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POR UNA ECONOMÍA ECOLÓGICA

Hacia un decrecimiento sostenible

Par Joan Martínez Alier  |  8 mai 2009     →    Version imprimable de cet article Imprimer

La crisis económica da una oportunidad para que la economía de los países ricos adopte una trayectoria distinta con respecto a los flujos de energía y materiales. Ahora es el momento de que los países ricos, en vez de soñar con recuperar el crecimiento económico habitual, entren en una transición socio-ecológica hacia menores niveles de uso de materias primas y energía. La crisis debe permitir impulsar las propuestas de los partidarios del decrecimiento económico. El objetivo social en los países ricos debe ser vivir bien dejando de lado el imperativo del crecimiento. Porque a partir de cierto nivel de ingreso, la felicidad ya no crece en igual proporción.

A medida que la crisis económica avanza, el precio del petróleo cae pero se recuperará si la economía crece otra vez. Hay ya grandes conflictos en el delta del Níger y en la Amazonia de Ecuador y Perú contra compañías como la Shell, la Chevron, la Repsol o la Oxy. Ante la escasez de energía barata para impulsar el crecimiento, hay quien quiere recurrir masivamente a otras fuentes de energía como la nuclear y los agro-combustibles, pero eso aumentará los problemas. Por suerte, la energía eólica y fotovoltaica está creciendo, y mucho más deberá aumentar para compensar el descenso de la oferta de petróleo en las próximas décadas. El gas natural también crece y llegará a su pico de extracción dentro de poco. Los depósitos de carbón mineral son muy grandes, pero el carbón produce daños ambientales y sociales, y también es dañino globalmente por las emisiones de dióxido de carbono (CO2).

Los grandiosos planes de exportaciones de América Latina fueron apoyados por el Presidente Lula de Brasil. Más carreteras, más oleoductos, gasoductos y tendidos eléctricos, más puertos e hidrovías, más exportaciones de petróleo, de gas, de carbón, de cobre, de mineral de hierro, de madera, de harina de pescado, de celulosa, de soja y de etanol. Ese ha sido el credo de Brasil para América latina. Es verdad que el boom de la exportación le dio a Lula dinero para propósitos sociales, aumentando su popularidad. Petrobrás se convirtió en una empresa no menos peligrosa para el medio ambiente y los pueblos indígenas de América latina que Repsol o la Oxy. Y esa obsesión por la exportación de materias primas impidió a Lula hacer algo para frenar la deforestación de la Amazonia.

Pero con la crisis, los precios de las materias primas se han hundido. Los del trigo, del maíz y de la soja han bajado un 60%, como también el cobre, el níquel, el aluminio y el hierro. La multinacional mexicana Cemex anunció, en octubre del 2008, que reduciría su fuerza de trabajo en el mundo en un 10% por el descenso en la demanda de materiales de construcción y de cemento, mientras las fábricas de automóviles de Europa y Estados Unidos siguen reduciendo su producción. Todo eso puede ser bueno para el medio ambiente.

La contabilidad económica convencional está equivocada. Supongamos que una compañía minera contamina el agua en una aldea de la India. Las familias no tienen otro remedio que abastecerse del agua de los arroyos o de los pozos. El salario rural es de 1 euro al día, un litro de agua en envase de plástico cuesta 15 céntimos de euro. Si los pobres han de comprar agua, todo su salario se iría simplemente en agua para beber. Asimismo, si no hay leña o estiércol seco como combustibles, al comprar butano gastarían el salario semanal de una persona para adquirir una bombona de 14 kilos. La contribución de la naturaleza a la subsistencia humana de los pobres no queda pues bien representada al decir que supone el 5% del PIB en un país como la India. Es asunto de subsistencia. Sin agua, leña y pastos para el ganado, la gente empobrecida simplemente se muere.

En la contabilidad habría que introducir la valoración de las pérdidas de ecosistemas y de biodiversidad modificando el PIB para llegar a un “PIB verde”. En la India se ha comprobado que los beneficiarios más directos de la biodiversidad de los bosques y de sus servicios ambientales eran los pobres, y que su pérdida afectaría sobre todo al ya menguado bienestar de los pobres. Esa pobreza hace que las pérdidas de servicios ambientales repercutan mucho más en su “ingreso de subsistencia” en comparación con otras clases sociales. De ahí la idea del “PIB de los pobres”.

