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El golpe de Estado de la patronal

Par Maurice Lemoine  |  29 mars 2013     →    Version imprimable de cet article Imprimer

En abril de 2002, la oposición venezolana orquestó un golpe de Estado contra Hugo Chávez. El motivo oficial que se adujo fue el asesinato de manifestantes antichavistas por parte de simpatizantes bolivarianos, pero realmente estaba basabo en una mistificación. Presente en el lugar y en el momento de los acontecimientos, Maurice Lemoine reconstituye su desarrollo.

En abril de 2002, la oposición venezolana orquestó un golpe de Estado contra Hugo Chávez. Oficialmente motivado por el asesinato de manifestantes antichavistas por simpatizantes bolivarianos, en realidad, dicho golpe reposa en una mistificación. Presente en el lugar al producirse los acontecimientos, Maurice Lemoine reconstruye su desarrollo.

El 11 de abril amanece con más de trescientos mil opositores marchando pacíficamente rumbo a la sede de [la sociedad petrolera nacional] PDVSA-Chuao, situada al este de la capital. El crimen se concretará allí, en el corazón de una creciente efervescencia que facilita su designio. Para acreditar la idea de una “sociedad civil” que enfrenta una dictadura, nada como los “mártires”… A las 13 horas, al oeste de la ciudad, en el palacio presidencial, el ministro de la Presidencia Rafael Vargas, lívido, irrumpe en la oficina de sus colaboradores. “El resto del país está en calma, pero Carlos Ortega [secretario general de la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), cercano a la patronal], acompañado por la televisión, acaba de llamar a marchar hacia [el Palacio de] Miraflores. Es una conspiración”. A las 13:40, funcionarios de segundo nivel anticipan, aun antes de saberlo, los acontecimientos a seguir : “Avanzan por la autopista… Hay que dejarlos que se manifiesten, pero detenerlos antes de que lleguen aquí. Si no, los Círculos Bolivarianos se van a movilizar y esto va a terminar en un desastre”.

Los hombres de uniforme saben ser maquiavélicos. Para prevenir lo inevitable, el Alto Mando de la Guardia Nacional no ordena ninguna maniobra de envergadura. La oposición llega a menos de cien metros de Miraflores y de las decenas de miles de “chavistas”, algunos armados con palos y piedras, que descendieron a toda prisa para proteger con sus cuerpos al Presidente. Quince guardias nacionales, ni uno más, se interponen para impedir el choque. Escena surrealista, el de mayor rango se vuelve hacia los fotógrafos y pregunta, angustiado : “¿Alguno puede prestarme un teléfono móvil, así pido refuerzos ?”. Sus hombres logran estabilizar la situación usando gases lacrimógenos.

Se atribuye a los Círculos Bolivarianos haber disparado a mansalva contra una manifestación pacífica, provocando los quince muertos y trescientos cincuenta heridos (157 por armas de fuego) de esa trágica jornada. Es falso. Misteriosos francotiradores apostados sobre los tejados de inmuebles de unos diez pisos causan las primeras cuatro víctimas entre sus filas. Después, habiendo hecho subir la temperatura al paroxismo, se ensañan con la oposición, con precisión mortal. La confusión fue total, se generaliza la refriega. Cerca de la estación de metro El Silencio, una escuadra de la Guardia Nacional responde a la lluvia de piedras de la “sociedad civil” con enjambres de granadas lacrimógenas, pero también con armas de guerra. Pequeños grupos de la policía metropolitana del alcalde opositor Alfredo Peña disparan sobre todo lo que se mueve, sin discernimiento (aunque otros colegas se comportaron decentemente).

La Guardia de Honor del Presidente “habría arrestado a tres francotiradores, dos de ellos agentes de la policía de Chacao [barrio del este de la capital] y uno de la policía metropolitana” (El Nacional, 13 de abril de 2002). En el calor de los enfrentamientos, un muchacho, anonadado, atestigua : “Vimos dos, estaban de uniforme”. Al día siguiente, en las pantallas de Venevisión, el vicealmirante sedicioso Vicente Ramírez Pérez confía : “Teníamos el control de todas las llamadas telefónicas del Presidente a los comandantes de unidad. Nos reunimos a las 10 de la mañana para planificar la operación”. ¿Qué operación ? A esa hora, oficialmente, la marea opositora todavía no se había desviado hacia Miraflores. (…)

Designado Presidente el 12 de abril, el patrón de patronos Pedro Carmona disuelve el Parlamento, todos los organismos constituidos, destituye a los gobernadores y alcaldes surgidos de las urnas. Dotado de todos los poderes, escucha al portavoz de la Casa Blanca, Ari Fleisher, felicitar al ejército y a la policía venezolanos “por haberse negado a disparar contra manifestantes pacíficos” y concluir, sin más : “Simpatizantes de Chávez dispararon contra esa gente, lo que rápidamente lo puso en una situación que lo llevó a renunciar”. Mientras la Organización de Estados Americanos se dispone a condenar el golpe de Estado, los embajadores de Estados Unidos y de España en Caracas se apresuran a saludar al Presidente de facto. (…)

Se conoce lo que siguió. Rindiéndose sin resistencia para evitar un baño de sangre, Chávez no había renunciado. El 13 de abril, cientos de miles de sus partidarios ocuparon las calles y plazas de todo el país. Esa misma tarde, su Guardia de Honor recuperó Miraflores y ayudó a algunos ministros a ocupar el despacho presidencial. Siguiendo el ejemplo del general Raúl Baduel, jefe de la 42º Brigada de Paracaidistas de Maracay, comandantes fieles a la Constitución retomaron el control de todas las guarniciones. Dividido, sin clara perspectiva, temiendo una reacción incontrolable de la población y enfrentamientos entre militares, el Alto Mando pierde pie. Por la noche, el legítimo Presidente de la República Bolivariana de Venezuela es devuelto a su pueblo. Aparentando no haber extraído ninguna lección de esos trágicos acontecimientos, apenas algunos días más tarde la oposición volvió a aumentar la presión.





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