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La transformación de los Comités de Defensa de la Revolución

En Cuba, José no se levantó...

Par Marion Giraldou  |  7 février 2016     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Mientras que La Habana sale lentamente de su aislamiento tanto diplomático como económico, la evolución del papel y el funcionamiento de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), dedicados durante mucho tiempo a una forma de vigilancia de la población, ilustra la manera en la que los cubanos se adaptan a la nueva situación.

“Frente a las campañas de agresión del imperialismo, vamos a implantar un sistema de vigilancia colectiva revolucionario ; que todo el mundo sepa quién es y qué hace el que vive en la manzana ; y qué relaciones tuvo con la tiranía...”. El 28 de septiembre de 1960, tras los atentados mortales en la isla, Fidel Castro anunciaba la creación de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), estructuras de base organizadas por edificios o, como mucho, por manzanas. Con un objetivo : proteger y servir a la revolución cubana contra una potencial invasión de los contrarrevolucionarios apoyados y financiados por la Central Intelligence Agency (CIA). Menos de dos años después de su “triunfo” de 1959, Castro no lo dudaba : el pueblo constituye una fuerza militante clave para defender la revolución. ¿Acaso la población no acababa de sublevarse junto a un puñado de “barbudos” aislados durante mucho tiempo en Sierra Maestra ?

En 1961, los CDR participaron activamente en la batalla contra el intento de invasión estadounidense de Bahía de Cochinos. Sin embargo, organizar la resistencia frente a las agresiones extranjeras condujo rápidamente a controlar la vida cotidiana de los cubanos : en el seno de los comités, todos se encargaron de aprender a conocer a su ­vecino, de forma que pudieran denunciar a las personas sospechosas de terrorismo o de espionaje.

A esta tarea inicial de división de la población en zonas y de vigilancia frente a los sabotajes y a las agresiones se sumarían otras, con vistas a apoyar las grandes causas de la revolución : campañas de alfabetización, de vacunación, de ayuda a las víctimas de ciclones, elaboración de listas de candidatos para las elecciones provinciales y legislativas, etc. El CDR adoptó entonces la forma de una correa de transmisión entre el Estado y la población : comunicaba las necesidades y las consignas del Estado a la población e, inversamente, permitió que circulara la información desde la población a las instancias directivas. De la manzana a la nación, pasando por la “zona” (equivalente al barrio), el municipio y la provincia, aún hoy existen más de 130.000 núcleos que agrupan aproximadamente a 8 millones de ciudadanos cubanos de más de 14 años de edad, es decir, a casi la totalidad de la población. La proporción se ha mantenido estable desde su creación.

Sin embargo, la afiliación no es obligatoria, tal y como lo señala Eloína (1), elegida presidenta de un CDR en el barrio de Altahabana, un puesto para el que no se requiere ser miembro del Partido Comunista Cubano (PCC). Desde hace casi diez años es reelegida anualmente por el vecindario. Ya que se valora su trabajo, el cargo de presidenta de CDR no es remunerado y no existe ningún imperativo legal que le impida presentarse de nuevo, es muy probable que conserve su puesto muchos años más. ¿Cómo explica ella que en su edificio, el conjunto de habitantes de más 14 años, es decir, 40 personas distribuidas en 24 viviendas, sean miembros del CDR ? La pregunta la desconcierta : “El CDR está para proteger a los habitantes ; ¿por qué alguien no querría afiliarse ?”.

Sin embargo, la adhesión puede explicarse por otros motivos. La mayoría de los cubanos de más de 30 años han conocido directa o indirectamente a una persona cuyos estudios o cuya carrera fueron interrumpidos debido a que el compromiso con su CDR fue considerado “poco revolucionario”. En 2001, Vilma, una joven que trabajaba en el sector del turismo y cursaba estudios vinculados a este sector justificaba así su participación en la tradicional manifestación del 1 de mayo. Era perfectamente consciente de que nada la obligaba a asistir, pero sabía también que si no iba, eso podría perjudicar su carrera.

Los centros de trabajo suelen pedir una carta de recomendación del CDR en el cual está inscrito el futuro empleado. Dicha carta, nos explica Eloína, muestra el papel de los comités en la vida cotidiana de los cubanos : “Como presidenta, conozco a la gente de mi edificio, somos una gran familia”. En la lógica del sistema, sería pues la más indicada para emitir un juicio sobre la moral, la honestidad, la seriedad, en resumen, las cualidades del candidato. Fue sin duda una de las razones por las cuales, cuando su CDR organizaba una jornada de “trabajo voluntario” (cortar el césped de la parte delantera de los edificios, volver a pintar una fachada, montar guardia delante de la bodega [2] los días de entrega de productos electrónicos, etc.), José, un adolescente del barrio, se preguntaba : “¿Qué tiene eso de voluntario, si es obligatorio ?”. Y sin embargo, osadía inconcebible hace quince años, en el mes de agosto de 2015, José no se levantó para ir a cortar el césped.

