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El chileno Alejandro Aravena, arquitecto del año

El Robin Hood de la arquitectura

Par Olivier Namias  |  14 mars 2016     →    Version imprimable de cet article Imprimer

El 13 de enero de 2016, en Chicago, el empresario Thomas Pritzker desvelaba el nombre del trigésimo noveno galardonado con el premio que lleva su nombre. Ante la sorpresa general, coronaba a un arquitecto chileno, Alejandro Aravena, del estudio Elemental. A menudo presentado como el Nobel de Arquitectura, la recompensa atribuida por la fundación de la cadena de hoteles Hyatt, que dirige Pritzker, distingue habitualmente a profesionales consolidados : el anterior galardonado, Otto Frei, falleció a los noventa años, unos días antes de la proclamación oficial…

De 48 años de edad, Aravena no debe su distinción a la irresistible atracción que ejerce sobre las revistas de papel de gran gramaje, sino a realizaciones que tendrían como objetivo la erradicación de la pobreza y que estarían puestas al servicio de la mayoría. “Sus construcciones brindan oportunidades económicas a los más desfavorecidos, atenúan los efectos de las catástrofes naturales, reducen el consumo de energía y proporcionan espacios públicos acogedores”, declaró Pritzker (1).

El urbanismo en 2004 del barrio Quinta Monroy en Iquique, en el norte de Chile, proporcionó a Aravena reconocimiento internacional en el ámbito de la arquitectura. Se trata de una historia muy bonita : contratado para eliminar un barrio de chabolas, su estudio desarrolló un concepto que permitió la construcción de 93 viviendas con un presupuesto previsto sólo para la edificación de 30. La astucia radicaba en la entrega de medias casas, que los propios ocupantes completarían en cuanto tuvieran los medios para hacerlo.

En Iquique, las viviendas se presentan bajo la forma de cajas de zapatos colocadas de forma vertical, y el vacío que las separa tiene que ser completado por una futura ampliación. El promotor entrega un núcleo que comprende el acceso a agua corriente y una habitación. En la planta baja, la zona de extensión tiene el volumen de una plaza de aparcamiento. El procedimiento permite ampliar de 36 a 70 metros cuadrados la superficie de las viviendas al nivel de la calle y de 25 a 72 metros cuadrados la de los dúplex. Además, habría permitido mantener en el centro de esta ciudad de 220.000 habitantes a familias que, de otra manera, estaban destinadas al éxodo hacia la periferia.

El ahorro de recursos sumado a la inventiva de los residentes otorga al conjunto un aspecto deliciosamente pintoresco, ya que la autoconstrucción está considerada, con una pizca de condescendencia, como una expresión torpe pero conmovedora del arte popular. Además, esta solución no surgió a comienzos de los años 2000 de las oficinas del estudio Elemental : se tomó prestada de los sistemas de viviendas progresivas desarrolladas en los años 1970 por arquitectos chilenos como Fernando Castillo Velasco, o del Programa Experimental de Vivienda (PREVI) puesto en marcha en Perú en 1965 por el presidente y arquitecto Fernando Belaúnde Terry. Precedentes de arquitectura “socialmente comprometida” que el premiado del Pritzker 2016 se cuida mucho de citar.

El alborozo mediático que acogió la consagración de Aravena indica quizás un cambio de era entre los constructores. Tras haber contribuido a elevar al rango de estrellas mundiales a Frank Gehry –autor del Museo Guggenheim de Bilbao– o a Zaha Hadid –que firmó el complejo cultural Heydar Aliyev, regalo del Presidente de Azerbaiyán Ilham Aliyev a su padre–, la Fundación Hyatt pretende renovar la estropeada figura del “arquitecto estrella”. Protagonista en el juego, China pitó el final del partido para esta arquitectura-espectáculo cuyo desfase con las temáticas de la crisis climática y social se acentúa. El público se ha cansado de los creadores extravagantes que producen “elefantes blancos” ; comienza la época de la arquitectura útil, comprometida, preocupada por el bienestar de la humanidad. Con Aravena como nueva punta de lanza, la Fundación fija la agenda arquitectónica de los próximos años. Pero, ¿es el elegido ese héroe tan esperado ?

Menos mediatizada y, por lo tanto, menos conocida que los estereotipos de las medias casas, la relación entre el arquitecto y el magnate del petróleo Roberto Angelini se tejió en 2006 con motivo de la renovación del barrio Quinta Monroy. Frente al rechazo de las autoridades a financiar el proyecto, Aravena se puso en contacto con AntarChile, primera empresa privada del país. Su presidente-director general, Angelini, se apresuró a aceptar y, con la mediación de su filial Copec, hizo entrar a su grupo en el capital de Elemental, con un porcentaje del 40%. La idea de vender medias casas a los pobres había entusiasmado al multimillonario. “Alejandro tuvo el ingenio de crear viviendas sociales de dos plantas y con posibilidades de ampliación” (2), se extasiaba en la entrega del premio Avonni de Innovación a su pupilo en 2009.

