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CÓMO UNIR LAS LUCHAS DISPERSAS

Ernesto Laclau, inspirador de Podemos

5 septembre 2015     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Razmig Keucheyan* y Renaud Lambert

*Autor, entre otras obras, de Hemisferio izquierda. Un mapa de los nuevos pensamientos críticos, Siglo XXI, Madrid, 2013.

¿Por qué ellos lo logran y nosotros no ? La pregunta ha estado acosando a la izquierda radical desde que Podemos vio la luz en España. Por lo general, la respuesta que ofrecen los dirigentes de esta nueva formación española es que su éxito se basa en haber elegido y asumido un populismo nutrido por los trabajos del intelectual argentino Ernesto Laclau (1935-2014), quien fue alumno en Oxford y profesor de Teoría Política en la Universidad británica de Essex entre 1973 y 1997. Sus ideas les han permitido establecer una peculiar estrategia : desarrollar la capacidad de casar la naturaleza proteica de las reivindicaciones ligadas al movimiento del 15-M y rehabilitar la noción de interés general. Esta no deja de suscitar algunos interrogantes.

En 1985, Laclau publicó Hegemonía y estrategia socialista (1), escrito junto a la filósofa belga Chantal Mouffe, su esposa. El libro –cuya erudición no es deudora de una jerga universitaria a veces poco digerible– nace de una constatación : los “fracasos” de la experiencia soviética y el surgimiento de nuevos movimientos sociales (feminismo, luchas de las minorías étnicas, nacionales y sexuales, antinucleares, etc.) habrían agravado la crisis de la izquierda. Superar esta crisis implicaría zanjar, de una vez por todas, un profundo debate que lleva abierto más de un siglo : ¿ están realmente las categorías del marxismo en condiciones de aprehender las sociedades contemporáneas ?

No, responden de inmediato los autores. La filósofa y su marido argumentan que si la organización de la sociedad y las luchas que tienen lugar en ella dependieran, efectivamente, de datos meramente sociológicos, “no habría lugar para la política como actividad autónoma”. Por más que el marxismo se caracterice por una infinita diversidad (y una división en este tema), siempre implicaría una forma de “‘esencialismo de clase’, según el cual las identidades políticas dependen de la posición de los agentes sociales en las relaciones de producción”, resume Mouffe en un libro de entrevistas junto a Íñigo Errejón, el secretario de Política de Podemos (2), publicado en 2015.

Para ambos autores, las clases no existen, así como tampoco la supuesta “lucha” que las opone : es ésta una fórmula “estereotipada”, “casi desprovista de sentido”, además (3). Las identidades políticas no derivarían de relaciones económicas y sociales concretas, sino únicamente de construcciones moldeadas por los “discursos”. Sin embargo, los autores no dicen nada sobre el peso de la prensa en la producción de este discurso. Aunque se desarrolla una reflexión sobre el papel político determinante de los medios de comunicación de masas en las democracias, Laclau y Mouffe sólo los mencionan para celebrar su capacidad de “quebrantar profundamente las identidades tradicionales” y obrar a favor de la “democratización cultural”.

Con las clases a un lado y la producción de relatos en el centro del tablero, el camino queda despejado para la estrategia que Laclau desarrolla en un segundo libro, La razón populista, publicado en 2005.

Para el intelectual argentino, el populismo corresponde a una configuración especial de las sociedades. En tiempos normales, los distintos sectores sociales interactúan con el Estado a través de reivindicaciones específicas : los profesores piden clases menos concurridas ; los artesanos reclaman beneficios fiscales ; los ecologistas se centran en la lucha contra el calentamiento global al tiempo que nace un movimiento que sugiere empezar modificando la Constitución, etc. Laclau habla de una “lógica de la diferencia”. Cuando el poder rechaza (o no puede) responder a estas diversas demandas –no necesariamente relacionadas unas con otras–, “una serie de particularismos establece relaciones de equivalencia entre ellas”. Las diferencias se atenúan y surge entonces una consigna capaz de agrupar, al mismo tiempo, la totalidad de las reivindicaciones. Cuando el Tercer Estado irrumpe en la escena política de la Revolución Francesa, por ejemplo, no sólo exige un lugar en el orden existente, sino que lo trastoca y se presenta como el verdadero depositario de la legitimidad nacional. Desde la perspectiva de Laclau, este hablaría entonces en nombre de la sociedad en su conjunto y no únicamente en nombre de aquellos a quienes representaba directamente.

Laclau y Mouffe no dudan en sugerir que están prolongando la reflexión del intelectual sardo Antonio Gramsci (4). Mouffe, en sus conversaciones con Errejón, dice : “yo estoy convencida de si Gramsci hubiera vivido en nuestra época, él hubiera llegado a una concepción similar a la nuestra” [sic] (5). Laclau y Mouffe precisan que “esta relación por la cual una cierta particularidad asume la representación de una universalidad que le es absolutamente inconmensurable con ella, es lo que llamamos una ‘relación hegemónica’”. El fenómeno transformaría de repente a la “plebe”, una población fragmentada, en “pueblo” : un “nosotros” que encuentra su unidad en la lucha que lo opone a los que tienen el poder, “ellos”.

