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ENCUENTROS CON GENIOS DE LAS ARTES

María Casares, una vida de teatro

Par Ramón Chao  |  13 décembre 2013     →    Version imprimable de cet article Imprimer

El periodista y escritor Ramón Chao, a lo largo del tiempo ha conocido a numerosos creadores. En una serie de textos que estamos publicando desde hace más de un año, Ramón Chao va recordando cada mes para nuestros lectores algunos de sus encuentros con genios como la actriz María Casares (1922-1996), de quien nos habla esta vez.

Cuando a principios de 1970 me dio por escribir en la prensa, nadie podía ignorar (y yo menos) que en París residía nuestra actriz francesa nacida en Galicia, “tierra de lluvia, meigas y campesinos recelosos, católicos y profundamente paganos…”, apunta ella en sus Memorias (1). Sí, tendría que conocer a María Casares, pero la magnitud del personaje, su aureola universal me tenían apocado. Tanto más que en mi niñez, mi padre siempre me exponía un acertijo : “Los gallegos somos la gente más grande del mundo. Cuando damos una figura, en el terreno que sea, será siempre la mejor”. Y me descargaba la batería de preguntas : “¿Escritores ?” “Valle-Inclán”. “¿Actrices de teatro ?” “María Casares”. “¿Meretrices ?” Muy exquisito, mi padre. Yo ignoraba lo que pudieran ser María Casares o una meretriz. ¿Acaso futuras institutrices ? Pero me tenía amaestrado : “Nada menos que Carolina Otero”. “¿Y cabrones… ?” La respuesta quedaba en el aire ; atribuir el laurel a Franco, en la posguerra, podía costarle el paseíllo.

En 1978, la dirección de Triunfo me pidió que, con motivo del Festival de Otoño y su interpretación del Faust de Marlowe en el Espace Cardin, le hiciese una entrevista. No podía defraudarlos. De modo que me armé de valor, de un magnetófono y tras la función me planté como un solo hombre delante de su camerino.

En la puerta, escrito con tiza roja, se adivinaba : María Casares. Del interior salían risas destempladas que modulaban hacia la aspereza, el desabrimiento, y provocaban cierto desasosiego. ¡Se necesitan agallas para enfrentarse con Lady Macbeth, Fedra, Madre Coraje !, me alenté.

Se oye su voz. Toco a la puerta y me abre Dominique Marcas, su asistenta durante medio siglo. Detrás de unas volutas de cigarrillo descubro a una pequeña gran dama de ojos verdes. Bastó una sucinta presentación (“soy gallego”) para que se le iluminara el rostro y me agasajara con una mirada plena de sueños y recuerdos.

Desde entonces, nuestras relaciones ocurrieron siempre entre bambalinas : en el Espacio Cardin, en el Mathurins, o en el TNP (Théâtre National Populaire). Me hablaba en castellano con un acento gallego casi paródico. Aquella noche no paró de referirse a su padre, como si quisiera rehacer la Historia o inventarle una nueva línea de vida. Yo era joven, compañero de viaje del PC (Partido Comunista), y sobradamente impertinente para recordarle a su padre, con suma cautela, desde luego.

Primero le conté una anécdota que corría por Galicia en mi niñez : Casares Quiroga ejercía de abogado en A Coruña. Un día recibe a un lugareño, que gemía porque sus lindantes tenían unos árboles enormes que no dejaban pasar el sol, y las verduras de su huerto salían escuchimizadas. ¿Qué podía hacer ? “Pues su vecino tiene que cortar los árboles”. “¿Me lo puede escribir en un papel, señor ? Es para no olvidarlo y enseñárselo a él”. Así lo hace don Santiago, y el campesino añade : “¿Cuánto le debo, señor ?” “Nada, hombre, por tan poca cosa. Ya me invitará usted a un café”. “Pues ya los puede ir cortando, señor, porque los árboles son suyos”.

“Así somos los gallegos”, aprueba María. “Se dice que en una escalera no se sabe si subimos o bajamos, pero nosotros, los gallegos, sí que lo sabemos”. Y a cambio de mi anécdota, ella me contó otra : A Coruña rendía un homenaje popular a don Santiago, recién elegido alcalde de la capital. Estaban en el balcón del ayuntamiento y, premonitorio, don Santiago le dice : “¿Ves cómo me aclama la gente ? Pues no tardarán mucho en tirarme tomates”.

Así ocurrió : Casares Quiroga fue muy controvertido en su tierra. Por un lado, mi padre cacareaba diciendo que si el presidente de la II República, Juan Negrín, le hubiese hecho caso cuando el levantamiento de los generales, los sublevados hubieran sido aplastados : “¿Se levantó Sevilla ? ¡Qué arrasen Sevilla !”, decía mi padre que había ordenado Casares Quiroga. Por otro, pretendía que si Casares Quiroga no se hubiese negado a armar al pueblo, la guerra hubiera tenido otro final, pero el dandi y francmasón terrateniente coruñés tenía pánico a los motines.

