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CUADERNOS DEL PENSAMIENTO CRÍTICO LATINOAMERICANO

Lo cultural en su lugar : dentro de lo social

Par Roberto Follari  |  25 février 2012     →    Version imprimable de cet article Imprimer

En tiempos de auge de lo cultural, se hace imprescindible reubicarlo en relación con lo social como un todo. La autonomización de lo cultural constituye un problema tanto epistémico como ideológico, muy presente en épocas de invisibilización de lo económico y lo material por el auge del capitalismo financiero. Lo cultural como dimensión interna a lo social puede ser recuperado, si se admite que la lucha contra el reduccionismo economicista que se adscribe al marxismo clásico llevó por exceso a un reduccionismo de signo inverso, por el cual lo simbólico-cultural apareció como la base de interpretación de cualquier condición social.

Verdaderamente, en la versión de los años setenta acerca de la cultura podía esconderse cierto margen de reducción. Señalar que la cultura es una superestructura, probablemente no sea falso, pero está lejos de decir todo lo que importa sobre la cuestión. Pero en nombre de una supuesta superación de esa reducción, vivimos en los últimos años el auge de una reducción simétrico/opuesta : la de pensar la cultura sin constreñimientos económicos y de poder, pensarla como si fuese autónoma de cualquier otro tipo de determinación, o como si se pudiese hablar sólo “desde” ella para explicar exhaustivamente el conjunto de los procesos sociales.

En tiempos en que en el capitalismo central las opciones alternativas al capitalismo están cerradas, los sectores de pensamiento crítico han encontrado en el multiculturalismo su bandera : desde allí pueden atacar a las sociedades patriarcales, etnocéntricas y europeizantes.

A falta de opciones en el plano político, se las ha encontrado en el espacio de lo cultural. Y ello no está mal de modo alguno, dado que se trata de buscar alternativas en el espacio en que el conjunto de la sociedad se expresa en estos tiempos, y sin duda que en el capitalismo avanzado no hay contradicciones agudas en lo económico, de modo que las de carácter étnico-cultural resultan decisivas (1). Es más, ellas están fuertemente correlacionadas con las económicas, en la medida en que refieren a los sectores sociales más postergados y segregados en sociedades opulentas. Y además, remiten finalmente a la gran oposición-complementariedad que ocurre entre el mundo del capitalismo avanzado y el periférico, dado que las migraciones de africanos, asiáticos y latinoamericanos a Europa y Estados Unidos develan nítidamente la concentración de la ganancia en los países del Norte.

Sin embargo, la situación del sistema-mundo, que desde lo económico condiciona las contradicciones culturales en el capitalismo avanzado, suele desaparecer totalmente del análisis. De tal manera, lo cultural aparece como si fuese autodeterminado y autosuficiente, como si sus condiciones no remitieran a ningún otro espacio explicativo, abandonándose de tal manera uno de los principales principios de epistemologías alternativas al empirismo positivista : si se quiere captar la realidad, hay que ir por fuera y más allá del campo de las apariencias inmediatas, campo tan caro a la mentalidad posmoderna en boga (2).

Tenemos así el auge de los llamados “estudios culturales” (EC) en su versión latinoamericana, el cual ya ha comenzado su declive, pero está lejos de haberse eclipsado (3). Es interesante advertir que dicho auge abreva en la condición epocal hegemónica, de modo que se superpone con el sentido común mayoritario de estos tiempos, lo cual hace muy fuerte el enraizamiento no consciente de su punto de vista. Por ejemplo, si bien diversos autores hemos realizado críticas de tales EC, y algunas provienen de nombres con alto prestigio (4), es de destacar la invisibilización de tales críticas para el gran público lector de teoría de la cultura o teoría de la comunicación (esta última, precisamente por obra de los EC, ha estado en gran medida superpuesta a la teoría sobre la cultura en los últimos lustros en Latinoamérica).

De tal manera, la imposición del “punto de vista privilegiado” asignado a lo cultural está lejos de ser casual. Opera sobre un “fondo” social que hace que así aparezca ; remite a condiciones que de ninguna manera son visibles, pero que sí son determinables.

