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Lo que Chávez ha recordado a la izquierda

Par Renaud Lambert  |  29 mars 2013     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Fallecido el pasado 5 de marzo, el presidente de Venezuela inició el proceso que transforma Latinoamérica. Al volver a situar a las clases populares en un lugar preeminente, ha puesto a las izquierdas de mercado frente a sus contradicciones.

Elija a cualquier persona, al azar, y pregúntele si conoce el nombre del presidente uzbeko, del rey saudí o de la titular del Ejecutivo danés (tres líderes de países que pueden compararse con Venezuela en términos de superficie, población o riqueza). Es probable que no. ¿El de Hugo Chávez ? Es más probable que sí. Y seguramente lo habría identificado antes de que su muerte fuera anunciada en la “Primera plana” de los principales diarios del planeta y de que cincuenta y cinco delegaciones de jefes de Estado viajaran para rendirle homenaje.

Nada indicaba que el recorrido de Chávez lo llevaría a semejante notoriedad. Durante su primera campaña presidencial, en 1998, un analista venezolano afirmó : “Antes de las próximas elecciones, lo habremos olvidado” (1). En aquel momento, la candidata conservadora Irene Sáez ilustraba, a su manera, la atención que las elites del país brindaban a las reivindicaciones populares. Caracas había registrado, en menos de veinte años, la mayor contracción económica de la región, con una tasa de pobreza que subió del 17% a casi el 50%. Un contexto en el que el proyecto de Sáez –la continuidad– tenía dificultades para seducir al electorado. Había que reaccionar : la ex Miss Universo decidió hacerse un rodete.

La operación no tuvo el éxito esperado y Chávez ganó las elecciones. Para muchos, una sorpresa. Pero sin embargo...

En aquellos finales de la década de 1990, el color político de América Latina hacía pensar en un monocromo de Yves Klein. En México, Carlos Salinas (1988-1994) acaba de malvender más de ciento diez empresas públicas. En Brasil, Fernando Henrique Cardoso (1994-2002) extendía concienzudamente la alfombra roja a los capitales extranjeros. Y en la Argentina de Carlos Menem (1989-1999), el Fondo Monetario Internacional (FMI) encontró a un “buen alumno” deseoso de cumplir con todas sus expectativas.

La campaña presidencial venezolana apenas se iniciaba cuando crepitaban los flashes que inmortalizaron la segunda Cumbre de las Américas, celebrada los días 18 y 19 de abril en Santiago de Chile. Las imágenes muestran, junto al presidente Bill Clinton, los rostros radiantes de los líderes latinoamericanos, que habían decidido crear, antes de 2005, una zona de libre comercio desde Alaska hasta Tierra del Fuego (Área de Libre Comercio de las Américas, ALCA).

En Europa, trece de quince países eran gobernados “por la izquierda”. Pero la “gran noche” se hacía esperar. El socialista Lionel Jospin se imponía como el número uno francés de las privatizaciones ; el socialdemócrata alemán Gerhard Schröder implementaba “reformas” que lo convertirían en el ídolo de la derecha europea ; el laborista británico Anthony Blair promovía una “tercera vía” que lo elevaría, como señalara el ex titular del Gobierno español José María Aznar, al rango de “verdadero heredero” de Margaret Thatcher... (2)

Pero la rebelión rugía en América Latina, donde los buenos espíritus de la Escuela de Chicago trabajaban desde hacía tiempo. Empezando por Caracas, donde en 1989 un plan de ajuste estructural minuciosamente elaborado por el FMI provocó una serie de revueltas. La represión dejó más de tres mil muertos (el desde entonces célebre “Caracazo”). Tres años después, también en Venezuela, dos intentos de golpe de Estado sucesivos se proponían derrocar al Gobierno. Uno de ellos estaba encabezado por Chávez.

En Ecuador, Bolivia y el Chiapas mexicano, se producían una serie de levantamientos indígenas y populares que marcaron una fase de movilizaciones puntuales basadas en la idea de que sería imposible sacar a la democracia de su caparazón liberal. La única solución : “Cambiar el mundo sin tomar el poder”, para retomar el título del libro del intelectual John Holloway, publicado en 2002 (3). A riesgo de dejar el campo libre a la derecha.

Al principio, Chávez compartía algunas de estas dudas : “Sabíamos que la estrategia que apuntaba a tomar el camino electoral podría resultar catastrófica, que podíamos dejarnos enredar por la trampa del sistema” (4). La primera ruptura se produjo cuando su equipo comprueba que la exasperación de las clases medias respecto del “sistema” no sólo puede llevarlo al poder, sino que le permite obtener una reforma de la Constitución : la posibilidad de desbaratar las “trampas del sistema”.

Veinte años atrás, el chileno Salvador Allende también había roto con la estrategia de la lucha armada. Sin embargo, “la Democracia Cristiana conservaba un peso sustancial –recuerda la intelectual chilena Martha Harnecker–. No sólo entre los sectores de la clase media y alta, sino también entre los trabajadores y los campesinos. Esto explica en parte por qué la Unidad Popular –la coalición que apoyaba a Allende– nunca propuso ir hacia una Asamblea Constituyente”, contentándose con “utilizar la legislación vigente para hurgar entre los resquicios de la ley” (5).