En otras palabras, si el agua de un arroyo o del acuífero local es contaminada por la minería, los pobres no pueden comprar agua en botella de plástico porque no tienen dinero para ello. Por tanto, cuando la gente pobre del campo, y sobre todo las mujeres, ven que su propia subsistencia está amenazada por un proyecto minero o una represa o una plantación forestal o una gran área industrial, a menudo protestan ; no porque sean ecologistas sino porque necesitan inmediatamente los servicios de la naturaleza para su propia vida. Ese es el “ecologismo de los pobres”.

En la revista Down to Herat, del 15 agosto de 2008, Sunita Narain daba varios ejemplos. “En Sikkim, el gobierno ha cancelado once proyectos hidroeléctricos atendiendo a las protestas locales. En Arunachal Pradesh, las represas están siendo aprobadas a toda velocidad y la resistencia está creciendo. En Uttarakhand, dos proyectos en el Ganges han sido detenidos y hay mucha preocupación con el resto de proyectos ; mientras en Himachal Pradesh, las represas despiertan tanta oposición que las elecciones han sido ganadas por candidatos que dicen estar en contra de ellas. Muchos otros proyectos, desde centrales termo-eléctricas a minas en zonas agrícolas, tropiezan con resistencia. La mina de hierro, la fábrica de acero y el puerto propuestos por el gigante sur-coreano Posco son discutidos, aunque el primer ministro ha asegurado que tendrán luz verde. La gente local no quiere oír eso, no quiere perder sus tierras y su subsistencia, no confía en las promesas de compensación. En Maharashtra, los cultivadores de mangos se levantan contra la central térmica de Ratnagiri. En cualquier rincón donde la industria intenta conseguir tierra y agua, la gente protesta hasta la muerte. Hay heridos, hay violencia, hay desesperación, y nos guste o no, hay miles de motines en la India de hoy…”

A veces, las izquierdas tradicionales del Sur han visto el ecologismo como un lujo de los ricos más que una necesidad de los pobres a pesar de que hay víctimas del ecologismo popular tan conocidos como Chico Mendes y Ken Saro-Wiwa.

Lo cierto es que los ricos del mundo consumen tanto que las fronteras de extracción de mercancías o materias primas están llegando a los últimos confines. Por ejemplo la frontera del petróleo ha llegado hasta Alaska y la Amazonia. Pero en todas partes aumentan las resistencias populares e indígenas contra el avance de las actividades extractivas de las empresas multinacionales. Estas resistencias parecen ir contra el curso de la historia, que es el constante triunfo del capitalismo, el crecimiento económico en términos de materiales, energía, agua que se introducen en el sistema para salir luego como residuos.

Las comunidades se defienden. Hoy en día se dan conflictos en las fronteras de extracción de cobre como Intag en Ecuador o en los distritos de Carmen de la Frontera, Ayabaca y Pacaipampa en el norte del Perú donde el proyecto Río Blanco, de la Minera Majaz, fue derrotado en un referéndum local. Hay conflictos por la extracción de níquel en Nueva Caledonia, mientras que la isla de Nauru quedó destruida por la rapiña de los fosfatos. La economía mundial no se “desmaterializa”. Al contrario. Se saca siete veces más carbón en el mundo hoy que hace cien años, aunque en Europa haya bajado su extracción. Hay conflictos en la minería de cobre, de uranio, de carbón y en la extracción y transporte de petróleo pero también hay conflictos en la minería de oro y por la defensa de los manglares contra la industria camaronera.

Existen movimientos sociales de los pobres relacionados con sus luchas por la supervivencia, y son por tanto movimientos ecologistas - cualquiera que sea el idioma en que se expresan - en cuanto que sus objetivos son definidos en términos de las necesidades ecológicas para la vida : energía (incluyendo las calorías de la comida), agua, espacio para albergarse. También son movimientos ecologistas porque tratan de sacar los recursos naturales de la esfera económica, del sistema de mercado generalizado, de la racionalidad mercantil, para mantenerlos o devolverlos a ecología humana.

