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La izquierda radical en un callejón sin salida

Par Bernard Cassen  |  5 septembre 2015     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Durante décadas, los temas europeos sólo han ocupado algunos párrafos en los programas de la mayoría de los partidos políticos. El dispositivo europeo que se iba instalando aparecía como un objeto exterior, como un subconjunto geográfico que involucraba al Ministerio de Asuntos Exteriores al mismo nivel que Estados Unidos o que África. Paralelamente, la Comunidad Económica Europea (CEE) de 1958, convertida en Unión Europea (UE) con el Tratado de Maastricht de 1992, ampliaba considerablemente las competencias de sus instituciones : Comisiones, Parlamento, Tribunal de Justicia. Y, además, creaba una nueva : el Banco Central Europeo (BCE), administrador de la moneda única, el euro, llamado a convertirse en un arma de guerra al servicio de las políticas de austeridad. 

En Francia, la campaña del referéndum para ese Tratado favoreció el inicio de una concienciación colectiva con respecto a la distancia creciente entre, por un lado, el perímetro de las decisiones tomadas en Bruselas, aplicables imperativamente en todas las capitales y, por otro, la posibilidad para los ciudadanos de tener incidencia sobre ellas. En 2005, los pocos países en los que fue objeto de auténticos debates –lo que no ocurrió en España–, la campaña para la ratificación del Tratado Constitucional Europeo permitió nuevos avances en la comprensión de la naturaleza y del papel de la UE. Las opiniones públicas pudieron sacar dos conclusiones. Por un lado, han reforzado la constatación de que, prácticamente, no existen políticas nacionales alternativas en materia económica y social en los países de la zona euro y absolutamente ninguna en materia monetaria : se trata, simplemente, de declinaciones nacionales de políticas europeas ; por otro lado, el hecho de que los Tratados europeos oficializan el neoliberalismo como una especie de religión de Estado que no tolera apóstatas y de la cual es, de todas formas, imposible liberarse jurídicamente.

Con la crisis griega de los últimos meses se ha podido sacar una nueva conclusión : cualquier Gobierno lo suficientemente temerario como para emprender políticas alternativas quedará sometido a un bloqueo organizado por la Comisión, por el BCE y por el Fondo Monetario Internacional (FMI), así como por el Eurogrupo en el caso de los países de la zona euro. El respeto de la soberanía de los pueblos y de los resultados de las elecciones nacionales no forma parte de los principios sobre los cuales estas instituciones basan sus políticas.

Esta “santuarización” de la UE y del euro como máquinas de liberalizar no incomoda a la socialdemocracia que, desde hace mucho tiempo, ha renunciado a cualquier perspectiva de transformación social y que hace de la huida europeísta hacia adelante su ideología sustitutiva. En cambio, debería plantear interrogantes a los movimientos y a los partidos de la izquierda radical que cultivan una especie de esquizofrenia política. Sus dirigentes no ponen en duda que los Tratados europeos son una camisa de fuerza neoliberal, totalmente bloqueada, pero la mayoría de ellos sigue inscribiendo su acción política exclusivamente en el marco de la UE existente. De la misma manera, denuncian las medidas de austeridad sin cuestionar la pertenencia a la zona euro, un ejercicio casi tan imposible como la cuadratura del círculo (1).

La capitulación a la que obligaron los acreedores de Grecia a Alexis Tsipras es una demostración de lo anterior. Por no crear nuevas perspectivas y “ponerlo todo patas arriba”, la izquierda radical se encierra en un callejón sin salida, el de la sumisión a las reglas de juego establecidas por sus adversarios. 

 

NOTAS :

(1) Véase Bernard Cassen, “La imposible cuadratura del círculo del euro”, Le Monde diplomatique en español, agosto de 2015.





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