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El gran mercado transatlántico: ¡peligro!

Par Bernard Cassen  |  15 de diciembre de 2012     →    Versión para imprimir de este documento imprimir

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En su casi totalidad, los dirigentes europeos se felicitaron por la victoria, en Estados Unidos, de Barack Obama. Primero, porque prefieren a un interlocutor que ya aprendieron a conocer. Luego, porque una presidencia de Mitt Romney, aguijoneada por los fanáticos del Tea Party, hubiese provocado un regreso a la guerra fría con China y Rusia. En cuanto a Benjamín Netanyahu, hubiese obtenido muy probablemente de Romney luz verde para un ataque de Israel contra los sitios nucleares iraníes, con consecuencias incalculables. En plena crisis económica y social, Europa no necesitaba estos factores altamente perturbadores… 

Pero la satisfacción de los gobiernos del Viejo Continente termina ahí, ya que todos tomaron nota de que, en su campaña, Obama no pronunció ni una palabra sobre Europa, a la que parece ignorar en su estrategia planetaria. En lugar de lloriquear ante esta indiferencia, los gobiernos europeos deberían preguntarse qué es lo que la ha motivado. Pongámonos en el lugar del Presidente americano: frente a situaciones internacionales altamente conflictivas, especialmente en Asia y Oriente Próximo, ¿para qué perder tiempo en concertaciones estratégicas con “aliados” cuya docilidad está asegurada de antemano?

Ello no significa de ninguna manera que los dirigentes estadounidenses se olviden de la situación en Europa. Al contrario, están sumamente preocupados por las políticas “austeritarias” que se están llevando a cabo. Éstas ya han hecho entrar en recesión a varios países de la Unión Europea (UE) e ineluctablemente conducirán a una depresión de gran envergadura. Evidentemente no son consideraciones humanitarias sobre la suerte de los parados griegos y portugueses lo que anima a la Administración de Obama, sino simplemente el impacto negativo de la caída de la actividad económica europea sobre las exportaciones estadounidenses, y por ende, sobre el empleo en Estados Unidos.

En este contexto vuelve al orden del día el viejo proyecto de Zona de libre comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea, que se supone favorecerá el crecimiento a ambos lados del Atlántico. El secretario de Comercio de Estados Unidos (US Trade Representative), Ron Kirk, y el comisario europeo de Comercio, Karel De Gucht, tienen previsto anunciar, antes de finalizar 2012, el inicio de las negociaciones. Este último, sin embargo, necesita un mandato de los gobiernos de los 27 miembros de la UE. El estricto mínimo democrático –si es que este concepto todavía tiene sentido para la maquinaria bruselense– exigiría que los términos de ese mandato se debatieran públicamente, en primer lugar en los Parlamentos nacionales. No parece que vaya a ser así…

Ahora bien, un Acuerdo de Libre Comercio transatlántico tendría repercusiones que irían mucho más allá del aumento de los flujos comerciales que ya alcanzan los dos mil millones de euros diarios. Alimentaría la ilusión de que el remedio a la crisis actual reside en la proliferación del comercio internacional en un ambiente de competencia exacerbada y de “competitividad”. ¡Como si todos los paí­ses pudieran ser exportadores netos! Para las multinacionales europeas y estadounidenses, se trata de desmantelar las pocas barreras reglamentarias que aún subsisten en la UE en materia de normas sanitarias, fiscales, sociales, de protección del consumidor, de confidencialidad de datos privados, etc. En cierta manera, de institucionalizar todas las formas de dumping.

Se entiende perfectamente por qué la US Chamber of Commerce milita a favor de un acuerdo de libre comercio con la UE. Cabe preguntarse si, en su fuero íntimo, los gobiernos europeos no comparten esos mismo objetivos… 





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