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ENCUENTROS CON GRANDES PERSONALIDADES

José Ángel Ezcurra, alma de Triunfo

Par Ramón Chao  |  27 février 2015     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Periodista y escritor, Ramón Chao es autor de varias novelas inolvidables. Fue también, en París donde reside, director de Radio France Internationale y corresponsal del mítico semanario Triunfo. A lo largo de esas experiencias conoció a numerosos creadores. En una serie de textos que estamos publicando desde hace más de un año, Ramón Chao va recordando cada mes, para nuestros lectores, algunos de sus encuentros con personajes fuera de serie como el editor de la revista Triunfo, José Ángel Ezcurra (1921-2010), de quien nos habla esta vez.

Todos firmaríamos por una muerte repentina a los ochenta y nueve años, en plena forma y con el mismo entusiasmo que tuvimos hasta minutos antes. Así le sucedió a José Ángel Ezcurra, afortunado él, pero nosotros nos quedamos sin el ejemplo de un hombre sensible, cariñoso, exquisito y algo tímido que, con tenacidad, supo crear el medio de difusión español más importante –¡y antifranquista !– desde el final de nuestra Guerra Civil.

Inició su actividad periodística como crítico de cine en Las Provincias y fue corresponsal en Valencia de La Vanguardia, formando parte también del equipo de programación de Radio Mediterráneo, emisora a cuya dirección accedió en 1943, meses antes de finalizar su licenciatura en Derecho.

Procedía de una familia burguesa valenciana, de la que heredó la cabecera de una revista local llamada Triunfo, ligera y versada en cine popular. Ahí Ezcurra cayó en la tentación profesional de convertir la revista en una publicación de amplios horizontes. La posibilidad se le presentó cuando supo que el potente grupo publicitario Movierecord mostraba interés en editar una revista tipo magacín internacional como Paris Match, l’Europeo, Epoca, con pródiga utilización del color, atractivas portadas y confección desenfadada. Para el contenido, además de grandes reportajes y brillantes secciones, el plan de Ezcurra contemplaba la creciente utilización de las vías culturales : cine, teatro, literatura, música, artes plásticas, televisión, etc., con puntual atención al acontecer español. El proyecto madre no lo consignaba así, pero esa era la forma que él había imaginado para orillar la actualidad política. Quiso también Ezcurra cambiar el nombre de la revista, pues Triunfo llevaba amargas connotaciones bélicas. Prefería “Objetivo”. Hubo de conformarse con la séptima acepción del vocablo “triunfo”, que la Real Academia definía como : “éxito feliz en un empeño dificultoso”. Como desde Valencia no era posible alcanzar una difusión de alcance nacional (lo impedía la lenta reconstrucción de las comunicaciones como consecuencia de la reciente guerra), la revista se trasladó a Madrid en 1948.

La dictadura la trató a las patadas, como dicen en México, pero Ezcurra se rodeó de resistentes ; tuvo a su lado, y con él hizo un tándem raro pero ejemplar, a Eduardo Haro Tecglen, que fue el subdirector en quien recayeron tantos encargos como seudónimos tuvo. Ezcurra aceptó el reto de los tiempos, y la revista fue adquiriendo un volumen de lectores y una significación que la convirtieron en una referencia ineludible de la cultura y de la política progresistas.

En 1955, los cineastas Juan Antonio Bardem y Ricardo Muñoz Suay le proponen hacerse cargo de la edición y dirección de la revista Objetivo, hasta que fue suspendida definitivamente. En 1956 funda, con José Monleón, la revista Primer Acto y, en 1962, Nuestro Cine. Bajo su dirección, Triunfo modificó su portada y contenido, representando las ideas de la izquierda en España y el símbolo de la resistencia intelectual al franquismo. En primer lugar se rodeó de profesionales reputados, primero Eduardo Haro Tegclen, al que trajo del diario España de Tánger como subdirector. Acto seguido cambió la fachada. De las estrellitas alusivas a Hollywood y su cine invasor sólo quedó una, grande, roja, chocante con el entorno político. Y es que los nuevos colaboradores le habían salido librepensadores, impíos y ateíllos. Tuvo la inteligencia de hacerse antena de aquel progresismo que, como decía Manuel Vázquez Montalbán, uno de los más prestigiosos, vivía mejor contra Franco. Víctor Márquez, los jóvenes de entonces Diego Galán y Fernando Lara, César Alonso de los Ríos (que se escindió para formar La Calle, para gran disgusto de Ezcurra, cuando ya Triunfo estaba en sus últimos tiempos), Nicolás Sartorius, Javier Alfaya, José Monleón, Eduardo G. Rico, Joaquín Rábago, Ignacio Ramonet, Ramón Chao, Luis Carandell, Montserrat Roig, José-Miguel Ullán, Fernando Savater, Santiago Roldán, José Luis García Sánchez, Juan Cueto, Chummy Chúmez, José Luis Abellán, Ian Gibson, Manuel Vicent, Cristina y José Castaño, Ramón Rubio... La nómina de los que firmaron en Triunfo, en los tiempos oscuros del franquismo, era un mérito sobre todo de Ezcurra. Los aceptaba a todos y a todos los estimuló cuando aún esos nombres eran el inicio de una historia particular o colectiva. Se interesó por sus ideas, las profundizó y las asumió como Vittorio de Sica en El general della Rovere, que así le llamaban algunos colegas con tonos incrédulos o envidiosos.

El 9 de junio de 1962 salió el número 1 del nuevo Triunfo, de 110 páginas al precio de 10 pesetas. Llevaba una separata de 4 páginas titulada Semáforo (guía de espectáculos de Barcelona y Madrid). En la portada : Brigitte Bardot, con dos pequeños recuadros, uno con Maruja García Nicolau “Miss Europa”, y en el otro “Todo sobre el Festival de San Sebastián”. Una estrecha banda : “Tirada de este número : 57 323 ejemplares”.