Además, en Venezuela, el ex teniente coronel Chávez podía contar con el apoyo de gran parte de las Fuerzas Armadas, cuyos oficiales no siempre provienen de las clases sociales superiores (una excepción en la región). La “revolución” proclamada durante su elección respondía más a este contexto singular que a un proyecto político entonces relativamente tímido : una crítica del “capitalismo salvaje” inspirada, según el propio Chávez, en la tercera vía de Blair...

Por lo demás, el primer gobierno chavista mantuvo –brevemente– a Maritza Izaguirre en el cargo de ministra de Finanzas, cargo que también había ocupado en el equipo del neoliberal Rafael Caldera. En cuanto a su programa inicial, las más de las veces sólo se contentó con retomar algunos dispositivos que ya se habían implementado durante los años 1960 y 1970, en lo referente a educación o salud gratuita.

Sin embargo, como explica el académico Steve Ellner, los anteriores líderes progresistas habían emprendido esas reformas económicas y sociales “cuidándose bien de no dar a la población la sensación de convertirse en un actor político (lo cual podría haber llevado a una radicalización preocupante para las clases dominantes)” (6). Chávez adopta la estrategia opuesta.

La nueva Constitución, aprobada en 1999, establece que los programas sociales ya no sean lanzados desde las burocracias ministeriales, sino que su aplicación requiere de la participación activa de la población. Sin duda fue este proyecto –más que la ideología del presidente venezolano– el que exasperó a la elite, que muy rápidamente comprendió que cualquier repolitización del ideal democrático debilitaría su control del Estado y su manejo de la renta petrolera.

Los acontecimientos que siguieron son de conocimiento público : golpe de Estado, parálisis de la industria petrolera por parte de sus ejecutivos y técnicos, boicot electoral, etc. Además de ilustrar la intransigencia de una burguesía resuelta a rechazar la más mínima concesión, la actitud de la oposición tuvo como efecto paradójico estimular el proceso chavista. Como explica Gregory Wilpert, “cada nuevo intento –fallido– de la oposición de derrocar a Chávez terminó ampliando su margen de maniobra, permitiéndole aplicar políticas cada vez más audaces” (7).

Para los medios de comunicación, este desarrollo condujo a Chávez a encarnar la radicalidad política en el centro de la ola progresista que envuelve a América Latina durante la década de 2000 (8). Ahora bien, en opinión del ex presidente conservador uruguayo, Julio María Sanguinetti, este cambio político regional, más “rosa” que “rojo”, no representaría tanto una ruptura revolucionaria, sino más bien “un corrimiento laborioso, contradictorio, resignado, hacia el centro” (9). La carga subversiva de términos como “nacionalización”, “soberanía” o “antiimperialismo”, que Chávez volvió a poner de moda, reflejarían tanto su propia ambición como la lenta deriva ideológica de la izquierda.

No por ello deja de sorprender la mutación del líder bolivariano. Durante la campaña de 1998, el candidato multiplicaba reuniones con Citibank, JP Morgan y Morgan Stanley para disipar sus temores. Diez años después, aseguraba : “Nuestra batalla es una expresión de la lucha de clases” (discurso del 30 de noviembre de 2008).

Al día siguiente de su primera elección, el presidente electo había pasado la mañana en los estudios del canal de televisión del hombre más rico del país, Gustavo Cisneros, entusiasmando a los inversores : la Bolsa de Caracas había crecido un 40% en dos días. En junio de 2011, el Wall Street Journal reveló que lo que había pasado a avivar los mercados eran los problemas de salud de Chávez.

En 2001, las “Líneas Generales del Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación, 2001-2007” establecían la creación de “una clase empresarial emergente” y garantizar “un ambiente de confianza a la inversión extranjera en el país”. El documento resultaría obsoleto cuatro años después, cuando Chávez proclamaba que su país avanzaba hacia un “socialismo del siglo XXI”.

La mayoría de los líderes políticos realizan este recorrido en sentido inverso. A ello se debe, seguramente, que Venezuela llame tanto la atención (véase el recuadro de la página 25). En el mismo momento en que, en Francia, Jospin explicaba que “el Estado no lo puede todo”, Venezuela procedía a rehabilitarlo : exigió el control mayoritario de los proyectos de explotación de los recursos naturales (ámbito en el que encontrará émulos en toda América Latina), recuperó el control del Banco Central y la política monetaria... Y mientras que incluso La Habana empezaba a construir campos de golf para recibir a los turistas, Caracas expropiaba los suyos para alojar a los sin techo.

Reducción de la pobreza a la mitad desde 2003 y reducción del 70% de la indigencia ; dilución de las desigualdades (hoy es el país más igualitario de la región) ; surgimiento de una diplomacia fuerte que contribuirá al fracaso del proyecto ALCA y a la aparición de estructuras regionales basadas en el principio de solidaridad, como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de nuestra América (ALBA), o en la independencia respecto de Estados Unidos, ya sea la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) o la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC)...

