« Pour nos combats de demain, pour un monde plus libre, plus juste, plus égalitaire, plus fraternel et solidaire, nous devons maintenir vivante la mémoire de nos luttes »

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El modelo que inspira a los liberales

El infierno del milagro alemán

Par Olivier Cyran  |  30 septembre 2017     →    Version imprimable de cet article Imprimer

La población alemana, llamada a las urnas el 24 de septiembre, nunca ha contado con tan pocos solicitantes de empleo. Ni con tantas personas en situación de precariedad. El desmantelamiento de la protección social a mediados de los años 2000 convirtió a los desempleados en trabajadores pobres.

Ocho de la mañana : apenas el Jobcenter (oficina de empleo) del barrio berlinés de Pankow ha abierto sus puertas cuando ya una quincena de personas hacen cola ante la ventanilla de recepción, retraídas en un caparazón de silenciosa ansiedad. “¿Qué por qué estoy aquí ? Porque si no respondes a sus citaciones, te retiran lo poco que te dan –masculla un cincuentón en voz baja–. De todos modos, no tienen nada que ofrecerte. A parte de, quizás, un curro de vendedor de calzoncillos de clavos, quién sabe”. La imagen le arranca una débil sonrisa.

Hace un mes, una madre soltera de 36 años, educadora desempleada, recibió un correo del Jobcenter de Pankow instándola, bajo pena de sanciones, a postular para un empleo de comercial en un sex-shop. “He tenido que aguantar de todo con mi Jobcenter, pero esto se lleva la palma”, reaccionó la interesada en Internet, antes de anunciar su intención de presentar una denuncia por abuso de poder.

Fuera, en el aparcamiento del bloque de viviendas sociales, la “unidad de apoyo móvil” del centro de desempleados de Berlín ya está manos a la obra. Sobre una mesa plegable instalada ante el minibús del equipo, Nora Freitag, de 30 años de edad, coloca una pila de folletos titulados “Cómo defender mis derechos frente al Jobcenter”. “La Iglesia protestante organizó esta iniciativa en 2007. Hay mucha angustia, mucha impotencia también, ante este monstruo burocrático que los desempleados, no sin razón, perciben como una amenaza”.

Una señora, de unos sesenta años largos de edad, se acerca con paso vacilante. Parece terriblemente incómoda de mostrarse ante desconocidos. Dado que su jubilación es de menos de 500 euros al mes y no le basta para vivir, recibe un complemento de su Jobcenter. Como a duras penas llega a fin de mes, tiene desde hace poco un empleo precario a tiempo parcial (“minijob”) como mujer de la limpieza en un centro de salud, que le asegura un salario neto mensual de 340 euros. “Fíjese –dice con vocecita alarmada–, la carta del Jobcenter me anuncia que no le he declarado mis ingresos y que debo rembolsar 250 euros. ¡Pero no tengo ese dinero ! Además, como comprenderá usted, desde el primer día he declarado mis ingresos. Tiene que tratarse de un error…”. Un miembro del equipo le pone la mano en el hombro para prodigarle en privado sus consejos : a quien dirigir un recurso, a qué puerta llamar para poner una denuncia si el recurso no tiene éxito, etc. A veces, el minibús sirve de refugio a la hora de tratar un problema al abrigo de miradas indiscretas. “Es una de las consecuencias de Hartz IV –observa Freitag–. La estigmatización de los desempleados es tan grande que a muchos les avergüenza el mero hecho de mencionar su situación ante otros”.

“Hartz IV” : esta estigmatización social es el resultado del proceso de desregulación del mercado laboral, llamado Agenda 2010, puesto en marcha entre 2003 y 2005 por la coalición del Partido Socialdemócrata (SPD por sus siglas en alemán) y los Verdes del canciller Gerhard Schröder. El cuarto y último componente de estas reformas, bautizado con el nombre de su diseñador, Peter Hartz, antiguo director de personal de Volkswagen, fusiona las ayudas sociales y las indemnizaciones de los desempleados de larga duración (sin empleo desde hace más de un año) en una única prestación global, pagada por el Jobcenter. Se supone que su ajustado importe –409 euros al mes en 2017 para una persona sola (1)– alienta al beneficiario, rebautizado “cliente”, a encontrar o recuperar cuanto antes un empleo, por mal remunerado o poco conforme a sus expectativas o competencias que sea. Su atribución está sujeta a uno de los regímenes de control más coercitivos de Europa.

