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Recomposición del panorama político en Europa

Crepúsculo del “extremo centro”

Par Miguel Urbán  |  17 novembre 2016     →    Version imprimable de cet article Imprimer

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) decidió el 23 de octubre dejar que el conservador Mariano Rajoy forme gobierno. Esta decisión pone fin a diez meses de bloqueo institucional. También da forma a la “casta” denunciada por Podemos : un sector político preocupado por preservar el statu quo. Mientras tanto, la crítica al sistema se intensifica entre la población.

La política europea atraviesa un periodo de polarizaciones. Este proceso no nació por casualidad, sino que está profundamente marcado por la radicalización del proyecto neoliberal que se produce a raíz de la crisis financiera de 2008 : un aumento brutal de la desigualdad, la aceleración de la destrucción del Estado de bienestar, la “expulsión” de millones de trabajadores de los estándares preestablecidos de ciudadanía. Una serie de hechos profundos de carácter económico y social han removido de forma brutal las fidelidades partidarias, destruido los consensos de antaño y producido movimientos tectónicos impredecibles en el campo político.

¿Por qué hablar de polarizaciones, en plural ? Porque, aunque en la mayoría de los casos resultan de fenómenos ligados a las políticas europeas (la austeridad, el problema de los refugiados, etc.), éstas se traducen en enfrentamientos estructurados en el ámbito nacional y varían de un país a otro.

Estas polarizaciones no delimitan ámbitos tan opuestos como los bornes de una pila eléctrica. Esto puede producir coincidencias curiosas, como es el caso de la cuestión de la salida de la Unión Europea (UE). En este caso, la oposición “izquierda-derecha” no es el eje de polarización, sino que más bien se trata de otro, estructurado en torno a la cuestión de la soberanía nacional. Entre los partidarios del “exit” podemos encontrar a una buena parte de la extrema derecha, junto con ciertos sectores de la izquierda, mientras que en posiciones “europeístas” (identificadas interesadamente con la imposición o el sometimiento a las reglas de la UE) nos encontramos a la canciller alemana Angela Merkel y a uno de sus principales adversarios del año 2015, el primer ministro griego Alexis Tsipras. Ambos están de acuerdo en subordinar la independencia nacional a la consolidación de la UE –a pesar de que el esfuerzo le cueste menos a la primera, cuyo país desempeña el papel de brújula para Bruselas–. A pesar de su proximidad estratégica, estos extraños compañeros de cama no comparten ninguna ambición política...

Las “polarizaciones” son cruzadas y multiformes precisamente porque caracterizan el periodo de reconstrucción de los campos políticos que conocemos. Los antagonismos se desplazan : se expresan fundamentalmente a través de terremotos electorales que asustan a las elites –la votación a favor del brexit, la victoria de Syriza en Grecia, los resultados obtenidos por Podemos en España, etc.– pero que afectan bien poco a la vida cotidiana de la ciudadanía europea. Sin embargo, estamos todavía en los inicios de una reconfiguración a escala europea a todos los niveles (político, económico y cultural).

Ya se pueden observar transformaciones importantes. El intelectual Stuart Hall definió la naturaleza del “tatcherismo”, la política llevada a cabo por la primera ministra británica Margaret Tatcher en los años 1980, como un “populismo autoritario” que intentaba responder a una combinación de crisis : económica, política con el declive de la socialdemocracia keynesiana de posguerra y la deslegitimación del propio Estado británico. Esta revolución “conservadora” alcanzó una simbiosis entre dinero y poder político, obteniendo su mayor logro político con la consumación de la “tercera vía” laborista, encarnada por Anthony Blair (1). Invitada a señalar su éxito más importante, la “Dama de hierro” respondió : “Tony Blair y el New Labour” (2). Esta mutación de la socialdemocracia en “social-liberalismo” produjo lo que el intelectual británico Tariq Ali denomina el “extremo centro”, que reúne a la izquierda proempresarial y a la derecha propatronal al servicio del “1%”, la elite oligárquica de los más ricos. En el poder desde la Segunda Guerra Mundial, este espacio experimenta una crisis que refuerza opciones políticas que hasta ahora se encontraban en sus márgenes. Aunque en la mayoría de los casos este fenómeno ha conducido a un desplazamiento del ámbito político hacia la derecha, en algunos también ha tenido lugar por su izquierda, como en Grecia con Syriza o en el Estado español con Podemos.

