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Gunter Holzmann

La paix et la guerre dans les médias en Colombie

Conférence de Maurice Lemoine et Yezid Arteta, le 7 décembre à Paris
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ENCUENTROS CON GENIOS DEL ARTE

El Picasso que conocí

Par Ramón Chao  |  14 janvier 2013     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Periodista y escritor, Ramón Chao es autor de varias novelas inolvidables (El lago de Como, La pasión de Carolina Otero, Las travesías de Luis Gontán). Fue también, durante décadas, en París donde reside, director de las emisiones en castellano y portugués de Radio France Internationale y corresponsal del semanario Triunfo. A lo largo de esas experiencias conoció a numerosos creadores. En una serie de textos cuya publicación iniciamos este mes, Ramón Chao irá recordando para nuestros lectores algunos de sus encuentros con genios de las artes como Pablo Ruiz Picasso, del que nos habla esta vez, Luis Buñuel, Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Joan Miró, José Bergamín, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Carlos Velo, Gabriel García Márquez, y un larguísimo etcétera.

En 1951 tenía yo 16 años. Interno en un colegio de curas (el Apóstol Santiago de Madrid), practicaba la comunión diaria (obligatoria) y, con todos los alumnos del colegio, asistía de claque (llevados por fuerza) a los actos franquistas. Por ejemplo, a las manifestaciones pro-Gibraltar. Una vez me llevaron a una célebre conferencia de Salvador Dalí, titulada ‘Picasso y yo’. Ante la presencia de un nutrido auditorio, Dalí se presentó en el teatro María Guerrero, el 11 de noviembre de aquel 1951. El organizador fue Manuel Fraga. El acto se enmarcaba dentro de la I Bienal Hispanoamericana de Arte. También asistió a ese acto el periodista Emilio Romero. En su libro Testigo de la Historia, cuenta : “Después de haberse retrasado cuarenta y cinco minutos, Salvador Dalí salió al escenario. Las ovaciones y los silbidos se mezclaron de manera horrísona. Dalí esperó el final de la tormenta con impavidez desafiadora. Cuando el público dio por terminado su caluroso recibimiento, se puso en pie como un autómata, puesto que el temporal lo había soportado sentado estoicamente. Sus primeras palabras fueron éstas : “Picasso es español ; yo también. Picasso es un genio ; yo, también. Picasso tendrá unos 72 años ; yo unos 48. Picasso es conocido en todos los países del mundo ; yo también. Picasso es comunista ; yo, tampoco”. Aquí empezaron las primeras ovaciones”.

Añade Romero que Dalí buscaba los motivos del “comunismo” de Picasso, y los halló “en la devoción de éste por la miseria. Posiblemente, la representación más viva de la miseria es un dibujo del propio Picasso que se encuentra en el Museo de Arte de Cataluña, en Barcelona. Es un hombre increíblemente harapiento, con restos de ropas que semejan una túnica corta, como si fuera un homenaje a la dignidad de la miseria”.

Por mi parte, recuerdo que Dalí contó la anécdota de aquel requerimiento que se le hizo a Pica­sso para ir a América, “a través de un puente de oro”. Y Picasso respondió que lo que a él le interesaba era la posibilidad de dormir debajo de ese puente. Recuerdo también que, el 2 de abril de 1964, Franco le concedió a Dalí la Gran Cruz de Isabel la Católica. Y cuando le sondearon para saber si la aceptaría, contestó : “¡Quiero dos !”. Los últimos meses de su vida transcurrirían en viajar de su cama a un butacón y viceversa. Eso sí, con música : el himno nacional de España.

A Picasso tuve la suerte de conocerle en 1962 en una exposición de la pintora austríaca Soshana Afroyim, en el castillo Grimaldi en Antibes (hoy museo Picasso). Le rodeaban Jacqueline, su esposa, el pintor Édouard Pignon y el poeta y también pintor André Verdet. Gran resistente antinazi, Verdet había sido internado en los campos de concentración de Auschwitz y de Buchenwald, debiendo su liberación, en 1945, a Picasso. Ese día, le hice una corta entrevista para Radio Francia Internacional, en la que el pintor malagueño me habló de sus infantiles años gallegos, de su primera exposición en la casa de un sastre y de la Escuela de Artes y Oficios donde había aprendido a dibujar, al carboncillo y a la plumilla, modelos encontrados en las calles, especialmente bañistas de Riazor y estibadores del muelle de A Coruña, en cuyo Instituto su padre era profesor de dibujo.

