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INFLACIÓN Y PENURIAS

Hacer la compra en Caracas

Par Anne Vigna  |  22 novembre 2013     →    Version imprimable de cet article Imprimer

En Venezuela, curiosamente, cuanto más se sube en la jerarquía social, más desguarnecidos de productos de primera necesidad están los estantes de los correspondientes supermercados…

Estación Altamira, barrio chic del este de Caracas. Alejandra entra al cuarto supermercado del día. Su madre acaba de llamarla para asegurarle que “allí, seguro”, encontrará papel higiénico. Y añade : “Si encuentras harina de maíz, compra la mayor cantidad posible”. Una pila de papel higiénico se encuentra realmente allí, dispuesta como un trofeo en medio de la primera góndola. “¡Por fin !”, se alegra Alejandra, que envía rápidamente un mensaje de texto de victoria a su madre. El precio es cuatro veces más elevado que el que se debería pagar normalmente por este producto cuya comercialización regula el Estado. El supermercado está dentro de la ilegalidad, pero a Alejandra no le importa. Llena un carrito de paquetes de doce rollos, echa una rápida ojeada a la sección donde debería estar la harina y se dirige a la caja.

Otros clientes ya se encuentran allí y todos hacen el mismo análisis : “inflación”, “racionamiento”, “deshonestidad”.

– ¿Pero cuándo va a parar la inflación ?, exclama uno (según el Banco Central de Venezuela, el alza de precios superó el 20% en 2012 (1)).

– Cuando cambie el gobierno, replica la vecina.

–Cuando no haya nada más en las tiendas tendrá que cambiar. ¡Y esto no debería retrasarse más !, lanza una tercera.

Ante estas palabras se dibuja una sonrisa en los rostros. Aquí nadie otorga el menor crédito a la tesis del gobierno : la patronal, la cual controla la cadena de distribución de los bienes de consumo corrientes (prácticamente todos importados), organiza el desabastecimiento para incitar a la cólera popular. No, los clientes que charlan con Alejandra esperan el momento en que, después de quince años de chavismo, la oposición retome el poder. La cajera, en silencio, hace desfilar los artículos, entre ellos algunas botellas de whisky o de champagne (3.600 bolívares, es decir, 421 euros (2), el equivalente a su salario). Mientras tanto, los clientes se quejan de los cortes de agua o de electricidad, regulares, que interrumpen el funcionamiento de sus aparatos electrodomésticos.

Estación Plaza Venezuela, en el centro de Caracas, cuna de la clase media. El Bicentenario, propiedad del Estado desde 2011, se parece como dos gotas de agua a un hipermercado clásico de las afueras de París. Aquí se encuentra de todo ; o de casi todo : no hay champagne.

En el momento de nuestra visita, en junio de 2013, las góndolas desbordaban de papel higiénico y las etiquetas no marcaban ni un céntimo más del precio regulado : 51,56 bolívares los doce rollos, es decir, 6 euros. Los clientes compraban como máximo dos paquetes ; nadie llenó su carrito… Tratamos de preguntar a uno de ellos por qué no ha cogido más. “Antes, cuando no teníamos nada que comer, nadie se preocupaba por nosotros. ¡Ahora, el mundo entero se lamenta por una pretendida escasez de papel higiénico !”, se irrita. Raros son, en efecto, los artículos de la prensa internacional sobre Venezuela que no mencionen el tema.

Estación Agua Salud, en el oeste pobre de Caracas, más abajo del barrio 23 de Enero, uno de los grandes barrios populares de la capital. Se desciende en la escala social a medida que se remontan las escaleras irregulares de esta ciudad construida en la ladera de una colina. Una larga cola se forma ante Mercal, uno de los supermercados de la red creada por el Estado en 2003, donde los productos están subvencionados. Como cada mes, tiene lugar una distribución, con precios que desafían toda competencia. Hay diferentes tamaños de Mercal por todo el país, desde el simple local de frutas y legumbres hasta el supermercado de tamaño mediano. Los locales no exhiben ni publicidad ni promociones en sus estantes. No están tan bien abastecidos como los supermercados clásicos : nada de alcohol, pocas marcas. Pero se encuentran todos los productos cuyos precios están regulados, tanto en el terreno de la alimentación (cereales, carne, lácteos, café, etc.) como en el de la higiene (dentífrico, champú, pañales, jabón, etc.).

En el Mercal del 23 de Enero, por 200 bolívares (23 euros), las mujeres –son raros los hombres aquí– llenan una bolsa con pollo, arroz, aceite, leche y... seis rollos de papel higiénico. En general, vienen a proveerse aquí una vez al mes, a veces dos. Miriam Maura, encargada de salud en el barrio, pasa por la cola para reconocer a las familias en situación difícil. Discretamente pregunta a algunos clientes, personas maduras pero también jóvenes con niños : “¿Todo bien ? ¿Tienes con qué pagar ? Puedes decirlo, no te preocupes”. Jóvenes mamás pagan la cuenta con bonos de alimentación que, en Venezuela, completan salarios y pensiones, y son aceptados en todos los supermercados. Estas mujeres tienen trabajo o, por lo menos, sus compañeros. “Es imposible morir de hambre en la actualidad. Aun si usted no tiene dinero, podrá comer”, explica Maura. Algunas bolsas están ya preparadas para aquellos que no puedan pagar. Son gratuitas y se entregan después de mantener una conversación con asistentes sociales.