En Grecia, por ejemplo, la crisis de la socialdemocracia se tradujo en varios meses de conflictividad social contra los Gobiernos de “extremo centro” sometidos a la troika (Banco Central, Comisión Europea y Fondo Monetario Internacional). Esta lucha se saldó con la victoria de Syriza en las elecciones de enero de 2015, defenestrando políticamente al partido socialista griego, el PASOK. No obstante, Syriza, en su enfrentamiento con las instituciones europeas, rechazó plantearse la menor perspectiva de ruptura. El fracaso de esta estrategia reformista le condujo a transformarse en el equivalente funcional de su adversario “socio-liberal” de ayer... En Austria, por el contrario, a pesar de que la situación tiene elementos comunes como la descomposición de los principales partidos, la falta de respuestas en forma de movilizaciones sociales de masas ha favorecido que la disputa por el espacio político antaño ocupado por la socialdemocracia y que la polarización política contra el “extremo centro” la encarne la ultraderecha del Freiheitliche Partei Österreichs (FPÖ, Partido de la Libertad de Austria).

La conocida como crisis de los refugiados y las refugiadas estructura otro eje de este fenómeno general de polarización. Por el momento, la respuesta principal de los dirigentes europeos se ha traducido en un cierre de fronteras –consecuencia directa del orden que imponen las políticas de austeridad–. Porque más allá de los recortes y de las privatizaciones, la austeridad impone lo que el economista Isidro López califica como “imaginario de escasez”, la idea de que “no hay suficiente para todos”, la cual abre la puerta al “entonces algunos sobran” (3).

Este eje de polarización, al organizar la oposición entre identidad nacional y ciudadanía, beneficia a las elites, cuya responsabilidad se desvanece tras la acusación a los más frágiles : el migrante, el extranjero o, simplemente, el “otro”.

La campaña del brexit, también contradictoria, mostró que la falta de una alternativa política creíble a escala europea dejaba vía libre al miedo, a la xenofobia, al repliegue identitario, al egoísmo estrecho y a la búsqueda de “cabezas de turco”. La campaña se organizó en torno a diversas preocupaciones populares, entre ellas la relacionada con la pérdida de calidad democrática. Algunos partidos, no siempre de izquierdas –como el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP)– se apoderaron de esta inquietud, introduciendo en sus discursos la defensa del pueblo contra las elites, de “los de abajo” contra “los de arriba”. Y lograron convencer.

El Movimiento 5 Estrellas, en Italia, constituye uno de los mayores exponentes de ese voto de protesta. La formación de Giuseppe (“Beppe”) Grillo nace como un movimiento impugnativo doble : por un lado, frente al populismo autoritario encarnado por el “berlusconismo” ; por el otro, frente a una izquierda italiana en descomposición acelerada tras el pacto del Gobierno de Romano Prodi. Pero la impugnación es una definición en negativo (lo que no es, contra quien se está) que siempre esconde el desafío latente de definir políticamente un proyecto en positivo.

En efecto, la imprecisión puede resultar fértil. ¿Cuál era el grito del movimiento de ocupación de plazas, el 15M, en España el 15 de mayo de 2011 y los días siguientes ? : “¡No nos representan !”, una denuncia ante el shock austeritario impuesto por el Gobierno y ante la marea negra de la corrupción política. Este cóctel ejerció de detonador de los consensos sociales sobre los que pivotaba, hasta hace bien poco, la legitimidad del régimen político español nacido de la Constitución de 1978 (4). No un proyecto, sino un rechazo.

El caso español resulta sin duda paradigmático en cuanto al fenómeno que nos ocupa. Primero porque el país sirvió de laboratorio de la implementación de las medidas de austeridad exigidas por la UE. Y, en segundo lugar, porque conoció la construcción de un imaginario basado en el endeudamiento como modo de vida. El estallido de la burbuja inmobiliaria reveló las ilusiones de semejante visión e introdujo una disonancia en el entramado cultural que sustentaba los sueños de prosperidad de clases medias propietarias. ¿La consecuencia ? Una desafección creciente con respecto al consenso del que gozaba el sistema de gobernanza neoliberal, parecida a la que se está expresando por toda Europa a través de polarizaciones que basculan a un sentido u otro del campo político en función de la existencia –o no– de procesos de luchas sociales y de organización popular.