Desde el apoyo a Argentina para pagar su deuda hasta la ayuda al sistema de salud boliviano, pronto Caracas “reemplaza al FMI como principal fuente de financiamiento en la región” (El Nuevo Herald, 1 de marzo de 2007). ¿Habrá que concluir, junto con Les Echos (7 de marzo de 2013) que Chávez “despilfarró” su renta petrolera, un maná que Venezuela no se limitó a disfrutar, sino que contribuyó activamente a inflar con la reactivación de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP) para favorecer un alza de las cotizaciones ?

Sin embargo, las miradas también se volvieron hacia Caracas para observar sus dificultades. Y son muchas.

En primer lugar, la imposibilidad de contar con el aparato estatal heredado del “antiguo régimen” o de reemplazar a sus funcionarios por cuadros leales lo suficientemente numerosos. Como observaba el gran sociólogo británico Ralph Miliband en la década de 1970, “los gobiernos que persiguen una transformación revolucionaria no pueden esperar razonablemente sacar provecho de la famosa ‘neutralidad’ de las elites administrativas, ni mucho menos contar con el apoyo dedicado y entusiasta que exigiría la aplicación de sus políticas” (10).

En segundo lugar, la estrategia resultante de este primer obstáculo y que apunta a construir un nuevo Estado, paralelo al primero y destinado a derrocarlo (“más adelante”). Según Michael Lebowitz, un asesor de Chávez, “hay dos Estados : primero, aquel donde sus trabajadores toman el control (es decir, el antiguo Estado), y a partir del cual comienzan a adoptarse medidas restrictivas contra el capital ; y luego, el nuevo Estado naciente, cuyas células de base son los comités de trabajadores y los consejos comunales (11). El punto de partida, por supuesto, es el antiguo Estado, y el paso al socialismo entendido como un sistema orgánico es un proceso de transición hacia lo nuevo. Pero esto quiere decir que ambos deben coexistir e interactuar a lo largo de todo este proceso” (12). Sin embargo, si bien el dispositivo permitió crear las famosas “misiones”, con el éxito que conocemos, también condujo a duplicar la burocracia, a alimentar la corrupción y a generar una nueva elite, la “boliburguesía”, a veces cercana a Chávez, y probablemente tan venal como la anterior.

El autoritarismo, también, de un presidente conocido por reprender a quienes formulaban críticas, recordándoles que “no le están hablando a cualquiera, sino al presidente” : una actitud que favorece la personalización del poder y contraria al proclamado ideal de “participación”. Si el fallecimiento del jefe de Estado venezolano implica una superación de esta dificultad (¿o su mutación ?), ¿qué sucede con la inseguridad (13), o las cuestionables alianzas (Bielorrusia, Irán, Libia, Siria, etc.), que sugieren que no habría ninguna paradoja en luchar contra las injusticias entre países junto a capitales que los perpetúan en sus territorios nacionales ?

Pero probablemente las principales dificultades sigan siendo de naturaleza económica. En particular la que consiste en intentar diversificar una economía que se alimenta por goteo de petróleo gracias a la renta del petróleo. Una pirueta que un observador venezolano compara con el intento de “cambiar una llanta mientras el coche está rodando” (Chicago Tribune, 15 de julio de 2005).

En 1973, el secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, justificaba en estos términos el golpe de Estado contra Allende : “Cuando tenemos que elegir entre economía y democracia, entonces nuestro deber es salvar la economía”. Los tanteos de Chávez lo llevaron en ocasiones a tomar la decisión contraria. ¿Realmente es algo para reprocharle ?

NOTAS :

(1) Citado en Bart Jones, ¡Hugo ! The Hugo Chávez Story from Mud Hut to Perpetual Revolution, Steerforth Press, Hanover (New Hampshire), 2007.

(2) Tom Burns Marañón, “Thatcher : consensus and circonstances”, FAES, Madrid, 12 de mayo de 2009.

(3) John Holloway, Cambiar el mundo sin tomar el poder : el sentido de la revolución hoy, El Viejo Topo, Barcelona, 2003.

(4) Citado en Bart Jones, op. cit.

(5) Martha Harnecker, Inventando para no errar : América Latina y el socialismo del siglo XXI, 2010.

(6) Steve Ellner, Rethinking Venezuelan Politics, Lynne Rienner Publishers, Boulder, 2008.

(7) Gregory Wilpert, Changing Venezuela by Taking Power, Verso, Londres, 2007.

(8) Véase William I. Robinson, “Las vías del socialismo latinoamericano”, Le Monde diplomatique en español, diciembre de 2011.

(9) Citado en Franck Gaudichaud, Le volcan latino-américain, París, Textuel, 2008.

(10) Ralph Miliband, L’Etat dans la société capitaliste, París, Maspero, 1979.

(11) Véase Renaud Lambert, “‘Revolución en la Revolución’”, Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2006.

(12) Michael Lebowitz, Socialist Alternative, Nueva York, Monthly Review Press, 2010.

(13) Véase Maurice Lemoine, “¿Arde Caracas ?”, Le Monde diplomatique en español, agosto de 2010.





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