Lo cultural : una “parte” de lo social, o un punto de vista al respecto

Ciertamente, lo social es un todo, dentro del cual pueden distinguirse instancias institucionales específicas, remitidas cada una de ellas a aspectos diferenciales de la producción y reproducción de la vida social : las escuelas, los clubes, las iglesias, las tradicionales fábricas ; remiten más bien al conocimiento en un caso, a la vida barrial y el deporte en otro, a los valores en el tercer caso, a la producción de artefactos en el último.

Así, existe lo que en cierta época –para luego renegar de ello– Althusser llamó “instancias” dentro de lo social ; y lo social sería una totalidad de espacios combinados entre sí con mecanismos mutuos de determinación. Allí lo económico sería aquello que el marxismo denominaba “determinación en última instancia”, es decir, aquello que si bien no es independiente del resto, posee un peso mayor en la constitución del conjunto.

Esto ha dejado de tenerse en cuenta en los últimos años en virtud de un abandono del marxismo, abandono más ligado al auge neoliberal que a una reflexión intrateórica que hubiese demostrado que esa teoría carece de pertinencia. Entendemos que hasta ahora no se ha fundamentado la necesidad de tal “superación” del marxismo, en tanto quienes se ufanan de estar instalados en la comodidad de la post-crítica (o, peor, quienes creen que la crítica puede sostenerse sin relación con el rechazo a la economía del capitalismo y a las diferencias entre clases sociales) habitualmente no se toman el trabajo de hacer una disección sistemática de los conceptos del materialismo histórico para intentar demostrar que quienes lo sostienen estarían errados. Por el contrario, en general, se apela al gesto displicente de señalar que el marxismo sería una teoría superada propia de la modernidad en retirada, de modo de ahorrarse el duro trabajo del concepto, la exigencia de advertir si, por ejemplo, la teoría de la plusvalía es falsa, o si ha dejado de tener pertinencia en relación con el presente.

En todo caso, hay que advertir que “lo económico” como supuesta variable independiente y autonomizada respecto de lo social, no existe. Es esa precisamente la versión que sobre lo económico plantean neoclásicos y neoliberales : la economía como espacio independiente de cualquier otro, que por lo tanto sería analizable por fuera de los condicionamientos sociales que la establecen y desde una curiosa ciencia autónoma, según la cual el mercado sería el espacio universal de ejercicio de la producción y el intercambio.

De ninguna manera es así, y sólo los vestigios positivistas que ha habido en cierto marxismo pueden llevar a entender las cosas de ese modo. La economía no existe sola, existe enclavada en las relaciones sociales que la sostienen en cada momento histórico ; siempre, ya es “economía política”. En verdad no debiera hablarse propiamente de “economía” como si fuese un campo independiente en lo social, sino de “organización social de lo económico”. De tal manera, las supuestas leyes universales del mercado no regían a pleno en el llamado “socialismo real”, como no servirían en absoluto si analizamos la economía feudal, en la cual el intercambio monetario había sido abolido, y donde no existía la noción de sujeto autónomo propio de la sociedad capitalista posterior (y por ello, no existía la denominada “libre concurrencia”).

De modo que hay una retroacción de lo político sobre lo económico o –si se quiere– de la forma organizativa de lo social sobre lo económico, que hace indistinguible lo uno de lo otro. Sólo dentro de esta conceptualización se hace entendible la idea de que lo económico es “determinante en última instancia” en el todo social.

Pero se acepte o no esta premisa, resulta evidente que lo cultural no es nunca equiparable al conjunto de determinaciones de lo social. Es decir : lo cultural no agota lo social. Tal cuestión –que está lejos de ser un descubrimiento, pero hoy no todo el mundo lo advierte– permite entonces quitar a lo cultural del lugar de aposentamiento autonomista en que se lo viene pensando en los últimos tiempos por parte de muchos autores, a partir, por ejemplo, del peso que la cultura mediática ha alcanzado en este período.

En todo caso, lo cultural es una “parte”, una “instancia”, o si se quiere, un subconjunto del conjunto social. Insisto en que esto parece una obviedad y es pura tautología, pero se hace totalmente necesario de sostener explícitamente, frente al dominio del “culturalismo” vigente. La cultura no es la ventana desde la cual lo social puede ser dicho en su totalidad ; es un espacio particular.