En este aspecto, la irrupción de Podemos, en 2014, y de sus distintas confluencias en el Estado español representa otro paso más en el sintomático distanciamiento político y simbólico-cultural de la gente respecto de las elites políticas y económicas. Ésta evidenció la enorme potencia del 15M y de los mecanismos de apoyo mutuo y sindicalismo social como la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH) o las Mareas.

Y, sin embargo, sería prematuro anunciar el definitivo ocaso de los partidos del “extremo centro” en el escenario español. Desde luego, nuestra formación no consiguió por poco superar electoralmente al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en las últimas elecciones generales (5). Desde diciembre de 2015, el país no había conseguido formar Gobierno y tuvo que repetir elecciones en junio de 2016 –por primera vez en la historia reciente–. No se podría entender esta inestabilidad sin el actual clima de “polarizaciones”, que de la calle se ha trasladado al Parlamento. Aun así, la capacidad de recomposición de las elites (y de sus aparatos de partido) sigue mostrándose alta, mientras que el bloque social alternativo es todavía débil e inconsistente, por más que las movilizaciones en la calle y la irrupción electoral de nuevas formas políticas sean el fermento de nuevas hegemonías.

En este momento de “polarizaciones”, es determinante comprender que la hegemonía en el tablero político no se disputa en el centro sino en sus extremos : en la confrontación entre elite y pueblo, entendida en su más estricto sentido de antagonismo de clases. Esta confrontación, nacida para detener la sangría que priva a la población de derechos obtenidos mediante arduas luchas, constituye una ventana de oportunidad estratégica : la de ganar más derechos e inventar nuevas formas de democracia.

En dos años, miles de personas han pasado por los círculos de Podemos. Pero, aunque todas votaron a este partido en diversos escrutinios, la mayoría no participó de forma regular en la vida de sus estructuras de base. Podemos ha sabido darle cuerpo a una política “de lo excepcional”, consiguiendo movilizar a millones de personas durante acontecimientos puntuales, pero se ha mostrado menos hábil en proponer una política “de lo cotidiano”, en crear una comunidad, solidaridades, redes de apoyo mutuo susceptibles de reforzar la resistencia y las luchas. Nadie duda que solo no conseguirá “territorializar la política”. Tendrá que trabajar con otros actores para crear vínculos en todos los espacios de la vida social y generar instituciones de clase autónomas, capaces de resistir a los asaltos de los neoliberales. Se trata de uno de los principales desafíos del próximo periodo si queremos evitar dos escollos : ser recordados como un partido “relámpago”, que murió tan rápido como nació ; o transformarnos en una formación más, a imagen y semejanza de las otras. El movimiento del 15M inició el ciclo político que hizo posible la emergencia de Podemos, pero el paso a la nueva etapa de la vida del partido requiere el regreso de la movilización social y la intensificación del fenómeno de polarización. Entonces se abrirá la vía del cambio, impidiendo la restauración del régimen actual.

Nos encontramos en un momento político en el que las palabras del intelectual sardo Antonio Gramsci a menudo son citadas, pero no por ello dejan de ser las más apropiadas : “Lo viejo se resiste a morir y lo nuevo no termina de nacer, y en ese claroscuro aparecen los monstruos”. En el campo antisistema se forman dos polos : uno promete la xenofobia ; el otro, la lucha de clases. Los monstruos surgen cuando el campo de batalla político prefiere las cuestiones de identidad o de pertenencia nacional en vez de las de la democracia y de la justicia social.

NOTAS :

(1) Véase Keith Dixon, “Raíces y derivas del ‘blairismo’”, Le Monde diplomatique en español, enero de 2000.

(2) Conor Burns, “Margaret Thatcher’s greatest achievement : New Labour”, 11 de abril de 2008, conservativehome.blogs.com

(3) Isidro López, “Seis tesis sobre la Unión Europea”, La Circular, 2 de junio de 2016, www.lacircular.info

(4) Véase Renaud Lambert, “Podemos, el partido que agita España”, Le Monde diplomatique en español, enero de 2015.

(5) El 20,68% de los votos para Podemos, frente al 22% para el PSOE durante el escrutinio del 20 de diciembre de 2015 ; a continuación, el 21,10% y el 22,66%, respectivamente, durante el escrutinio del 26 de junio de 2016.





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