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¿CUALIDAD O INFORTUNIO ?

El oído absoluto

Par Ramón Chao  |  16 février 2011     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Una de cada diez mil personas posee el oído absoluto. O sea, el privilegio no de oír música sino de identificar las notas. Bach, Mozart y Tchaikovski lo poseyeron. Y el autor de este relato también. Pero finalmente se pregunta, recordando las peripecias de su formación musical, si tener este don constituye una cualidad o un infortunio.

Yo, señores, sin jactancia, tengo el oído absoluto, o perfecto. Escucho una sinfonía, oigo cantar a Juanito Valderrama, me llega un choque de vasos, y sé exactamente las notas que emiten. Hace unos quince años penetré en la abadía gregoriana de Solesmes (Sarthe, Francia) para entrevistar al director del coro. Le pedí al eclesiástico y maestro que me explicara los diferentes modos del canto llano. Me entonó los primeros compases del salmo : “Jesús, hijo de David…” No más empezar lo interrumpí : “No, padre, dice usted ‘sol’ y está cantando un ‘fa’ ”. Me miró asombrado : “¿Posee usted el oído absoluto ? Es una virtud que, a mí, Dios no me ha concedido”. “No me sirve de nada, padre, pues entono muy mal”. “Vaya a ver de mi parte al doctor Tomatis. Otros milagros ha hecho”.

Fui a ver al doctor Tomatis y me dio varias lecciones. Muy caras, por eso lo dejé y además barruntaba que jamás alcanzaría el “do de pecho” como Plácido Domingo.

Se sabe que esta virtud (o desdicha, ya veremos), la poseyeron Mozart, Tchaikovski y creo que Camille Saint-Saëns. A éste se le reveló durante una visita al templo de Luxor y oyó cantar a un campesino. Escribió en el puño de su camisa el tema principal del célebre Concierto en Sol mayor para piano y orquesta llamado El Egipcio : do re, do, si, la sol la fa sol…. Sin el oído absoluto jamás Saint-Saëns hubiera podido captar la melodía y pasarla del espacio al teclado.

Más frecuente que el absoluto es el oído relativo, consistente en identificar una nota, pero con la ayuda de una referencia. Es decir, del intervalo que separa esa nota, que puede ser el LA del diapasón (440 Hz), de la nota que queremos nombrar. En cambio, el oído absoluto la pesca en el vacío, como un trapecista sin red.

Para gozar del oído absoluto se necesita disponer de un arsenal acústico en perfecto estado. Todo lo que perturbe los oídos medio e interno, el nervio auditivo, los elementos articulares, así como el funcionamiento cerebral de las zonas integrantes, degrada el oído interno. Afectado por una esquizofrenia que deterioró sus facultades de integración sensorial, Robert Schumann llegó a perder el oído absoluto. Y todos conocemos el drama de Beethoven, el suplicio de Gabriel Fauré, a quienes los bajos llegaban demasiado agudos, y los agudos demasiado graves.

Es conveniente recordar ahora los principios mundialmente admitidos de percepción de tonos. En nuestro oído interno se encuentra un órgano llamado cóclea, en forma de espiral y cubierto por células alargadas. La producción de las frecuencias, y posteriormente la interpretación melódica, se lleva a cabo en la parte derecha del cerebro, mientras que la izquierda se relaciona con el lenguaje.

Por lo visto, una de cada diez mil personas posee esa cualidad o infortunio del oído absoluto. Infortunio digo, pues los agraciados no oímos música : oímos notas.

Recuerdo las veladas pasadas en mi casa de París. Ofrecía yo conciertos de piano a los amigos, entre ellos García Márquez, gran melómano que se ponía furioso cuando le describía una sinfonía de Beethoven : “dooooo, la si do la faaaaa…. !”. “No me muestres el esqueleto de la música ! –me decía– ¡Es como si me enseñaras una radiografía de Brigitte Bardot !”.

Buena cantidad de trabajos indican que, a los diez meses, una criatura ya posee una aptitud innata para la música, similar a la del lenguaje. Hasta los siete años el desarrollo de las neuronas y de la corteza se encuentra aún en progreso : el oído absoluto puede aprenderse entonces sobre la marcha. Después nos privamos de esta posibilidad, y su adquisición en la fase madura es poco menos que imposible.

Otros estudios de acústica muestran que el noventa y cinco por ciento de los músicos con oído absoluto comenzaron a estudiar antes de los siete años, y por ende sería una especie de memoria musical.

