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El retorno de la política

Par Marcos Roitman  |  18 septembre 2011     →    Version imprimable de cet article Imprimer

A pesar de los problemas que significa encuadrar un movimiento tan heterogéneo como el 15M, su presencia trae aires nuevos a la política española. Asambleas, comisiones, debates, participación, diálogo y sobre todo un lenguaje propio. Aunque si sólo fuese por eso, deberíamos darle la bienvenida. Pero sobre todo, sus miembros han tenido la virtud de resucitar el sentido ético de la política. Rescatarla de las garras del mercado y devolverle la centralidad, que nunca debió perder en favor del poder económico.

Hoy se trata de ganar una batalla : el rescate de la política. Su triunfo supondría un punto de inflexión en el proceso despolitizante, iniciado en los años 1960, cuando la banca, los empresarios y las transnacionales pasaron a la ofensiva. La supremacía del discurso neoliberal puso en circulación las ideologías afincadas en el “pensamiento débil” y el carácter flexible. “En la actualidad, el término flexibilidad se usa para suavizar la opresión que ejerce el capitalismo. Al atacar la burocracia rígida y hacer hincapié en el riesgo se afirma que la flexibilidad da a la gente más libertad para moldear su vida. De hecho más que abolir las reglas del pasado, el nuevo orden implanta nuevos controles, pero éstos tampoco son fáciles de comprender. El nuevo capitalismo, es con frecuencia, un régimen de poder ilegible” (1).

Nuevas definiciones para nuevos tiempos. Conceptos como gobernabilidad, nueva gestión pública, alternancia y partidos catch all, escoba o atrápalo todo, se han adueñado del espacio teórico y político. La frontera entre la derecha y la izquierda se ha difuminado con la crisis del “comunismo realmente existente”, y la socialdemocracia se adjudica la paternidad de ser, ella, la única izquierda viable y posible. “(...)Felipe González (...) afirmaba ese gusto por la libertad, cualesquiera que fueran sus riesgos, que había, en cierto modo, gobernado todas sus decisiones políticas y que iba a continuar gobernándolas : el socialismo democrático contra el comunismo ; la economía de mercado contra el estatismo dirigista ; la pertenencia a la alianza de países democráticos contra el aislacionismo o el neutralismo tercermundista” (2). 

Tras la debacle del bloque del Este, la URSS y el pacto de Varsovia, los partidos comunistas occidentales y la izquierda anticapitalista se precipitaron al vacío con una crítica suicida. Tiraron al niño con el agua del baño. Frustración y harakiri. La idea de derrota se extendió entre sus militantes. La diáspora política concluyó con muchos de sus cuadros, por decepción o pragmatismo, en la derecha neoliberal o la socialdemocracia.

Mientras tanto, la revolución neoliberal campaba a sus anchas despolitizando y culpando a las víctimas de la crisis del Estado del bienestar : “Demasiadas demandas democráticas y extensión de los derechos sociales acarrean ingobernabilidad”, afirmaban. Un argumento justamente criticado por José Vidal-Beneyto : “Desde la óptica neoconservadora se sostiene, en defensa del sistema capitalista, que la crisis de la democracia, y su expresión más patente –que es la crisis de gobernabilidad–, se debe a la multiplicación de demandas, tanto políticas como sociales que se dirigen al Estado democrático y que van desde una exigencia caótica y descontrolada, por parte de los ciudadanos, de querer intervenir en todos los procesos políticos, hasta un incontenible aumento de los gastos públicos, en especial en educación y protección social. Todo lo cual, como defiende el informe de la Trilateral de Crozier, Huntington y Watanuki, no sólo hace inviable la satisfacción de una voluntad de continua participación política, que se compadece mal con la complejidad propia de las sociedades contemporáneas, sino que, en el ámbito social, no puede, por razones económicas, responder de manera satisfactoria a tantas peticiones. Lo que tiene como consecuencia la degradación de los servicios que presta. Degradación que genera un descontento, cada vez más amplio, entre los beneficiarios a los que se destina, que fragiliza el funcionamiento de las instituciones, y reinstala, en el mismo cogollo, el cuestionamiento sobre la legitimidad democrática del sistema capitalista” (3).

 Lo dicho tiene consecuencias dramáticas en la construcción de una ciudadanía política inclusiva. El discurso neoliberal caló hondo y cambió, sin duda, la forma de concebir la política tanto como la democracia y sus fines. El pragmatismo ha sido el vellocino de oro codiciado por los políticos en activo. Y la política con mayúsculas se ve arrinconada y menospreciada en pro de una visión instrumentalista, cortoplacista, prescindible y oportunista. Su papel se reduce a ser correa de transmisión de las transnacionales. La pregunta : ¿para qué sirven los políticos ? circula entre la indignación y la incredulidad. Mientras tanto, a la democracia, secuestrada y maniatada, se le asigna un rol espurio : legitimar la economía de libre mercado.