Existe pues un ecologismo de la supervivencia, un ecologismo de los pobres, que pocos habían advertido hasta el asesinato de Chico Mendes en diciembre de 1988. La necesidad de supervivencia hace a los pobres conscientes de la necesidad de conservar los recursos. Esta consciencia a menudo es difícil de descubrir porque no utiliza el lenguaje de la ecología científica sino lenguajes locales como los derechos territoriales indígenas o lenguajes religiosos.

Existe otra línea de pensamiento. Así como la ideología patriarcal ha influido en la desatención que la ciencia económica muestra hacia el trabajo doméstico no remunerado, de la misma forma la ideología del progreso y el olvido de la naturaleza han influido en la desatención que la ciencia económica muestra hacia el marco ecológico de la economía.

La economía ecológica pone atención al crecimiento de los flujos de energía y de materiales en la economía, y a la salida de residuos. Es la perspectiva del metabolismo de la sociedad, que Marx mencionó en El Capital pero que ni Marx ni los marxistas desarrollaron. Al poner atención en el metabolismo de la sociedad, ya no se trata de fallos del mercado o fallos de la acción gubernamental sino que adquieren carácter sistémico, inevitable.

La economía humana es un subsistema de un sistema físico más amplio. La economía recibe recursos (y a menudo los explota más allá de su capacidad de regeneración) y produce residuos. No existe una economía circular cerrada. La economía está abierta tanto por el lado de la extracción de recursos en la fronteras como de la producción de residuos. Los perjudicados no sólo son otras especies no-humanas y las próximas generaciones de humanos (que no pueden protestar) sino que a menudo son también gente pobre, que protesta. Esos fallos son costes sociales transferidos hacia los más débiles.

Las actuales reglas contables no obligan a deducir, de los balances de las empresas, los daños al medio ambiente. De hecho, la economía actual tiene una enorme “deuda de carbono” hacia las generaciones futuras y hacia los pueblos pobres de nuestra propia generación que sufrirán por el cambio climático. Muchas empresas privadas en el sector extractivo tienen también grandes pasivos ambientales. A la Chevron-Texaco se le están exigiendo 16 mil millones de dólares en un juicio en Lago Agrio, Ecuador. La compañía Rio Tinto dejó un pasivo muy grande en Andalucía desde 1888, y después, en Bougainville, en Namibia, en Papúa Occidental junto con la compañía Freeport MacMoran. Son deudas a personas pobres o indígenas. La Shell tiene enormes pasivos por pagar en el delta del Níger. Pero los accionistas de esas empresas no deben preocuparse. Esas deudas venenosas están recogidas en los libros de historia pero no en los libros de contabilidad.

Ha llegado el momento de cambiar. La discusión sobre el decrecimiento económico socialmente sostenible debe ahora convertirse en el tema principal de la agenda política en los países ricos.

Las decisiones económicas serían mejores al dar valor monetario a los recursos y servicios ambientales que tienen precio bajo o precio cero en la contabilidad habitual. Pero no debemos olvidar otras consideraciones. Por ejemplo, recordemos la inminente amenaza que pende sobre la Niyamgiri Hill en Orissa (la India), donde viven los Dongria Kondh. Tal vez la bajada del precio del aluminio en más de un 50% en la segunda mitad del 2008, y por tanto el descenso del precio de la bauxita, ayude a salvar esa montaña sagrada amenazada por la compañía Vedanta Alumina Lted. Pero en cualquier caso, podemos preguntar : ¿cuántas toneladas de bauxita vale una tribu o una especie en vías de extinción ? ¿Cómo expresar esos valores en términos que un ministro de finanzas o un juez de la Corte Suprema puedan entender ? Los lenguajes de valoración de los indígenas o de los campesinos son silenciados en favor del lenguaje de la valoración monetaria.

La cuestión no es pues si el valor económico sólo se determina en mercados realmente existentes ya que los economistas han desarrollado métodos para la valoración monetaria de los servicios y bienes ambientales. La cuestión es, más bien, si todas las evaluaciones pertinentes en un conflicto ambiental (por ejemplo en minería de cobre u oro en el Perú o de bauxita en Orissa, o determinada represa en el noreste de la India, o la destrucción de un manglar por la industria camaronera en Honduras o Bangladesh, o la determinación del nivel adecuado de emisiones de CO2 por la Unión Europea) deben ser reducidas a una medida común, a su única dimensión monetaria.