Paso a paso, la revista fue creando su modo expresivo de informar que, sorteando el celo censor –poco inteligente pero muy tenaz–, lograba ofrecer aspectos inéditos en la prensa de la época, como la publicación, en varias entregas, de Paris es una fiesta de Hemingway, el tratamiento de la vida y muerte de Ernesto Che Guevara y la información del Mayo 68 francés.

Ezcurra dejaba que los méritos se repartieran ; cuando la revista ya constituía un referente y, en cierto modo, una amenaza intelectual y política para el régimen cerrado de Franco, Triunfo parecía un colectivo, cuyas individualidades bien destacadas (Haro Tegclen, Carandell, Vázquez Montalbán...) descollaban como escritores de primera línea. Pero se sabía que, sin la parsimonia elegante y discreta de Ezcurra, aquel edificio simbólico del antifranquismo se hubiera derrumbado.

En 1969, Movierecord sufrió un descalabro financiero, dando lugar a que su principal acreedor, el Banco Atlántico, se hiciera cargo de todas sus empresas, incluida Prensa Periódica S.A., creada expresamente para editar Triunfo. Ezcurra logró rescatarla sin desembolso alguno. La relativa “libertad” que obtuvo se reflejó en el contenido de la revista que emprendió con éxito total su mejor etapa. Triunfo discurría por el camino del posibilismo. Diría que atravesamos –me incluyo en la acción– aquella época represiva porque trazamos número a número el propio camino. Yo, que subí al tren triunfal en marcha, puedo testimoniar de la sinceridad de José Ángel. Para ponerse al tanto de la evolución político-cultural de Europa, venía a París con frecuencia. Le presenté a María Casares, Pierre Mendès-France, Arrabal, Jorge Semprún, Jean Daniel y otros muchos, entre los cuales Santiago Carrillo y la cúpula del PC. Asistimos a los momentos más significativos de Mayo de 1968, como la ocupación de la Sorbona y del Teatro del Odeón. Participamos en el Festival del Libro de Niza. En nombre de Triunfo, Ezcurra actuaba de jurado en el Premio Internacional de la Prensa, junto a Le Nouvel Observateur, L’Espresso, Nin, Newsweek, Der Spiegel y The Observer. Triunfo ganó casi todos los años premios con libros de Manu Leguineche, Víctor Freixanes, Ian Gibson, Adelaida Blázquez…hasta que el representante de Newsweek rompió la baraja en protesta “contra la dictadura de los españoles”. Dicha “dictadura” consistía en que Ezcurra se leía todos los libros de cabo a rabo, llegaba con un carné de notas, y de este modo apabullaba a los restantes miembros del jurado, que ni siquiera los habían abierto.

Así era él, serio, tenaz. Al fin, gracias a las gestiones de Santiago Álvarez, nos reunimos en mi casa de París a cenar con Santiago Carrillo. Ezcurra discutió con él sobre la situación laboral en España. Se producían entonces las huelgas de la metalurgia en Valladolid. En ellas, Carrillo veía el despertar de los trabajadores y prometía días gloriosos a la clase obrera. Ezcurra respondía que el proletariado se había incorporado a la sociedad de consumo, y que habría que buscar otras formas de lucha. Antes de irse, Carrillo me dijo : “Es increíble que el director de Triunfo esté tan mal informado”. Cuando nos quedamos solos, Ezcurra se me acercó : “Es increíble que el secretario general del PC esté tan mal informado”.

Hubo un instante en que las dentelladas del tiempo, los nuevos medios (entre ellos, este mismo periódico), sustituyeron de manera nítida el mensaje cultural y político que Triunfo venía manteniendo ; sucedió lo mismo con Cuadernos para el Diálogo, e igual con el primitivo Cambio 16. Ya no parecía que era tiempo para semanarios ; hubo varios secuestros de la publicación, en los estertores del franquismo ; se produjo, como decía Ezcurra, “una férrea censura que fue culpable de que nuestro pueblo llegara a olvidar su propia historia”, y contra ese muro fue contra el que batalló Triunfo, contra la mojigatería primero y luego contra la oposición tenaz de Fraga Iribarne, cuya ley de Prensa, dijo Ezcurra, “pregonaba el fin de la censura previa (...) auténtico fraude político enmascarado con una prosa jurídica formalmente moderada que no le impidió reformar el Código Penal para radicalizar la represión hasta extremos inusitados”.

La revista sufrió una caída imparable que le condujo, en 1982, a un final paradójico y desolador : la publicación que más había luchado y padecido en España por la libertad y la democracia, desaparecía a manos de la ley tres meses antes de que la izquierda de entonces llegara al poder.

Triunfo era un espíritu, en realidad, que pudo expresarse libremente. En 1992, al cumplirse los diez años de su desaparición, se convocaron las Jornadas “Triunfo en su época” que reunieron, en la Casa de Velázquez de Madrid, a un escogido grupo de escritores, periodistas y profesores universitarios que rememoraron la ingente aportación cultural de la publicación en la que se formaron. Las actas de aquellas Jornadas se incluyeron en el libro que, con su mismo título –Triunfo en su época– se publicó en 1995 y en el que José Ángel Ezcurra contó en una “Crónica de un empeño dificultoso”, a lo largo de más de trescientas páginas, la historia de Triunfo. Prácticamente concluyó ahí la vida profesional activa de José Ángel Ezcurra : 50 años dedicados a Triunfo, símbolo de la resistencia intelectual al franquismo, memoria indispensable de una era de intolerancia. 





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