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Delatores de andar por casa

Par Ignacio Ramonet  |  6 décembre 2015     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Ignacio Ramonet acaba de publicar en Francia el libro L’Empire de la surveillance, suivi de deux entretiens avec Julian Assange et Noam Chomsky (Galilée, París, 2015). El siguiente texto es un extracto de este libro, en exclusiva para los lectores de Le Monde diplomatique.

Muchas personas se burlan de la protección de la vida privada. En cambio, reclaman el derecho a mostrar y a exhibir su intimidad. Puede sorprender, pero si se reflexiona al respecto, un conjunto de señales y de síntomas ya anunciaban desde hace algún tiempo la ineluctable llegada de este tipo de comportamiento que mezcla inextricablemente voyeurismo y exhibicionismo, vigilancia y sumisión.

Su lejana matriz se encuentra quizás en una célebre película de Alfred Hitchcock, Rear Window (La ventana indiscreta, 1954), en la que un reportero gráfico (James Stewart), convaleciente en su casa con una pierna escayolada, observa por ociosidad el comportamiento de sus vecinos de enfrente. En un diálogo con François Truffaut, Hitchcock explicaba : “Sí, el personaje era un voyeur, pero ¿no somos todos voyeurs ?”. Truffaut lo admitía : “Todos somos voyeurs, aunque sólo sea cuando vemos una película intimista. Además, James Stewart, desde su ventana, se encuentra en la situación de un espectador que ve una película”. A continuación, Hitchcock observaba : “Apuesto a que nueve de cada diez personas, si ven al otro lado del patio a una mujer que se desviste antes de irse a dormir o, simplemente, a un hombre que está ordenando su habitación, no pueden evitar mirar. Podrían mirar para otro lado y decirse : ‘No me concierne’, podrían cerrar los postigos... ¡Pero no ! No lo van a hacer, se quedarán ahí mirando” (1).

Al mismo tiempo, a esta pulsión “escópica” de mirar, de vigilar, de espiar, le corresponde su contrario : el gusto impúdico de exhibirse. Y este último, desde el auge de Internet, ha conocido una especie de explosión sobre todo desde 1996, mediante las webcams. Aún recordamos, por ejemplo, a esos cinco estudiantes, chicos y chicas, de Oberlin, Ohio (Estados Unidos), que, al principio de la moda de la webcam, se exhibían en línea (www.hereandnow.net) todos los días, las veinticuatro horas del día, en cualquier lugar de las dos plantas de su vivienda. Vivían vigilados por unas cuarenta cámaras colocadas voluntariamente por todos lados. Desde entonces, miles de personas –solteros, parejas, familias– invitan sin pudor a los internautas de todo el mundo a compartir su intimidad y a observar cómo viven sin prácticamente ninguna censura (2).

Incluso se vio cómo un chino, Lu Yuqing, iba redactando, por primera vez en la Red, su “diario de muerte”, que se convirtió en un verdadero fenómeno global de literatura electrónica. Al enterarse de que tenía los días contados, este joven agente inmobiliario de Shanghái decidió compartir con sus contemporáneos su lucha contra el cáncer de estómago que lo llevaría hasta su último suspiro : “Corto el cordón. Os quiero”.

Por otra parte, en las cadenas de televisión generalista de Estados Unidos, se empezaron a multiplicar a principios de los años 2000 las emisiones conocidas como TrashTV, o “telebasura”, que mostraban a personas que contaban, sin ningún pudor, sus problemas más íntimos o sus pasiones más ocultas. El más célebre era el Jerry Springer Show, al que iban invitados y, ante un público que deliraba, hacían confidencias ­escandalosas sobre su vida privada. Visto por más de ocho millones de telespectadores, este programa recibía cada semana miles de llamadas de estadounidenses dispuestos a contarlo todo sobre su vida privada por quince minutos de fama.

Incluso los asesinos ya no quieren ocultar nada y se ponen a confesarlo todo sobre su vida criminal. La cadena estadounidense por cable Court TV, especializada en la emisión de confesiones de asesinos, fue la primera en el mundo en presentar, con un realismo sórdido, “las confesiones de Steven Smith, que contó la violación y el asesinato de un médico en un hospital de Nueva York en 1989, así como también las de Daniel Rakowitz, que mató a una amiga y después le cortó el cuerpo en pedazos y lo hirvió –también en 1989– y las de David García, un prostituto que describió el asesinato de un cliente inmovilizado en una silla de ruedas en 1995…” (3).

