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Literatura y política en América Latina

Cuando los presidentes eran poetas

Par Ericka Beckman  |  12 novembre 2014     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Aunque raramente renuncia a emplear las armas, el poder económico reposa generalmente sobre formas más sutiles de legitimación, como la producción literaria en América Latina en el siglo XIX.

¿Presidente y poeta ? Para un ciudadano moderno, la asociación parece incongruente. A principios del siglo XX, en Colombia, ambas funciones solían ir de la mano. Aunque el nombre de Bogotá ya sugería la miseria latinoamericana, también evocaba ya literatura. Conocida con el sobrenombre de la “Atenas de América del Sur”, la capital albergaba a reputados especialistas en letras clásicas, como Miguel Antonio Caro, presidente del país de 1892 a 1898.

Este vínculo entre el mundo de las letras y el de la política, particularmente estrecho en Colombia, también se observa en otros países, de François-René de Chateaubriand (1768-1848) en Francia a Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) en Alemania. En América Latina, sin embargo, este lazo dio lugar a un término que destaca el papel central de los hombres de letras en los proyectos de construcción nacional : el término letrado, con el que se designaba a lo largo del siglo XIX a la elite de la región. Capaces de redactar con la misma destreza Constituciones y novelas, acuerdos diplomáticos y tratados de gramática latina, los letrados ocupaban indistintamente las esferas hoy en día separadas de la política y las artes. Y todo ello en un periodo bisagra de la historia latinoamericana.

Entre los años 1850 y 1930, el subcontinente se integró poco a poco en el sistema económico mundial. En sus novelas y en sus poemas, los escritores latinoamericanos imaginaban intrigas, personajes e imágenes encaminados a presentar una mirada entusiasta de esta fluctuación. Dicho de otra manera, estas ficciones proporcionan un discurso de legitimación artística a mecanismos de naturaleza comercial.

Uno puede pensar en Rafael Uribe Uribe como el general colombiano que inspiró el personaje del coronel Aureliano Buendía a Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. Pero a veces se olvida de que el militar, un letrado, ejercía otras funciones, como la de abogado, la de plantador de café y la de parlamentario. En 1908, pronunció un discurso de unas cien páginas sobre la cultura de la banana. Tanto en el fondo como en la forma, el texto ilustra una corriente importante de la producción literaria de la época.

En el principio de su alocución, Uribe Uribe cita una oda del poeta y hombre de Estado venezolano Andrés Bello llamada Silva a la agricultura de la zona tórrida (1826). Escrito para promover la exportación de los productos latinoamericanos en los mercados europeos, el poema canta los méritos de una fruta excepcional :

(...) Y para ti el banano

desmaya al peso de su dulce carga ;

el banano, primero

de cuantos concedió bellos presentes

Providencia a las gentes

del ecuador feliz con mano larga.

Más adelante, el general cita la Biblia, la literatura sánscrita e incluso la novela Pablo y Virginia, de Henri Bernardin de Saint-Pierre, para dar forma a la perspectiva de un prometedor futuro que gravite en torno a la banana –no una vulgar materia prima, sino el “rey de los vegetales”, una “fruta mítica”–. Sin evocar el sistema económico en el que se inscribe la producción ni a los trabajadores encargados de las recolecciones, Uribe Uribe se inscribía así en una larga tradición de escritores que mezclaban estética y economía política para resaltar el nuevo papel de América Latina en la división mundial del trabajo. Su discurso descansaba sobre uno de los credos del liberalismo de finales del siglo XIX. Asociada al economista político David Ricardo, la doctrina conocida como “la ventaja comparativa” invita a cada país a centrarse en aquello para lo que estaría “naturalmente” bien situado. Para América Latina, se trata de la producción de materias primas y de productos agrícolas destinados a los mercados europeos, como la banana…

De las promesas a las realidades hay, sin embargo, un abismo, que no se salva con obras de ficción. Como habían vaticinado las corrientes que criticaban al liberalismo, las fantasías alimentadas por el desarrollo de las exportaciones se encontraron con unos cuantos escollos : el crecimiento de las desigualdades entre los grandes terratenientes y los obreros agrícolas ; la inestabilidad debida a la dependencia de las economías periféricas respecto al centro europeo y más tarde norteamericano, etcétera (1). A partir de finales del siglo XIX, gran parte de las ficciones se alejaron de la descripción de futuros radiantes para dar una respuesta literaria a las crisis financieras.

Julián Martel (1867-1896), periodista, encarna el fenómeno de profesionalización de la escritura que se operó en ese mismo momento. Su novela La Bolsa, un clásico de la literatura argentina del siglo XIX, apareció en 1891 por entregas en uno de los principales diarios del país.

En 1890, el banco Barings, cuya sede se encontraba en Londres, sufrió algunas dificultades como consecuencia de una operación de alto riesgo en Buenos Aires. Amenazando con arrastrar al conjunto del sistema financiero británico, el banco consiguió el apoyo de un grupo de inversores privados, pero el Producto Interior Bruto (PIB) argentino cayó más del 10% entre 1890 y 1891. De la noche a la mañana grandes fortunas desaparecieron, dando nombre a lo que Martel describió como una “prosperidad ficticia” en La Bolsa. Su novela termina con una escena memorable : un especulador arruinado es devorado por un monstruo parecido a Medusa que grita : “¡Yo soy la Bolsa !”.

A pesar de esta dramatización de las tendencias destructivas del sistema financiero internacional, Martel no veía ningún futuro fuera del “mundo tal y como es”. Más que denunciar el papel del capitalismo británico, atacaba a los habituales chivos expiatorios : banqueros judíos y mujeres derrochadoras. Dicho de otro modo, el autor quería creer que si ciertos “malos individuos” fueran reeducados (o suprimidos), el modelo liberal argentino todavía podría prosperar.