A finales de 2016, la red Hartz IV englobaba a cerca de 6 millones de personas, de las cuales 2,6 millones eran desempleados oficiales, 1,7 desempleados no oficiales –que salen de las estadísticas por la trampilla de los “dispositivos de activación” (formaciones, coaching, trabajos a 1 euro, minijobs, etc.)–, y 1,6 millones hijos de beneficiarios de subsidios. En una sociedad organizada en torno al culto al trabajo, a menudo estos son descritos como un ejemplo a evitar o una congregación de ociosos, a veces cosas peores. En 2005, se podía leer en un folleto del Ministerio de Economía, prologado por el ministro Wolfgang Clement (SPD) y titulado “Prioridad a las personas honestas. Contra los abusos, los fraudes y el self-service en el Estado social” : “Los biólogos coinciden en utilizar el término ‘parásitos’ para designar a los organismos que satisfacen sus necesidades alimentarias a costa de otros seres vivos. Por supuesto, estaría totalmente fuera de lugar oír nociones provenientes del mundo animal para designar a seres humanos”. Y, por supuesto, la expresión “parásito Hartz IV” fue profusamente retomada por la prensa amarilla, con el Bild a la cabeza.

La vida de los beneficiarios de subsidios es un deporte de combate. Como su asignación, al límite de la supervivencia, no les permite pagar un alquiler, el Jobcenter se hace cargo de este, a condición de que no sobrepase un umbral fijado por la Administración según las zonas geográficas. “Una tercera parte de las personas que viene a vernos lo hace por problemas de alojamiento –declara Freitag–. Generalmente, porque la subida de los alquileres en las grandes ciudades, particularmente en Berlín, les ha hecho salirse de los topes del Jobcenter. Tienen que mudarse, pero sin saber adónde, puesto que el mercado del alquiler está saturado, o bien pagar la diferencia de su bolsillo recortando su presupuesto alimentario”. De los 500.000 “Hartz IV” que viven en Berlín, el 40% estaría pagando un alquiler que excede el límite reglamentario.

El Jobcenter puede también desbloquear con cuentagotas ayudas de urgencia. Esto le confiere un derecho de revisión que se acerca casi a un régimen de curatela. Cuenta bancaria, compras, desplazamientos, vida familiar o incluso amorosa : ningún aspecto de la vida privada escapa al humillante radar de los controladores. Con las 408 oficinas del país disponiendo de margen de iniciativa, algunas desbordan imaginación. A finales de 2016, por ejemplo, el Jobcenter de Stade, en Baja Sajonia, envió un cuestionario a una desempleada soltera y embarazada rogándole que divulgara la identidad y fecha de nacimiento de sus parejas sexuales (2).

Por su filosofía, este régimen inquisitorial estaba ya en forma de embrión en el manifiesto firmado en junio de 1999 por Schröder y su homólogo británico Anthony Blair. Los dos profetas de la “socialdemocracia moderna” proclamaban la necesidad de “transformar la red de seguridad de las conquistas sociales en un trampolín hacia la responsabilidad individual”. Ya que, precisaba este texto titulado “Europa : la tercera vía, el nuevo centro”, “un trabajo a tiempo parcial o un empleo escasamente remunerado son mejor que no tener trabajo porque facilitan la transición del paro al empleo”. Antes un pobre que suda que un pobre inactivo : esta verdad de barra de bar sirvió de matriz ideológica a la “cesura más importante sin duda en la historia del Estado social alemán desde Bismarck”, según Christoph Butterwegge, investigador de Ciencias Sociales en la Universidad de Colonia (3).