El investigador, Otto Abraham, asegura que todas las personas poseen oído absoluto en su niñez ; les convendría proseguir a fondo estudios de solfeo y de algún instrumento en la adolescencia, mejor que nada el piano. El cerebro establecería la correlación entre la nota leída en el pentagrama y la que sale del teclado.

También se ha comprobado que este don es más frecuente entre los ciegos, porque su audición está mucho más desarrollada que en los videntes. Finalmente, la degeneración del oído debido a enfermedades cerebrales puede tener trágicas consecuencias en la percepción musical.

Recuerdo perfectamente cómo adquirí esta facultad, en principio otorgada por divino, aunque el incrédulo Roland Barthes pensara que no se trata de un milagro, sino “de una gracia indefinible que puede manifestarse breve y pasajeramente porque los oídos son, en el terreno del inconsciente, el único orificio por el que no se puede entrar”.

En general, la aparición subjetiva del oído absoluto aparece súbitamente. De pronto, el músico descubre con sorpresa y maravillado que entiende las notas por sus nombres, y que la partitura se le inscribe en la cabeza.

Además de este obsequio impagable, el oído absoluto ofrece numerosas comodidades, como la facilidad para los dictados musicales. Así el joven Mozart pudo copiar en el sombrero el Miserere de Gregorio Allegri, cuya reproducción prohibía tajantemente el Vaticano.

A mí se me reveló de una forma muy sugestiva : había llegado a mi pueblo Purita, una profesora de Madrid, joven y presumida, muy atildada a la moda. Se pintaba los labios y las uñas de los pies, cosa nunca vista y fuente de grandes ardores. Y más en verano, que en bicicleta se le arremolinaban las faldas, descubriendo unas pantorrillas tirando a esqueléticas. Pero como eran de las pocas que se veían en la comarca, atraían todas las miradas.

Lo primero que se produjo fue un gran alboroto entre las castas pudientes. Era marca de distinción tener un hijo estudiando piano con Purita, y Villalba se fue poblando de instrumentos.

Purita demostró poseer dotes excepcionales para promover sus clases. Primero se las dio gratis a la hija del alcalde, acudiendo tras ella el veterinario y el farmacéutico con las suyas ; cuanto más baja era la extracción social de los alumnos tanto más les cobraba.
“Es que nosotros somos pobres”, suspiraba mi padre, al tiempo que escarbaba en una cicatriz que tenía en la sien izquierda.

Creo que siempre gocé de espíritu crítico, lo que por cierto me salvó, pues sin él estaría tecleando todavía hoy. Pero en verdad no me parece que tocara peor que las alumnas de Purita. Sin embargo a ellas las trataba con muchos mimos, mientras que conmigo se ensañaba : chillidos, coscorrones, insultos, tirones de pelo ; como si tuviera sarna trataba de que no coincidiera con las discípulas de categoría, dejándome solo en el piso en tanto preparaba el caldo en la cocina.

 “¡‘Si bemol’, imbécil !” —me corregía desde abajo a veinte escalones de distancia. Yo me quedaba turulato al comprobar que reconocía las notas, incluso con semitonos. “¡Repite diez veces (o veinte o treinta, lo que calculaba que tardaría en ir y volver a comprar patatas) ese compás, cantando la nota !”. Reconozco que no hay nada más irritante para una persona dotada de oído absoluto que un bemol fallado o un becuadro fuera de lugar, pero su encono me resultaba insoportable. Tanto más que me gustaban sus pechos protuberantes y ceñidos con un jersey destinado sin duda a reducir las espeteras, en verdad portentosas. También me conmovían sus labios entreabiertos y húmedos : me imaginaba besándolos como en el cine en lugar de los novios, aunque el cura nos dijera que los besos en las películas eran falsos ; que cuando rodaban, a los actores les ponían papel de celofán entre los labios a fin de evitar el pecado.

Subía Purita de la cocina y se sentaba a mi lado en un sillón de terciopelo forrado con tela de percal floreada, dedicándose al ganchillo e indiferente a mis sonidos. Pero como tenía el oído tan fino, no necesitaba fijarse en la partitura para saber si me equivocaba. Y al dar una nota natural en lugar de bemol posaba el percal en su regazo, se inclinaba en el asiento, cogía con la mano derecha una batuta de marfil que llevaba sobre la oreja como los carpinteros para darme en los nudillos, y con la izquierda se apoyaba en mi muslo, marcando a lápiz un sostenido descomunal. Debería esta mano volver a sus labores, y no persistir en la rodilla sobre la que había caído como por casualidad ; la adentraba por debajo del pantalón y me palpaba los muslos, deslizando su mano por aquella piel delicada que yo tenía entonces e iba a dar en mi miembro. Al sentir el contacto se me inflamaba el corazón y me daban un vuelco las entrañas ; tampoco Purita podía contenerse y el rubor la arrebolaba las mejillas.

