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COMPLICIDADES Y RIVALIDADES

Las extrañas relaciones entre Ben Laden y EEUU

Par Roberto Montoya  |  17 juin 2011     →    Version imprimable de cet article Imprimer

El pasado 2 de mayo, un comando de tropas especiales de Estados Unidos mató, en su casa-escondite de Abbotabad (Pakistán), a Osama Ben Laden, jefe y fundador de la red terrorista Al Qaeda y autor intelectual de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Calificado por Washington de “enemigo público n°1”, Ben Laden no siempre fue un adversario de Estados Unidos. En los años 1980, formado por la CIA, participó en la primera guerra de Afganistán contra la Unión Soviética y los estadounidenses lo consideraban entonces como un héroe “combatiente de la libertad”.

Si Osama Bin Laden no hubiera existido, EEUU lo hubiera creado. Era un aliado como pocos. Representó una ayuda inestimable para varias Administraciones estadounidenses.

Cuando, a finales de los años 1970, Jimmy Carter primero y Ronald Reagan después, embarcaron a Estados Unidos en la macro operación encubierta que permitió armar y lanzar a decenas de miles de combatientes islámicos contra las tropas soviéticas que ocupaban Afganistán, el joven y rico empresario saudí Osama Ben Laden fue un aliado clave.

Y cuando ya en el siglo XXI George W. Bush necesitó dejar atrás su imagen de presidente fraudulentamente electo en aquellas escandalosas elecciones de noviembre de 2000, Ben Laden volvió a aparecer en escena para permitirle que, en un solo día, el 11-S de 2001, se disparara 40 puntos su popularidad, del 51% al 91%.

Diez años después, Osama Ben Laden volvió a socorrer a otro presidente en aprietos, haciendo subir su popularidad en un 11%. Pero en esa ocasión fue necesaria la propia muerte del líder de Al Qaeda para frenar la caída en picado que venía sufriendo Barack Obama.

Fue el demócrata Jimmy Carter quien autorizó a la CIA a lanzar, en 1979, la que se convertiría en la mayor operación encubierta de la agencia en toda su historia. Y fue él quien primero llamó “freedom fighters” a los mujaidines que combatían a las tropas soviéticas en Afganistán.

Desde aquel entonces data el inicio de la extraña y compleja relación de Osama Ben Laden y su poderosa familia con Washington, una relación de intereses cruzados, en la que se han mezclado, a lo largo de los años, importantes acuerdos comerciales, complicidades y alianzas militares contra natura.

Carter, que había llegado al poder en 1977, reivindicaba, a mitad de su mandato, haber purgado a la CIA de sus agentes de gatillo fácil, y haber hecho de la lucha por los derechos humanos en el mundo una seña de identidad de su Administración. Mostraba como éxitos propios los acuerdos de Camp David y el Tratado con Omar Torrijos para la devolución, en 1999, del Canal de Panamá. Pero varios hechos producidos en 1979 en el mundo cambiaron su suerte. El 1 de febrero de 1979, una revolución islámica radical en Irán, encabezada por el ayatolá Jomeini, daba por tierra con un régimen aliado, vital para EEUU a nivel energético y geoestratégico, el del sha Reza Pahlevi.

Unos meses más tarde, el 19 de julio, triunfaba en Nicaragua la revolución liderada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que acabó con la dinastía sangrienta de los Somoza, aliados clave de EEUU en América Latina y el Caribe. Era la primera vez, desde la revolución cubana de 1959, que una guerrilla de izquierda llegaba al poder por las armas.

Pero la pesadilla no había acabado todavía para Carter. En plena Guerra Fría, la Unión Soviética le daría otra sorpresa desagradable. En la noche del 27 al 28 de diciembre de 1979, miles de soldados y tanques de la 40º División del Ejército Rojo entraban en Afganistán para apoyar al Gobierno comunista aliado ante el acoso de las guerrillas islámicas. Carter, manipulado por la CIA y acosado por los republicanos (liderados por Ronald Reagan), que aseguraban que la URSS estaba a punto de conseguir la supremacía nuclear, consideró que la invasión de Afganistán era “la más grave crisis en política internacional que enfrentan a EEUU con la URSS desde la II Guerra Mundial.” Y decidió actuar.

