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SÍMBOLO DE LA CRISIS SOCIAL ESPAÑOLA

La Corrala Utopía de Sevilla

Par Nale Ontiveros  |  14 mars 2013     →    Version imprimable de cet article Imprimer

En mayo de 2012, varias decenas de familias humildes en situación de emergencia social okuparon, con el apoyo del “colectivo 15-M”, un edificio en Sevilla, propiedad de Ibercaja, que llevaba varios años vacío. Lo rebautizaron : la Corrala de Vecinas La Utopía. Desde entonces, esta Corrala se ha convertido en un símbolo de la crisis social española y de la resistencia contra la política de los desahucios. Televisiones del mundo entero y corresponsales de los más conocidos diarios internacionales acuden con curiosidad a ver esta experiencia que cuenta con el apoyo y la solidaridad de numerosos artistas e intelectuales.

En medio de una Sevilla proyectada hacia el futuro hay un islote en cuyo mástil ondea la verde bandera de la esperanza. Y donde el tiempo se ha detenido. Es la Corrala Utopía, cuyos habitantes se defienden con uñas y dientes contra el “sistema”. Unas 36 familias sin recursos (120 personas, de las cuales más de 30 son menores), víctimas de la crisis, algunas de las cuales ya vivían en la calle y otras iban a ser desahuciadas con inminencia, okuparon en mayo de 2012, con la ayuda del colectivo 15-M, un edificio vacío de la calle Juventudes Musicales, en el barrio de San Lázaro. Desde entonces desafían el orden establecido, con la sencillez y la desesperación de quienes nada tienen que perder, puesto que todo lo han perdido ya. Denuncian una política que ha producido, en el último año, unos 60.000 desahucios en España mientras más de tres millones de viviendas permanecen vacías.

En la Corrala, desde hace meses, no hay ni luz, ni agua. El Ayuntamiento de Sevilla y su alcalde Juan Ignacio Zoido, del Partido Popular (PP), no dudaron en ordenar –el pasado 3 de octubre– a Emasesa, la empresa municipal de abastecimiento y tratamiento de aguas de Sevilla, cortar el acceso al agua potable. El suministro eléctrico ya lo habían cortado mucho antes. Desde ese momento, las 36 familias pugnan por vivir con cierta dignidad. Llevan meses sin el placer de una ducha. Meses, fregando los platos sucios en la bañera. Meses, sin luz. Su dramática situación ha conmovido al mundo y a la prensa internacional (1). La Corrala, que tiene su propio blog (2), se ha convertido en un foco de resistencia social y también en un auténtico centro cultural al que acuden numerosas personalidades de la vida intelectual y artística. De hecho, las Corralas se están multiplicando en Sevilla (3).

La vida diaria sigue siendo un infierno. Por ejemplo, a las 07:45 de la mañana, el despertador mecánico avisa a Vanessa de que otra dura jornada comienza para su familia. Tatiana y Kiomara, sus hijas mellizas de cinco años, han vuelto a levantarse, debido al frío, en medio de la noche de enero para acostarse junto a ella. Las besa con suavidad y se levanta para despertar a Geray, su tercer hijo, de siete años, que padece síndrome de Down. Aún está oscuro, por lo que la luz de la linterna es la que les alumbra. Forman fila hacia el “baño”. Cuando terminan, Vanessa tira el cubo de agua en el váter. Las pequeñas se visten y desayunan solas. Pero Geray tiene sueño y protesta un rato mientras su madre le viste y peina. Tienen prisa. Aún tendrán que caminar durante tres cuartos de hora hasta su antiguo colegio, el mismo al que siguen yendo a pesar de la distancia. A su regreso, Vanessa –además de arreglar su hogar– tendrá la tarea de recorrer la distancia que separa su casa de la fuente que el Ayuntamiento –tras fuerte presión popular– ha habilitado a unos 50 metros del edificio okupado. Quince o veinte viajes diarios, cargada con una garrafa de treinta litros de agua, son los necesarios para cubrir las necesidades de su familia. 

