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Estado de emergencia planetaria

Par Bernard Cassen  |  6 décembre 2015     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Es siempre muy fuerte la tentación de querer inscribir en un marco de análisis único acontecimientos a primera vista sin relación, pero que sobrevienen casi al mismo tiempo. Podemos tratar de entregarnos a tal ejercicio en tres grandes acontecimientos de repercusión mundial de finales de este año 2015 : los flujos de refugiados hacia Europa, de una amplitud sin precedentes ; los monstruosos atentados cometidos por la Organización terrorista Estado Islámico (OEI) durante la noche del 13 de noviembre ; y, del 30 de noviembre al 11 de diciembre, el desarrollo, también en París, de la Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático de la Naciones Unidas, denominada COP21.

La relación causa-efecto es evidente entre, por un lado, las guerras que, de Afganistán a Oriente Próximo, han creado las condiciones de emergencia del terrorismo islamista y, por otro lado, los inmensos desplazamientos de poblaciones en curso y que están por venir : se prevé que 3 millones de refugiados lleguen a Europa en los próximos años, sin hablar de los millones que se encuentran hacinados en los campos de Turquía, de Jordania y del Líbano. Pero esos refugiados de las zonas de conflicto no hacen más que sumarse a aquellos provenientes de las zonas de miseria de África. En ese caso, y aun si Oriente Próximo reencontrara milagrosamente la paz, esos flujos potencialmente no tienen límites, pues remiten a la situación de no desarrollo y de explosión demográfica de la mayoría de los Estados de la región.

A este panorama de por sí más que preocupante hay que agregar el surgimiento de una nueva categoría de refugiados : los refugiados climáticos, que se contarán por decenas –incluso por centenas– de millones en el mundo si no se hace nada para frenar el calentamiento global. Hoy en día ya se estima entre 20 y 30 millones cada año, desde 2009, el número de ciudadanos de los países del Sur expulsados de sus tierras y de sus aldeas por la desertificación, la sequía, el hambre causadas por el aumento de los gases de efecto invernadero. Por no hablar de aquellos, sobre todo en Asia (Filipinas, Bangladesh), víctimas de fenómenos extremos : tifones, ciclones, inundaciones.

Este es el desafío de la COP21 de París, que, a día de hoy, no ofrece ninguna garantía de que vaya a desembocar en medidas obligatorias para limitar la progresión de las emisiones con relación a las de mitad del siglo XIX con el fin de no superar en 2 ºC el aumento de la temperatura. Como si la mayoría de los Gobiernos y de las instituciones financieras internacionales, aferrándose a los dogmas de la búsqueda del lucro y de la competencia como objetivos finales, hubieran, por defecto, optado por una implosión más o menos lenta de las sociedades organizadas, infaliblemente generadora de una violencia social sin fin que hará proliferar y que institucionalizará el terrorismo.

Si la lógica de la competencia triunfa sobre la de la solidaridad, esta violencia será suicida para todos. En este sentido, no se puede dejar de pensar en el famoso cuadro de Goya Duelo a garrotazos (también llamado La riña) que forma parte de las “pinturas negras” del artista. El mismo muestra a dos campesinos enfrentándose a garrotazos a pesar de estar ambos ya semienterrados en las arenas movedizas. Cuanto más se golpean, más se hunden. Ciertamente, uno de los dos terminará por aniquilar al otro, pero será de todas formas demasiado tarde para que el primero escape de ser sepultado. No hay mejor parábola de lo absurdo de la competencia económica en un planeta que se degrada a pasos agigantados. El estado de emergencia fue decretado en Francia para hacer frente a la amenaza de los atentados, pero es un estado de emergencia internacional de envergadura el que debería imponerse para que la Tierra permanezca habitable para los humanos y en paz. 





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