Así pues, los CDR ya no ejercen ese poder de intimidación que ­Vilma aún nos describía en 2001. Las cartas de recomendación todavía existen, Eloína las escribe regularmente, pero el compromiso revolucionario ya no tiene el mismo significado. Así, cuando José quiso incorporase al cuerpo de vigilancia del aeropuerto, Eloína y los miembros de la oficina elogiaron en su carta de recomendación su honestidad y rectitud. No mencionaron su escasa contribución al CDR. Su actitud no les pareció “contrarrevolucionaria”, como habría sido el caso, sin duda, hace algunos años.

El progresivo debilitamiento de la amenaza estadounidense, producto del acercamiento económico y diplomático a Estados Unidos, ha permitido ampliar las funciones de los CDR. Se observa una evolución a través de las decisiones que toman los dirigentes a escala local. Un presidente velará por garantizar la seguridad de su manzana ; deberá entonces organizar rondas de vigilancia nocturnas. Otro, preocupado por la educación, pondrá en marcha un sistema de apoyo escolar. Eloína se considera particularmente concienciada con la protección de los más vulnerables : personas mayores, diabéticos, mujeres embarazadas, etc. Verifica también la vacunación y conoce el grupo sanguíneo de todos sus “cederistas”, con el fin de poder responder rápidamente a una petición del Ministerio de Sanidad de donantes de sangre tras producirse un accidente, por ejemplo.

Los CDR responden también a los problemas cotidianos. La cuestión del suministro de agua, al igual que la del transporte y la vivienda, plantea un problema generalizado en La Habana. En algunos barrios, pasa a ser una contrariedad que genera frustración, a veces cólera. Pero aquí no existen manifestaciones callejeras : la protesta sigue una rutina muy bien engrasada. Los comités informan a los delegados de barrio de las dificultades encontradas.

Durante las graves crisis que afectan al conjunto de la comunidad, por ejemplo, frente a las destrucciones causadas por los ciclones, los delegados informan a su vez al Gobierno municipal para que resuelvan los problemas ; el Estado provee los materiales. Pero, en la mayoría de los casos, los propios CDR deben encargarse de buscar soluciones. En Altahabana, el agua corriente funciona de forma discontinua. Muchos edificios han adquirido depósitos que se llenan cuando llega el agua corriente. Al producirse el inevitable corte, los habitantes encienden un motor que permite extraer el agua de ese depósito y suministrar a las viviendas. En general se pone en funcionamiento a partir de las cinco de la tarde, con el fin de que todo el mundo pueda tener agua al regresar del trabajo.

En el CDR de Eloína, el responsable del motor se mudó en agosto de 2015. La presidenta reunió entonces a los miembros del CDR. Por regla general, las convocatorias se hacen a través del boca a oído. Se escucha por ejemplo a Eloína gritar desde su ventana a Maricel : “Compañera, el domingo hay un trabajo voluntario, vamos a limpiar los jardines delante del edificio”. Más tarde, Maricel, quien conversa en el umbral de su puerta con Ana, la vecina, se cruza con Mercedes y le transmite la información, y así sucesivamente. En menos de dos horas, las 40 personas están al corriente, lo que no garantiza sin embargo la presencia de todos. Rara vez se observa más de una decena de personas levantarse un domingo por la mañana para limpiar, desbrozar, pintar... Eloína explica que no hay que contar con “los jóvenes que salen el sábado por la noche, las personas mayores, los padres de niños pequeños”. Cuando se requiere la presencia de todos, es mejor recorrer las viviendas para convencerles de que vayan : “Es necesario que la gente se sienta involucrada, explicarle por qué debe movilizarse. Ser presidenta de un CDR es un trabajo pedagógico”.

Para esta reunión sobre la delicada cuestión del agua, están presentes 17 personas, es decir, una por vivienda, exceptuando a aquellos que no pueden desplazarse o que trabajan. La reunión tiene lugar en el jardín. Son las seis de la tarde ; están todos, pero la reunión tarda en comenzar. Las conversaciones privadas se multiplican. Hace buen día, el sol no calienta de forma intensa y sólo falta el aperitivo para completar la imagen de un almuerzo de barrio. Inmediatamente, Eloína pide orden en la Asamblea.

