidos unos tras otros. Así cayeron los gobiernos de Jacobo Arbenz, de Getulio Vargas, de Juan Domingo Perón, de Gustavo Rojas Pinilla, de Marcos Pérez Jiménez, etc., y se instauraron regímenes categorizados como “desarrollistas” (desde 1954).

La teoría de la dependencia describió estos acontecimientos y mostró que la transferencia de plusvalor del capital global del capitalismo periférico hacia el capital global del centro (en la década de los ochenta el pago de una deuda externa inflada y en gran parte contraída antidemocráticamente a espaldas del pueblo latinoamericano) debía ocultarse ideológicamente gracias a una teoría económica construida ad hoc por Estados Unidos y por Europa que sugería, desde finales de la década de los cincuenta y que la cepal llamó “doctrina desarrollista” abrir las fronteras a la tecnología más avanzada y al capital del centro para sustituir importaciones (Dussel, 2001). Esto produjo el fenómeno de lo que luego se denominarían las corporaciones trasnacionales. Lo cierto es que el “desarrollismo” fracasó, porque era solo la máscara de la expansión del capital del centro, de la dominación de la burguesía del Norte sobre la de la periferia ; del centro que destruyó y absorbió el capital nacional y debilitó a la burguesía periférica, tarea que realizaron por último las dictaduras de seguridad nacional (desde el golpe dirigido por Golbery en Brasil en 1964, hasta las primeras elecciones formalmente democráticas de un presidente en Brasil o Argentina, en 1983), cuando los masas, que habían gustado el fruto del desarrollo económico-político del populismo fueron nuevamente reprimidas desde una disciplina exigida por la lógica del desarrollo del capital. Las dictaduras hicieron posible una nueva etapa de la existencia de un capitalismo periférico que aumentaba la transferencia de plusvalor al centro.

La instalación de las democracias formales posteriores a las dictaduras (1983-2000) significaron una apertura política de la vida pública, no aterrorizada ya por la represión militar, lo que indicó un ambiente de aparente libertad y permitió consolidar la conciencia de la legitimidad del deber de pagar una cuantiosa deuda externa contraída. Esa deuda, que los militares iniciaron, debieron heredarla los gobiernos ‘democráticos’ que justificaban ante la conciencia popular el deber de pagarla –cuando ya los militares habían perdido totalmente la credibilidad–. Es decir, la deuda se había legitimado.

Esos gobiernos formalmente democráticos como los de Carlos Menem y Carlos ­Salinas de Gortari fueron volviéndose ortodoxamente neoliberales y privatizaron los bienes públicos. Así se llevó a la práctica el “gran relato” (ignorado por la filosofía posmoderna) de la teoría neoliberal (llamada aún por George Soros “fundamentalismo de mercado”) que se expresa en el consenso de Washington, que presiona a una total apertura de los mercados ante una predicada globalización económica, cultural y política formulada en la izquierda por Negri & Hardt (2000).

Ahora el calificativo de populismo había cambiado absolutamente de significado. Se había producido un deslizamiento semántico, una redefinición político-estratégica del término : significaba toda medida o movimiento social o político que se opusiera a la tendencia de globalización tal como la describe la teoría de base del consenso de Washington, que justifica la privatización de los bienes públicos de los Estados periféricos, la apertura de sus mercados a los productos del capital del centro, y que niega la priorización de los requerimientos, de las necesidades de las grandes mayorías de la población, empobrecidas por las políticas adoptadas por las dictaduras militares (hasta 1984) y aumentadas posteriormente por las decisiones de reformas estructurales formuladas desde los criterios de una economía neoliberal –que en México siguieron vigentes hasta 2012 y constituyeron un anacronismo lamentable, si no suicida–. En medio de esa “noche de la historia” latinoamericana el levantamiento en Chiapas en enero de 1994 significó un rayo auroral en medio de las tinieblas. (….)

Tesis 3.

Remantización de la categoría política de pueblo : lo popular no es lo populista (ni ayer ni hoy)

La cuestión estricta de la filosofía política latinoamericana actual consiste en preguntarse si puede distinguirse entre lo populista y lo popular ; entre el populismo y el pueblo.

Todo parte entonces de una pregunta : ¿A qué se denomina pueblo ?, o ¿qué es el pueblo ?, de cuya clarificación dependen las otras. Por mi parte, he intentado distinguir ambas palabras desde finales de la década de los sesenta, y sobre el tema hemos mantenido una larga polémica que en buena parte ha pasado inadvertida a las ciencias sociales.

