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CAMBIO DE MENTALIDAD EN LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA

La lección tunecina

Par Javier de Lucas  |  3 janvier 2012     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Hace un año, el 17 de diciembre de 2010, en la ciudad tunecina de Sidi Bouzid, se quemaba a lo bonzo el joven Mohamed Buazizi. Ese signo radical de protesta contra una odiosa dictadura marcaba el comienzo de la revolución tunecina cuyo contagio a otras sociedades del sur del Mediterráneo desembocó en la “primavera árabe” y causó el fin de tres autocracias. El politólogo francés Sami Naïr en su reciente libro, La lección tunecina, analiza las características de esa inaugural insurrección y subraya las enseñanzas para el conjunto del mundo árabe.

Las revoluciones democráticas árabes que se han sucedido a lo largo de 2011 y, muy concretamente, la denominada “revolución de los jazmines” en Túnez, son un fenómeno que trasciende al contexto cultural e histórico en el que se están produciendo. Por eso, aunque se trate de acontecimientos que se encuentran todavía en ebullición, ya han sido objeto de un buen número de ensayos (1). En estas líneas querría llamar la atención de nuestros lectores sobre la conveniencia –la necesidad, incluso– de leer uno de ellos, particularmente brillante, La lección tunecina, libro que acaba de publicar el politólogo Sami Naïr sobre la revolución tunecina (2).

Creo que hay muchas buenas razones para recomendar su lectura, pero me limitaré a tres. Ante todo, se trata de un ensayo que, aunque centrado básicamente en el caso de Túnez –cuyas claves analiza y explica de forma brillante y, a mi juicio, novedosa–, sobrepasa con mucho ese marco nacional. Además, sin ser un reportaje, como buena parte de los que se han publicado (3), sus primeras 150 páginas tienen en no poca medida el estilo ágil, la garra del buen periodismo de género, el que pudiera representar por ejemplo el mejor Kapuscinski. Pero quizá lo más interesante –y esta es la tercera razón–, el libro de Naïr constituye una relevante contribución sobre algo que necesitamos con urgencia, una teoría de la democracia para nuestro mundo globalizado.
En efecto, como se ha repetido, nuestro problema es que las viejas categorías que nos permitían pensar lo político agonizan ante nuestros ojos, sin que encontremos cómo reemplazarlas. Y Naïr ofrece buenas pistas para ese necesario cambio de mentalidad. Lo consigue gracias a dos características del libro. De una parte, al riguroso –casi exhaustivo– trabajo de documentación en pos de las fuentes primarias y de los testimonios más amplios de los protagonistas con los que se ha entrevistado, que incluye por ejemplo una inteligente utilización de los cables sacados a la luz por WikiLeaks. Pero también, de otro lado, gracias a la capacidad de análisis de quien no en balde es uno de los más caracterizados representantes de la ciencia política y de las relaciones internacionales. Por todo eso este libro ofrece lo que no dudo en calificar como una muy importante contribución a la renovación de la teoría de la democracia, también en el orden internacional.

En varias ocasiones, ante la necesidad de identificar lo que tienen en común estas revoluciones, Sami Naïr ha propuesto entenderlas como “estallidos revolucionarios democráticos, potencialmente impregnados de elementos de revoluciones sociales…Son revoluciones democráticas que llevan en sí reivindicaciones sociales radicales”. Más concretamente, como señala en el capítulo dedicado a la “refundación del vínculo republicano”, la revolución de Túnez es, a su entender, “una revolución democrática que discurre en paralelo a la revolución social… o, mejor, a una reorganización de las relaciones sociales, a un reparto menos desigual de la riqueza”. O, como sintetiza en otra fórmula plástica, “el levantamiento de una generación castigada por el desclasamiento social y por el desempleo” (p.65) y por eso sostiene que la lucha popular de los tunecinos gira en torno a “la construcción de un Estado social redistribuidor de riqueza a la manera keynesiana” (p. 207). Pero lo que la especifica es algo particular, como le hizo notar a Naïr su amigo el arquitecto tunecino Wassim Ben Mahmoud : la importancia de la karama, la dignidad. Esa es una de las hipótesis más brillantes del libro, por su sencillez y profundidad : la identificación del papel de la dignidad como mecha revolucionaria.