El político se transforma en un imputs de consumo, una mercancía que vender. La ley de la oferta y la demanda entra a dirigir la política. Las agencias de publicidad deciden el discurso, la vestimenta, diseñan la imagen y los eslóganes para los potenciales consumidores. El photoshop se generaliza. En Madrid, la manipulación en la imagen de Esperanza Aguirre es un arte. Aparenta treinta años menos. La mentira se sobrepone al sentido común. El marketing político es el referente. En este mercado electoral, contar con recursos económicos es imprescindible. Se requiere dinero, mucho dinero para consolidar la “democracia de mercado”. Los prestamistas, bancos en su mayoría, compran su plácet y los partidos se hipotecan. Las deudas son un buen amarre para torcer voluntades. Con dinero se puede gobernar desde la trastienda o comprar gobernantes.

El descrédito de quienes ejercen cargos públicos electos por votos se ha generalizado, salvo excepciones. Los dirigentes de partidos y sus líderes son visualizados, con o sin razón, como crápulas cuyo objetivo se limita a esquilmar fondos del erario público para aumentar sus cuentas bancarias. Dedicarse a la política, en estas últimas décadas, se relaciona con ascenso económico, aumento de poder e impunidad. El escándalo y el espectáculo mediático, son los puntos de referencia para hablar de los políticos. La mentira y la corrupción su glosa.

El último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), de julio de 2011, es desalentador. A la pregunta nº7 del cuestionario : “¿Cuál es, a su juicio, el principal problema que existe actualmente en España ?¿Y el segundo ?¿Y el tercero ?”. En primer lugar, con un 81,3% : el paro. En segundo, y con un 49,6% : los derivados de índole económica. Y, en tercer lugar, con un 24%, aparece de manera clara, la clase política y los partidos políticos, por delante de la inmigración, que obtuvo un escaso 10% (4).

¿Cómo hemos podido llegar a semejante situación ? Desde luego, la respuesta, en parte, está en lo expuesto. Resulta lacerante que un 24% de la población considere a la clase política –y la política en sí–, un problema y no parte de la solución. Actualmente, hay que hacer verdaderos esfuerzos para convencer a los ciudadanos del beneficio que supone, para una sociedad democrática, la existencia de organizaciones políticas, partidos y movimientos sociales, como representantes de los intereses generales y el bien común. Primero el abstencionismo, y ahora el rechazo visceral, encuadrado en los eslóganes como : “No nos representan”, o “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”. No por otro motivo, se pide el retorno de la política con mayúsculas.
 
Este rechazo hacia la política suele dirigirse con mayor vehemencia hacia aquellos que concentran el voto : los partidos mayoritarios. Su mayor peso institucional les hace ser el blanco de la crítica, pero es homologable a casi todos. Sin embargo, la crítica más peligrosa, proviene de quienes, aprovechándose del descrédito de la política, lanzan alternativas totalitarias. Europa y España caminan por esta cuerda floja. La emergencia de partidos xenófobos y racistas, junto con un discurso chovinista gana adeptos, minando el desarrollo democrático. En las últimas elecciones autonómicas, hemos visto como, en Cataluña, el Partido Popular ganó alcaldes culpando de todos los males, (desempleo, colapso sanitario en las urgencias, baja calidad de la educación pública, aumento de la inseguridad, violencia machista y robos) a los inmigrantes. Este discurso, ciertamente explosivo, le hizo ganar votantes en las filas de los sectores más castigados por la crisis. El enemigo se visualiza como el extranjero y el “otro”. Ni que decir tiene que lo sucedido en Noruega, la masacre de jóvenes adscritos a la socialdemocracia, se inscribe en esta lógica.

El escenario que se dibuja no es halagüeño. Tampoco la valoración de los dirigentes políticos. Si la política no se considera parte de la acción democrática, los políticos no aprueban en su trabajo. No hay dirigente de partido político, mayoritario, minoritario, regional o nacionalista que apruebe. Todos suspenden. Y, salvo Josep Antoni Durán i Lleida, de CiU, con un 4,02% ; el resto tiene una nota que oscila entre el 2,7% y 3,9%. Como siempre, si la encuesta se hiciese entre pueblos de menos de diez mil habitantes el resultado, seguramente sería otro.
 
El malestar social se ha generalizado, pero en esta ocasión confluye con un desborde de lo popular y la posibilidad de romper el cerco impuesto por los mercados. Muchos votantes del PSOE rechazan la forma en que el Gobierno de Zapatero encara la crisis. El llamado “giro a la derecha” resta credibilidad al discurso de los socialistas. La consecuencia inmediata ha sido la contundente derrota electoral en las autonómicas y municipales del pasado 22 de mayo.

En este momento de indignación y propuestas ¿podía acaso esperarse otro resultado ?

 

(1) Richard Sennett, La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Anagrama, Barcelona, 2ª edición 2000, p. 10.

(2) Jorge Semprún, Federico Sánchez se despide de ustedes, Tusquets editores, Barcelona, 2011, p. 48.

(3) José Vidal-Beneyto : La corrupción de la democracia, Catarata, Madrid, 2010, p. 54.

(4) Véase Centro de Investigaciones Sociológicas. CIS. Balance de resultados. Estudio nº 2.909, julio 2011. 28 páginas.





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