“Eso es mentira”, exclama María con fastidio. “Mi padre quería armar al pueblo en las primeras horas del levantamiento y se vio forzado a dimitir. Las ‘razones de Estado’ lo redujeron al silencio, y su intimidad con Azaña le llevó a cargar para siempre con la imagen de la capitulación. Hay pocas biografías de él, no se le conoce bien...”

“¿Es cierto que defendía a sus clientes en octosílabos ante los tribunales ?” “Era completamente atípico. Creo que eso lo hizo una sola vez, para defender a un vinatero que no reparaba en aguar el vino”. “¿Recuerda esos versos, María ?” “Se comentaban en mi casa, pero yo era muy pequeña”. “Le prometo que la próxima vez que nos veamos se los traigo escritos”. Yo estaba seguro de encontrarlos en los círculos españoles francmasones de París. Entre ellos conocía, por jugar juntos al futbol, a Javier Alvajar, uno de los iniciados. “¡Me encantaría !”

Hablamos luego de las relaciones de Casares con Valle-Inclán, y del rechazo de María a las propuestas que le hicieron para regresar a Galicia. El poeta Anxo Fernán Bello la había guiado por los caminos de nuestra tierra, persuadido de que la convencería para que se instalara allí. “¿A quién se le podía ocurrir ? Mientras viviese Franco ni pensarlo. Además, tenía varias casas en A Coruña, y me confiscaron todas. ¿No iba a dormir en un hotel, verdad ?”

Cuando estalló la guerra civil, don Santiago ejercía de soldado raso en el frente de Guadarrama, y lo emplazaron perentoriamente. Se acabó la vida fácil. María aprende que su España es un país trágico, picaresco y libertino, donde se convive con el sentimiento de la muerte.

No era difícil para su padre encontrarle un trabajo de ayuda humanitaria en el Hospital Oftálmico de Madrid, adaptado a los heridos del frente. La niña les mudaba la ropa, les ayudaba a comer, los custodiaba y los veía morir entre espasmos y gritos de dolor. Como su salud parecía resentirse ante el espectáculo del sufrimiento humano y sus desvanecimientos empezaban a repetirse con frecuencia, don Santiago dispuso que ella y su madre se trasladaran, primero a Barcelona, y de allí a Francia.

Cuando llegan a París, María apenas tiene catorce años y solo entiende un puñado de palabras en francés. “Seguro que llegamos el 20 de noviembre de 1936, porque al día siguiente, por mi cumpleaños, me llevaron a ver la Torre Eiffel y el Sena”.

Ya estaba aprendiendo dos lecciones esenciales : que se puede ser un personaje importante en su país sin contar para nada al cruzar la frontera, y que toda vida va siempre acompañada de muertes.

“Este viaje no me traumatizó mucho ; cuando me llevaron de Galicia a Madrid lo pasé peor, porque era más pequeña. En cambio, de Madrid a Francia fue una aventura. Aún no tenía catorce años, estábamos en plena guerra y todo esto suponía un reto para mí, que me pasé la vida apostando. A falta de tierra propia, hallaría una tan grande como el vasto mundo : el escenario, donde se puede inventar toda clase de vidas, y los muertos regresan para saludar.”

En París, se instalan en un pisito en el l48 de la calle Vaugirard, donde empiezan a “vivir en sociedad”. En una de estas reuniones con amigos y conocidos, le da por recitar un romance castellano ante el asombro de los presentes, entre los cuales se encontraba la societaria de la Comédie Française y discípula de Sarah Bernhardt, Colonna Romano, quien la animó a entrar en la Comédie Française. Poco más tarde ocurre algo semejante ; en esta ocasión es nada menos que André Antoine quien la escucha en unos versos de Verlaine. Para él, la niña estaba destinada al teatro. Sin duda, pero al cabo de tres meses la suspenden en el concurso de entrada en el Conservatorio por su acento francés deplorable.

No es que pretendiera convertirse en una de las damas de la escena, encorsetadas y fachendosas, aunque después de su fracaso inicial había formulado un desafío : llegar a las más altas cimas del teatro, sin creérselo ni jactarse. Es difícil eludir la palabra suerte -aunque ella misma se definía como un ser profundamente afortunado-, pero al final caigo en ese tópico para explicar cómo un conjunto de circunstancias la izó a la fama.

En 1942, al salir del Conservatorio donde estudiara con Béatrix Dussane, María se impone como una de las grandes actrices de su generación. Gozaba de gran fama, cada vez se solicitaban más sus servicios artísticos, y se la veía en los locales más emblemáticos de la orilla izquierda, colgada del brazo de Marcel Camus, el hombre que poseía “esa inteligencia ante la cual uno se volvía inteligente”. Vivieron un amor complicado, complejo y destructor. Olivier Todd, autor de una biografía del escritor, lo califica de “peligroso”, porque “nos obliga a cuestionar muchas de nuestras convicciones”. “Cuando se vivía tan intensamente como él, la vida podía convertirse en algo insoportable. Guerra y paz solía llamar Camus a ese amor entre nosotros”, evocará María después. Comprometido políticamente con la resistencia, Albert Camus la guiará, y en alguna ocasión le solicitará una colaboración que ella nunca rehusó.