De inmediato ordenó el boicot a los Juegos Olímpicos que debían tener lugar ese verano en Moscú, embargó ventas de cereales y autorizó el inicio de una carrera armamentística, creando el Rapid Deployment Force. La llamada Doctrina Carter consistió en decidir que EEUU entraría en guerra en caso de estar bajo amenaza los pozos petroleros de Oriente Medio.

Y su decisión más radical fue la de firmar una serie de documentos legales secretos, los Presidential Findings, que autorizaban explícitamente a la CIA a entrar en acción, en Afganistán, contra el Ejército Rojo. La CIA comenzó a hacer llegar contenedores con armas… soviéticas, al ISI, el Servicio de Inteligencia del Pakistán de Mohmmad Zia ul-Had, el dictador a quien hasta entonces criticaba Carter por sus violaciones a los derechos humanos.

Carter se olvidó de sus críticas a Zia al comprender que era clave para poder hacer llegar las armas a los afganos.

“Afganistán fue una guerra secreta en la que la CIA combatió y triunfó sin debates en el Congreso ni protestas en la calle. No sólo fue la mayor operación de la agencia, sino que también fue el mayor secreto de guerra de la historia, y a pesar de ello no ha quedado de esa manera registrado en la memoria de los estadounidenses” (1), diría George Crile.

La CIA utilizó distintas vías para hacer que la intervención soviética en Afganistán se convirtiera en el “Vietnam” de la URSS. Y lo consiguió, diez años después.

Además de comprometer al Reino Unido, Francia, China, Marruecos, Arabia Saudí y muchos otros países en la operación, y enviar cientos de miles de armas y municiones a Pakistán, junto con instructores para entrenar a los mujaidines, la CIA utilizó viejos vínculos de EEUU con el poderoso Binladin Group saudi, para vincularse con uno de sus miembros, Osama Ben Laden, quien por su propia iniciativa ya estaba operando sobre el terreno y terminaría convirtiéndose en un aliado fundamental.

El imperio empresarial de los Ben Laden fue creado por el padre de Osama, Mohamed Ben Laden, inmigrante yemení que comenzó a trabajar como albañil de la empresa petrolífera Aramco en Arabia Saudí, y se terminó convirtiendo en el constructor por excelencia de los palacios, mezquitas y grandes obras de la monarquía saudí, en el propio país y en el extranjero. Para el gran poder económico, financiero y político de EEUU, el mantener buenas relaciones con el Binladin Group era fundamental para acceder a negocios con un socio tan importante como Arabia Saudí.

El Binladin Group mantuvo, incluso después del 11-S, capital en el Carlyle Group, poderoso grupo de inversiones de Washington, de cuyo Consejo de Asesores formó parte desde George Bush “senior”, hasta Frank Carlucci, antiguo director adjunto de la CIA, o James Baker, antiguo jefe de Gabinete de Ronald Reagan y Secretario de Estado de Bush “senior”.

El propio George W. Bush “junior” tuvo relación con el Binladin Group, a través de su socio James Bath, con el que creó en los años 1970 la empresa petrolera Arbusto Energy, y que era representante en EEUU de las inversiones de Salem Ben Laden, uno de los hermanos de Osama Ben Laden.

Esas relaciones con los Ben Laden facilitarían a la CIA el contacto con Osama, en esa época ya musulmán radical, para involucrar económicamente y con medios para la “yihad” (guerra santa) contra las tropas soviéticas que ocupaban un país musulmán como Afganistán, a numerosos países árabes, jeques y emires dispuestos a dar una lección al “infiel rojo”.

Osama utilizó su propia experiencia y los recursos del Binladin Group para acondicionar zonas de Pakistán fronterizas con Afganistán donde pudieran entrenarse miles de mujaidines ; túneles entre los dos países para pasar armas, municiones y hombres, carreteras de acceso y pasos seguros para el contrabando de opio con el que financiar parte de la guerra.

En casi todos los países musulmanes se reclutaron voluntarios para combatir en Afganistán. Muchos otros provenían de minorías musulmanas de otras regiones, como los uigures de China, los musulmanes de Bosnia-Herzegovina, chechenos del Cáucaso y de otras muchas nacionalidades.

Analizando todo aquel periodo, George Crile, autor de una de las obras más importantes sobre la intervención secreta de EEUU en Afganistán, escribió : “Cuando uno ve las cosas a través del prisma del 11-S, la escala del apoyo de EEUU a un ejército de fundamentalistas islámicos resulta totalmente incomprensible. En el curso de una década, billones de municiones y cientos de miles de armas fueron contrabandeados a través de las fronteras, arriba de camellos, mulas y asnos. Alrededor de 300.000 guerreros fundamentalistas afganos transportaron armas provistas por la CIA ; miles fueron entrenados en el arte del terrorismo urbano” (2).