Su contemporáneo, Joaquim Maria Machado de Assis se mostró más incisivo en Brasil. El gran novelista comentaba con ironía la crisis brasileña de 1890-1891, conocida con el nombre de Encilhamento. Cronista de prensa, se burla también de los especuladores, alegando, por ejemplo, que todo fenómeno financiero tiene “tres explicaciones verdaderas y una falsa”, y que lo mejor es “creerlas todas”. La burla se transforma en cinismo cuando se enfrenta a la “ficción” del dinero en Esaú y Jacob (1904), novela que suele ser leída como una respuesta al Encilhamento. En Esaú y Jacob, Machado de Assis describe un el Dorado brasileño en el que las calles están pavimentadas no con oro (como en el Cándido), sino con acciones y obligaciones que se reproducen como los esclavos y “dan dividendos infinitos”.

Al cabo de los años, mientras las crisis se sucedían, las ficciones literarias brindaban una imagen menos onírica de la modernización capitalista de las regiones periféricas. Abogado de formación, el colombiano José Eustasio Rivera visitó la región donde se producía el hevea, del que proviene el caucho, para resolver un conflicto fronterizo entre Colombia y Venezuela. Los días idílicos de la plantación ya quedaban lejos, dado que la producción mundial se había desplazado a Malasia. Más allá de la extraordinaria opulencia de los caciques del caucho, que encendían sus cigarros con billetes y mandaban a lavar su ropa a Europa, al abogado le impactaron sobre todo las condiciones de vida de los esclavos indígenas que recolectaban la preciosa sustancia. En su novela La vorágine (1924), que fue escrita en pleno auge del caucho en Amazonia, Rivera denunciaba la ceguera de los letrados que lo precedieron : su principal protagonista, un poeta, entra a la selva cantando odas a una naturaleza idealizada. Sin embargo, allí encuentra obreros víctimas de las ambiciones económicas de los explotadores y, como ellos, termina dejando ahí la vida –devorado no por la Bolsa, como en la novela de Martel, sino por la selva del comercio–.

La crisis financiera de 1929 debilitó el consenso en el seno de las elites. La depresión económica empujó a la adopción de modelos de crecimiento proteccionistas basados en la industrialización (modelo de sustitución de importaciones). Paralelamente, el incremento de la alfabetización, el ascenso de las clases medias y la circulación de las ideas comunistas y socialistas favorecieron la emergencia de nuevas voces. Los escritores seguían narrando la modernización de América Latina pero ya no pertenecían sólo a las clases privilegiadas : el arquetipo del letrado liberal cedió el terreno al del escritor “comprometido”. Con frecuencia cercanos al ideal comunista, estos autores denunciaban la explotación del continente en manos de las elites nacionales y extranjeras. El poema del premio Nobel de Literatura chileno Pablo Neruda La United Fruit Co. (1950) evoca la banana. Pero, a diferencia de Uribe Uribe, Neruda la presenta como una metáfora del saqueo a un trabajador :

(…) una cosa

sin nombre, un número caído,

un racimo de fruta muerta

derramada en el pudridero.

Apareció entonces un movimiento literario que tomó directamente su nombre de una referencia al paradigma del siglo XIX : el “boom latinoamericano”, que encarnó García Márquez, sin duda el escritor más célebre de América Latina. Nacido en Ciénaga, pueblo colombiano en el que había bananeros de la United Fruit Co., García Márquez fue influido por los estragos sociales generados por el surgimiento del modelo exportador. Aunque sus libros suelen ser apreciados por los lectores europeos y norteamericanos por su sabor exótico, lo que sobre todo ofrecen es una reflexión crítica sobre la herencia de esta dependencia. Su obra maestra, Cien años de soledad (1967), relata la epopeya de un enclave bananero desde su fundación hasta su desaparición literalmente de la faz de la tierra cuando se marcha la compañía. Otra novela más tardía, El otoño del patriarca (1975), imagina una nación del Caribe que lo único que tiene para vender es el mar.

Durante el giro neoliberal de finales del siglo XX, los países latinoamericanos abrieron de nuevo sus mercados a los capitales extranjeros y retomaron la estrategia económica que entusiasmaba a Uribe Uribe. Pero esta política ya no buscaba su legitimación en los hombres de letras, sino en los tratados de economía. Por su parte, los dirigentes escriben menos poemas… El elogio lírico de Bello a la banana dejó lugar a textos como El ladrillo, que establece los fundamentos de la política de libre comercio del general chileno Augusto Pinochet, sugiriendo toda su delicadeza.

Aunque la literatura ha perdido algo de su prestigio y de su capacidad prescriptiva, los escritores no han dejado de escribir. En Impuesto a la carne (2010), novela de la chilena Diamela Eltit, una madre y su hija son víctimas de un sistema de mercantilización extrema y no tienen más recursos que vender sus propios órganos. En 2666, el chileno Roberto Bolaño presenta una visión de pesadilla de las fábricas en el norte de México (las maquiladoras). El año del desierto (2005), una novela del argentino Pedro Mairal –escrita después de la crisis argentina de 2001–, cuenta el desmoronamiento de los sectores financieros en una distopía en la que el país entero sufre una regresión total hasta ser devorado por el desierto. Pero el poder económico no se apoya en las obras literarias para asentar su legitimidad : la prensa, que lo domina ampliamente, es la que ahora se encarga de eso.

 

NOTAS :

(1) Acerca del mecanismo económico de la dependencia (“teoría de la dependencia”), léase Renaud Lambert, “Brasil, un gigante encadenado”, Le Monde diplomatique en español, julio de 2009.





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