Al igual que todos los intelectuales, Laclau es el producto de una historia. En primer lugar, la de Argentina, y más particularmente la del peronismo, un fenómeno político considerado un ejemplo clásico de fenómeno populista al que se adscriben con la misma soltura tanto dirigentes de izquierda como neoliberales (6). Cercano a Jorge Abelardo Ramos, una figura del peronismo progresista, el joven Laclau milita en la izquierda revolucionaria nacional. Algunas décadas más tarde, apoya activamente a los Gobiernos –también progresistas– de Néstor Kirchner (2003-2007) y de su esposa, Cristina Fernández (en el poder desde 2007).

Por otra parte, Laclau también se ve influenciado por el postestructuralismo francés. “Era el momento en que las obras de autores como Foucault, Lacan o Derrida eran importantes”, cuenta Mouffe en su entrevista con Errejón. “Nos dimos cuenta de que había, en ese tipo de discurso, unas herramientas teóricas que nos permitían […] elaborar una noción de lo social como espacio discursivo, producto de articulaciones políticas contingentes, que no tienen nada de necesario y podrían siempre haber sido de otra forma”.

Sin dejar de insistir en el carácter no perenne como “condición de cualquier identidad social”, ambos autores deciden sortear uno de los escollos con los que esta corriente de pensamiento se encuentra en su camino. Llevada al extremo, la lógica que intenta “deconstruir” las identidades podría conducir a un callejón sin salida : la acción política se convertiría en un problema, ya que implica forjar categorías generales incompatibles, a priori, con el respeto de la diversidad de los sujetos. Así, en el intercambio con Errejón, Mouffe explica que “nuestra postura fue unir el postestructuralismo con Gramsci” : “No era suficiente limitarse a reconocer la existencia de una diversidad de luchas, sino que había que tratar de establecer una forma de articulación entre todas esas luchas [...]. Nosotros decíamos que para actuar políticamente había que articular esas diversas luchas con las de la clase obrera, para crear voluntades colectivas”. En otras palabras, el mecanismo de equivalencia permitiría superar la oposición entre “identidad” y “universal”.

Treinta años más tarde, el secretario de Política de Podemos llega a la conclusión de que el libro se lee hoy desde una perspectiva distinta : aunque invita a la izquierda a “renunciar al discurso de lo universal”, su interés residiría no tanto en su crítica al esencialismo como en aquella, implícita, a un “postmodernismo estéril” –la idea según la cual todo estaría permitido puesto que existen tantas realidades como individuos. “Los tiempos han cambiado tanto que hoy en día el libro permite, desde una perspectiva opuesta, defender la idea de que el interés general realmente existe a pesar de la dispersión y de la fragmentación social” (7).

Para que esta “superación populista” de las diferencias funcione se necesitaría, por un lado, un jefe, un “líder” capaz de encarnar cada una de las reivindicaciones y, por otro lado, “significantes vacíos” disponibles : símbolos, lingüísticos o no, cargados de diversos significados –recordemos, por ejemplo, los gorros rojos de las manifestaciones de octubre de 2013 en la Bretaña francesa. El propio Laclau transige en este punto : el populismo implica cierto nivel de indeterminación e incluso de imprecisión política. En este contexto, el surgimiento del “pueblo” adquiere una dimensión milagrosa. Y precaria : por su construcción, las cadenas de equivalencia (el ajuste temporal de diversos particularismos) están destinadas a desaparecer.

Del mismo modo, la heterogeneidad del mundo que describe Laclau no le permite identificar a aquellos contra quienes “el pueblo” se organiza. Hablar de “la casta”, como lo hace Podemos, ¿permite, realmente, distinguir la responsabilidad de los diferentes sectores que la componen en la crisis española ? La indeterminación del término dificulta el análisis de las alianzas estratégicas con algunas de sus facciones. Tal y como lo ha constatado Podemos en las elecciones municipales de mayo (8), la cuestión se plantea, salvo que imaginemos que el movimiento pase a ser mayoritario inmediatamente.

Pero la exhortación de Laclau a rechazar cualquier forma de jacobinismo refleja asimismo el esfuerzo realizado por una parte de la izquierda para revalorizar la idea de socialismo rechazando la herencia de la experiencia soviética. Los autores de Hegemonía y estrategia socialista denuncian el leninismo –el cual, no obstante, también era consciente de la importancia del combate político–, al que describen como intrínsecamente autoritario y responsable de un “empobrecimiento considerable del ámbito de diversidad marxiana”. En su opinión, considerar la victoria de una de las grandes fuerzas sociales sobre otra como una solución al enfrentamiento entre ambas constituiría un “intento totalitario” de obviar el carácter constitutivo de los antagonismos en la sociedad y de “negar la pluralidad para restaurar la unidad”. En consecuencia, “la tarea de la izquierda no puede ser renunciar a la ideología liberal democrática [la defensa y satisfacción de los derechos individuales] sino, por el contrario, profundizar en ella y conducirla hacia una democracia radical y plural”. Algunos socialistas creen que la democracia no es el medio, sino el resultado. Para Laclau, es todo lo contrario : la democracia constituye el punto de partida de la estrategia socialista.

