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Ciudades privadas en la selva

Par Maurice Lemoine  |  30 juillet 2011     →    Version imprimable de cet article Imprimer

“Invito a mi pueblo a soñar con vivir en un lugar ideal, sin delincuencia, en un territorio autónomo y con un mejor sistema educativo y de salud”, exclamó entusiasmado el presidente Porfirio Lobo, el 18 de enero, en una conferencia de prensa (1). Paul Romer puede considerarse satisfecho.

“Brillante economista” (la expresión no nos pertenece), profesor de la Universidad de Standford, desde hace varios años recorre el planeta y particularmente África buscando un país donde poner en práctica la teoría que elaboró : “Lo que obstaculiza el desarrollo de los países pobres son las ‘malas normas’ impuestas por los Estados a los inversores, que se ven así desalentados” (2). Conviene pues, en territorios vírgenes, crear “Charter Cities”, “ciudades modelos” donde estos inversores, nacionales y extranjeros, construirán sus fábricas y talleres, pero también infraestructura, viviendas, comercios, escuelas, clínicas y servicios necesarios para una mano de obra empujada hasta allí por el desempleo. Queda claro que este enclave tendrá sus propias leyes, sus tribunales, su policía, su autogobierno, y –por supuesto– no pagará impuestos en el país de acogida.

Romer sólo despertaba un discreto interés hasta el día en que, en enero de 2011, por iniciativa de Xavier Arguello, presidente hondureño de la empresa inmobiliaria estadounidense Inter-Mac International, se encontró en Washington con Juan Orlando Hernández, presidente del Congreso de este pequeño país centroamericano, quien organizó una reunión con Lobo y algunos de sus colaboradores en Miami.

Romer mencionó el éxito de Hong Kong, Singapur y de las Zonas Económicas Especiales chinas. Algunos detractores objetarán que las condiciones históricas, geográficas, económicas y culturales en las que se desarrollaron estos ejemplos son muy diferentes de las que prevalecen en Honduras. Se necesitaba algo más para conmover a Lobo y los suyos. El 17 de enero, en la televisión, Rigoberto Chang Castillo, secretario general del Congreso, tras haber machacado –“El inversor busca un espacio donde no se apliquen las leyes del país”– elogió un modelo que, en China, “sacó de la pobreza a 400 millones de personas” (3).

Para hacer surgir de la nada una “ciudad modelo” de 1.000 kilómetros cuadrados (33 km x 33 km), el 17 de febrero el Congreso reformó el artículo 304 de la Constitución –“en ningún caso podrán crearse órganos jurisdiccionales de excepción”– agregando “a excepción [¡sic !] de los fueros jurisdiccionales de las Regiones Especiales de Desarrollo (RED)” (4).

Según el decreto que establece el funcionamiento de la (o las) ciudad(es) modelo, las leyes hondureñas –incluido el derecho laboral– no se aplicarán allí, a excepción de aquellas vinculadas a la soberanía (¡ !), las relaciones exteriores (las RED podrán sin embargo firmar acuerdos y tratados internacionales), las elecciones, la emisión de documentos de identidad. En la hipótesis de que un gobierno posterior quisiera volver atrás sobre este abandono de una porción del territorio nacional por parte de un régimen surgido de un golpe de Estado, se precisa : “Los sistemas que se instituyan en las RED deben ser (...) aprobados por el Congreso Nacional con una mayoría calificada de dos tercios”, sabiendo que “este estatuto constitucional sólo podrá ser modificado, interpretado o derogado con la misma mayoría, previa consulta por referéndum a la población que habite la RED”. “Minoría ultraminoritaria” que vive atada de pies y manos bajo la dominación de los amos del enclave.