Vanessa y su marido nunca pensaron que las cosas acabarían así. Ambos trabajaban en la misma empresa de limpieza : él de limpiacristales, ella acicalando. Adquirieron su piso a Emvisesa, empresa municipal de viviendas de protección oficial. Pero fueron víctimas del modelo español. En España no se ha seguido un Plan similar al de otros países de la Unión Europea. No se ha diseñado ningún modelo real con ayudas al alquiler. Sólo se ha potenciado la compra, sin ofrecer alternativas como los “alquileres sociales”, desatendiendo el artículo 47 de la Constitución (el derecho de cada ciudadano a una vivienda digna). En medio de la crisis, la empresa que empleaba a Vanessa y su esposo perdió clientes. Empezaron los “ajustes”. Y ambos fueron despedidos. Cuando agotaron sus respectivas prestaciones por desempleo, no pudieron pagar los recibos de su vivienda, contratada en régimen de “alquiler con derecho a compra”. A los pocos meses, llegó el desahucio. Todo por lo que habían trabajado tan duro, se les escapó de las manos.

Ante esta situación, en mayo de 2012, se sumaron a las familias que dieron una patada a la puerta de un edificio no habitado, y se hicieron okupas. Aprovechando un vacío legal, y dado que la propia empresa constructora se había declarado en quiebra, estas familias desahuciadas y sin recursos, desplazaron su vergüenza e impotencia hacia un objetivo común : dignificar sus existencias. Estos bloques de pisos llevaban tres años construidos y sin ser habitados. Su antiguo propietario está imputado en varios procesos judiciales. “Gente sin casas para casas sin gente”, es el lema de este colectivo contra un sistema injusto. 

Por otra parte, los servicios sociales del Ayuntamiento, en lugar de intentar solucionar los problemas de estas familias damnificadas, les amenazan con quitarles las custodias de sus hijos. Aluden a la “insalubridad” de las viviendas “que no disponen de luz ni de agua”. Problemas generados por el propio Ayuntamiento, cuando el acceso al agua potable es un derecho universal recogido en la Declaración de Derechos Humanos de la ONU desde el año 2010. Además, el Ayuntamiento niega a Vanessa la ayuda establecida por la Ley de Dependencia, que a ella le correspondería como cuidadora de su hijo Geray, aludiendo a la “falta de empadronamiento”...

Otra de las parejas que habitan la Corrala la componen Inma y Francisco Javier. Tienen tres hijos : Francisco Javier (10 años), Elisabeth (8 años) y la pequeña Nerea (18 meses). Fueron desalojados de su vivienda y por hallarse ambos desempleados. Francisco Javier era albañil. Para llevar algo de dinero a casa sigue realizando pequeños arreglos en casas particulares. Inma limpia en hogares, por horas. La ropa de los niños la lava Inma en la fuente pública, con agua fría y bajo las miradas de los transeúntes. Luego, ha de subir las escaleras cargada con la ropa mojada y tenderla. Al menos, sus niños almuerzan en el comedor del colegio público, por lo que la comida principal diaria la tienen solucionada.

La historia de otra pareja, Agustina y Francisco, también resulta desoladora. Ambos rondan los sesenta años. Llevan una década luchando por recobrar la dignidad perdida. Comparten otro de los pisos de la Corrala con su hijo, de 18 años. Este chico tímido, a pesar de su juventud, sabe ya lo que es vivir en la calle. Conoce el hambre y la desesperación del que se acuesta muchas noches sin cenar. Sus estudios se resintieron y perdió dos cursos. Desde que está en la Corrala, al cobijo de esta peculiar familia de familias, le ha renacido la sonrisa. Ha regresado al instituto, se ha vuelto a socializar y de nuevo juega al fútbol en el polideportivo. No tiene luz ni agua pero tiene un techo. Para el que nada posee, eso es mucho. Puede volver cada tarde con su familia a un lugar donde refugiarse del frío y de miradas indiscretas. Miles de jóvenes han vuelto a vivir con sus padres y abuelos, ante la incapacidad de soportar el pago de una vivienda.