La vida de María Casares estuvo siempre asediada por la tuberculosis. Su padre era tuberculoso, tuberculoso su primer y breve amor y tuberculoso también Albert Camus. Pero si Casares Quiroga había hecho de su enfermedad una cómplice, para Camus era una enemiga.

Por su interpretación de las obras de Camus, (El malentendido en 1944, Estado de sitio en 1948 y Los justos en 1951), María ganó la consagración y los elogios pasmosos del gran escritor y crítico Claude Roy : “Esa voz que siempre parece que se va a quebrar, a romperse de emoción. Ese cuerpo que actúa, tiembla, vibra, y siempre tan armonioso, tan puro… Una gran actriz de tragedia”.

Al mismo tiempo inicia una carrera prestigiosa en el cine, bajo la dirección de Marcel Carné (Les enfants du paradis, 1945), Robert Bresson (Les dames du bois de Boulogne, 1945) y Jean Cocteau (Orphée, 1950 y Le testament d’Orphée, 1960).

El 15 de abril de 1966, el teatro de la Comédie Française estrena la obra de Jean Genet Les paravents, evocación de la recién terminada guerra con Argelia. En la obra se encadenan violencias, torturas, vejaciones, siempre a cargo del Ejército francés contra el pueblo argelino.

Al cabo de dos semanas de representaciones sin incidentes, grupos de cabezas rapadas, paracaidistas y partidarios de la “Algérie française” armados de metralletas, porras y tuercas, invaden el teatro Odeón, suben al escenario en plena representación e invitan a María Casares, el principal personaje (la madre) a irse “a tomar por saco” (fouttre le camp). Cae el telón, dejando a los actores entre bambalinas, y a María, sola, frente a los asaltantes. Lejos de huir, ella les planta cara. Mira fijamente a los más cercanos, elige a uno de ellos para asustar a los demás, camina hacia él, y todos desalojan el escenario. Los sigue intimidando por el patio de butacas, con una sola mirada, hasta la calle. Media hora después se reanuda el espectáculo. Al final fuimos a verla todos los asistentes, la felicitamos, la abrazamos…“Son unos cobardes. Se atreven cuando están en grupo ; si los aíslas huyen horrorizados. Cuanto más fanfarrones más corren…”

En 1976 se representó en España El adefesio, de Rafael Alberti. La hija de Casares Quiroga no restablecía la República, pero aportaba un signo de libertad. Lo cierto es que todas las expectativas de este adefesio no cuajaron. Después de este fracaso, María solicita en 1978 la nacionalidad francesa, que obtiene sin abandonar la española, aunque los vínculos que la unían a su país se distienden, rechazando ella las ofertas de volver a actuar en él. “Pero acepté que le pusiesen mi nombre a varios locales gallegos, y que un premio teatral en Galicia se llame María Casares”.

 Aquel día me preguntó si conocía a Antonio Saura, por el que sentía una profunda admiración. “En estos momentos está en Cuba”, le dije. “Pero en cuanto regrese te lo presento. Y de paso te traigo el alegato de tu padre”. Aprovechando que en 1991 nos encontrábamos en Niza, fuimos Saura y yo al Festival de Aviñón, donde María actuaba en las Comedias bárbaras de Valle-Inclán, dirigidas por Jorge Lavelli. El encuentro fue sumamente cordial. Concertaron que Antonio le dibujaría la portada de un disco que ella estaba preparando con la poesía mística de Juan de la Cruz. Yo le entregué el alegato que su padre había pronunciado en A Coruña.

“Acusan al bodeguero/ Mi cliente virtuoso/ De componer con esmero / Vino aguado milagroso.

Es práctica muy cristiana / Y que se debe ensalzar/ Ofrendar bebida sana / A quien se acerque al altar.

Por tan excelsa razón / Ruego que sea clemente / Con mi piadoso cliente / Y le dé la absolución”

“Seguro que el buen hombre ganó”, concluyó María satisfecha, orgullosa de su padre.

No nos volvimos a ver. Cada vez aparecía menos en los actos culturales y en los escenarios. Antonio Saura la llamó repetidas veces, en vano. Fuimos sabiendo que, víctima de un cáncer de colon, sufría mucho, pero no aceptaba morfina que le durmiera los sentidos. Quería sentir su cuerpo, como Nietzsche, quien cultivaba una úlcera de estómago para confirmar que estaba vivo. “Me gustaría morir lentamente, en estado de alerta para no verme frustrada de mi muerte”, dejó escrito en sus Memorias. El destino no accedió a sus ambiciones. Se quedó en un sueño cuando había celebrado 74 años. Exactamente sesenta después de su llegada a París. No cometió nada de qué perdonarle, María Casares ; pero en cualquier caso diremos como Petrarca : “Un bel morir tutta la vita onora”.

Tuvieron que pasar años para que sus compatriotas, paisanos, amigos, empiecen a rendirle justicia. Distinguida con la Legión de Honor, comandante de las Artes y Letras, guardó la nacionalidad española hasta el final.

NOTAS :

(1) María Casares, Residente privilegiada, Argos Vergara, 1981.





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