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NCUENTROS CON GENIOS DE LAS LETRAS

Julio Cortázar, fantástico y político

Par Ramón Chao  |  31 août 2013     →    Version imprimable de cet article Imprimer

La pasión de Carolina Otero, Las travesías de Luis Gontán). Fue también, en París donde reside, director de Radio France Internationale y corresponsal del semanario Triunfo. A lo largo de esas experiencias conoció a numerosos creadores. En una serie de textos, Ramón Chao va recordando cada mes para nuestros lectores algunos de sus encuentros con genios como el escritor argentino Julio Cortázar (1914-1984), de quien nos habla esta vez.

En estos días, la prensa celebra el cincuentenario de la novela Rayuela, justo pretexto para recordar que los padres de Julio Cortázar, el autor, argentinos de cepa vasca, ejercían de diplomáticos en Bruselas. En Bélgica nació y vivió ‘Julito’ hasta los nueve años, y allí soportó la escuela primaria, lo que explica su dificultad para pronunciar las erres castellanas, como le sucedía a Alejo Carpentier (1). Se decía que estos dos escritores no se entendían porque pensaban que, por sus acentos recíprocos, el uno se burlaba del otro. De vuelta la familia a Buenos Aires, Julio permaneció más de treinta años en su seno, para establecerse luego en París a partir de 1951. A esta presentación sucinta, Cortázar añadía : “Mi nacimiento fue un producto del turismo y la diplomacia. Fui engendrado bajo un bombardeo alemán ; tal vez por eso saliera una de las personas más pacíficas del planeta.”

Pacífica sin duda, y al tiempo cordial, como comprobé cuando lo conocí personalmente en 1959. Corrían malos tiempos en América Latina : golpes militares, guerrillas y pronunciamientos. Aunque también acababa de triunfar la revolución cubana. El propio Julio había salido de Argentina por inadaptación al peronismo. Todos los residentes de la Cité Universitaire, en París, sabíamos que, en el pabellón de Argentina, vivía un escritor desgarbado, con pantalones de dril y camisa de manga corta. Al cruzarnos con él lo saludábamos ; Cortázar respondía con una respetuosa inclinación. Hasta que un día se detuvo para invitarnos a un acto en el Colegio de México.

La sala estaba llena de exiliados ; entre ellos, los trotskistas cubanos Machado y Carbonell ; el ‘chino’ Juan Pablo Chang, peruano asesinado en 1967 junto al Che en Vallegrande (Bolivia) ; y españoles a montón : Manolo Ballesteros, filósofo berlingüerista ; Godofredo Edo, librero catalán ; Carlos Mouvet, comunista camuflado en un banco suizo, y Manuel Castelo, dibujante y falsificador de pasaportes. Pocos méritos podía presentar a este respetable el Cortázar de aquellos años. Más que de motines y revoluciones, sus relatos –en general cortos– versaban sobre lo irreal y lo invisible : vampiros, mutaciones, sueños absurdos y escenas futuristas. Pero ante aquel público militante, y pese a su formación “sartreana”, Cortázar rechazó la idea del ‘compromiso’ en los intelectuales : “Nuestro deber consiste en escribir o expresar el arte de la manera más libre y bella posible, sin resultar soporíferos y retrógrados en lo estético.”

La reunión se prolongó en debate hasta la madrugada, y en ella Cortázar llegó a reprobar el ‘realismo socialista’. Por un lado nos dijo que si alguien conseguía un signo inequívoco que mostrara lo evidente, eso no tendría que ser a fortiori la verdadera realidad, siempre más sutil ; y a su vez, el ‘realismo social’ significaba para él la línea impuesta por el Partido en la Unión Soviética, convirtiendo a los intelectuales en siervos de las consignas, víctimas de la censura o sometidos a su revocación forzosa. La reunión terminó con la asistencia soliviantada y el conferenciante impasible, estoico a los improperios.

Años después, en 1968, el “caso Padilla” marcaría el divorcio entre una parte de la intelectualidad occidental y el socialismo cubano. El poemario Fuera del juego, de Heberto Padilla, mereció el premio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, pero las críticas que contenía a la revolución cubana provocaron el arresto del autor. Una letanía de escritores, cineastas y pensadores –Juan Goytisolo, Vargas Llosa, Octavio Paz, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre y Julio Cortázar– eran los cabecillas. Firmaron una carta en la que exigían cuentas al gobierno de La Habana. La polémica creció hasta que, en una segunda carta, 72 personalidades rompían definitivamente con la revolución cubana. Sólo Julio Cortázar se negó a firmarla. Explicó sus razones en la revista Casa de las Américas en un extenso poema titulado Policrítica en la hora de los chacales : “De qué sirve escribir la buena prosa/ De qué vale que exponga razones y argumentos / Si los chacales velan, / la manada se tira contra el verbo / Lo mutilan, le sacan lo que quieren, / dejan de lado el resto./ Vuelven lo blanco negro, /el signo más se cambia en signo menos (…)”

Por entonces, con el programa “De la Bastilla a Moncada”, un servidor había ganado el premio radiofónico internacional concedido por Radio La Habana. Por ello fuimos a la mayor de las Antillas, mi esposa Felisa y yo a recogerlo. En aquel entonces, ir a Cuba, país bloqueado por Estados Unidos, era toda una expedición. Sufrimos un aterrizaje forzoso en el aeropuerto internacional de Gander (Canadá), por un fallo en las hélices del avión soviético que nos llevaba. Hubimos de hospedarnos dos noches en ese lugar tan gélido de Canadá.