Guerra de cuarta generación

En la actualidad es en las redes sociales donde millones de personas hacen públicos detalles personales de sus biografías o de sus actividades diarias. Con total despreocupación. Así pues, no parecen preocuparse cuando se equipan a sí mismas con un brazalete electrónico virtual que permite a los nuevos Big Brothers seguirles la pista, mientras, en algún lugar, unas máquinas acumulan una cantidad infinita de datos. Esta nueva concepción de la identidad también es, sin duda, lo que lleva a miles de personas a enrolarse en diferentes servicios de policía como informantes voluntarios. Por ejemplo, el Departamento de Justicia de Estados Unidos lanzó en 2002, durante la presidencia de George W. Bush, la operación TIPS (Terrorism Information and Prevention System ; “tips” significa “chivatazos”, informaciones), que tenía como objetivo transformar en informantes a millones de profesionales cuya especialidad los lleva a entrar en las casas de la gente : repartidores, fontaneros, albañiles, cerrajeros, electricistas, antenistas, carteros, técnicos del gas, jardineros, peones de mudanzas, empleados domésticos, etc. Cientos de ellos se comprometieron a contactar con la policía en caso de ver alguna “señal sospechosa”.

Uno de los objetivos de la “guerra de cuarta generación” es pasar así de una sociedad informada a una sociedad de informantes. Éste es exactamente el objetivo de la Texas Border Sheriff’s Coalition, que hizo instalar varios cientos de cámaras de vigilancia en lugares aislados y estratégicos a lo largo de la frontera entre Texas y México. Estas cámaras están conectadas a Internet y, ahora, cualquier persona en cualquier parte del mundo, sentada cómodamente delante de su ordenador, puede espiar sin riesgo las zonas desérticas de Texas o las orillas del Río Grande. En caso de que viese en su pantalla pasar a un inmigrante clandestino, lo puede denunciar mandando a las autoridades un simple correo. Unos treinta millones de individuos con espíritu de soplones en varios países aceptaron esta función de “informante voluntario” de la policía texana de fronteras hasta que se suspendió…

En Reino Unido, la empresa Internet Eyes lanzó una iniciativa parecida en 2009, propuesta como una especie de juego abierto a todos los internautas. El objetivo, también aquí, es vigilar comercios y calles y rastrear las posibles infracciones. Para participar y para adherirse a la red, los voluntarios tienen que pagar una pequeña mensualidad. Una vez verificada su identidad, tienen acceso a las imágenes de cuatro cámaras de vigilancia que les aparecen en su ordenador.

Ser vigilante y vigilado

Sentados en sus sillones, los miembros observan en directo y a través del objetivo de las cámaras. Si detectan un robo, una agresión, un comportamiento sospechoso, hacen click en un botón de alerta. La imagen entonces se congela y les da la posibilidad de ampliarla para verificar. Acto seguido, el encargado del local recibe un mensaje con la imagen en cuestión. Si considera útil este aviso, el internauta-delator gana tres puntos. Si considera que el aviso fue justificado aunque finalmente no haya habido infracción, el internauta recibe un punto. Por el contrario, si el comerciante considera injustificada la alerta, el “vigilante” no recibe ningún punto. Internet Eyes promete al internauta-espía que haya descubierto más faltas o robos a fin de mes, una recompensa que puede llegar a alcanzar las 1.000 libras esterlinas… Entrevistado por el diario londinense Times, Tony Morgan, el creador del sitio web, se justifica : “Hay más de cuatro millones de cámaras de vigilancia, pero sólo se observa a través de una de cada mil. De esta manera, las cámaras serán utilizadas durante las veinticuatro horas todos los días. Es la mejor arma de prevención que se haya inventado jamás”. Quienes se oponen a la videovigilancia consideran, por el contrario, que este sitio web es un peligro –“daña la vida privada y es un instrumento de espionaje”–, porque dejaría que todo el mundo viera las caras y los comportamientos de los clientes de las tiendas (4). Hay asociaciones que han denunciado el hecho de que este sitio web permita espiar entre vecinos y que pueda ser utilizado por delincuentes verdaderos para analizar los hábitos de los locales con el fin de robar de forma más efectiva.

Con la multiplicación de los éxodos migratorios y la escalada de la xenofobia en Europa, podemos suponer que algunas autoridades europeas se sientan tentadas a instalar un sistema semejante de cámaras conectadas a Internet, sabiendo que, probablemente, pueden contar con una legión de informantes civiles voluntarios. Una de las perversiones de nuestras sociedades de control es ésta : hacer que los ciudadanos sean, al mismo tiempo, vigilados y vigilantes. Cada uno tiene que espiar a los otros mientras, a su vez, es espiado. En un marco democrático en el que los individuos están convencidos de que viven en la mayor de las libertades, se avanza así hacia la realización del objetivo soñado de las sociedades más totalitarias. 

 

NOTAS :

(1) François Truffaut, El cine según Hitchcock, Alianza, Madrid, 1998.

(2) Véase Denis Duclos, “La vie privée traquée par les technologies”, Le Monde diplomatique, París, agosto de 1999 y Paul Virilio, “El reino de la delación óptica”, Le Monde diplomatique en español, agosto de 1998.

(3) Le Monde, París, 25 de agosto de 2000.

(4) Laurène Casseville, “Internet Eyes is watching you !”, www.lepetitjournal.com, 10 de octubre de 2010.





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