Situada en el corazón del istmo centroamericano, Honduras, ligada a Estados Unidos y Canadá por un Tratado de Libre Comercio (TLC), ofrece la posibilidad de producir y exportar a dichos países evitando los largos trayectos que transitan por el poco seguro Canal de Suez (debido a las crisis regionales) o incluso el de Panamá. El 2 de marzo, de visita en Tegucigalpa, el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Luis Moreno, felicitó enérgicamente al presidente Lobo : “El BID buscará la manera de apoyar este esfuerzo que consideramos no sólo innovador, sino de vital importancia para el futuro de Honduras”.

¿Pero qué futuro ? Admitiendo (con una sonrisa escéptica) que el postulado de partida sea respetado –trabajo, vivienda, educación, salud, seguridad, nivel de vida superior a la media– nadie duda de que este islote privilegiado incitará a cientos de miles de excluidos a tratar de encontrar allí un empleo. Desbordado por esta masa que se agolpa en las puertas, ¿será entonces necesario proteger este gueto con garitas y alambradas electrificadas ? Cuando Lobo afirma que estas “ciudades modelo” crearán “un estilo de vida clase A”, ¿pretende instaurar constitucionalmente dos clases de ciudadanos ?

Una segunda hipótesis, más realista, no resulta más optimista. El presidente del Congreso, Hernández, deja entrever sus contornos cuando precisa : “Es como una maquila ampliada a una escala mucho mayor (…) ; es como vivir el sueño americano en Honduras” (5). ¡Salvo que las maquilas (fábricas de subcontratación) se parecen bastante poco al sueño en cuestión ! Desde comienzos de la década de 1990, son conocidas sobre todo, tanto en Tegucigalpa como en San Pedro Sula, por la sobreexplotación de la mano de obra y las trabas a la presencia de los sindicatos. Actualmente, estas empresas despiden masivamente a las trabajadoras que cuentan con un contrato por tiempo indefinido y anuncian que las mejores serán contratadas nuevamente, pero “pagadas por hora”, perdiendo así sus derechos sociales adquiridos.

El objetivo de una “Charter City” no es, por supuesto, la producción textil, como en las maquilas de la primera generación, sino de alta tecnología. A la pregunta “¿Honduras dispone de mano de obra cualificada ?”, Silvestri responde con una sonrisa : “Voy a ser honesto, no la tenemos. Pero, cuando las maquilas comenzaron, tampoco nadie estaba preparado. Hoy, trabajan allí ciento cincuenta mil personas”. Más realista, la ex diputada Elvia Argentina Valle (hoy, “liberal en resistencia”) reacciona : “Si tienen sus propias leyes, y considerando la importancia de la inversión de capitales, los inversores chinos traerán chinos, los coreanos, coreanos, y quedarán pocos empleos para los hondureños”.

Si estos afortunados, elegidos en un primer momento, descubren motivos de descontento, como ya previó Romer, podrán protestar con sus pies, es decir, partir. ¿Si quieren defender sus derechos ? La “ciudad modelo” excluye toda presencia de sindicatos. ¿Si se rebelan ? La policía privada restablecerá el orden ; una justicia de excepción resolverá los conflictos. ¿Y si el desorden persiste y se extiende ? Por qué no un cuerpo expedicionario proveniente de Asia o de otra parte para restablecer el orden en esta porción de territorio que ya escapa a la autoridad del Estado…

Sin duda no del todo consciente del alcance de sus dichos, Silvestri piensa en voz alta cuando lo encontramos, el 3 de marzo pasado : “Evidentemente, Singapur funciona bien porque es un Estado totalitario. El presidente permaneció en el poder durante veinticuatro años ; ahora gobierna su hijo… Existen allí muchas estructuras que nosotros no tenemos. Es un gran desafío adaptar ese modelo a nuestra realidad”.

 

(1) The Associated Press, 20 de enero de 2011.

(2) Paul Rommer desarrolla sus ideas en el sitio “Charter Cities” : www.chartercities.org/blog

(3) “Frente a frente”, Televicentro, Tegucigalpa, 17 de enero de 2011.

(4) Ciento veintiséis votos a favor, uno en contra, una abstención.

(5) El Heraldo, Tegucigalpa, 4 de enero de 2011.





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