Por suerte, en la aduana nos encontramos con Julio Cortázar, invitado a la reunión de la primera Asamblea del Poder Popular. Siempre se mantendría fiel a Cuba, pero también crítico. Evocamos nuestra época en la Cité Universitaire, en particular aquel acto que había provocado tantas discrepancias. “¿No te parece extraño, Julio, que haya sido en Europa donde asumiste tu condición de latino ?”. “A la revolución cubana debo –me respondió– el haber descubierto mi vacío político. En Europa me documenté ; entendí cómo avanzan los procesos, paulatinamente, y a veces de manera inconsciente. Es decir que, en Europa, descubrí una dimensión moral que hasta entonces ignoraba. Lo cual no significa que me convirtiese en un escritor de obediencia, de los que se limitan a defender su causa y a atacar a la contraria, sino que seguiría viviendo en plena libertad en mi terreno fantástico, en mi terreno lúdico”. Y terminó con una sonrisa irónica : “Diríase que no he nacido para aceptar el mundo tal como me lo cuentan.” 

A partir de entonces, en su obra se vislumbra otra realidad posible, marcada por la experiencia cubana y el Mayo francés de 1968. En El libro de Manuel, aunque ya Cortázar creyese en la revolución socialista, su personaje principal sigue buscando al “hombre nuevo” que se sabe amenazado por la burocratización de todo proceso revolucionario.

Después lo perdimos de vista. Encerrado en su casa del distrito XV parisino, Julio se dedicaba a la escritura de su obra monumental Rayuela, modelo para vivir y amar de las nuevas generaciones. En cambio me encontraba a menudo con su compañera Aurora Bernárdez, lucense como yo, quien me daba noticias esperanzadoras : “Está escribiendo un novelón.”

En Francia, se le otorgó en 1974 el Premio Médicis, cuyo monto entregó a la resistencia chilena. Participó en la creación del Tribunal Russell, desde el que denunció las violaciones de los derechos humanos. Y apoyó a la revolución sandinista en Nicaragua. Uno de sus cuentos, Reunión, se inspira directamente de Pasajes de la guerra revolucionaria, de Ernesto “Che” Guevara.

Amor, revolución y escritura formarán desde entonces el triángulo de su obra. Cuántas veces Cortázar me dijo que, en su caso, habría de practicar su forma de escritura hasta el final, porque ésta sería la manera de promover la superación necesaria : “La razón nos sirve para disecar con tranquilidad la realidad, o para analizar sus futuras borrascas, pero nunca para resolver una crisis instantánea.” No obstante, recuerdo que rechazó la invitación del grupo literario OULIPO (2) para engrosar sus filas. Le pregunté ¿por qué ? “¡Es un movimiento apolítico !” me contestó...

Lo volví a ver en París y le pedí que, para realizar una emisión de RFI [Radio Frances Internationale], me acompañara por los lugares en los que transcurría Rayuela. Me llevó al Hotel Esmeralda, frente a la catedral de Notre-Dame, donde residía cuando la escribió. En ese hotel solían pernoctar también Pablo Neruda y Gabriel García Márquez entre otros, y latino era todo el personal –como sigue siendo ahora. Luego paseamos por los puentes del Sena. Claude Namer le estaba filmando y aprovechamos los diálogos.

Después de la salida de Rayuela, encargué a una de mis colaboradoras una larga entrevista con el autor. La elegida fue Adelaida Blázquez, escritora y ardiente feminista, tanto que formaba parte del consejo de redacción de la revista Sorcières (Brujas). Adelaida le preguntó : “Seguramente hoy, como hace treinta años, Julio Cortázar aprobaría la célebre frase de Nietzsche : ‘odio a los escritores perezosos’, pero para denominar a esos lectores perezosos ¿recurriría usted de nuevo a esa expresión machista que figura en Rayuela : la de ‘lector hembra’ ?”. Julio Cortázar le contestó : “Cuando escribí Rayuela, yo era tan machista como cualquiera de los otros latinoamericanos ; el sentido crítico me vino después ; si lo hubiera tenido en ese momento, jamás hubiera utilizado la expresión ‘lector hembra’ para designar a un lector pasivo. Diré que me recriminaron mucho por eso. Cuando empezó a llegarme correspondencia atacando o aprobando Rayuela, ninguna carta denotaba una actitud pasiva, o un estilo de ‘lector hembra’. No ; la crítica provenía de lectoras que nada tenían de hembras en el sentido peyorativo que el macho tradicional da a esa palabra. Bueno, yo creo que este es un problema que ya hemos dejado atrás y que es un vocabulario ya terminado.”