El estudio –un término insuficientemente innovador que Aravena prefiere reemplazar por el de “Do Tank” (“fábrica de hacer”)– también cuenta con su principal cliente, la Universidad Pontificia Católica de Chile (llamada UC o PUC), como accionista. Cercana al poder durante la dictadura de Augusto Pinochet (1974-1990), esta institución privada acogió a los “Chicago Boys”, los evangelistas del monetarismo y del libre mercado en la sociedad chilena. Al margen de las viviendas sociales, el porfolio de Elemental cuenta con numerosas y elegantes construcciones universitarias, todas construidas para la PUC. Nada de arquitectura por completar para los usuarios de la Escuela de Matemáticas (1998), la Escuela Médica (1999), la Escuela de Arquitectura (2004), las Torres Gemelas (2005) y el Centro de Innovación UC (2014), cofinanciado por AntarChile.

Durante el anuncio de su nominación al Pritzker, Aravena declaró : “Nuestro plan es no tener un plan, hacer frente a lo incierto y estar abiertos a lo inesperado”. Pero mientras diserta sobre su compromiso ciudadano, ¿cómo evolucionan las medias casas, sus habitantes y sus barrios ?

Presentadas como el fruto de la concertación con los habitantes, las operaciones de este tipo a menudo producen los mismos resultados sin importar el lugar, de Chile a México pasando por Nueva Orleans o por Ginebra. En Chile, el terremoto de 2010 y la reconstrucción de la ciudad de Constitución proporcionaron la ocasión de desarrollar el concepto de Quinta Monroe a mayor escala. Con una implantación somera que apenas deja ver esos “espacios públicos de calidad” alabados por Pritzker, el resultado es un buen ejemplo de esos barrios que algunos generosos “agentes rehabilitadores” saben ofrecer a los pobres. ¿El cliente ? La fábrica Arauco, principal empleador de la ciudad y filial… de AntarChile. ¿El representante del Estado ? Andres Iacobelli Del Río, miembro fundador de Elemental que, en 2010 y 2011, pasó a ser subsecretario de Estado de Vivienda y de Urbanismo en el Gobierno de Sebastián Piñera (derecha). ¿El supervisor ? Pablo Allard, coordinador nacional de Reconstrucción Urbana y tercer miembro fundador de Elemental. Para Claudio Pulgar, arquitecto e investigador en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, esa operación simboliza un modelo donde la transferencia de los poderes del Estado hacia actores privados considerados como “brillantes, poderosos y distinguidos” trae consigo un fenómeno de gentrificación (3). En Constitución, el plan de Elemental echó a los pescadores pobres del centro de una ciudad de la que eran sus habitantes históricos.

“Una de las razones del entusiasmo por Aravena radica en las ganas de la sociedad y del medio arquitectónico de creer en recetas milagrosas e instantáneas, a la vez que se desinteresan por sus resultados reales”, analiza el crítico de arquitectura argentino Fredy Massad, una de las escasas voces disonantes sobre los méritos del nuevo “pritzkerizado” (4). Los admiradores de conceptos tales como el que se puso en marcha en Quinta Monroy rara vez vuelven al lugar –en 2013, es decir, nueve años después de su entrega, el barrio experimental presentaba espacios públicos deteriorados, una construcción de aspecto insalubre y no difería mucho de los barrios de chabolas que supuestamente iba a reemplazar–. Ya no se ocupan de la calidad del núcleo habitable generosamente entregado por el arquitecto : no hay agua caliente ; los trabajos de albañilería son defectuosos ; los acabados, mínimos ; los materiales, de muy mala calidad. “En Chile, la vivienda social, o más bien la vivienda subvencionada, se relaciona con lo que en Francia se llama el acceso social a la propiedad [modelo cercano a las viviendas de protección oficial (VPO) en España]. No se trata tanto de una política de vivienda como de un mecanismo financiero de apoyo al sector privado inmobiliario y de la construcción –recuerda Pulgar–. Aquellos que necesitaban ayuda son reorientados hacia el mercado”. A menudo con un gran endeudamiento como broche final.

Aunque admite que las desigualdades son uno de los problemas del continente sudamericano, Aravena propone su reabsorción por la ciudad más que por la redistribución –hacer “más con menos”, según uno de sus eslóganes–. Esa base ideológica explica la armonía existente entre sus puntos de vista y los del jurado del Pritzker. Al igual que las fundaciones Gates o Facebook, estas instituciones pretenden adueñarse con sus propios métodos de problemas que antaño correspondían al Estado –medio ambiente, sanidad, pobreza–. Transformar la vivienda social en campo de acción humanitaria, haciéndola pasar así del derecho a la caridad : una visión de futuro. 

 

 

NOTAS :

(1) www.pritzkerprize.com/2016/announcement

(2) “Roberto Angelini explica las razones del fuerte vínculo entre Copec y Elemental”, Lignum, Santiago de Chile, 7 de septiembre de 2009.

(3) Claudio Pulgar Pinaud, “Quand la justice spatiale fait trembler la ville néolibérale”, Justice spatiale, EHESS/INVI, junio de 2014, www.jssj.org

(4) Fredy Massad, “Alejandro Aravena, Premio Pritzker 2016”, La Viga en el ojo, 15 de enero de 2016, http://abcblogs.abc.es





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