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El voluntarismo y la abdicación

Par Bernard Cassen  |  14 de enero de 2013     →    Versión para imprimir de este documento imprimir

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Cuando se reúnan en Santiago de Chile, los días 26 y 27 de enero, para la VII Cumbre entre la Unión Europea (UE) y la zona de América Latina/Caribe (ALC), los jefes de Estado y de Gobierno implicados se encontrarán en una relación radicalmente distinta a la de la primera Cumbre que tuvo lugar en Río de Janeiro en 1999.

En aquel momento, Hugo Chávez acababa de ser elegido a la presidencia de Venezuela por vez primera. En Brasil, Lula había perdido su tercera candidatura presidencial. En las cancillerías, nadie había oído hablar de Rafael Correa o de Evo Morales. El único proyecto de integración continental en aquel entonces era el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), de Alaska a Tierra de Fuego, bajo la batuta de Washington. Tomando distancias, es posible medir la amplitud del camino recorrido en muy poco tiempo en la doble emancipación de América Latina: geopolítica, con respecto a Estados Unidos y –para un número creciente de sus Gobiernos– ideológica, con respecto a los dogmas neoliberales impuestos por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial.

En diciembre de 2004, en La Habana, Fidel Castro y Hugo Chávez crean lo que se convertirá en la Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América (ALBA) que abarca hoy ocho Estados miembros y otros tres con estatuto de invitado. En noviembre de 2005, el proyecto neocolonial que era el ALCA fue enterrado en Mar del Plata  (Argentina) para desgracia de George W. Bush. En 2008 se pone en marcha la Unión de  Naciones Suramericanas (UNASUR) dotada de un Consejo de Defensa sin ninguna presencia de Estados Unidos. En diciembre de 2011, se instala en Caracas la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) que agrupa 33 países, pero excluye a Estados Unidos y a Canadá, lo que, a la larga, pondrá en tela de juicio la propia existencia de la Organización de Estados Americanos (OEA) cuya sede está… en Washington. En Santiago de Chile, y por primera vez, la UE se encuentra así frente a otro conjunto organizado, o por lo menos en vías de organización. La Cumbre ya no se llama UE-ALC, sino UE-CELAC.

Estos últimos años, la UE siguió una trayectoria inversa. En el plano político, fortaleció su integración en la OTAN, es decir que tercerizó su defensa a Washington. Siguió alineándose con las posiciones diplomáticas norteamericanas, especialmente en Oriente Próximo. En el plano económico, puso en marcha programas de austeridad en todos los aspectos comparables a los planes de ajuste estructural que provocaron terribles estragos sociales en América Latina. Para muchos dirigentes suramericanos, es por otra parte incomprensible que Europa aplique los preceptos del Consenso de Washington, que los pueblos de América Latina rechazaron en masa, y que, simbólicamente, recurra a la institución particularmente despreciada por ellos que es el FMI, en el marco de la “troika” formada junto con la Comisión Europea y el Banco Central Europeo.

Mientras América Latina está en vías de integración en base a proyectos de sociedad progresistas –como lo demuestra, entre otros, la doble pertenencia de Venezuela (y muy pronto Bolivia) al ALBA y al Mercosur– Europa se desintegra. La implosión de la zona euro y la salida del Reino Unido de la UE son hipótesis manejadas abiertamente. Algunos países  están retrocediendo medio siglo. Por un lado, el voluntarismo político; por otro, la abdicación ante las finanzas, y la regresión social programada. Si al menos los dirigentes políticos europeos regresaran de Chile liberados de su idea fija según la cual “no hay otra política posible”, no habrían perdido su tiempo.





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