En efecto, si la “revolución de los jazmines” puede ser caracterizada por un concepto es por éste : la lucha por la karama, la dignidad, frente al miedo y la hogra, la humillación. Ese concepto de hogra, en realidad, es más complejo que el de humillación : equivale a menosprecio e injusticia a la par, y a mi juicio tiene mucho que ver con el de Missachtung del filósofo social alemán Axel Honneth, el menosprecio. La hogra es un concepto que expresa ante todo un sentimiento de impotencia del dominado ante el desprecio y la arrogancia del dominador. Pero también un sentimiento ancestral heredado del feudalismo y que el periodo colonial no hizo otra cosa que reforzar. Y, por último, un sentimiento que incluye asimismo la sed de justicia. Así ha sucedido en Túnez, Egipto, Yemen, y, en menor medida en Marruecos (los casos de Libia y Siria son diferentes) a lo largo del año 2011.

Esa contraposición, esa relación dialéctica es algo fácil de entender tras la lectura del primer capítulo en el que Naïr describe lo que llama “el incendio”, esto es, la inmolación del joven Mohamed Buazizi, que se quemó a lo bonzo el 17 de diciembre de 2010 en su ciudad natal de Sidi Bouzid, después de lo que Naïr califica como “bofetada”. Porque la bofetada, la humillación que sufre a manos de la policía que le impide la venta ambulante (el único recurso para vivir que tiene ese universitario en paro y sin expectativas de futuro), es la espoleta que le hace reivindicar su dignidad hasta el extremo del sacrificio.

La revolución tunecina apunta a ese objetivo de dignidad porque se presenta sobre todo como una lucha democrática contra una mafia, contra el poder corrupto, envilecedor y humillante, de un clan, el que Naïr identifica con las siglas BAT (clan de Ben Ali y la familia Trabelsi). Precisamente uno de los grandes atractivos de este libro es el análisis que ofrece Sami Naïr en la segunda y tercera parte, sobre la estructura del clan mafioso BAT y sobre su proceso de disgregación, sin el que hubiera sido mucho más costosa la victoria de la revolución. No conozco ningún trabajo que demuestre con tantos datos cuál era la raíz del régimen y hasta qué punto se sostenía en eso, una estructura que no puede ser denominada sino como mafia, desde la analogía con la familia, la infiltración en todas las estructuras del poder, el dominio de los negocios y la confusión de lo público y lo privado (familiar). Una estructura que se asentaba también en el consentimiento de la gran burguesía tunecina, de modo que cuando pierde el favor de ésta, porque ya no le es útil y se descontrola, tiene sellado su destino.

Las páginas en las que Naïr utiliza lo que denomina “lupa americana” (los telegramas del Embajador William Hanson sacados a la luz por WikiLeaks) para explicar cómo creció el clan, cómo se ha institucionalizado la corrupción como “hecho social total”, como sustituto del vínculo social, ocupan el núcleo del libro porque explican la contaminación del Estado tunecino que creó Bourguiba, como consecuencia del régimen impuesto por el BAT. Esa segunda y tercera parte del libro evocan no sólo, como él mismo señala, el argumento de Los negocios del señor Julio César de Brecht, sino que también, a mi juicio, nos remiten a las del extraordinario Honrarás a tu padre, del maestro norteamericano del periodismo Gay Talese, en las que éste narra el auge y declive de la familia Bonano en Estados Unidos.

Particularmente esclarecedores son los apartados en los que Sami Naïr explica el papel desempeñado por dos instituciones clave y tratadas de forma antagónica por Ben Alí : la policía y el ejército, que mantuvo una sorda pugna con el dictador, culpable de silencio, como sentencia Naïr, y no totalmente redimido con la actuación del ministro de Defensa Grira y el general Ammar que, aparentemente, resisten la pretensión del general de la Guardia presidencial Sariati, partidario en determinado momento de disparar contra la población (algo que ha hecho sin escrúpulos en Siria, Bachar Al Asad).

Por supuesto que el proceso mismo de la revolución es eminentemente cívico por parte de sus protagonistas. Uno de los ejemplos más claros es el papel de las redes sociales (no sólo en Túnez), de los blogueros, como el responsable del website www.nawaat.org, Hamadi Kaloutcha, o los muy reconocidos Aziz Amamy o Slim Amamou.