En Francia, las leyes Hartz constituyen desde hace doce años una fuente inagotable de éxtasis en los círculos patronales, mediáticos y políticos. La alabanza ritual al “modelo alemán” ha cobrado todavía más fuerza desde la llegada al Palacio del Elíseo de Emmanuel Macron, para el cual “Alemania ha hecho reformas formidables” (4). Un punto de vista raramente cuestionado por los editorialistas. “El canciller alemán Gerhard Schröder impuso por la fuerza las reformas que constituyen la prosperidad de su país”, recordó el director editorial de Le Monde el día siguiente de la elección del candidato de la “start-up nation”, exhortándole a mostrar mano firme en sus propias reformas (5). El economista Pierre Cahuc, inspirador junto a Marc Ferracci y Philippe Aghion de la revisión del mercado laboral concebida por Macron, también saluda “el excepcional logro de la economía alemana”. Estima que Hartz IV no solo es “lo mejor para el empleo” sino que también es preferible a la hora de repartir alegría y buen humor, puesto que “los alemanes se declaran cada vez más satisfechos de su situación, sobre todo los más modestos, mientras que la satisfacción de los franceses está estancada” (6).

Aunque “los más modestos” consiguen todavía contener su júbilo en las colas de los Jobcenters, no se puede discutir que los proyectos de Macron se inspiran directamente en el “modelo alemán”. En particular el vaciado de sentido del Código Laboral y el refuerzo del control sobre los desempleados, que se verían sancionados en caso de rechazo de dos ofertas de empleo sucesivas. Nadie ha resumido mejor el espíritu de Hartz IV que el presidente francés cuando explicó el 3 de julio, ante el Parlamento reunido en Versalles, que “proteger a los débiles no es transformarlos en dependientes crónicos del Estado”, sino darles medios de –y eventualmente obligarles a– “influir eficazmente sobre su destino”. En una acrobacia verbal cercana a las antaño efectuadas por los promotores de Hartz IV, añadió : “Debemos reemplazar la idea de ayuda social (...) por una verdadera política de inclusión de todos”. La consigna de Schröder frente a los pobres era más concisa : “alentar y exigir” (“fördern und fordern”).

Por lo demás, Hartz no se equivocó. En Francia, el artesano de las leyes que llevan su nombre continúa gozando de una reputación lisonjera. En Alemania no se ha olvidado su condena, en 2007, a dos años de prisión suspendida y 500.000 euros de multa por haber “comprado la paz social” en Volkswagen, pasando sobornos y pagando viajes exóticos y servicios de prostitutas a los miembros del comité de empresa. Así que ya nadie quiere oír hablar de él. Para encontrar un auditorio siempre dispuesto a aplaudirle, el exdirector de recursos humanos se refugia en Francia. La patronal francesa Movimiento de Empresas de Francia (MEDEF) le invita regularmente y François Hollande, que lo recibió cuando era presidente, al parecer pensó en incluirlo entre sus asesores (7). Ahora reserva sus oráculos para Macron por prensa interpuesta (8).

No obstante, Hartz solo interpretó un papel secundario en el advenimiento de las reformas de Schröder. Ciertamente, presidió la comisión cuyos trabajos sirvieron de base a las reformas, pero fue sobre todo la fundación Bertelsmann la que dirigió las operaciones. La obra “filantrópica” del grupo mediático y editorial más influyente de Alemania estuvo en el centro del proceso de elaboración de la Agenda 2010 : financiación de evaluaciones expertas y conferencias, difusión de argumentarios entre los periodistas, interconexión de “buenas voluntades”… “Sin el trabajo de preparación, seguimiento y promoción desplegado a todos los niveles por la fundación Bertelsmann, las propuestas de la comisión Hartz y su traducción legislativa nunca habrían podido ver la luz”, observa Helga Spindler, profesora de Derecho Público en la Universidad de Duisburgo (9). La fundación llegará incluso a invitar a los quince miembros de la comisión a viajes de estudio por países considerados pioneros en materia de aprovechamiento de la bolsa de desempleados : Dinamarca, Suiza, los Países Bajos, Austria y el Reino Unido (10).

