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Guiones para el futuro del movimiento bolivariano

Par Gregory Wilpert  |  29 mars 2013     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Los venezolanos elegirán a su próximo presidente el 14 de abril. Mientras que la oposición tiene dificultades para mantener su unidad, los simpatizantes de Hugo Chávez deben aprender a ponerse de acuerdo sin él, a lo que realmente nunca les ayudó mientras estuvo vivo.

A partir del anuncio de la muerte de Hugo Chávez como consecuencia de su cáncer y de complicaciones ligadas a su tratamiento, los acontecimientos se han precipitado. A la designación del vicepresidente Nicolás Maduro como jefe de Estado interino siguió la decisión del Consejo Electoral Nacional de fijar el nuevo escrutinio presidencial para el 14 de abril, conforme al plazo de treinta días previsto por la Constitución. Apenas una semana después de la muerte de Chávez, Maduro fue investido por la fuerza mayoritaria en la Asamblea, el Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV), para aspirar a la sucesión del jefe de Estado en las próximas elecciones, mientras que Henrique Capriles, el candidato derrotado en la elección de octubre último, recibía sin entusiasmo la investidura de la coalición de oposición, la Mesa de Unidad Democrática (MUD).

La pregunta que mantiene en vilo a todos los ánimos en ocasión de esta campaña electoral relámpago tiene que ver con la capacidad del movimiento bolivariano –unificado en relación con el apoyo a la acción del gobierno–, de permanecer unido después de la desaparición de su dirigente histórico. Ya en diciembre de 2012, mientras que Chávez se recuperaba de una cuarta intervención quirúrgica en Cuba, corrían rumores entre los medios de la oposición y grupos de medios antichavistas de que las luchas fratricidas hacían estragos dentro del equipo en el poder, especialmente entre el vicepresidente Maduro y el presidente de la Asamblea Nacional Diosdado Cabello.

Este panorama no parecía inverosímil, teniendo en cuenta las peleas que jalonaron la historia de la izquierda venezolana. Chávez es, por otra parte, el único dirigente nacional que logró reunir bajo una misma causa a este mosaico de movimientos heterogéneos. Preocupado por perpetuar esta herencia, Cabello y Maduro se apuraron a desmentir las “habladurías” y a multiplicar las demostraciones de amistad recíproca, intercambiando, por ejemplo, un afectuoso abrazo ante los fotógrafos durante un mitin el 5 de enero. Los dos hombres son “hijos de Chávez” y por lo tanto unidos como hermanos, asegura Maduro.

Si las relaciones entre los dos delfines son tan cordiales como lo afirman, ¿por qué tantos venezolanos temen la perspectiva de una fragmentación del movimiento bolivariano ? El carisma de Chávez contribuyó no sólo a su ascenso al poder, sino también a la cohesión del movimiento que él mismo creó hace quince años y encarnó hasta su muerte. Maduro no goza, sin duda, del mismo grado de popularidad y de atracción. Sería sin embargo un error creer que el movimiento bolivariano sobrevive solamente gracias a la autoridad de un jefe carismático.

Entre 1958 y 1988, en el transcurso de los treinta años de la “cuarta república”, cuando los socialdemócratas y los demócratas cristianos alternaban en la dirección del país, estos dos partidos tenían también una fuerte cohesión interna, la que se mantuvo en ausencia de toda figura de envergadura. Las dos familias políticas formaban bloques indivisibles, no sólo gracias a una disciplina de hierro sino también porque a sus miembros respectivos los unía también la misma ambición por la renta petrolera. Todos los grupos de interés representados tanto en una como en la otra –la Iglesia, la patronal, los medios de comunicación y los sindicatos mayoritarios que constituyen hoy el soporte de la oposición– estaban de acuerdo sobre una visión del mundo en la cual el dinero del petróleo les llegaba por derecho propio, y al resto de la sociedad se le pedía que se las arreglasen solos.

Sin embargo, organizando el enriquecimiento de algunos y el empobrecimiento de todos los demás, el sistema clientelista basado en la captación privada de los ingresos petroleros, que había beneficiado tanto a las elites venezolanas en los años 1960 y 1970, terminó por causar la pérdida de estos grupos. La inyección del curare neoliberal en este cuerpo enfermo no hizo más que precipitar su decadencia.

