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Despotismo, censura y cárceles

La otra cara del Marruecos de Mohamed VI

Par Ali Amar  |  20 mai 2010     →    Version imprimable de cet article Imprimer

El rey de Marruecos, Mohamed VI, hace equilibrismo sobre un trono reacio a toda reforma. Poseedor de un poder discrecional desorbitado, y bajo la mirada indulgente de sus compañeros occidentales, es considerado por sus súbditos como una especie de Dios en la Tierra.

Mohamed VI, 47 años, rey de Marruecos desde hace más de una década, proyecta todavía en Occidente la imagen de un “joven monarca moderno y abierto”. Su régimen se percibe como un modelo de transición en un mundo árabe en decadencia. Pero de hecho, bajo la capa de un Marruecos cercano a Europa y a Francia en particular, paraíso de los expatriados y de los veraneantes ávidos de exotismo a tres horas de vuelo de París, se esconde un régimen medieval donde las libertades se ven a menudo pisoteadas.

La realidad es que este “Nuevo Marruecos”, aparentemente poco agitado, está lejos de El Dorado idílico que la prensa europea alaba frecuentemente. Mohamed VI, riquísimo rey entre los pobres, gasta sin miramientos para perdurar el aura de su dinastía, mientras que sus súbditos, todavía infantilizados bajo su tutela, pagan mayoritariamente las consecuencias de una pauperización que genera un caldo de cultivo de islamistas sectarios.

El rey, que controla sectores enteros de la economía del país a través de sus holdings privados (Siger, Omnium Nord-africain, Sociedad Nacional de Inversiones), y que acaba de decidir retirarlos de la Bolsa para no estar bajo los radares de la comunidad financiera y de los medios de comunicación, figura en buena posición en la clasificación mundial de reconocidos multimillonarios que realiza la revista americana Forbes, con una fortuna de más de 3.000 millones de dólares. Mientras, su reino se encuentra y se instala cada año en la cola del desarrollo humano, según los criterios establecidos por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). La personalidad de Mohamed VI, poco conocida y compleja, revela, más allá de la empatía que utiliza con los pobres, un carácter autocrático que ha acabado por reducir el mito de déspota ilustrado.

En Marruecos, se dice a menudo que el humor se detiene en la puerta de Palacio. Se suceden los juicios por “atentado contra la sacralidad de la monarquía”. Los periodistas, caricaturistas o bloggers que se atreven a burlarse o criticar la corona son enviados a la prisión o forzados al exilio. La clase dirigente prefiere particularmente los artículos que elogian la “transición democrática”, el “buen gobierno”, el “desarrollo económico” y el “arraigamiento de la cultura de los Derechos Humanos”. Una jerga seductora en la que el “Nuevo Reino”, que no obstante ha cumplido ya once años, le gusta regodearse.

Mohamed VI ya no quiere artículos que denuncien los abusos contra los que ostentan el poder, los cambios en la política de seguridad, las torpezas diplomáticas o la aristocratización de la economía. Y en Marruecos, Dios quiere lo que el rey quiere. Con el cierre del periódico Le Journal Hebdomadaire el pasado 27 de enero, y el exilio forzado de dos de sus fundadores, el año 2010 comenzó en un paisaje devastado a causa de los meses de maniobras represivas contra la prensa. Los perros guardianes de la imagen de marca de la monarquía ni siquiera tratan bien a los medios de comunicación extranjeros. Las televisiones extranjeras ven cómo se les rechazan regularmente los permisos de rodaje en el reino, como le sucedió a Arte hace algunas semanas, la cual no quería nada más que algunas imágenes de montaña. Las autoridades jerifianas temieron que la cadena franco-alemana se acercara al orfelinato de Aïn Leuh, cuyos responsables han sido expulsados por proselitismo cristiano (1).

La censura de periódicos extranjeros también se ha convertido en algo habitual. Los hombres de Mohamed VI no aceptan ninguna publicación, por muy prestigiosa que sea, si el contenido no es de su gusto : Le Monde, Courrier International, Marianne, El País, etc.

Como valoración de los diez años de gobierno de su soberano, los marroquíes podrán elegir entre el trato edulcorado de la prensa privada local (sobre todo no confundir con la prensa independiente) y la propaganda elogiadora de los medios de comunicación estatales. Dos números de julio de 2009 de los semanarios Telquel y Nichane, de los más leídos del reino, han sido censurados por haber cometido el error de publicar un sondeo, realizado en colaboración con el diario francés Le Monde, que atribuye al rey sólo un 91% de popularidad... Un porcentaje que pondría verde de celos a los jefes de estado europeos. Pero en este caso no es el resultado lo que molesta, sino sobre todo el hecho de que la “monarquía no puede ser sometida a valoración”, como también opina Khalid Naciri, ministro marroquí de la comunicación.

Incluso una enfermedad real puede dar lugar a la caza del periodista : después de un comunicado del Ministerio de la Casa Real que anunciaba que el rey estaba infectado por un rotavirus, trece periodistas fueron interrogados por haber “puesto en duda la veracidad del contenido del comunicado”, según la muy oficial agencia de prensa MAP.

En octubre de 2009, la policía invadió la redacción del diario Akhbar El Youm, echó a los periodistas a la calle y cerró la publicación, sin la mínima decisión de la justicia. El motivo : un dibujo del caricaturista Khalid Gueddar que representaba a un joven primo del rey. El mismo mes, Driss Chahtane, director del semanario Al Michâal, fue condenado a un año de prisión por haber irritado en exceso a Su Majestad. Hoy en día, no queda casi nada de la libertad conseguida por algunos diarios independientes en el periodo de entre-reinos.