En 16 de agosto de 2002, Hartz entrega sus conclusiones a Schröder bajo la cúpula de la Catedral francesa de Berlín. Es un “gran día para los desempleados”, dice, exultante, el canciller, que se compromete a reincorporar al mundo laboral a dos millones de desempleados en dos años. Con un volumen de 344 páginas, el informe de la comisión comprende trece “módulos de innovación” escritos en un dialecto gerencial a base de “engleutsch” (mezcla de alemán e inglés) por el que pululan expresiones como “controlling”, “change management”, “bridge system para trabajadores mayores en activo”, “nueva explotabilidad y voluntariado”... El Jobcenter es descrito en este como un “servicio mejorado para los clientes”.

El régimen resultante de esta antilengua, que entró en vigor el 1 de enero de 2005, se imbrica con el otro “paquete” de la Agenda 2010, que organiza la desregulación del mercado laboral. Embutir a los desempleados en el embudo salarial demandaba crear una amplia serie de herramientas para uso de los empleadores : reducción impositiva de los salarios bajos, lanzamiento de los minijobs a 400, luego 450 euros al mes, supresión de límites en la contratación de trabajo temporal, subvenciones a las empresas de trabajo temporal que llaman a desempleados de larga duración, etc. La fiebre del oro se apodera de los empresarios, sobre todo en el sector servicios. Abastecidos de tropas de refresco por los Jobcenters, aprovechan la “situación ventajosa” para trasformar empleos fijos en puestos precarios –aquellos que los ocupan son libres, a su vez, de hacer cola en el Jobcenter para completar su pequeña paga–. El trabajo temporal aumenta vertiginosamente, pasando de 300.000 contratados en el año 2000 a cerca de un millón en 2016. Al mismo tiempo, la proporción de trabajadores pobres –remunerados con menos de 979 euros al mes– pasa del 18% al 22%. La creación en 2015 del salario mínimo, fijado en 8,84 euros la hora en 2017, apenas ha invertido la tendencia : 4,7 millones de trabajadores en activo sobreviven todavía hoy con un minijob de a lo sumo 450 euros al mes (11). Alemania ha convertido a sus desempleados en necesitados.

Hartz IV funciona como una agencia de trabajo precario obligatorio. Las amenazas de sanciones que pesan sobre el “cliente” lo mantienen constantemente al acecho de una emboscada. Jürgen Köhler, un berlinés de 63 años, trabaja normalmente como diseñador gráfico freelance. Sometido a la competencia de grandes estudios que revientan los precios, ya no recibe suficientes pedidos con los que ganarse la vida y se ha inscrito en el Jobcenter. “Un día –cuenta con un café delante-, un correo me dice que tengo que presentarme el lunes y martes siguientes a las 4 de la madrugada en la puerta de una empresa de trabajo temporal para ser asignado a una obra y cobrar mi paga esa misma tarde. Y que debo agenciarme un par de zapatos de seguridad. Evidentemente, no poseo esa clase de equipamiento y nunca he trabajado en la construcción. Empezar a mi edad no me parecía una buena idea”. Como los plazos son, como suele suceder, demasiado breves para intentar recurrir, a Köhler no le queda más remedio que rebatir la medida ante los tribunales, confiando en que su asunto será juzgado antes de la ejecución de la sanción, que amenaza con recortar sus subsidios en un 10%, un 30% o incluso un 100%. Nadie está libre del hachazo, ni siquiera los hijos de los beneficiarios de Hartz IV de 15 a 18 años de edad : a cambio de sus 311 euros mensuales transferidos al presupuesto de la familia, y aunque vayan todavía al colegio, el Jobcenter puede convocarlos en cualquier momento para “aconsejarles” orientarse hacia tal o cual sector y cortarles los suministros si no acuden a una citación. Efecto pedagógico garantizado sobre el adolescente que lleva ya tatuado “Hartz IV” en la frente.

Miembro del grupo de los desempleados de Ver.di, el sindicato unificado del sector servicios, Köhler pudo disponer de un abogado gratuito y obtener a tiempo una decisión favorable. No todos tienen esa suerte. En 2016, se emitieron cerca de un millón de sanciones, con una sangría media de 108 euros por persona, unas ganancias nada despreciables para la Agencia Federal del Trabajo, autoridad que tutela los Jobcenters. El mismo año, estos últimos fueron objeto de 121.000 reclamaciones, denegadas en el 60% de los casos. “Las sanciones te caen encima por motivos tan absurdos que uno tiene posibilidades de ganar si se pone a ello –explica Köhler–. Pero la mayor parte de los desempleados no están informados de sus derechos y se defienden mal ; la mayoría ni siquiera se defiende”.