En primer lugar, la presidenta recuerda a todos que cierren bien los grifos, sobre todo cuando no hay agua. Todos aún recuerdan la inundación causada unos días antes por Marcelo, que había dejado el grifo abierto mientras el agua estaba cortada. Al reiniciarse el suministro de agua, Mercedes vio su balcón convertido en una piscina. Las bromas abundan ; Marcelo las acepta con resignación. A continuación, Eloína entra en el meollo de la cuestión. Se trata de elegir a una persona encargada del motor para el agua. Sólo Mario acepta presentarse como candidato ; la tarea es fastidiosa. La votación se realiza a mano alzada y se acepta su candidatura por unanimidad. Sin embargo, algunos CDR ­siguen siendo concebidos esencialmente como encargados de ­reaccionar a los ataques del “imperialismo”. La vigilancia de la población sigue siendo entonces uno de los aspectos más importantes de su misión. Pero, en esto también, la situación cambia.

Desde la llegada al poder de Raúl Castro, ser un “buen revolucionario” ya no implica una lucha feroz contra el imperialismo. Al contrario : se invita a la población a concienciarse sobre los aspectos positivos del acercamiento a Estados Unidos (fin del embargo, aumento del turismo, etc.). Se trata de “desdemonizar” al viejo enemigo con el fin de hacer que se acepte la nueva política. Pero este acercamiento provoca la desconfianza de una parte de la población, tal y como lo refleja la actitud de algunos presidentes de CDR.

Desde hace ya tres años, Vladímir, artista franco-cubano residente en Francia, organiza un festival de arte urbano en las calles de Altahabana. Hasta 2014, se conformaba con obtener la autorización de los presidentes de CDR con el fin de realizar murales, organizar talleres con los niños, conciertos, espectáculos, etc. Cada edición resultaba un gran éxito, movilizando, además de a los artistas del barrio, a los niños y a la población en su conjunto.

En el mes de agosto de 2015, Vladímir y Rancel, otra artista, ya habían pintado varios murales en diversos edificios cuando decidieron pintar un perro furioso, acompañado de estas palabras : “¿Qué vas a hacer ?”. En pocos minutos, los niños del barrio se concentraron allí. Cada uno hacía un comentario. Pronto, al comprender que la obra sería imponente y que su realización llevaría cierto tiempo, el público se acomodó. Las cervezas y las botellas de Tukola (el refresco made in Cuba) comenzaron a circular. Pero el perro era apenas un boceto y las letras estaban apenas delineadas cuando el presidente del CDR llamó a la policía y pidió a los artistas que se fueran. Para él, el dibujo era contrarrevolucionario : atacaba el proceso de normalización de las relaciones entre Estados ­Unidos y Cuba. El público en su conjunto que asistía a esta discusión surrealista tomó partido por los artistas e intentó convencer al presidente de que su análisis era erróneo. Al llegar, la propia policía se preguntó para qué la habían llamado. En el calor de la tarde cubana, los ánimos comenzaron a caldearse y el tono subía. Vladímir y Rancel decidieron abandonar su pintura y consultar con la autoridad superior : la delegada de barrio (3). En medio de las bromas del público, el presidente se apresuró a pintar nuevamente el muro con un eslogan revolucionario muy conocido por los cubanos : “Siempre en 26 [de julio]” (4).

Los múltiples caminos tomados por los dirigentes de CDR demuestran que estos comités ya no pueden concebirse como entidades políticas rígidas. Al contrario : sus decisiones y su modo de funcionamiento dependen mucho más que ayer de las personas que los conforman y, en particular, de sus presidentes. ¿Podrían convertirse los CDR en el primer laboratorio de una forma de expresión popular tras haber simbolizado durante tantos años el aspecto más represivo del régimen cubano ?

 

NOTAS :

(1) Los nombres han sido modificados.

(2) Nombre dado a los locales donde se distribuyen los productos vendidos con las libretas de racionamiento.

(3) Elegido cada dos años y medio, el delegado de barrio es el vínculo entre la población local y el Gobierno municipal para los problemas que afectan a toda la comunidad, y no sólo a un CDR.

(4) El 26 de julio es una de las fiestas más importantes en Cuba. Conmemora el asalto al cuartel general de Moncada, en Santiago de Cuba, por las fuerzas revolucionarias de Fidel Castro en 1953.





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