Pero dadas las dificultades de cualquier tópica de lo social (es decir, de pensar en detalle los “lugares” diversos entre sí de lo económico, lo cultural, lo ideológico, etc.), quizá sea más productivo pensar en términos de la epistemología bachelardiana que propone los enfoques diferenciales (lo cultural-antropológico, lo económico, lo social, etc.) como “puntos de vista diferenciados” en torno a una única realidad que resulta indiferenciable desde el campo descriptivo.

Como ya anticipamos, un desconcertado último Althusser señaló que no hablaría más de instancias, en la medida en que no entendía bien qué significaría una especial instancia de lo económico, otra de lo político, otra de lo cultural, etc. Renunció, con ello, a sostener una tópica del todo social, como la que hasta entonces había ensayado.

Renuncia que en estos tiempos en que ahora escribimos sería aún más significativa y comprensible, en cuanto a épocas en que la complejidad social ha crecido y las funciones e instituciones sociales se han diferenciado más y multiplicado en número, es más difícil que nunca advertir a una formación social determinada –digamos, la sociedad de un país– como un todo orgánico que pudiera ser “mapeado”.

Tal cartografía de la totalidad social en otros tiempos era difícil, pero hoy lo es mucho más : tanto que la noción misma de que la sociedad sea una totalidad se ha esfumado en gran medida, aun cuando creemos que sigue siendo enormemente necesaria (al menos, para quienes producen y circulan teoría/s).

Si ya no explicamos lo social en términos de tópica –lo que se complejiza aún más si advertimos que ya no hay sociedades cerradas que puedan pensarse como unidades semiautónomas, sino que la globalización las implica en un comercio fuertemente internacionalizado–, será mejor interpretar en términos de los “puntos de vista” que provee la teoría de Bachelard, retomada por Bourdieu en su juventud (Bourdieu et al., 1975).

Es de admitir que si estamos en la escuela, estaríamos en una institución que puede calificarse de “cultural”. Obviamente, no es principalmente económica. Y si estamos en una empresa donde se fabrica o produce elementos de electrónica, sin duda estamos en un espacio primariamente económico. Esta diferenciación es la que permite pensar lo social como una tópica : hay instituciones primordialmente propias de lo económico-productivo, y otras de lo político-reproductivo, diferenciadas a su vez de lo cultural-reproductivo –queremos decir, reproductivo (en lo hegemónico, aunque no por completo) de las relaciones sociales que sostienen la forma capitalista de lo productivo–.

Pero cualquiera advierte que hay una dimensión económica de la vida escolar (los alumnos concurren a la escuela sólo si tienen condiciones económicas que se lo permitan ; los docentes devengan sueldos y prestaciones ; los edificios escolares dependen en su existencia, mantenimiento y funcionalidad, de que se cuente con un presupuesto que los facilite) ; y que –por supuesto– hay también una dimensión cultural de la vida en las empresas (estilos de trabajo, hábitos diferenciales entre gerentes y técnicos, y entre estos con los operarios). De tal modo, es cierto que una empresa es “predominantemente económica” si se la piensa desde su función social, pero nunca lo es exclusivamente ; y una escuela no es sólo un espacio de lo cultural-simbólico. Por tanto, cabe encontrar modos diferentes de conceptualizar la relación entre las diversas instituciones y prácticas sociales, que no remitan tanto al “lugar” de estas en la sociedad en conjunto, como a la específica dimensión desde la cual alcanzan pertinencia.

Es esta la famosa división que Bourdieu y otros hicieron entre “objeto real” y “objeto teórico”, siguiendo a Bachelard (1979) : la realidad no sería sino un mundo indiferenciado de estímulos y de hechos, que nosotros seleccionamos en cada caso acorde a nuestro específico interés. Ese interés diferenciado (según miremos desde lo económico, desde lo antropológico-cultural, desde lo político, etc.) diferenciaría a su vez el recorte de hechos significativos, y sobre todo, la mirada específica desde la cual esos hechos son interrogados en cada caso.