Queda por resolver la cuestión del punto de llegada, ya que Laclau se muestra poco diserto sobre la fase que comienza tras la victoria, por ejemplo, electoral. Aunque menciona el derrocamiento del sistema capitalista, no lo estudia en profundidad ni tampoco analiza su capacidad para contaminar todas las esferas de la vida social. Por consiguiente, resulta difícil imaginar qué alternativas contemplaba. Privados de las herramientas del análisis de clase, los proyectos que proponen la construcción de “otro mundo” pierden precisión. El politólogo Andrew Gamble va más allá : “Quitad al socialismo la noción de clase y se fundirá con el liberalismo” (9).

Laclau describe con pericia los momentos de efervescencia política en los que el carisma de un líder es suficiente para movilizar a importantes sectores de una población, pero olvida inscribir la emancipación en el tiempo a través de instituciones democráticas nuevas. Ahora bien, ¿qué organizaciones serán las encargadas de llevar a cabo las transformaciones sociales que implica la satisfacción de las reivindicaciones de las cadenas de equivalencia ? ¿Alianzas momentáneas, que son renovadas una y otra vez ?, ¿partidos “populistas”, que –según lo demuestra la experiencia– tienden a obviar las interferencias entre el “líder” y el “pueblo”, facilitando derivas azarosas ?

Asimismo, una reflexión sobre las instituciones permitiría comprobar que las formas de “populismo” que resultan eficaces en América Latina, un continente de Estados poco establecidos y de instituciones democráticas representativas recientes, no lo son necesariamente en países con una tradición democrática más antigua.

En España, la apuesta de Podemos parece consistir en mantener esta indeterminación programática. Los dirigentes de la formación, profesores de Ciencias Políticas, han analizado el impacto del desarrollo de la sociedad española desde mediados de los años 1980 y constatan que muchos hijos de obreros han podido acceder a la universidad y han aprendido a dejar de identificarse con el origen social de sus padres, aunque muchas veces gozan de una menor calidad de vida que ellos. Quizás es la constatación de esa confusión entre clases –que no es exclusivamente española– lo que ha conducido a Podemos a otorgar prioridad a la construcción del referente “pueblo” antes que a otras opciones, sin duda más precisas desde un punto de vista sociológico.

Ahora bien, una vez que el “pueblo” está constituido, ¿cómo deben organizarse sus prioridades para poder responder a las reivindicaciones, a veces contrapuestas, de los profesores, de los artesanos y de los ecologistas antes mencionados ? La decisión (cuestionada) del partido de mostrar su apoyo al plan “de ayuda” a Grecia el pasado 13 de julio (10), ¿habría sido posible con un proyecto más impregnado ideológicamente ?

Mientras que el movimiento obrero se ha ido haciendo más frágil y la mayoría de los movimientos sociales están en pleno retroceso, Laclau ha dotado a Podemos de herramientas retóricas que han calado en la sociedad española. Sin embargo, los dirigentes de este nuevo partido no se equivocan cuando destacan que, probablemente, su éxito se explique, ante todo, por la singularidad del contexto en el que se inscribe : un desastre económico seguido de una crisis política y del surgimiento del potente movimiento del 15-M. Sin duda, quienes quieran seguir los pasos de Podemos deberán centrarse en este último factor.

 

NOTAS :

(1) Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia, Siglo XXI, Madrid, 1987. Salvo que se especifique lo contrario, todas las citas han sido extraídas de este libro.

(2) Íñigo Errejón y Chantal Mouffe, Construir pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia, Icaria, Barcelona, 2015.

(3) Ernesto Laclau, La razón populista, FCE, Buenos Aires, 2005.

(4) Véase Razmig Keucheyan, “Gramsci, un pensamiento hecho mundo”, Le Monde diplomatique en español, agosto de 2012.

(5) Í. Errejón y C. Mouffe, Construir pueblo, op. cit.

(6) Juan Domingo Perón fue presidente de 1946 a septiembre de 1955 y de octubre de 1973 a julio de 1974.

(7) Construir pueblo, op. cit.

(8) Véase Pablo Iglesias, “Spain on edge”, New Left Review, Londres, mayo-junio de 2015.

(9) Andrew Gamble, “Class politics and radical democray”, New Left Review, Londres, julio-agosto de 1987.

(10) Véase Yanis Varoufakis, “Su único objetivo era humillarnos”, Le Monde diplomatique en español, agosto de 2015.





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