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Las lecciones de un embargo

Par Serge Halimi  |  29 janvier 2015     →    Version imprimable de cet article Imprimer

La derrota electoral del pasado noviembre parece haber revigorizado al presidente de Estados Unidos. Elegido triunfalmente para ocupar la Casa Blanca en 2008 y con una cómoda mayoría parlamentaria durante sus dos primeros años de mandato, sólo obtuvo de todo ello una modesta reforma del sistema sanitario y una letanía de homilías en las que predicaba el compromiso a parlamentarios republicanos decididos a destruirlo (1). En cambio, desde que su partido fue aplastado en las elecciones de mitad de mandato y ahora que su carrera política se termina, Barack Obama multiplica las decisiones audaces. Anunciada justo después de un importante acuerdo climático con China y la regulación de cinco millones de inmigrantes clandestinos, su decisión de restablecer las relaciones diplomáticas con La Habana da cuenta de ello. ¿Acaso la democracia estadounidense exige que un presidente ya no tenga ni senador fanático que cuidar ni lobby rico que sobornar para que pueda tomar una decisión razonable ?

Prometido por Obama, el levantamiento del embargo, que en 1962 John F. Kennedy impuso a Cuba, corregiría una violación del derecho internacional hasta tal punto indefendible que todos los Estados del planeta, con excepción de Israel, condenaban cada año la causa de Washington (2). Sin duda, habían percibido que más allá de los pretextos virtuosos que exponía Estados Unidos (los derechos humanos, la libertad de conciencia), de los que se sabe cuán respetados son en tierras del aliado saudí o en Guantánamo, se trataba de manifestar rabiosamente su desprecio. Pues, a escasa distancia de Florida, un pequeño país había osado hacerle frente, durante mucho tiempo y casi solo, al imperio estadounidense. Esta batalla de la dignidad, de la soberanía, ha sido ganada en definitiva por David.

Pero en qué estado… Aunque el embargo de Washington no logró su objetivo de “cambio de régimen” en La Habana, el modelo cubano que intentaba contener fue aniquilado. “Ya no funciona ni siquiera para nosotros”, llegó a conceder Fidel Castro en 2010, a modo de aval a las reformas “liberales” impulsadas por su hermano Raúl. Tras la disolución del bloque soviético, del cual la isla dependía para casi todo, el poder adquisitivo de los cubanos se derrumbó. La mayor parte de los cubanos sobrevive en una economía desbaratada gracias a una frugalidad continua y a un desarrollado sentido del ingenio (3). En Cuba, liberalizar implicará sobre todo, por el momento, que los empleados que hasta ahora eran funcionarios pasen a ser propietarios de los pequeños comercios para los que trabajan.

Justificando su histórica decisión, saludada enseguida por las grandes empresas de su país con intenciones de desarrollar sus negocios en la isla (American Airlines, Hilton, PepsiCo, etc.), el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, observó que “intentar provocar el derrumbe de Cuba no sería bueno ni para los intereses estadounidenses ni para el pueblo cubano. Incluso si funcionase –y fracasó durante cincuenta años–, sabemos que los países son más susceptibles a transformarse de forma duradera cuando sus pueblos no están condenados al caos”. Ya sólo les queda a Washington, Berlín, Londres y París aplicar esta enseñanza con Rusia. ¿Habrá que esperar otros cincuenta años ? 

 

NOTAS :

(1) Véase Serge Halimi, “¿Se puede reformar Estados Unidos”, Le Monde diplomatique en español, enero de 2010.

(2) En 2013, Palau, las islas Marshall y Micronesia se abstuvieron en el voto anual de la Asamblea General de las Naciones Unidas acerca de esta cuestión.

(3) Véase Renaud Lambert, “Así viven los cubanos ”, Le Monde diplomatique en español, mayo de 2011.





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