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“El cónsul de sodoma”

Gil de Biedma, veinte años después

Par Javier Alfaya  |  8 février 2010     →    Version imprimable de cet article Imprimer

El estreno reciente de la película ‘El cónsul de Sodoma’ ha provocado tal vez la mayor polémica pública de la historia del cine español. Película dura, sin concesiones acerca de la vida y de la obra de una de las figuras mayores de la literatura de la segunda mitad del siglo XX en nuestro país, ‘El cónsul de Sodoma’ nos cuenta, en un espléndido lenguaje cinematográfico, quién y cómo fue el poeta Jaime Gil de Biedma cuya homosexualidad está explícitamente reflejada en su obra en verso y en prosa. ¿Cuál es la esencia del mecanismo que ha despertado una protesta que ha alcanzado niveles que van mucho más allá de un razonado y razonable debate ? Resulta difícil de discernir pero los argumentos están ahí, en prensa, radio y televisión. Por supuesto, la respuesta a los detractores ha sido más moderada formalmente, pero no menos tajante. Lo que queda en pie, después de denuestos e insultos, es un filme honesto que expone con madurez la existencia de un hombre singular, engarzada en un mundo social y en una circunstancia histórica precisas.

Hace ahora exactamente dos decenios murió Jaime Gil de Biedma a la edad de sesenta años. Detrás de sí dejaba una obra breve, casi exigua ; un libro, Las personas del verbo, de 171 páginas en el que recogía toda su producción poética desde Según sentencia del tiempo hasta Poemas póstumos (1), un libro formado por artículos y ensayos de crítica literaria titulado El pie de la letra, 1955-1979 (2), un breve texto autobiográfico, Diario del artista seriamente enfermo (3), además de unas cuantas traducciones, algunas editadas en libro como Función de la poesía y función de la crítica de Thomas Stearns Eliot, y la novela Adiós a Berlin de Christopher Isherwood. Hay que tener en cuenta finalmente un libro póstumo, Retrato del artista en 1956 (4) en donde se recogen parte de un diario íntimo y otros escritos que el autor, al parecer, no quiso publicar en vida, y unos cuantos poemas sueltos de poetas ingleses como W. H. Auden y Louis McNeice.

Poeta extraordinario, crítico literario también extraordinario –Juan Goytisolo ha dicho, seguramente con razón, que se trata del mejor de la literatura española en el siglo XX– ha dejado también, entre quienes tuvimos la suerte de conocerle, el recuerdo de un hombre dotado de una personalidad compleja y excepcional. En el ensayo que precede a la traducción de la poesía completa de T.S. Eliot –el poeta que junto al francés Jules Laforgue más influyó posiblemente en la carrera poética de Gil de Biedma– José María Valverde (5) define la elección personal del poeta británico al inicio de su carrera con estas palabras : “... Eliot es representativo de una época en que los poetas, escarmentados, no caen ya en la trampa de la bohemia de los maudits”. Una definición que se puede aplicar perfectamente a nuestro poeta que, hasta que una terrible enfermedad lo apartó de su actividad profesional, tuvo un alto cargo directivo en la Compañía de Tabacos de Filipinas, empresa de su familia y una de las más importantes de las dedicadas a la importación y exportación en nuestro país. Esa dedicación dejó un sello significativo en la obra de Jaime Gil de Biedma y se refleja en uno de sus mejores poemas, ‘Barcelona já no es bona, o Mi paseo solitario de primavera’, que forma parte del libro Moralidades.

Sin duda en este año de 2010, en el vigésimo aniversario de su muerte, el recuerdo de Jaime Gil de Biedma estará presente en numerosos seminarios, congresos, publicaciones, etc, y eso será bueno para la difusión de su obra, pero ha sido la cinematografía la que ha adelantado al mundo editorial y académico. En el mes de enero se ha presentado públicamente una película espléndida, El cónsul de Sodoma, dirigida por Sigfried Monleón, que trata de la vida y de la obra de Gil de Biedma. La película ha sido mal recibida por algunas personas –entre las cuales hay que citar al novelista Juan Marsé, que fue uno de los mejores amigos de Gil de Biedma– que han desencadenado una especie de intento de boicot con cartas y artículos en los periódicos y en otros medios de comunicación. Es difícil saber hasta qué punto el enfado provocado en esas personas puede influir en los posibles espectadores del filme pero de lo que no cabe duda es de que El cónsul de Sodoma es una película fuera de serie. Por lo demás estamos en una época en la que los escándalos –sea cual fuere su carácter– suelen ser cada vez más breves en el tiempo y es muy posible que, en este caso, despierten más el interés del público que su rechazo.