En mayo de 1982, cuando ya Cortázar se sabía enfermo y estaba tan jovial y optimista como siempre, asistimos a una reunión en el Instituto de México, Ignacio Ramonet, Flores Olea, diplomático mexicano, el ‘Indio’ Fernández, mítico cineasta mexicano, y un servidor. Julio Cortázar vino con Ugné Karvelis, su compañera de entonces. Comenzamos por examinar la situación de las Islas Malvinas. El dictador argentino Videla acababa de declarar la guerra a Inglaterra para recuperarlas y realzar su prestigio personal. Con todo su pacifismo, Julio no parecía disgustado por el hundimiento del destructor británico HMS Sheffield, víctima de un misil francés Exocet lanzado por un avión de caza Super-Etendard. Si añadimos que presidía la Comisión argentina de Derechos humanos, entendimos que la derecha de su país arremetiera contra él. Nos mostró, divertido, un recorte de prensa : “Bastardo y traidor, nos percatamos de que Julio Cortázar es un perverso e infame renegado de Dios y de la Patria de sus padres, cuando luego de una acción militar sobresaliente, y tras 149 años de usurpación, Argentina lograba recuperar la soberanía nacional sobre las Malvinas. Para nosotros, de nada sirven sus dotes de escritor si el delincuente marxista de vida burguesa que es, desprecia la heroica gesta que liberó una colonia hasta entonces sometida ilegalmente por Inglaterra.”

Poco había afectado a Cortázar este ataque desmedido ; en nada influyó en su carácter apacible, como tampoco la extraña enfermedad llamada efebicia (según Lezama Lima) que lo mantenía joven al precio de que sus huesos crecieran en demasía. Empero, sus conocidos atribuíamos el achaque a una insuficiencia hormonal que se manifestaba en un manifiesto rejuvenecimiento.

Una vez, lo vi más asombrado que nunca. El cineasta español José María Berzosa había llevado al cine “Fin de etapa”, uno de sus cuentos. A Julio le maravilló que Diana, la protagonista, si quería verse de cuerpo entero, tenía que dar cuerda al espejo con una manivela, como si fuera un reloj de salón. Una idea de Berzosa que no figura en el cuento. “¡Pero cómo no se me habrá ocurrido a mí !”, lamentaba Julio.

En 1979, Cortázar se enamoró de la canadiense Carol Dunlop, mucho más joven y afectada de leucemia. Juntos recorrieron media Francia en un autocaravana (desde París a Marsella) pasando las noches en cada área de descanso de la autopista. A cuatro manos, escribieron Los autonautas de la cosmopista. Al poco moría Carol ; el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti envió un telegrama a su amigo : “El de arriba es un hijo de puta.”

Latinoamericano por su compromiso político y sentimental con Cuba y Nicaragua, Cortázar fue, además, francés, tanto por cultura como por nacionalidad. El presidente François Mitterrand le otorgó la ciudadanía francesa en 1981, el mismo día que a Milan Kundera. Tres años después, el 12 de febrero de 1984, se despertó a las cinco de la madrugada con síntomas agónicos. Los indicios fueron aumentando, y él sufriendo, hasta que un médico le inyectó un producto letal. A las doce llevaron su cuerpo al cementerio de Montparnasse. En cuanto me enteré, salté en la moto y llegué cuando la comitiva con su cuerpo se detenía ante la tumba de Carol Dunlop ; el cortejo pasó luego por delante de su fiel y constante Aurora Bernárdez, del ministro Jack Lang, y de numerosos periodistas, tal como Eduardo Febbro. Una escultura de su amigo Julio Silva domina su ineludible sepultura : una serie de círculos concéntricos ; en uno de ellos se ve el rostro sonriente de un niño que se negó a ser mayor, y que, sin pretenderlo, se vio arrastrado por el huracán del mundo real, más incomprensible aún que el de sus cuentos fantásticos.

NOTAS :

(1) Véase Ramón Chao, “Alejo Carpentier, real y maravilloso”, Le Monde diplomatique en español, marzo de 2013.

(2) Acrónimo de OUvroir de Litterature Potentielle (Taller para fabricar Literatura Potencial). Grupo fundado el 24 de noviembre de 1960, por Françoise de Lionnais, Raymond Queneau y una docena de amigos escritores y matemáticos. Su propósito era inventar nuevas formas poéticas o novelescas resultado de una especie de transferencia de tecnología entre matemáticos y escritores.





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