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LA DERECHA PRIVATIZA LA ENERGÍA

Jaque mate a la izquierda en México

Par Jean-François Boyer  |  10 mars 2014     →    Version imprimable de cet article Imprimer

La industria petrolera mexicana constituía, desde 1938, un bastión nacional simbólico que las borrascas neoliberales (tan potentes en la región) no habían conseguido tumbar. Pero esto se ha acabado : mientras el país “celebra” el vigésimo aniversario de su Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, el presidente Enrique Peña Nieto ha decidido liberalizar el sector energético a los inversores.

Los grandes medios de comunicación escrita están a sus pies. Desde Le Figaro hasta el Wall Street Journal, pasando por el New York Times, encomian al nuevo presidente de México. Para Enrique Peña Nieto, “joven”, “seductor”, “moderno”, el año 2013 terminó de forma apoteósica : a finales de diciembre aprobó una reforma constitucional que libra los sectores de la energía (electricidad, hidrocarburos y productos derivados) a la inversión privada, nacional y extranjera. Más aún : para lograrlo, consiguió dividir a la izquierda.

Volvamos un poco atrás. En el transcurso de los días que siguieron a las elecciones, en julio de 2012, tras la ajustada derrota de Andrés Manuel López Obrador, candidato de una amplia coalición progresista, el Partido de la Revolución Democrática (PRD) –principal partido de la izquierda– y sus aliados manifestaron su enfado y estallaron las acusaciones de fraude y de compra de votos. Jesús Zambrano, presidente del PRD, exigió la anulación de las elecciones. La guerra parecía declarada entre el nuevo presidente y sus adversarios políticos.

Cinco meses más tarde, al día siguiente de la toma de posesión de Peña Nieto, sucede algo inesperado : el propio Zambrano aparecía al lado del presidente, de los dirigentes del partido en el poder, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), y de representantes del Partido Acción Nacional (PAN, derecha católica) para anunciar la firma del Pacto por México, una especie de acuerdo de participación que se supone permite la adopción consensuada de las “reformas estructurales” que el país necesita.

La decisión de firmar el pacto no fue tomada por el PRD en su conjunto. Fue una iniciativa personal del presidente del partido y de la tendencia socialdemócrata que lo controla. Andrés Manuel López Obrador, dirigente de un movimiento popular antiliberal y nacionalista llamado MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional), se opuso, al igual que las otras tendencias minoritarias del PRD. Viendo venir la “traición”, al día siguiente de las elecciones presidenciales, López Obrador renunció al PRD y anunció su intención de transformar el movimiento en partido político.

Zambrano, preocupado por no alejarse del electorado de izquierdas, respondió entonces que el pacto no preveía la reforma constitucional en materia energética, ni la privatización de Pemex –la sociedad que explota los hidrocarburos y sus derivados desde la nacionalización del petróleo en 1938–, ni la instauración de un impuesto sobre el valor añadido (IVA) sobre los medicamentos y los alimentos, medida fiscal muy impopular. En efecto, el texto no decía nada en concreto sobre estos temas. Pero nadie dudó de que se trataba de objetivos prioritarios para el nuevo presidente y para la derecha.

Todos comprendieron también que, en adelante, el PRD renunciaría a combatir al gobierno con firmeza y que el apoyo del partido facilitaría la adopción rápida de las primeras reformas, criticadas algunas por la izquierda radical. Permitiría al presidente mantener la promesa hecha a los inversores privados durante su campaña : adoptar una reforma energética antes del fin del año 2013. Martí Batres, presidente ejecutivo de MORENA, nos resume la maniobra : “Si Peña Nieto hubiera tomado la decisión de hacer aprobar sus primeras reformas con el apoyo de la derecha únicamente, de manera indirecta habría reforzado a la izquierda, que hubiera podido aprovechar el descontento popular y manifestarse masivamente en la calle. Por eso era necesario cooptar a una parte con el fin de dividirla y de hacer creer a los electores de izquierda que la acción del gobierno iba en el sentido correcto”.

La presencia de Zambrano y de sus amigos de la dirección del PRD permitió entonces a Peña Nieto mostrar su habilidad táctica. En el transcurso de 2013, negoció con ellos propuestas de leyes y de reformas que la izquierda moderada puede defender sin avergonzarse y que no satisfacen totalmente ni a la derecha ni a la izquierda radical. Fueron adoptadas –con el apoyo de los diputados y senadores fieles a Zambrano y de una cantidad fluctuante de parlamentarios del PAN– una reforma del sistema educativo, una ley antimonopolios y una reforma fiscal. El presidente se presenta así como el campeón de la unidad nacional que distribuye los golpes, tanto a izquierda como a derecha, cuando el interés supremo del país está en juego.

La reforma de la educación provocó la ira de muchos maestros y profesores, sometidos desde ese momento a un sistema de evaluación que perjudica a los maestros de las provincias más subdesarrolladas del país . La ley antimonopolios, que promueve la competencia en sectores claves, produjo malestar a Carlos Slim, el hombre más rico del mundo, que reina sin competencia sobre las telecomunicaciones mexicanas (1). Preocupó también a Televisa y a Televisión Azteca (enemigas declaradas de la izquierda), que, desde hace veinte años, comparten el mercado de los medios de comunicación electrónicos. La reforma fiscal ratificó la exención del IVA para los alimentos y medicamentos y redujo los vacíos legales que permiten a las grandes empresas evadir impuestos. Zambrano exclamaba, exultante, en octubre de 2013 : “El proyecto de reforma fiscal retoma las ideas de la izquierda, esencialmente las del PRD. Son propuestas que hemos introducido en el Pacto por México” (2). A tres meses de la adopción de la reforma energética, esta luna de miel entre una parte de la izquierda parlamentaria y el poder desorienta a los electores, que pierden las referencias.