No siempre fue así. En 2003 y 2004, decenas de miles de desempleados y asalariados marchaban espontáneamente cada lunes en varias ciudades de Alemania para poner freno a las reformas de Schröder. Con implantación sobre todo en el Este, donde sus eslóganes se referían abiertamente a las “manifestaciones del lunes” contra las autoridades del otoño de 1989, el movimiento se había extendido rápidamente al Oeste, cogiendo desprevenidos a los aparatos sindicales, reacios a seguir su ejemplo. “Los sindicatos titubearon mucho –admite Ralf Krämer, secretario federal de Ver.di y responsable de asuntos económicos–. Su posición era tanto más ambigua cuanto que dos de sus representantes habían participado en la comisión Hartz, uno del DGB [Confederación Alemana de Sindicatos], el otro de los nuestros”. Además de los dos sindicalistas, la comisión Hartz incluía a dos diputados, dos académicos, un alto funcionario y siete “megadirectivos” del Deutsche Bank, del grupo químico BASF y de la consultora McKinsey. “En Alemania, el movimiento sindical tradicionalmente se sitúa cerca del SPD –prosigue Krämer–. A todas luces, las reformas de Schröder pudieron imponerse únicamente porque el Gobierno era socialdemócrata, sin lo cual la resistencia habría sido mucho mayor”.

En noviembre de 2003, para estupefacción general, una manifestación organizada al margen de los aparatos sindicales reúne a 100 000 personas en Berlín. “Numerosos sindicalistas estaban presentes, entre ellos yo mismo, ya que en Ver.di la base había comprendido que estas reformas solo buscaban favorecer el mercado de los salarios bajos –continúa Krämer–. Pero la dirección del DGB no se implicó”. Cinco meses más tarde, nuevas manifestaciones en Berlín, Stuttgart y Colonia hacen salir a la calle a medio millón de opositores : lo nunca visto en el país desde la posguerra. Esta vez, las centrales sindicales encabezan la marcha. “Quizá habríamos podido ganar si la dinámica hubiera continuado –lamenta Krämer–. Pero el DGB tuvo miedo de perder el control y se abstuvo de convocar nuevas movilizaciones. Las ‘manifestaciones de los lunes’ se quedaron vacías y el movimiento se extinguió. Perdimos una ocasión histórica. Hay que decir que la confrontación no forma parte de la cultura sindical alemana. No es nuestra costumbre cuestionar las decisiones de un Gobierno elegido democráticamente, aunque, personalmente, lo lamento”.

Curiosamente, este fracaso no incitó a los sindicatos a reflexionar sobre un cambio de estrategia. En Ver.di, no más que en el DGB –del que Ver.di forma parte, pero donde los sindicatos de la metalurgia y la industria química detentan una posición de fuerza–, los dirigentes no consideraron útil abrir un debate sobre la ilegalidad de las huelgas “políticas”, esa rareza del derecho alemán que prohíbe a los sindicatos llamar a un cese de la actividad en protesta por leyes consideradas perjudiciales para los intereses de los asalariados. ¿“Huelga general” ? La expresión hace que Mehrdad Payandeh, miembro del comité director federal del DGB y responsable de asuntos económicos, arquee las cejas. “Para nosotros, una huelga solo tiene sentido si fracasamos al negociar aumentos salariales en los sectores en los que contamos con representación. Esto sucede raramente. Nuestra legitimidad son nuestros afiliados, no la calle. No somos como esos países del Sur donde la gente hace huelgas para nada”.