Intentaré de nuevo distinguir estos términos ambiguos, por tener doble sentido. Tanto el populismo (aun cuando fue usado adecuadamente en el populismo histórico desde la década de los treinta) como la categoría política (central para una política de la liberación) de pueblo deben aclararse. Esto permitirá, como corolario, distinguir entre lo populista y lo popular, asunto que Laclau se cuida de proponer. Sería la temática que podría denominarse como “la cuestión popular”, en el sentido tradicional de las grandes cuestiones que ha debatido el marxismo histórico (Dussel, 1985 ; Dussel, 2006).

En efecto, la cuestión previa es preguntarse por el significado de la categoría política pueblo tan usada cotidianamente y construirla explícita y precisamente como una categoría teórico-política, filosófica. Como instrumento hermenéutico la categoría tiene siempre un contenido (un concepto, diríamos con K. Marx). Este pensador clásico nos dice claramente : Todos los economistas [diríamos ahora para aplicar el texto a nuestro tema : muchos filósofos políticos] incurren en el mismo error : en vez de considerar el plusvalor puramente en cuanto tal [diríamos : la categoría de pueblo], lo hacen a través de las formas particulares de ganancia o renta [diríamos : la usan en la de sus formas derivadas de populismo o popular. (Marx, 1980)

Se trata entonces de no caer en la confusión (tomar muchos términos con el mismo significado) de identificar el contenido de las palabras populista con popular y lo popular con pueblo. Así como Marx necesitó de dos palabras diversas (confundidas en la economía política anterior : profit y surplusvalue) para expresar dos significados diversos (antes ambos términos tenían un significado), nosotros usaremos ahora tres palabras para distinguir tres conceptos diferenciados y anteriormente confundidos.

Comencemos por la categoría filosófico-política pueblo. En una obra reciente hemos intentado sintetizar la cuestión (Dussel, 2006). El pueblo no debe confundirse con la mera comunidad política, como el todo indiferenciado de la población o de los ciudadanos de un Estado (la potestas como estructura institucional en un territorio dado), referencia intersubjetiva de un orden político histórico vigente. El concepto de pueblo –en el sentido que pretendemos darle– se origina en el momento crítico en el que la comunidad política se escinde, ya que el bloque histórico en el poder –por ejemplo la naciente burguesía nacional en el populismo histórico latinoamericano posterior a 1930–deja de constituir una clase (o un conjunto de clases o sectores de clase) dirigente. Antonio Gramsci (1975) dice :

Si la clase dominante ha perdido el consenso (consenso), no es más clase dirigente (dirigente), es únicamente dominante, detenta la pura fuerza coercitiva (forza coercitiva) lo que indica que las grandes masas se han alejado de la ideología tradicional, no creyendo ya en lo que antes creían. (…)

Tesis 4.

El poder del pueblo, instituciones de participación y democracia

La cuestión puede formularse en pocas palabras. Siendo imposible en comunidades políticas de millones de ciudadanos la organización política por medio de la democracia directa, hubo necesidad desde hace milenios –al menos desde las grandes ciudades del Mediterráneo y la Mesopotamia desde el 3000 a.C– de instituir estructuras de representación. La potentia o el poder político en-sí de la comunidad política, de las instituciones (la potestas) permiten el ejercicio delegado del poder.

Este legado crea graves problemas : el paulatino alejamiento del representante del representado y su subsecuente fetichización. El que ejerce de esta forma el poder se afirma como la sede misma, como autorreferente del poder político y lo define como dominación legítima que gana obediencia de los ciudadanos –en palabras de Weber–. La comunidad política de sede originaria del poder se convierte en objeto pasivo de un consenso como obediencia ante la autoridad del que había sido investido de la representación por delegación. El delegado pasa a ser el que ejerce el monopolio del poder y el delegante pierde todos sus atributos.

De hecho, la comunidad ciudadana crea las instituciones representativas, desde el municipio o el condado, pasando por la provincia o el Estado regional, hasta llegar al Estado territorial nacional u organismo internacional. Esas instituciones representativas, gestionadas por los partidos políticos, se convierten en un organismo de dominación de la ciudadanía, que solo cada cuatro o seis años expresa su voluntad y confirma por medio del voto universal los candidatos que los partidos (y los poderes fácticos) han elegido previamente de manera elitista, sin la participación democrática de la comunidad. Se llega así al círculo en el que se encuentra la política latinoamericana, después de la apertura democrática, posterior a la caída de las dictaduras militares de 1984, que monopoliza la vida política y cae en profunda corrupción –la primera de todas el situar la sede del poder en su propia voluntad de gobernante, olvidando que su lugar ontológico es el del pueblo–.