También recordaba Picasso con nostalgia la “Torre de Caramelo”, nombre con que padre e hijo designaban a la Torre de Hércules. Conocida es la precocidad de Picasso : con catorce años, en 1895, pintó “La niña de los pies descalzos”, una de sus obras maestras que predice algunos de sus cuadros más famosos de los periodos rosa y azul. “Sí, me dijo con una sonrisa irónica, a los 12 años sabía dibujar como Rafael, pero necesité toda una vida para aprender a pintar como un niño”.

Cuatro años después, el 19 de noviembre de 1966, volví a ver a Picasso en la doble retrospectiva que de él se hizo en el Grand Palais y en el Petit Palais de París. ¡Qué alegría ! ¡Me reconoció ! Nos saludamos en medio de la barahúnda, me preguntó si la Torre de Caramelo no se había caído pero no quiso que grabara la conversación. Acosado por decenas de periodistas, me dijo : “Si lo hago contigo, no paro”.

Yo siempre había oído hablar de Picasso. Sobre todo cuando llegué a Paris a finales de los años 1950. Porque tuve la suerte de residir en el Colegio de España gracias a una “beca verbal” de Fraga Iribarne, como digo siempre. Allí vivían los más destacados artistas españoles del momento : Joan Llorens Artigas, Antonio Saura, Eusebio Sempere, Chillida y Palazuelo. Estos dos últimos intentaron, una vez, arrojar por la ventana a Xavier Valls (padre de Manuel Valls, el actual ministro del Interior de Francia) y Jordi, el yerno del escultor Gargallo, quienes, con ocasión de la Diada, se disponían a izar la bandera catalana. Al escultor Chillida le pesó toda la vida y se disculpaba : “Es que mi padre era Guardia civil y yo portero de la Real Sociedad…”Mi amigo el gran ceramista Llorens Artigas moldeaba barro para que los pintores Chagall, Braque, Miró y Picasso estamparan dibujos en sus jarros. Por él logré descubrir a Picasso, tan opuesto a Dalí. Pronto vi que tenía una gran capacidad para captar movimientos y convertirlos en propios. Hoy no hay quien distinga un cuadro cubista de Braque o de Picasso. Por eso, muchos ignoran quién fue el inventor del cubismo. “¿Braque ?” – le preguntaron al malagueño : “Lo mandaron al servicio militar y que yo sepa no volvió”, contestó pérfidamente Picasso dando a entender que después de su época cubista, Braque nunca volvió a ser el creador que había sido.

Entonces ¿de dónde salió el cubismo ? En 1907, un tal Pieret, amigo de Apollinaire, le preguntó a Marie Laurencin, pintora y amante del poeta : “Esta tarde voy al Louvre ; ¿quieres que te traiga algo de allí ?” Marie Laurencin pensó que se trataba de los grandes almacenes Le Louvre, y que le proponía comprarle algo. Poco después, el dicho Pieret volvió con dos cabecillas fenicias de piedra que había robado en el museo. Se las vendió a un Picasso desorientado y en plena mutación artística, que no sabía cómo terminar su lienzo El burdel de Aviñón, también llamado Las señoritas de Avignó y más conocido por su título francés : Les Demoiselles d’Avignon.

En 1915, Apollinaire escribió a un amigo : “Traté de persuadir a Picasso para que devolviera las estatuas al Louvre. Me dijo que se habían roto, y parecía muy apenado. Le dije que el deterioro de las estatuas era un asunto gravísimo. Aterrorizado, me confesó que me había mentido : las tenía él, intactas. Le convencí para que las llevara al periódico Paris Jour bajo secreto”. Las estatuillas volvieron al Louvre ¿pero quién las devolvió ? Nunca se sabrá. Apollinaire asegura que Picasso, de unos treinta años a la sazón, las llevó de forma anónima al diario Paris Jour. En las dos figuras centrales de Las señoritas de Avignó destacan dos orejas puntiagudas, calcadas de las estatuillas fenicias devueltas.

