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El abuso del lenguaje

Par Bernard Cassen  |  1ro de julio de 2015     →    Versión para imprimir de este documento imprimir

Por un lado, Grecia; por el otro, Europa; ambos “echando un pulso”: los medios de comunicación acuden diariamente a este registro semántico para dar cuenta del intento de estrangulamiento del Gobierno que preside Alexis Tsipras. Aunque todo el mundo puede entender lo que abarca la palabra “Grecia”, y no solamente en términos geográficos, no ocurre lo mismo con la palabra “Europa”. En este caso, no se trata ni de pueblos, ni de  sociedades, ni de Parlamentos nacionales de los Estados miembros de la Unión Europea (UE), ni siquiera del Parlamento Europeo. Se trata de las fuerzas unidas –hasta hace poco designadas como la troika– de la Comisión Europea, del Banco Central Europeo (BCE) y del Fondo Monetario Internacional (FMI) cuya sede, recordémoslo, se encuentra en Washington DC…

Reducir la idea de Europa a la suma de tres instituciones independientes y, por lo tanto, situadas fuera del alcance del sufragio universal no es solamente, como se podría creer, un abuso del lenguaje, una facilidad mediática –a la cual el autor de estas líneas también cede alguna que otra vez… El uso sin precaución de esta palabra, con o sin el componente FMI, no se limita al caso griego. Pasa a ser la norma en numerosas situaciones, particularmente en todas aquellas en las que hay que imponer el orden neoliberal. Los “planes de rescate” de Chipre, de Irlanda y de Portugal llevan igualmente la marca “Europa”.

Esta usurpación de identidad léxica tiene una gran ventaja para los Gobiernos. Les permite ampararse detrás de las “instituciones de la UE” para no tener que responder de sus actos ante sus electores. Cuando, en realidad, son ellos quienes, en última instancia, toman las decisiones cruciales en el marco del Consejo Europeo y no la Comisión, ni siquiera el BCE. De todas formas, existe una profunda solidaridad ideológica y una distribución de tareas entre estas tres entidades. Su evidente ensañamiento con el Gobierno de Syriza no sólo se explica por las divergencias –ciertamente profundas– en el tema de la deuda soberana griega. Apunta también a matar de raíz, mediante un cambio de Gobierno en Atenas, cualquier tipo de disidencia en un bloque hasta ahora homogéneo. La perspectiva de una victoria de Podemos en las próximas elecciones legislativas en España, que conllevaría la creación de un eje Atenas-Madrid contra las políticas de austeridad, solamente puede reforzar la voluntad de “Europa” –entre comillas– para doblegar a los griegos.

Hay decenas de miles de personas a quienes no molesta necesariamente el uso de la palabra Europa –sin comillas– para designar a las instituciones de Bruselas, de Fráncfort, de Luxemburgo y de Estrasburgo: son los miembros (electos y funcionarios) de dichas instituciones. Inmersos en medios plurinacionales y plurilingües pero muy distantes de las realidades de sus países de origen, sobre todo por el nivel de sus salarios, se perciben a sí mismos como los únicos verdaderos “europeos”. Para muchos de ellos, los Estados son simples provincias de su “Europa” y, por ende, deben ser tratados como tales.

No podemos asombrarnos del avance del euroescepticismo en la medida en que, para la opinión pública, la UE se limita sólo a sus instituciones y en la medida en que éstas toman decisiones provenientes de todo el abanico neoliberal y que los Gobiernos imponen después a sus ciudadanos –olvidando precisar que las han votado. Y no será la habitual denuncia del “populismo”, –que, a menudo, disimula la desconfianza ante cualquier forma de soberanía popular–, lo que modificará el crecimiento de tal euroescepticismo.   





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