Hannah Arendt (1963) recuerda que Thomas Jefferson, mucho antes de la Comuna de París, estaba obsesionado por una temática : “La división de los condados [municipios] en distritos”. Jefferson opinaba que las “repúblicas elementales” debían permitir a los ciudadanos en el mundo cotidiano reunirse habitualmente en el distrito (que serán los soviets de la Revolución de Octubre, y que hoy expresaríamos : el barrio, la aldea, la comunidad en la base, los ‘cabildos’ de la Constitución bolivariana de 1999 en Venezuela, toda organización debajo de los municipios), tal como Tocqueville había descrito dentro de las comunidades utópicas de los Pilgrims o los padres fundadores. Comunidades autogestivas, de democracia directa, que asumen responsabilidades cotidianas :

Jefferson sabía muy bien que lo que proponía como salvación de la república significaba en realidad la salvación del espíritu revolucionario de la república –comenta Arendt–. Todas sus explicaciones del sistema revolucionario comenzaban con un recordatorio del papel desempeñado por las pequeñas repúblicas con la ‘energía que en su origen animó nuestra revolución’ [...] De aquí que confiase en los distritos [comunidades debajo de los municipios o condados] (…)

Tesis 5.

Exigencias democráticas del ejercicio del liderazgo

Ahora nos situaremos decididamente en el nivel de la praxis política, en la esfera de la acción estratégica como tal. La política puede describirse en tres niveles : los principios normativos (c), las instituciones (b) y la acción política como actividad agónica emparentada, pero distinta a la guerra (a). A propósito del tema Fidel Castro (1975) se expresó de la siguiente manera :

Entendemos por pueblo, cuando hablamos de lucha, la gran masa irredenta [...], la que ansía grandes y sabias transformaciones de todos los órdenes y está dispuesta a lograrlo, cuando crea en algo y en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en sí misma. La reflexión es político-estratégica, porque se sitúa en la lucha. En ese nivel agónico no solo es necesario la teoría sino la fe, la creencia como convicción subjetiva que permite oponerse al Estado de derecho injusto. Se debe creer en los postulados (el Reino de la Libertad, la Disolución del Estado, la Sociedad sin clases, etc.), pero también en alguien. El pueblo puede estar convencido racionalmente de un plan político, pero subjetivamente debe objetivar en alguien, en su honestidad, entereza, valentía, sabiduría, para entregarle el mandato de hacerse cargo de la responsabilidad de alcanzar la meta estratégica convenida. En el pueblo que cree suficiente en sí mismo se establece un pacto de mutua colaboración. Y esto, porque en la lucha y en la guerra se deben tomar decisiones instantáneas, difíciles, complejas, que Karl von Clausewitz (1999) describe así :

Si observamos en forma amplia los cuatro componentes de la atmósfera en que se desarrolla la guerra, el peligro, el esfuerzo físico, la incertidumbre y el azar, fácil será comprender que es necesaria gran fuerza moral y mental para que avance con seguridad y éxito en este elemento desconcertante una fuerza que los historiadores y cronistas de sucesos militares describen como energía, firmeza, constancia, fortaleza de espíritu y de carácter. (…)

Conclusión

El populismo, que significa el fenómeno de los regímenes que se originan desde la Revolución mexicana de 1910 y se expanden desde 1930 en América Latina es una denominación válida (Tesis 1).

Por el contrario, el epíteto peyorativo de populismo que se usa para denigrar a los oponentes al Consenso de Washington, el neoliberalismo, y que se refiere a gobiernos latinoamericanos neonacionalistas, populares, de protección de la riqueza nacional, presentes desde finales del siglo XX debe ignorarse en las ciencias sociales (Tesis 2).

Por otra parte, hay que distinguir claramente los conceptos de populismo (en el sentido de la Tesis 1), de lo popular y del pueblo, categorías que deben ser construidas más acabadamente, pero no abandonadas por complejas (Tesis 3).

Articulado a la cuestión del pueblo se encuentra el ejercicio del poder popular, como un sistema político que cree nuevas instituciones de participación en todos los niveles de las estructuras políticas, en la sociedad civil y política del Estado y constitucionalmente. La democracia real se liga a la organización efectiva de la participación político-popular (Tesis 4).

Por último, debe reflexionarse e integrarse teóricamente la cuestión del liderazgo, para evitar el tradicional vanguardismo o las dictaduras carismáticas, pero igualmente un cierto espontaneísmo populista (ahora en sentido negativo, pero en otro uso que en la Tesis 2), mostrando su importancia y necesidad y explicitando al mismo tiempo las exigencias democráticas de su ejercicio (Tesis 5).

Estas cinco tesis las expongo para la discusión, con pretensión de verdad (por tanto con conciencia de su falibilidad), pero sabiendo que solo con el debate podrán alcanzar pretensión suficiente de validez. 

 





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