Esta escena se repetía tres o cuatro veces en la hora que duraba la lección durante un par de años, porque aunque sufriera, yo la renovaba para con gusto sacarle más provecho. De modo que no fue mérito mío ni influencia de un ser supremo el que, de tanto repetir el compás, se me quedara el oído tan perfecto como el de Purita.

Ciertos estudiosos creen que esta pericia musical se debe a un talento nato, y buscan sus orígenes genéticos, mientras otros opinan que la adquisición del oído absoluto exige una preparación temprana durante un periodo crítico del desarrollo, sin importar que exista o no una predisposición hereditaria. Se ha calculado que en la mitad de los grandes compositores que ha tenido músicos en su descendencia, como Johann Sebastian Bach, en siete generaciones salieron sesenta y cuatro profesionales de la música y ninguno, excepto el patriarca, gozaba de esa capacidad.

Al contrario, en 1991, un investigador americano reveló que había descubierto familias enteras con oído absoluto : esto significaría que se transmite como gen dominante de una generación a otra, pero no se desarrolla automáticamente en todos los individuos. Sería un don, como los ojos negros o azules.

Desde que tengo uso de razón, ya estudiaba yo solfeo y piano, sin darme cuenta de que iba adquiriendo ese don de los dioses. Tenía once cuando lo apercibí y se lo conté a mi padre : “Déjate de tonterías. No pierdas tiempo con eso. Lo que tienes que hacer es estudiar”.

El musicólogo yanqui Ron Gorow, autor del método Hearing and Writing Music, decía más o menos lo mismo que el autor de mis días : “Si tienes el oído absoluto, que Dios te bendiga. En caso contrario no te preocupes. Cómprate un buen diapasón y ponte a trabajar ! No pierdas tiempo y dinero con métodos que prometen la capacidad de identificar las notas, lo que solo sirve para impresionar a los amigos”. 

Tonto que fue mi padre. Me podría haber llevado con una pandereta por los circos y cabarets de Europa como Leopoldo Mozart a su hijo Amadeus por las cortes imperiales, y sacar provecho de un crío bien amaestrado.

La sordera de Beethoven constituye una de las claves de su personalidad. Se le reveló en 1796 para llegar a su máximo hacia 1820. Cuando en 1814 dio un concierto, ya no oía el piano. Y el público salió medio sordo. Con todo, la creación de la Novena Sinfonía en 1824 fue un éxito. Como le daba la espalda al público, ignoraba la acogida de su obra : la cantante Karoline Unger le hizo dar media vuelta para que viese lo que sucedía. Y siguió componiendo. Porque los músicos con oído absoluto pueden componer sin instrumento, sobre un escritorio. Los sonidos, los timbres, las voces, todo está en su cabeza y de ahí lo pasan al pentagrama.

Beethoven representa un caso límite y ejemplar. Cuando no pudo esconder su sordera, a mediados de su época heroica, la aceptó, como lo dejó plasmado en el manuscrito de sus Cuartetos Razoumovsky. En términos generales, la música fluía de su cabeza sin ningún problema. Richard Wagner lo comparaba con el fluir de la leche en una vaca ; Saint-Saëns con un árbol de manzanas produciendo sus frutos, y Mozart, tan divino y soez como siempre, con una cerda orinando. Precisamente Mozart hablaba de que sus ideas musicales se le presentaban cuando estaba solo, cuando iba de una ciudad a otra en el carruaje y no podía dormir por las noches. Su barbero se quejaba de que tenía que andar siempre detrás de él para afeitarle porque se levantaba de pronto para ir al escritorio a escribir la música. Tanto él como Robert Schumann oían la música completa en su cabeza antes de pasarla al papel.

Últimamente, tal vez a consecuencia del galope de los años o de un derrame cerebral que me afectó el lóbulo derecho, me fui dando cuenta de que las piezas de música que conocía bien por haberlas tocado no me sonaban como antes ; de hecho me llegan un tono más bajo. Fue como si me tiraran de la alfombra ; perdí toda confianza en los sentidos y empecé a dudar de todo. ¿Me sucederá lo mismo con los colores, con las letras, la pintura y la gente ? 

 





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