Hasta entonces, y durante años, Picasso manifestaba ideas progresistas que resumía en la expresión “Paz y Socialismo”. Luego efectuó una paulatina politización debido al estallido de la Guerra Civil española en 1936 y por su relación con la artista Dora Maar. En esas estaba cuando el general carlista Mola embistió contra Euskadi. Con cincuenta años, rico y famoso, Picasso presagiaba las tinieblas que se cernían sobre España. Y el lunes 26 de abril de 1937, día de mercado, los Henkel 51 y los Junker 52 de la Legión Cóndor arrojaron sobre Guernica cerca de 50.000 kilos de bombas incendiarias y ocasionaron 1.654 muertos y 889 heridos. Desde entonces, Picasso acentuó su apoyo a la lucha contra el fascismo, facilitando la compra de armas para la II República, además de financiar comedores infantiles, tanto en Madrid como en Barcelona. Antes de la caída de Barcelona en enero de 1939, se organizó en el Ateneo de la capital catalana una conferencia dedicada al artista. La encargada de la misma fue la crítica de arte y diputada Margarita Nelken quien tituló su ponencia “La voz colectiva de Picasso”. A través del análisis de Guernica y de Sueño y Mentira de Franco, trató de insuflar aliento a unas tropas republicanas ya exhaustas y conscientes de su fatal final. Pero la solidaridad del pintor malagueño con la República se mantuvo : junto al escritor Max Aub, el arquitecto José Luis Sert y Josep Romeu, Picasso aceptó el encargo de una obra destinada al Pabellón español en la exposición Universal de París.

Cuando los nazis ocuparon París en 1940, algunos oficiales de la Kommandantour se presentaban en su taller. Él les regalaba tarjetas del Guernica : “Llévensela de recuerdo”. “¿Lo ha hecho usted ?” preguntaban los oficiales : “¡No : lo han hecho ustedes !”. Y los otros se largaban con el rabo entre las piernas.

Me contaba Llorens Artigas que nada irritaba más a Picasso que la gente de cabeza cuadrada. Cierta vez fue a verle un ricachón alemán dispuesto a comprarle un cuadro. Picasso le muestra diez o doce. No le parecieron rostros normales al cliente que no llegó a serlo. “La gente no es así, con la boca aquí y la nariz allá”. El pintor le requirió una foto de su esposa : “¿Y usted la encuentra normal, así de pequeñita ?”.

En septiembre de 1936, el artista malagueño también había mostrado su apoyo asumiendo el cargo de director del Museo del Prado, y de modo más directo y decisivo ayudando a artistas, intelectuales y familiares a salir de los campos de concentración que se crearon en Francia tras finalizar la guerra española. Los pintores Luis Fernández (1900-1973), Manuel Ángeles Ortiz (1895-1984), Pedro Flores (1897-1967) y Antonio Rodríguez Luna (1910-1985) gozaron de su ayuda participando, entre otras cosas, en el Pabellón republicano de 1937 en París.

Picasso también rescató a sus sobrinos, los pintores Xavier y Josep Vilató Ruiz, sacándolos del campo francés de Argelés-sur-Mer, del que habría de liberar también al escultor Baltasar Lobo, a Apel·les Fenosa, Antoni Clavé, Carles Fontseré, Miguel Prieto o al mismísimo Josep Renau, pintor, fotomontador y Director General de Bellas Artes. No sólo consiguió sacarles de aquel infierno mediante sus contactos y gastando ingentes cantidades de dinero, sino que les hacía llegar una mensualidad para que pudiesen vivir dignamente hasta que se instalaran y consiguieran recursos. Casi todos ellos tenían mujer e hijos a los que mantener.

En el caso de los miembros del Consejo Editorial de la revista valenciana Hora de España y a la Junta de Cultura Española, los ayudó a todos.Juan Larrea, autor de la primera publicación razonada dedicada íntegramente al Guernica, comentó en el primer número de la revista España Peregrina, publicado en México en 1940 por los exiliados españoles : “Picasso será siempre para nosotros un símbolo primordial en este filo en el que estamos. Su triunfo actual es considerado para nosotros como nuestro”.