 Pero ese protagonismo de la sociedad civil tunecina no está exento de problemas. El principal deriva de la incertidumbre ante el periodo que seguirá ahora, tras la victoria del partido EnNahda (Renacimiento), que pondrá en la agenda temas que exceden e incluso pueden entrar en colisión con esos objetivos. En efecto, ese “mundo nuevo”, el futuro Túnez del que se ocupa la cuarta parte del libro, no está exento del proyecto de elevar a prioridad de la agenda el tema de la identidad islámica. Aparecen, con ello, las dificultades de creación de una democracia que se quiere fiel al Islam, pero no es simplemente una reproducción del modelo turco del partido AKP de Racip Erdogan, como han apuntado superficialmente algunos analistas.

Sami Naïr no ahorra el punto de vista crítico sobre las dificultades, porque conoce bien la tensión que subyace a los diferentes agentes de la revolución : un arco que va desde el proyecto de refundación del vínculo republicano que renueva una sociedad civil con fuerte tradición laica e incluso igualitaria en el estatuto de la mujer, a las sombras de un régimen en el que determinada interpretación del Islam actúe como fundamento y barrera que estrecha el pluralismo hasta ahogarlo.

Sí, porque en la revolución hay estas dos almas. De un lado, una sociedad que se ha batido en defensa del reconocimiento y garantía de los derechos humanos, como ejemplifica la figura de Yadh Ben Achour, Es un movimiento que hace del derecho, del Estado de derecho, de los derechos humanos y de la democracia, su argumento fundamental. En ese sentido, se sitúa en lo que Naïr, con Edouard Glissant, denomina la “mundialidad”, una noción que, como él mismo escribe, “apunta a una nueva identidad en proceso de formación… una identidad que se contrapone a la idea de ‘autenticidad’” y que nos propone un contenido muy claro, pues “se refiere a los derechos humanos, la ciudadanía, la igualdad de oportunidades” (264-265). 

Pero de otro, sería suicida ignorar la pujanza de una corriente entre los líderes de EnNahda, que podemos entender a partir del análisis de declaraciones, entrevistas y propuestas de los principales dirigentes de ese proyecto de Renacimiento propuestos por Naïr. Una corriente que expresa su líder Rached Ganouchi, y que puede efectivamente esconder, como señala el mismo título del capítulo 6, “El sueño teocrático secreto”, que sería posible en la medida en que, como vuelve a escribir Naïr, “la estrategia islamista sabe adaptarse a las circunstancias : durante la dictadura apuesta por la clandestinidad. Durante la democracia opta por la progresión gradual” (238). O, como declaraba el líder Ghanouchi en la revista Jeune Afrique, en diciembre de 2010, “Alcanzaremos nuestros objetivo por etapas, pero por encima de cualquier cosa somos defensores del Islam” (239).

Sin embargo, eso no significa necesariamente un pronóstico pesimista. No lo es, porque Sami Naïr entiende que se ha producido una inflexión radical en los ciclos del “tiempo histórico árabe” que hasta ahora permitía la existencia de regímenes dictatoriales. Las nuevas revoluciones sociales y políticas anuncian otro tiempo, el que, como hemos visto, denomina mundialidad, que supone la entrada rápida, brusca incluso, de las sociedades árabes en la modernidad, la “autonomía de las clases medias que avanzan políticamente en el interior de un sistema social globalizado”, la aparición de un “sujeto individual libre”, ya no subsumido en los vínculos religioso-identitarios (260). Porque la gran lección tunecina es ésta : la construcción del Estado de Derecho como primera tarea de los ciudadanos.

 

(1) Lo saben bien los lectores de Le Monde diplomatique en español, que han podido seguir los acontecimientos gracias a los artículos que analizaban estos procesos, desde el primero de Ignacio Ramonet en abril de 2011, con el título “Comprender las raíces de la revoluciones árabes”. Cf. también, entre otros libros, por ejemplo los de Olivier Piot, Mahmoud Ben Romdhane, Béatrice Hibou, o el de Beau y Tuquoi.

(2) Sami Naïr, La lección tunecina. Cómo la revolución de la dignidad ha derrotado al poder mafioso, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011, 302 pp.

(3) Por ejemplo, los de Habène Zbiss, Isabelle Mandraud, Sara Daniel, o Yasmin Ryan.





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