En la Corrala, todos los apartamentos okupados tienen el mismo denominador común : paredes desnudas y habitaciones sin amueblar. Nadie se atreve a decorar, ni siquiera a disponer las escasas pertenencias que pudieron conservar, concentradas en unas cuantas cajas de cartón, apiladas en el salón de los pisos. Las familias tienen miedo a ser desalojadas de nuevo, a que la policía llegue en cualquier momento y les obligue a marcharse, sin tiempo para guardar lo poco que les va quedando de lo que otrora fue una vida. Temen volver a la calle de donde salieron y ver, en pleno invierno, a sus hijos durmiendo en cajas de cartón en vestíbulos y cajeros automáticos. Algunos, como Tatiana y Kiomara, perdieron sus juguetes, y apenas si tienen lápices para dibujar en folios compartidos. Sin la solidaridad de las comunidades religiosas, sustitutos de los servicios sociales, junto a Cáritas, Cruz Roja o el Banco de Alimentos, estos niños no tendrían ni cama, ni vacunas, ni siquiera alimentos.

Granada Santos, delegada de Vivienda, pertenece a esa nueva camada de políticos de Izquierda Unida (IU) que gobiernan en alianza con el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en el seno de la Junta de Andalucía. Nos recibe en su oficina. Muy preocupada por las secuelas que el alto índice de paro en Andalucía, (en Sevilla, concretamente, el desempleo alcanza el 35%, nueve puntos más que la media nacional), está causando en los ciudadanos. Su Delegación ha puesto en marcha, en octubre pasado, ocho oficinas de gestión de vivienda, una por cada provincia andaluza, con la intención de servir como soporte legal y mediador entre las distintas partes afectadas. Gracias a su intermediación, se han paralizado desahucios del parque público, forzando un poco las posturas de las entidades bancarias frente a los más de 500 desahucios diarios. Con ayuda de los miembros de la judicatura se está consiguiendo que las posturas se vayan humanizando. La presión social, en parte debida al creciente número de suicidios, está obteniendo respuestas que parecían imposibles de conseguir.

En cuanto a la actual situación de la Corrala, las reuniones entre la oficina del Defensor del Pueblo Andaluz, la entidad propietaria del edificio (Ibercaja), la delegada de la Vivienda, los servicios sociales del Ayuntamiento y los vecinos, aún no han arrojado frutos. Pero se ha conseguido un compás de espera de tres meses, en los cuales existe el acuerdo de no hostigar ni por parte del propietario ni de la alcaldía a los vecinos. Estos siguen sin luz ni agua. Intentan pactar un alquiler social porque no quieren ser okupas. Desean poder acceder a un salario social mientras consiguen un trabajo. Reclaman la oportunidad de volver a sentirse personas. En la Corrala han reconquistado su humanidad, gracias a una solidaridad sustitutiva del Estado ausente. Por eso, la epopeya de la Corrala Utopía no es la lucha de algunos desahuciados, sino la batalla de toda la ciudadanía contra un sistema miserable.

© LMD EN ESPAÑOL

(1) Léase, en el New York Times, del 11 de noviembre de 2012, el reportaje de Suzanne Daley ilustrado con fotografías de Samuel Aranda : www.nytimes.com/ 2012/11/12/world/europe/spain-evictions-create-an-austerity-homeless-crisis.html ?ref=europe&_r=0.

(2) http://corralautopia.blogspot.fr

(3) Léase, Rocío Muñoz, “De la ‘Corrala Utopía a la ‘Alegría’”, Periodismo humano, 5 de septiembre 2012. http://periodismohumano.com/economi...





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