Por meritos propios, Picasso se ganó este reconocimiento por parte de sus compatriotas porque su actividad prosiguió durante los años de la primera posguerra : formó parte del Comité de Ayuda a los Intelectuales Españoles en Francia, organización a  la que donó el 25 % de lo que sacaba de la venta de sus obras en Estados Unidos ; participó en gran cantidad de muestras antifascistas, unas a favor de los niños españoles y otras para recaudar dinero y poder liberar a la gente de los campos de concentración franceses. En los años 1940, colaboró financieramente con el hospital de guerrilleros españoles de Toulouse. El peregrinaje de su mítico lienzo con el fin de recaudar fondos para los refugiados españoles también contribuyó a que el Guernica y  su autor se convirtieran en símbolos del exilio español.

El 4 de octubre de 1944, menos de seis semanas después de la liberación de París –donde se había exiliado–, Pablo Picasso sorprendió al mundo con su anuncio de que se afiliaba al Partido Comunista francés. Paradójicamente, Estados Unidos, el país que custodiaba al Guernica en el Museum of Modern Art (MOMA) de Nueva York , le vetó la entrada a su autor. Y desde ese momento Picasso fue espiado por la CIA.

El escritor catalán Josep Plá, en sus Notas del crepúsculo, cuenta que poco después de terminar la Segunda Guerra Mundial, se hallaba en París cuando se topó con Picasso. Se conocían y mantuvieron una conversación. “Gano mucho dinero, soy multimillonario y al mismo tiempo me han hecho del partido comunista. Ha sido el escritor Aragon. No creo que un artista pueda pedir más”. En 1949, Aragon visitó a Picasso en su estudio y le solicitó un dibujo que pudiera servir como logotipo del Congreso Mundial por la Paz. Será la famosa Paloma de la Paz.

Una de las cosas que resultaba curiosa de la asociación entre Picasso y los comunistas era que el partido adoptaba oficialmente la escuela de realismo social, en oposición al movimiento moderno del cual el “decadente” Picasso era el mayor exponente. Pero su largo exilio de la España natal por su oposición al régimen del general Franco, combinado con las brutales experiencias de la vida durante la ocupación nazi de París, llevaron a que viera al comunismo como un ideal de paz y la llave para un mundo libre de fascismo.

Desde entonces, Picasso comenzó a presentarse por primera vez en conferencias públicas, realizando donaciones a causas varias, incluyendo el regalo de un millón de francos a los mineros de carbón franceses en huelga. Se unió a protestas contra la Guerra de Corea y contra la ejecución de Nikos Beloyannis, comunista griego y líder de la resistencia. Como presidente de Spanish Refugee Appeal, Picasso obtuvo el apoyo de los antifascistas Albert Einstein, Orson Welles, Yehudi Menuhín y otros. Recibió el Premio Stalin de la Paz y el Premio Mundial de la Paz, que compartió con el cantante estadounidense Paul Robeson y el poeta chileno Pablo Neruda. Aunque luego rechazó la Legión de Honor francesa. Los acontecimientos de 1956 en Hungría enfriaron la relación con el partido, pero Picasso, a pesar de sus crecientes reservas, nunca lo abandonó y mantuvo su fidelidad hasta su muerte en 1973.

Lo volví a ver un poco antes. En Vallauris, donde tenía su taller de cerámica. Estaba cenando con su última esposa y unos amigos. Me reconoció y nos saludamos. Recuerdo que, mientras yo charlaba con él, se nos acercó el mesonero y, dirigiéndose a Picasso con cierta petulancia, le pidió : “Maestro, ¿podría hacerme un dibujo para tenerlo como recuerdo ?” Ahí mismo, en el mantel de papel blanco, el genio improvisó, de un solo trazo, la silueta de un toro bravo enlazando a una sensual doncella. Quedamos todos embelesados de tanta facilidad y de tanta belleza. Luego rasgó con cuidado el papel y le tendió el dibujo al hombre, diciéndole : “Son veinte mil francos.” “¿Cómo ? ¡Si lo ha hecho usted en dos minutos !” “Sí, le contestó Picasso, dos minutos... más setenta años”. <





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