El régimen de Mohamed VI ha sacado incluso provecho de la imagen positiva de esta prensa dinámica, diversificada y profesional que acompañó su ascenso al trono, además de beneficiarse de un estatuto moderno obtenido con la Unión Europea, del sostén complaciente de países como Francia, y de una clase política educada en la reverencia. El monarca sólo quiere guardar la carcasa brillante de la prensa. El contenido crítico ya no lo quiere.

Como los eslóganes del Nuevo Estado Marroquí, la variedad de prensa en el país conduce al error. De los 618 periódicos editados, sólo algunos se mantienen en el candelero, y los diarios más vendidos apenas pasan de los 120.000 lectores. En 2009, para acabar con la libertad de tono que irrita a las altas instancias, el régimen hizo algo a gran escala. Magistrados, políticos y policía secreta se unieron para acabar con uno de los últimos bastiones de la libre expresión en el país. Después de la utilización, por parte del rey y para su propio provecho, de la economía, la política, los Derechos Humanos, la caridad, la religión, el deporte y la cultura, los medios de comunicación no pueden sin duda escaparse mucho tiempo a la “visión real”. Incluso la blogosfera ha tenido lo suyo con el arresto de media docena de periodistas de internet, cuyo único error fue creer en los “avances” de Mohamed VI.

En cuanto a las exacciones cometidas bajo el reinado de Hassan II, Mohamed VI ha rechazado girar la oscura página del reinado sangriento de su padre. Decidió organizar una falsa puesta en escena de reconciliación con las familias de los opositores desaparecidos, sin reconocer la responsabilidad del aparato de seguridad del que él ha heredado la carga y los hombres, todavía asentados sobre sus poderes y privilegios. Un ejemplo de esto es el general Hosni Benslimane, jefe de la poderosa Gendarmería Real a pesar de tener numerosas órdenes internacionales de arresto, emitidas por la justicia francesa y española.

Numerosos opositores de Hassan II, antiguos prisioneros políticos, sobre todo de la extrema izquierda estudiantil de los años 1970 y 1980, han sido por este hecho generosamente aupados a puestos importantes. Hoy se han convertido, con vergüenza de los demócratas, en los portavoces de la “nueva vanguardia de los Derechos Humanos”. En consecuencia, las prácticas del pasado como la tortura y el encarcelamiento perduran, afectando a los detractores de la Corona, ya sean estudiantes de izquierda, independentistas Saharauis, barbudos islamistas o simple manifestantes excedidos por el precipicio social que separa los pudientes de los necesitados. Como es el caso de aquéllos que se han rebelado en los cuatro rincones del reino para gritar su cólera contra el alza vertiginosa de los precios de los productos de primera necesidad, aceite, azúcar, leche y harina. Productos que en su mayoría salen de las fábricas del rey.

La nueva elite que rodea a Mohamed VI, hombres de unos cuarenta años formados en las mejores universidades francesas o norteamericanas, constituye una tecnocracia ávida de éxito social y poco interesada por los asuntos políticos, si no es para acudir rápidamente y adherirse al nuevo Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), una formación ultraconservadora, partidaria de una línea nacional-monárquica. Ésta incluye la promoción de un “Marruecos en Movimiento” (expresión nacida del marketing de la realeza, dirigido a Occidente), así como las grandes canteras del desarrollo (especialmente turísticas), que son en realidad unas esconde-miserias para la mayoría de marroquíes, y donde la depredación económica del primer circulo de cortesanos del rey se erige como modelo de desarrollo.

En cuanto a la condición de la mujer, numerosos artículos alabadores y el entusiasmo de las políticas occidentales sólo han retenido la imagen de Lalla Salma (la esposa del rey), que representa a ojos del mundo la marroquí liberada ; “la plebeya convertida en princesa”, retomando la expresión glamorosa del semanario francés Paris-Match. Pero la reforma de la Moudawana (código de la mujer y de la familia) no ha cambiado realmente la situación de las mujeres. Más del 80% de las bodas con menores se siguen autorizando, con el consentimiento de los caciques de Palacio, guardianes de tradiciones anacrónicas, celosos de sufrir la ira de una población muy conservadora, ahora dirigida por los numerosos movimientos islamistas que florecen en los suburbios de las grandes ciudades, verdaderos feudos de los radicales.

Considerado como un remanso de paz donde el estatuto religioso del Jefe de los Creyentes es la pantalla de protección contra el islamismo creciente, Marruecos ha conocido su mini 11 de Septiembre con los atentados de Casablanca del 16 de mayo de 2003. El mito del rey salvador se truncó ese día. Lo que marcó el inicio de un baile de bombas humanas y de la exportación de kamikazes marroquíes a Irak e incluso hasta el corazón de la tragedia madrileña del 11 de marzo de 2004. De repente el régimen de Mohamed VI juega fuerte la carta de la seguridad, condenando a los detractores progresistas y censurando los medios de comunicación favorables a un régimen más democrático. Y finalmente aniquilando a una clase política ya reducida por cuarenta años de poder absoluto y de terror bajo Hassan II.

 

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Notas :

(1) Léase el artículo de Zineb El Rhazoui, “Represión anticristiana en Marruecos”, Le Monde diplomatique en español, abril de 2010.





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