A su manera locuaz y calurosa, Payandeh encarna bastante bien la cultura sindical descrita por Krämer. El hombre del DGB presta más atención a los patronos que conoce, cuya “capacidad para cooperar con los sindicatos” alaba, que a los desempleados de Hartz IV o a los esclavos del trabajo precario, que quedan fuera de su radio de acción. “Claro que estoy contra las sanciones Hartz IV y la precariedad –exclama–. Pero las leyes votadas por el Bundestag no son de nuestra incumbencia. Nuestra misión es defender a nuestros asalariados en los acuerdos del sector”. Con la salvedad de que tales acuerdos apenas existen más que en los sectores de la metalurgia y la industria química, a la sombra de los cuales el todopoderoso sector servicios absorbe una mano de obra cada vez más explotada y menos protegida.

No obstante, las luchas contra las leyes Hartz han dejado una huella profunda en el país. Han debilitado considerablemente al SPD, siempre tambaleante tras la sangría de los aproximadamente 200 000 afiliados que han emprendido el vuelo desde 2003. Pero también han remodelado el panorama político al empujar a una parte de los disidentes del partido de Schröder a fusionarse en 2005 con los neocomunistas del Partido del Socialismo Democrático (PDS por sus siglas en alemán) para crear Die Linke (“La izquierda”), a día de hoy la única formación con representación en el Bundestag que defiende la derogación de las leyes Hartz. También han forjado una amplia red de grupos de desempleados resueltos a hacerse oír mediante acciones de ayuda mutua y autodefensa –a imagen del colectivo Basta, implantado en el barrio popular de Wedding en Berlín, que organiza regularmente visitas belicosas a los Jobcenters de la capital–.

En un momento en el que, en Francia, la gente se pregunta sobre la posibilidad de poner trabas a los ardores reformistas de Macron, numerosos sindicalistas alemanes contienen el aliento. “Las reformas de Macron nos preocupan enormemente, porque amenazan con hacer bajar los salarios y con extenderse como una mancha de aceite entre nosotros”, dice Dierk Hirschel, un dirigente de Ver.di. “Para nosotros, Francia era ejemplar en muchos aspectos –añade su compañero Ralf Krämer–. La deriva actual nos parece trágica. Esperamos que los sindicatos franceses no repitan nuestros errores y sepan mostrarse más combativos de lo que nosotros lo hemos sido”.  

NOTAS :

(1) La prestación cae a 368 euros para un individuo que viva en pareja con otro “Hartz IV”. A esta se añaden 237 euros por un niño de 0 a 6 años, 291 euros por un niño de 7 a 14 años y 311 euros por un adolescente de 15 a 18 años.

(2) “Jobcenter fragt nach Sexpartnern per Fragebogen”, en la web del colectivo de información Gegen Hartz IV, www.gegen-hartz.de

(3) Christoph Butterwegge, Hartz IV und die Folgen. Auf dem Weg in eine andere Republik ?, Beltz Juventa, Weinheim, 2015.

(4) “Macron : ‘Je veux conforter la confiance des Français et des investisseurs’”, Ouest-France, Rennes, 13 de julio de 2017.

(5) Arnaud Leparmentier, “Les cent jours de Macron seront décisifs”, Le Monde, 10 de mayo de 2017.

(6) Sophie Fay, “Macron va-t-il faire du Schröder à la française ?”, L’Obs, París, 13 de mayo de 2017. Sobre Pierre Cahuc, véase Hélène Richard, “Théorème de la soumission”, Le Monde diplomatique, París, octubre de 2016.

(7) “L’ancien DRH de Gerhard Schröder ne conseillera pas Hollande”, Le Monde, 28 de enero de 2014.

(8) “Peter Hartz : lettre à Emmanuel Macron”, Le Point, París, 21 de junio de 2017.

(9) Helga Spindler, “War die Hartz-Reform auch ein Bertelsmann-Projekt ?”, en Jens Wernicke y Torsten Bultmann (bajo la dir. de), Netzwerk der Macht – Bertelsmann. Der medial-politische Komplex aus Gütersloh, BdWi, Marburgo, 2007.

(10) Cf. Thomas Schuler, Bertelsmann Republik Deutschland : eine Stiftung macht Politik, Campus, Fráncfort, 2010.

(11) Fuentes : Agencia Federal de Empleo ; informe del Instituto de Ciencias Económicas y Sociales (WSI) nº 36, julio de 2017.





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