De tal manera, la diferencia entre los objetos de análisis sería epistémica, pero no ontológica (es decir, no se pensaría que la realidad “se divide” en partes económica, política, etc., sino que está toda entramada en un solo haz, y que la “vemos” diferencialmente acorde a qué punto de vista tomamos). Por ejemplo, si vamos a una manifestación política que se desarrolla en una calle de la ciudad, podemos mirar cosas distintas (o aspectos distintos de las mismas cosas) si miramos como sociólogos, como politólogos, como antropólogos, etc. En este último caso, predominarán las referencias a ropas, hábitos visibles de diferentes grupos sociales y políticos, simbología ; si se trata de lo político, contenido de los cánticos o consignas, fuerza relativa de las diferentes posiciones, antagonismos y alianzas ; si es desde lo sociológico, liderazgos, clases sociales representadas, etc. Es obvio que existen no pocas superposiciones y traslapes entre estos puntos de vista

diversos, y que sus límites mutuos son indefinidos y difusos ; pero también

lo es que se puede claramente establecer tal diferencia de puntos de vista disciplinares desde el plano conceptual, y sostenerla luego en un trabajo empírico determinado.

Así, lo cultural sería una “forma de interrogarnos” sobre lo social. Visto desde esta perspectiva, se entiende mejor por qué pudo fetichizarse la mirada exclusivamente cultural : no es que se vea un todo al cual se le sustraen varias partes (lo cual implicaría miradas muy miopes), sino más bien que entre múltiples miradas posibles –alternativas entre sí, y que por tanto no suponen necesariamente para cada una el reconocimiento de las otras– se ha privilegiado sistemáticamente una sola en los últimos años.

El “olvido de lo social” –metáfora de aquel “olvido del ser” que Heidegger achacaba a la ciencia occidental y a la filosofía– no es casual ; y en todo caso, debe entenderse como el haber propuesto una mirada unívoca que se sostiene sobre la negación callada e implícita de otras varias miradas posibles.

Resulta decisivo salvaguardar –es cierto– una disección y un análisis de lo cultural que no disuelva su peculiaridad en lo económico o lo social en su conjunto ; pero también, según estamos advirtiendo, que no lo fetichice como si representara la única óptica válida que eclipsa a las demás.

Temas como los del poder político, la ideología, la economía y sus formas sociales de organizarse siguen siendo centrales para la sociedad, y aun para entender lo cultural en cuanto tal. Por ello, cabe que reivindiquemos el espacio de dichos temas, a los fines de que poner el acento en una mirada cultural no sea la base para que luego resultemos incapaces de comprender que se requiere una relación con lo social, lo económico y lo político.

Es que –en un análisis conceptualmente fuerte– debiera asumirse que en verdad las distinciones analíticas que se realizan en ciencias sociales entre lo económico, lo político, lo social y lo cultural, son distinciones funcionales al análisis, pero no propias del objeto en el plano de lo real. Es decir, la realidad social sólo puede entenderse –según el legado que viene desde el siglo XIX y comienzos del XX desde Marx y Weber– si se la conceptúa como síntesis en un solo movimiento de todas estas determinaciones.

Ello no implica que no puedan distinguirse los puntos de vista de cada disciplina social, pues los desarrollos especificados de cada una de ellas desaparecerían si se eclipsa dicha diferenciación. Pero debe tenerse siempre presente que la distinción se hace por razones de necesidad analítica, y no respondiendo a una condición objetiva de la realidad social. En estricto sentido, cabría pensar que debiera haber sólo una “ciencia de lo social”. Las diferenciaciones son analíticamente útiles, pero ontológicamente inexistentes. 

(1) La crisis desatada en Europa tras el desplome de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos quizás implique una reaparición de la izquierda política a mediano plazo, pero en lo inmediato sólo ha fortalecido a las derechas, como se advierte en Portugal, España e Italia.

(2) La visualidad como obstáculo en Bachelard (1979) ; la asunción de lo inmediato en la posmodernidad por vía de la sensibilidad y la apelación a la interpretación de corte cualitativo, en las obras de Vattimo (1995).

(3) Los “estudios culturales” (EC) se iniciaron en el campo del marxismo inglés en los años sesenta, pero sufrieron despolitización y asunción apologética de la cultura de masas, en su paso posterior por la academia estadounidense. Esta última versión tuvo peso en el derrotero de los EC latinoamericanos hacia la década neoliberal de los noventa (Néstor García Canclini y Jesús Martín-Barbero son los representantes principales de esta tendencia).

(4) Ver críticas como las de Mattelart (2004), Grüner (2002), Follari (2002) y Reynoso (2000).





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