Cuando Chávez presenta su candidatura, en 1998, consiguió unificar a una izquierda que hasta ese momento estaba dispersa en camarillas rivales. Este sincretismo, agregado a sus talentos de orador y a su promesa de una revolución por la justicia social, le da la clave de la victoria. Durante los catorce años de su presidencia, se dedica a extender la base de su movimiento hacia las clases sociales más necesitadas y marginadas, en particular otorgándoles una parte de la renta petrolera y reconociéndoles el derecho de participar activamente en la gestión de sus comunidades y de sus lugares de trabajo.

Nacionalización de las industrias estratégicas, transformación de muchas sociedades de Estado en cooperativas obreras, reforma agraria, creación de consejos comunales, creación de programas sociales destinados a los más pobres : todas estas conquistas de la “revolución bolivariana” concurrieron a consolidar el apoyo popular a Chávez entre los sectores de la población que el antiguo sistema desdeñaba escrupulosamente. Sin ellos, la lealtad de los militantes bolivarianos hacia el presidente y su gobierno habría sido probablemente menos firme, con carisma o sin él.

La acusación repetida una y otra vez según la cual Chávez sólo habría reemplazado un clientelismo por otro tropieza con la objeción de que la “clientela”, en este caso, coincide con un gran número, y que no compró su apoyo, sino que desempeñó un papel activo en el proceso de transformación social. No es pues aberrante que los venezolanos se muestren mayoritariamente satisfechos de su democracia, como lo indica el último barómetro establecido en la escala de América Latina por el instituto chileno Latinobarómetro (1). Ni que sea descrito en algunas encuestas como el pueblo más “feliz” de todo el continente (2) –una clasificación quizás azarosa, si se considera la criminalidad endémica que continúa envenenando la vida de muchos de ellos, y contra la cual el gobierno bolivariano se ha mostrado poco eficaz.

La redistribución de la riqueza extraída del petróleo produjo sobre la sociedad un efecto benéfico cuyo resultado se constata en la actualidad : las poblaciones favorables al Gobierno, a saber, las clases medias de izquierda (por lo tanto, a la izquierda de los socialdemócratas) y la gran mayoría de las clases populares, que muestran una cara considerablemente más unida que la heteróclita atadura de la oposición. Mientras que la MUD está a merced de las luchas de clanes que amenazan en todo momento hacerla explotar, las organizaciones que militan por la prosecución de la experiencia bolivariana no muestran ningún signo de tensión o de disensión, aun durante la larga ausencia de Chávez por razones médicas.

Aunque los chavistas aprieten filas, la cuestión de la sucesión sigue siendo para ellos una fuente de inquietudes. Es verdad que Maduro fue designado sucesor oficial, pero nadie sabe con qué grupos de interés este antiguo dirigente sindical podría tener que negociar en caso de ganar, ni con cuál estaría más inclinado a entenderse.

Más que ningún otro país de América Latina, Venezuela se caracteriza por un panorama político dividido. Los grupos de interés no zanjaron nunca los lazos que los unen históricamente con el aparato de Estado, lo que explica su relativa debilidad en relación con los partidos políticos. La dependencia del país respecto de una industria petrolera que maneja todos los hilos tuvo como efecto acrecentar la tutela de los poderes públicos sobre las fuerzas sociales y económicas.

Los sectores clave en que se apoya el gobierno bolivariano se reparten en tres categorías : la sociedad civil, el ejército y la industria. El “movimiento social”, representado en la cumbre del Estado por Maduro y por el ex vicepresidente Elías Jaua, comprende las agrupaciones sindicales y las organizaciones comunitarias, a las cuales se agregan grupos menos influyentes, como los pequeños campesinos, los indígenas o los estudiantes pro Chávez. El sector militar está dividido en dos facciones ideológicamente competidoras : la de los “moderados” o de los “oportunistas”–Cabello es considerado como uno de sus principales portavoces– se opone a un movimiento más radical, conducido por el ex ministro de Interior y de Justicia Ramón Rodríguez Chacín.

Por último, aunque la industria está dominada por el petróleo, representado a su vez por Rafael Ramírez, el poderoso presidente de la sociedad pública Petróleos de Venezuela SA (PDVSA), otros sectores hacen oír su voz. Entre ellos, las pequeñas y medianas empresas agrupadas dentro de la Cámara de Comercio Fedeindustria, presidida por Miguel Pérez Abad, o incluso los numerosos contratistas individuales del sector petrolero, a pesar de que la Cámara de Comercio más activa en esta área, Fedecámaras, se unió a la oposición.