En noviembre de 2013, tienen lugar nuevas peripecias. El PRD, que acababa de reafirmar durante un congreso extraordinario su voluntad de permanecer en el Pacto por México, anunció menos de una semana más tarde, a pocos días del debate sobre la reforma energética, que se retiraba. Reveló que la privatización de la explotación de los hidrocarburos estaba en marcha, sin la menor concesión del gobierno, y que sería adoptada al término de un procedimiento expeditivo inhabitual. Permanecer en el pacto en estas condiciones sería suicida. Zambrano llamó por fin a manifestarse masivamente. MORENA también.

Pero es demasiado tarde : la calle responde tímidamente. La explicación de semejante apatía hay que encontrarla en la crisis causada por la desaceleración reciente de la economía estadounidense y en una inflación creciente, que hace seductora la promesa de garantizar, a través de la privatización, mejores tarifas de la gasolina, del gas y de la electricidad. Bombardeada por los mensajes individualistas y consumistas de la televisión nacional y de la televisión por cable estadounidense, una parte importante de la población es sensible al argumento. El gobierno lo comprendió y lanzó sobre este asunto una formidable campaña publicitaria en todos los grandes medios de comunicación.

Pero hay algo más grave, nos explica Sergio Aguayo, profesor en la Universidad Colegio de México : “A diferencia del PT [Partido de los Trabajadores brasileño], institución unida y sólida que supo sacar provecho de los resultados de su gestión en las ciudades que controlaba, los partidos de izquierda mexicanos, desunidos, burocráticos, clientelistas y a menudo corruptos, no supieron ganar legitimidad. Tampoco supieron explotar para su provecho el carisma de dirigentes como López Obrador y Cárdenas”.

El futuro parece sombrío para la izquierda. Si no logra, en un último atisbo de unidad, dinamitar esta reforma por medio de un referéndum popular o de un recurso ante el Tribunal Supremo –perspectivas poco probables–, México ya no será nunca el mismo.

En todo caso, en esta batalla, la izquierda no irá en el mismo bando. A principios de enero de 2014, el divorcio entre MORENA y los sectores “colaboracionistas” que dominan el PDR estaba consumada. López Obrador insiste en que sus dirigentes han sido sobornados por el poder y se niega a hacer causa común con ellos para emprender esta lucha legal incierta.

Todo indica que MORENA se las arreglará en adelante por sí solo. El movimiento presentó en la fiscalía una demanda de juicio penal contra Peña Nieto por “traición a la patria”. Un equipo jurídico especializado estudiará otras iniciativas susceptibles de debilitar al gobierno : destitución del presidente por el Congreso y multiplicación de los habeas corpus ciudadanos para detener el establecimiento de nuevas medidas.

Pero, más allá de esta guerrilla legal, el movimiento ha elaborado una estrategia a largo plazo. Un miembro de su secretariado, que prefiere permanecer anónimo, afirmaba lo siguiente : “Para anular las reformas existe una sola solución : la toma del poder en el Parlamento y en el gobierno. Para nosotros está claro”. El instrumento para esta hipotética conquista será un nuevo partido apoyado por un amplio movimiento social y por la calle, a la espera de que el poder no recurra de nuevo al fraude, como en 2006…

Durante todo el año 2013, MORENA luchó para obtener el estatuto de partido político, no sin esfuerzo. Las condiciones impuestas por el Instituto Federal Electoral para obtenerlo fueron severas. Las cumplió a finales de enero de 2014, más ampliamente de lo previsto. Pero entre bambalinas, sus responsables confesaron que debieron convocar varias veces algunas asambleas constituyentes para reunir el quórum exigido por la ley.

A corto plazo, la reconquista parece improbable. En las elecciones legislativas de 2015, MORENA no podrá presentar candidatos comunes con el PRD : la ley excluye esta posibilidad para todo nuevo partido que tome parte en elecciones por primera vez. La izquierda dividida podría salir perjudicada ; y el PRD, perder su estatus de primera fuerza parlamentaria de la oposición, pues muchos de sus cuadros y electores parecen dispuestos a unirse a López Obrador.

La derrota tendrá al menos el mérito de aclarar la situación, de recomponer un panorama político mexicano confuso y poco coherente. Se necesitaba la división de la izquierda, anunciada desde hace tiempo, para que una verdadera fuerza alternativa, un polo de resistencia al neoliberalismo, pueda emerger en el país de América Latina que más ha sufrido.

Notas :

(1) Véase Renaud Lambert, “Carlos Slim, una fortuna de Estado ”, Le Monde diplomatique en español, abril de 2008.

(2) “Propuesta de Reforma Hacendaria Federal retoma banderas del PRD. Zambrano”, 9 de septiembre de 2013, http://tuvozenelpactomexico.prd.org.mx





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