El movimiento ecologista mundial debe criticar la contabilidad económica habitual y debe empujar para que se corrija esa contabilidad para reflejar mejor nuestras relaciones con la naturaleza, pero sin olvidar que otros lenguajes de valoración son también legítimos : los derechos territoriales, la justicia ambiental y social, la subsistencia humana, etc.

La crisis económica da una oportunidad para que la economía de los países ricos entre en una transición socio-ecológica hacia menores niveles de uso de materiales y energía. Y tanto en el Norte como en el Sur, ese camino a una economía ecológica y solidaria debe incluir la voluntad de frenar el crecimiento de la población. El planeta estaría mejor con 4 o 5 mil millones de personas que con 8 o 9 mil millones, aunque eso sea contra-indicado para el crecimiento económico que en cualquier caso está mal medido.

Para salir de la crisis actual, muchos proponen regresar a Keynes. Y algunos ecologistas apuestan por un “New Deal’ verde”. Nos parece bien un “Keynesianismo verde” que aumente la inversión pública en conservación de energía, en instalaciones fotovoltaicas, en transporte público urbano, rehabilitación de viviendas y en agricultura orgánica. Pero no nos parece bien continuar en la fe del crecimiento económico. En los países ricos debemos entrar en una transición socio-ecológica. La economía debe decrecer en términos de materiales y energía. Existe ya un acuerdo social en Europa para que las emisiones de dióxido de carbono decrezcan un 20% con respecto a las de 1990, pero no habían previsto que, de hecho, al decrecer el PIB, ya están bajando rapidamente las emisiones de CO2.

Ahora bien, el decrecimiento económico causa desempleo y dificultades sociales que hemos de afrontar para que nuestra propuesta pueda ser socialmente aceptada. Si la productividad del trabajo (por ejemplo, el número de automóviles que un trabajador produce al año) crece el 2% anualmente y la economía no crece, eso llevará a un aumento del desempleo. Nuestra respuesta es doble. Los aumentos de productividad no están bien medidos. Si hay sustitución de energía humana por energía de máquinas, ¿los precios de esta energía tienen en cuenta el agotamiento de recursos, los efectos negativos ? Sabemos que no es así. Además, hay que separar el derecho a recibir una remuneración del hecho de tener empleo asalariado. Esa separación ya existe en muchos casos (niños y jóvenes, pensionistas, personas que perciben el seguro de desempleo) pero debe ampliarse más. Hay que redefinir el significado de “empleo” (teniendo en cuenta los servicios domésticos no remunerados y el sector del voluntariado) y hay que introducir o ampliar la cobertura de la Renta de Ciudadanía o Renta Básica.

Otra objeción. ¿Quién pagará la montaña de créditos, las hipotecas y la deuda pública, si la economía no crece ? Respuesta : nadie. No podemos forzar a la economía a crecer al ritmo del interés compuesto con que se acumulan las deudas. El sistema financiero debe tener reglas distintas de las actuales.

En Europa y Estados Unidos lo que es nuevo no es pues el keynesianismo ni tan solo el keynesianismo verde. Lo nuevo es el movimiento social por el decrecimiento sostenible. La crisis abre expectativas para nuevas instituciones y hábitos sociales, en alianza con los movimientos por la justicia ambiental y el ecologismo de los pobres. Y aunque, a primera vista, parezca que el Sur se perjudica si el Norte no crece porque hay menor oportunidad de exportaciones y porque el Norte no querrá dar créditos y donaciones, hay que considerar que son precisamente los movimientos de justicia ambiental y el ecologismo de los pobres tan vigorosos en el Sur, los mejores aliados del movimiento por el decrecimiento económico socialmente sostenible del Norte. Y si la tesis del decrecimiento se afianza, todo el planeta, Sur y Norte confundidos, saldrá ganando. 

© LMD EDICIÓN EN ESPAÑOL

 

Notas :

(1) Discurso de Gerardo Díez Ferrán, presidente de la CEOE, en la Conferencia Empresarial celebrada en Ifema el 11 de diciembre de 2008. Revista Noticias CEOE, número 332, enero de 2009.

(2) Datos de diciembre de 2008, Servicio Regional de Empleo de la Comunidad de Madrid.





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