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El supremo salvador de Europa

Par Bernard Cassen  |  11 de noviembre de 2012     →    Versión para imprimir de este documento imprimir

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Como era de esperar, todos los dignatarios presentes y pasados de las instituciones europeas saludaron ruidosamente la atribución del Premio Nobel de la Paz a la Unión Europea (UE). Eso les permitió, al menos por unos días, relegitimarse ante opiniones públicas cada vez más euroescépticas. Trabajo en vano: dichas opiniones permanecieron sobradamente indiferentes o burlonas, y a veces escandalizadas, porque esta operación de comunicación les parecía a mil leguas de su realidad vivida de las políticas de la UE. Y además, los medios se mantuvieron relativamente discretos sobre el hecho de que el presidente del Comité Nobel que otorgó el premio, el noruego Thorbjorn Jagland (cuyo país, en dos ocasiones, rechazó la incorporación a la UE), no es otro que el secretario general de la otra institución europea, el Consejo de Europa, que reúne 47 Estados, entre ellos los 27 miembros actuales de la UE.

No es baladí que este ejercicio de autopromoción ocurra en el momento en que no es la paz, sino un verdadero clima de enfrentamiento social el que prevalece en numerosos países de la UE. El 9 de octubre, o sea, tres días antes del anuncio de la decisión del Comité Nobel, Angela Merkel sólo pudo reunirse con el primer ministro griego en Atenas bajo la protección de 6.000 policías, ante la presencia de manifestantes que incendiaban banderas alemanas y cubrían con símbolos nazis los retratos de la canciller.

Dos semanas antes, el 25 de septiembre, miles de “indignados” que rodeaban el Parlamento español fueron violentamente reprimidos por la policía: 60 heridos y cientos de detenciones; el 15 de septiembre, más de un millón de portugueses ganaron las calles de las principales ciudades del país para decir “no” a los planes de austeridad del Gobierno de Pedro Passos Coelho. Entre las consignas que se podían leer en las pancartas de los manifestantes, una de ellas resumía muy bien el sentimiento general: “Paren el terrorismo social”. Se apuntaba no solamente a los dirigentes portugueses, sino también a la funesta troika –Banco Central Europeo (BCE), Comisión Europea y el FMI– que constituye el destacamento de avanzada de una verdadera fuerza de ocupación todopoderosa a la cual la UE prestó juramento de obediencia: las finanzas.

A decir verdad, esta troika es la que debía comparecer en Oslo el 10 de diciembre próximo para recibir el premio Nobel, y no la otra troika prevista: los presidentes de la Comisión, del Parlamento Europeo y del Consejo Europeo. Y le tocaría entonces al “salvador supremo” de Europa, Mario Draghi, pronunciar el discurso de aceptación del premio. En su alocución, el presidente del BCE podría retomar como suya la famosa declaración del megaespeculador Warren Buffet, el segundo hombre más rico del mundo, quien, el 25 de mayo de 2005, afirmaba a la cadena de televisión CNN: “Hay una guerra de clases, es un hecho, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que conduce esta guerra, y la estamos ganando”.

En aquel momento, estas palabras iban dirigidas al público estadounidense, y valían como una advertencia, pues Warren Buffet temía que el sistema capitalista se autodestruyera por sus propios excesos. Siete años más tarde, son perfectamente válidos para la situación europea. Detrás de la invocación obsesiva, por parte de todos los gobiernos, de la necesidad de “competitividad” (léa­se: baja remuneración del trabajo y desmantelamiento de la protección social), lo que se está llevando a cabo en la UE es en realidad una violenta guerra social. Y la farsa del premio Nobel de la Paz no podrá disimular esta realidad.   





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