El presidente Chávez era un maestro en el arte de atraerse la lealtad de estos grupos de intereses no siempre convergentes. Lo lograba sobre todo porque cumplía las promesas que les había hecho : redistribución de la renta petrolera, integración en la vida política y, en el caso de los militares retirados, acceso a puestos importantes en la Administración pública. Si es elegido presidente, Maduro tratará sin duda de hacer lo mismo. Sin embargo, a pesar de los lazos privilegiados que mantiene con la sociedad civil, le hará falta dirigirse a los representantes del ejército y de la industria (en particular, Cabello y Ramírez), para asegurarse el mantenimiento de estos dos sectores en la coalición gubernamental. Allí donde Chávez ejercía una autoridad raramente cuestionada, Maduro tendrá que adaptarse a los debates y las tiranteces de una mayoría un poco menos disciplinada.

Ante el compromiso abrumador que representa la continuación o no de la revolución bolivariana, parece poco probable que los que componen el movimiento chavista corran riesgo de originar conflictos internos, al menos durante el tiempo que su jefe indiscutido permanezca en el poder. No queda excluido, en cambio, que en la hipótesis poco probable de que Maduro perdiera las elecciones, comiencen a aparecer algunas fisuras. El movimiento chavista no estaría entonces a resguardo de un proceso de estallido comparable al que agita a la oposición.

En la actualidad, la cuestión más urgente para el futuro de la revolución bolivariana es saber si la sucesión de Chávez va a estar acompañada de un cambio de orientación política.

Muchos comentaristas sugieren que Maduro podría mostrarse más atento al movimiento social de lo que lo estaba su predecesor. Nada es menos seguro, y esto por lo menos por dos razones. Aun si es verdad que Chávez tenía tendencia a favorecer a los militares, en particular para las nominaciones en la alta función pública, con frecuencia se decidió a favor de las organizaciones populares sobre los grandes temas de política económica o social. Además, Maduro no ignora que los medios sindicales y comunitarios cuyo apoyo tiene carecen totalmente de cuadros administrativos cualificados, y que deberá, en consecuencia, apelar a los oficiales para garantizar la buena marcha del Estado.

Otro factor contribuye a la cohesión del equipo gubernamental : Estados Unidos. La mayoría de los dirigentes bolivarianos, sobre todo los que tienen tras de ellos una larga historia de militancia de izquierda, están convencidos de que Washington no retrocederá ante ninguna opción, incluida la militar, para deponer al odiado gobierno de Venezuela. Mientras que la amenaza de una intervención estadounidense siga siendo creíble a los ojos de los dirigentes y de los militantes bolivarianos, se puede comprender su determinación de no mostrar ningún signo de división o de debilidad.

Pero aunque en el transcurso de una de sus últimas apariciones públicas Chávez exhortó a sus simpatizantes a unir sus fuerzas, –“¡Unidad, unidad, unidad !”–, también admitió que el proyecto bolivariano estaba inacabado, y que correspondía a sus sucesores llevarlo a buen término. Como lo indicaba en su blog el sociólogo venezolano Javier Biardeau : “La tragedia política, para Chávez, se debe a la toma de conciencia –bajo la forma de una autocrítica implícita– del hecho de que el gobierno podría perder su orientación revolucionaria” (3). Este estado de ánimo fue expresado, por ejemplo, en un discurso pronunciado después de su reelección en octubre de 2012 : “Creo que tenemos una nueva arquitectura legal (…) basada en la Constitución [de 1999]. Tenemos leyes sobre los consejos comunales, sobre las comunas, sobre la economía comunal, sobre los motores locales del desarrollo, pero no prestamos atención a estas leyes, aunque somos los mayores responsables de su aplicación”.

Después de la desaparición de Chávez, ¿su aspiración como presidente –que fue instaurar una democracia participativa del siglo XXI– seguirá siendo adecuada a los nuevos objetivos del movimiento bolivariano, este conjunto de revolucionarios experimentados, de militantes comunitarios, de oficiales progresistas y de intereses económicos dispares ? La respuesta dependerá de la capacidad de estos grupos de hacer de manera que sus exigencias formen un cuadro coherente, como fue el caso durante el transcurso de los catorce años de la presidencia de Chávez.

NOTAS :

(1) www.latinobarometro.org

(2) ¡Venezuela happiest country in South America”, 10 de junio de 2012, http://venezuelanalysis.com

(3) http://saberescontrahegemonicos.blo..., 2 de febrero de 2013.

 





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