Describir en el espacio cinematográfico una vida tan interesante y compleja como la de Gil de Biedma es una tarea enormemente difícil y haberlo conseguido por parte de Monleón y de sus actores y actrices –un fabuloso Jordi Mollá en el papel protagonista y una no menos fabulosa Bimba Bosé en el de Bel Bel, la única mujer que provocó al parecer el interés erótico del escritor, además de un impecable resto del reparto–, demuestra un singular talento. Un talento que está presente en él, no sólo como cineasta sino como narrador. Monleón sabe narrar, lo que es una virtud bastante rara en el cine español. Desde el arranque de la película, que reconstruye el ominoso ambiente de los bajos fondos de una ciudad del Tercer Mundo –en este caso Manila– hasta la bellísima secuencia final, que se desarrolla en la triste habitación de un hotel madrileño, lo que se pone en juego en El cónsul de Sodoma es un fascinante dominio de lo narrativo, complejo y lleno de sutileza, y también de control de los momentos más explícitamente sexuales. A lo que hay que añadir otra rara virtud ; conseguir conmover sin la menor concesión a lo sentimental. Monleón se afirma como un maestro en un género, el biográfico, que apenas tiene antecedentes ni practicantes no ya en el cine sino en la cultura española en su conjunto, como señaló con amarga lucidez don Ramón del Valle-Inclán hace ya muchos, demasiado años, atribuyéndolo precisamente a ciertas peculiaridades del carácter hispánico, que ahora no son del caso. Así pues, en el previsible año Jaime Gil de Biedma, se ha entrado con algo más que con buen pie, se ha entrado con una obra maestra.

Jaime Gil de Biedma perteneció al núcleo de intelectuales, cuyos orígenes sociales se encontraban en el bando de los ganadores de la guerra civil de 1936-39, pero que manifestaron su rechazo al régimen en las jornadas de febrero de 1956, cuando la dictadura, tras la pesadilla de los años 1940, en los que corrió a raudales la sangre de los derrotados, se afirmó no sólo internacionalmente sino en el propio país. Es decir, cuando la desesperación sustituyó a la maltrecha esperanza de los años terribles y se aceptó lo que había, es decir un gobierno ilegítimo que fue aceptado e incluso encomiado por las llamadas democracias occidentales. Porque si los años 1940 fueron eso, una pesadilla, la década de 1950 lo fue también pero de otra forma. El régimen incluso pudo permitirse el lujo de abrir mínimamente la espita de la tolerancia –perceptible sobre todo en el cine y en ciertas publicaciones universitarias– hasta que lo que parecía una actitud de rebeldía debida más a la edad que a otra cosa, tomó una dimensión claramente política y que, por lo tanto, empezó a resultar peligrosa. En el poemario de Gil de Biedma, al menos hasta su amargo Poemas póstumos, está viva y toma forma –al igual que en la obra de Ángel González, en la del primer José Manuel Caballero Bonald o en José Ángel Valente, por no citar a Blas de Otero, José Hierro, Gabriel Celaya o Eugenio de Nora, mayores en edad y alguno de ellos combatiente en la última de nuestras contiendas civiles– aquella luz inesperada que se abrió caminos en las tinieblas de una época en la que los que no habían ido a la guerra comenzaron a intentar hacer oír su voz.

Es posible que esos poemas cívicos de Jaime Gil de Biedma, que reflejan las manifestaciones de 1956 y llegan hasta las huelgas de 1962, compongan hoy lo más atractivo de su obra –junto a algunos de sus poemas eróticos y los más autobiográficos– porque nuestro poeta supo darles una dimensión nueva, sin la tensión crispada y –¿por qué no decirlo si eso era lo suyo ?– subversiva de los versos de otros poetas de su generación pero sí con la reflexión llena de madurez de quien comparte la esperanza de entonces pero es consciente también de su fragilidad. Poemas como el citado ‘Barcelona já no es bona...’, ‘Apología y petición’, ‘Noche triste, Octubre 1959’, ‘En el castillo de Luna’, ‘Un Día de Difuntos’, o ‘Años triunfales’ nacen de una ilusión pero ven con lucidez, al mismo tiempo, que lo que hay enfrente es muy poderoso porque, se quiera o no, ha terminado afirmándose sobre la resignación de una inmensa mayoría social que no quiere sino sobrevivir.

No es seguro –como no lo es nunca una obra literaria– que la obra de Jaime Gil de Biedma sea leída hoy con el fervor de hace unos años. De hecho y en buena medida da la impresión de que la llamada “poesía de la experiencia”, que lo tenía como uno de sus iconos, ha dejado paso a poéticas menos comprometidas con su tiempo y su país, por utilizar el título de una de las más bellas canciones del gran Raimon. Tanto los ensayos como los poemas de Gil de Biedma pertenecen a un mundo que tiene poco que ver con el de algunos jóvenes de hoy. Tal vez una película como El cónsul de Sodoma nos los traiga de vuelta y llegue a quienes se han encontrado con una época en la que palabras como solidaridad o compromiso político están a punto de perder sentido y ahogarse –¿para siempre ?– en las cavernas del neo-liberalismo económico. Como un extraño y fascinante mensaje en el que apunta, quizás, una nueva forma de entender algo que podríamos llamar humanismo, esa película, El cónsul de Sodoma, que es un hermoso homenaje a nuestro poeta, nos llega desde un lugar en el que se diría que se está intentando resucitar viejas formas del vivir y del pensar que parecían extinguidas. 

© lmd EN ESPAÑOL

 

Notas :

(1) Barral Editores, Barcelona, 1975.

(2) Editorial Crítica, Barcelona, 1980.

(3) Editorial Lumen, Barcelona, 1974.

(4) Plaza Janés, Barcelona, 1994.

(5) José María Valverde, Interlocutores, Trotta, Madrid, 1998.





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