Al subir a su 4x4, con el maletero lleno de papel higiénico, Alejandra aún sigue viendo todo negro. Ahora la preocupa el teatro. “Con Chávez, el Festival de Teatro de Caracas desapareció”, explica. La escena artística y cultural se degradó y ella no logra encontrar libros extranjeros. “Como en Cuba”, concluye, amarga.

Y sin embargo, a pocos metros del café Venezuela, se distingue fácilmente la Librería del Sur, de la red de librerías creada por el Estado. Grandes clásicos de la literatura latinoamericana, poesía, teatro, ensayos políticos... Muchas obras disponibles por pocos bolívares, por el precio de un café. “Se dice siempre que aquí tenemos la gasolina más barata del mundo, pero se olvida decir que también tenemos los libros más baratos”, señala uno de los vendedores. Sí, ¿pero qué sucede con los libros extranjeros ? “Es verdad que las publicaciones extranjeras cuestan caras y son, por eso, difíciles de encontrar”, responde. En cuanto a las actividades culturales, teatro, cine y música, cuestan el equivalente a dos cafés ; y todos los museos son gratuitos. El Festival de Teatro, ¿censurado ? Según la información obtenida, el espacio donde se organizaba fue expropiado para instalar allí la Universidad Nacional Experimental de las Artes. El festival reapareció gracias a una fundación privada y sigue siendo elitista en sus precios.

“Mis padres no me comprenden, pero yo estoy harto del socialismo”, se enoja Luis, un joven de 23 años. “Nadie puede darse un gusto en este país, hay demasiadas restricciones, todo es demasiado caro”. Sin duda, la situación no es fácil para todo el mundo. Entre los jóvenes, de los cuales el 95% posee un teléfono móvil (3), la “libertad de consumir” constituye con frecuencia una prioridad, en particular dentro de la clase media. Luis y sus amigos “estafaron al gobierno” hace poco, proclama con orgullo. Con el pretexto de un viaje a Panamá, compraron divisas al Estado –“3.000 dólares cada uno, una bonita suma”– y solo vieron de Panamá los centros comerciales, para comprar allí material electrónico : “Solo se puede obtener dólares una vez al año. El año que viene lo volveremos a hacer, es un buen negocio”.

“Ahora, la clase media, y ya no solo la alta, viaja. Antes, no podía”, destaca Antonio, que vivió en Francia y tiene dos hijos con una francesa. “Aquí la vida es muy diferente de la imagen que se da del país”. Él es periodista, ella es profesora universitaria ; a pesar de sus pobres salarios, su vida es más fácil que en Francia. “Yo gano 6.000 bolívares [700 euros] pero cobro además 1.000 para salud y 1.200 para alimentación, un seguro privado y una ayuda para pagar la guardería. Mi mujer gana 4.000 bolívares [468 euros], pero recibe también 500 por cada hijo y varias ayudas sociales. Por nuestros hijos, ya sea para el parto, para la guardería, la escuela o la salud, no hemos pagado nada”.

En Venezuela, el salario mínimo sigue siendo bajo : 2.700 bolívares (316 euros) completados por 1.600 bolívares de bonos alimentarios. Ahora bien, los alquileres cuestan entre 1.500 y 2.000 bolívares en promedio en Caracas. Incluyendo los bonos alimentarios, un obrero especializado gana alrededor de 6.000 bolívares, un maestro 5.200. En los barrios populares, las personas no tienen problema en decir su salario. En el barrio de Alejandra, a menudo se resisten. Pero “el salario no es lo más importante –observa un obrero de la sociedad Kraft Food–. El acceso a la sanidad y a la educación, el hecho de poder organizarse en la fábrica o en el barrio para mejorar nuestra vida cotidiana es lo que hace que uno se sienta bien en el país”.

Entonces, ¿son todos tan infelices como Alejandra en Venezuela ? El último Informe Mundial sobre la Felicidad (4) de la Universidad de Columbia, cuestionable como pueda ser, aporta una posible respuesta : ubica al país en la posición 19 de 150, detrás de Costa Rica (12º y primer país del continente), pero delante de México (24º), Brasil (25.º), Argentina (39º)... y Francia (23º).

 

NOTAS :

(1) “Inflación en Venezuela cerró 2012 en 20,1%”, Últimas Noticias, Caracas, 11 de enero de 2013.

(2) Todas las conversiones se basan en el tipo de cambio oficial.

(3) Xavier Bringué Sala, Charo Sábada Chalezquer y Jorge Tolsá Caballero, La Generación Interactiva en Iberoamérica 2010. Niños y adolescentes ante las pantallas, Fundación Telefónica, col. Generaciones interactivas, Madrid, 2011.

(4) John Helliwell, Richard Layard y Jeffrey Sachs, World Happiness Report, Universidad de Columbia, Nueva York, 2012.





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