Crile recordaba en su libro que el 15 de febrero de 1989, después de salir el último soldado soviético de Afganistán, en la sede central de la CIA en Langley se recibió un cable de la antena de la agencia en Islamabad. Sólo tenía dos palabras : “We Won” (Hemos ganado) decía. Ese día se festejó por todo lo alto en Langley. Estados Unidos parecía dejar atrás el síndrome de Vietnam.

Ronald Reagan cosechaba todos los éxitos. Pocas horas después de que Jimmy Carter abandonara el poder, habían sido liberados los 52 rehenes estadounidenses capturados en Teherán al triunfar la revolución islámica, y diez años después de que se iniciara la guerra de Afganistán que había ayudado a potenciar Carter, Reagan podía recoger los frutos.

Ese mismo año, 1989, había visto también caer el Muro de Berlín y con él se iniciaba el desmoronamiento de los regímenes de “socialismo real” en Europa del Este. En 1990 pudo disfrutar igualmente con la derrota electoral de los sandinistas. Todo parecía enderezarse.

Pero menos de cuatro años después de terminada la guerra de Afganistán, la organización creada por Osama Ben Laden en ese país, Al Qaeda (‘La Base’, en árabe) agrupando a los combatientes islámicos de numerosas nacionalidades que habían compartido el frente de batalla, cometía su primer atentado en territorio estadounidense. Osama había acabado con el “infiel rojo” y ahora se volvía contra el “Gran Satán”.

En 1993 fue el primer ataque contra el World Trade Center de Nueva York, donde murieron seis personas y otras 1.000 resultaron heridas. Sólo sería el inicio de una serie de ataques contra fuerzas e intereses estadounidenses en distintos países.

Bill Clinton fue el primero en autorizar a la CIA a crear una unidad especializada en la búsqueda y captura de Osama Ben Laden y sus lugartenientes, encabezada por el oficial Michael Scheuer, quien lo reivindicó con orgullo en el plató del programa “60 Minutes” de la CBS el 14 de noviembre de 2004, una semana después de dejar la agencia tras 20 años de servicio (3).

Fue ese grupo el que, a partir de 1995 y hasta 1999, protagonizó más de veinte secuestros de sospechosos de pertenecer a Al Qaeda en países tan dispares como Albania, Bulgaria, Filipinas, Malasia, Sudáfrica o Kenia. Los secuestrados fueron en su mayoría trasladados en aviones camuflados a Egipto para ser torturados impunemente. Sucedió años antes de que se empezara a hablar, ya en la era Bush, de los “vuelos de la CIA”.

En 1998, Clinton ordenó igualmente bombardear zonas de Afganistán donde se suponía que se encontraba Osama Ben Laden y sus hombres, albergados por los talibanes, sin ningún éxito.

A pesar de ello, la Administración de Clinton mantenía paralelamente contactos con los talibanes para intentar cerrar una gran operación que permitiría a la empresa Unocal construir un oleoducto que atravesara Afganistán. Una delegación talibán de alto nivel visitó la refinería de Unocal en Houston en 1997. Hamid Karzai, actual presidente de Afganistán y ex combatiente contra los soviéticos en los años 1980, era asesor de Unocal y participaba en la negociación con los talibanes (4).

El 11-S le dio a Al Qaeda una publicidad que le permitió crecer y crecer. Casi diez años después de aquella fecha y del comienzo de la cruzada de Bush, el mundo es aún menos seguro . La CIA y los SEALs (equipos de Mar, Aire y Tierra del ejército de EEUU) mataron a Osama Bin Laden, pero con su orden de ejecución sin juicio Obama eliminó al salvavidas presidencial. Para el futuro, la Casa Blanca tal vez necesite crear otros OBL.

(1) George Crile, Charlie Wilson´s War, Atlantic Monthly Press, Nueva York, 2003.

(2) George Crile, Charlie Wilson´s War, op cit.

(3) Roberto Montoya, La impunidad imperial, La Esfera de los Libros, Madrid, 2005.

(4) Wayne Madsen, “Afghanistan, The Taliban, and the Bush Oil Team”, Centre for Research and Globalisation, 22 de enero de 2002.





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