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ENCUENTROS CON GENIOS DE LAS LETRAS

Miguel Ángel Asturias, el lamento maya

Par Ramón Chao  |  1er juin 2015     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Periodista y escritor, Ramón Chao es autor de varias novelas inolvidables. Fue también, en París donde reside, director de Radio France Internationale y corresponsal del mítico semanario Triunfo. A lo largo de esas experiencias conoció a numerosos creadores. En una serie de textos, Ramón Chao va recordando cada mes, para nuestros lectores, algunos de sus encuentros con personalidades excepcionales como el escritor guatemalteco Miguel

Conocí a Miguel Ángel Asturias en 1966. Julio César Méndez Montenegro, recién elegido presidente de Guatemala, lo había nombrado embajador en Francia. Para ello, el presidente hubo de firmar un pacto secreto con el Ejército, condición que ponía el Alto Mando militar. A Asturias le criticaban las izquierdas, en particular su hijo Rodrigo Asturias, comandante guerrillero e integrante de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG). Rodrigo Asturias había adoptado el pseudónimo de Gaspar Ilom, nombre que llevaba un indígena rebelde en Hombres de maíz, la novela de su padre. La URNG fue una organización guerrillera que se opuso a los gobiernos militares de la década de 1980 durante la guerra civil guatemalteca. Tras la firma de los acuerdos de paz, en 1996, la URNG se convirtió en un partido político.

Le criticaban también las derechas. Asturias se interesaba demasiado por la suerte de los indios. Había obtenido el doctorado en Derecho con una tesis sobre “El Problema social del Indio” y participado, en 1920, en una rebelión contra Manuel Estrada Cabrera. En El señor presidente, una de sus novelas más famosas, describe la vida bajo la dictadura despiadada de ese presidente. Todo esto lo llevó al exilio, vivido sobre todo en América del Sur y en Europa.

En Francia, Asturias vivió unos diez años. Ahí recibió las enseñanzas del profesor Georges Reynaud y frecuentó los círculos literarios de Montparnasse con el influjo del surrealismo. Con Raynaud estudió Lingüística y Antropología maya. Él le proporcionó el texto del Popol Vuh, el libro sagrado de los indios quichés que habitaban en la zona de Guatemala, para que hiciera una nueva versión al castellano. Lo hizo junto con Hurtado de Mendoza : “Primero se formaron la tierra, las montañas y los valles ; se dividieron las corrientes de agua, los arroyos se fueron corriendo libremente entre los cerros, y las aguas quedaron separadas cuando aparecieron las altas montañas.

Así fue la creación de la tierra, cuando fue formada por el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra, que así son llamados los que primero la fecundaron, cuando el cielo estaba en suspenso y la tierra se hallaba sumergida dentro del agua.

De esta manera se perfeccionó la obra, cuando la ejecutaron después de pensar y meditar sobre su feliz terminación. Luego hicieron a los animales pequeños del monte, los guardianes de todos los bosques, los genios de la montaña, los venados, los pájaros, leones, tigres, serpientes, culebras, cantiles [víboras], guardianes de los bejucos. Y estando terminada la creación de todos los cuadrúpedos y las aves, les fue dicho a los cuadrúpedos y pájaros por el Creador y el Formador y los Progenitores : ’Hablad, gritad, gorjead, llamad, hablad cada uno según vuestra especie, según la variedad de cada uno’. Así les fue dicho a los venados, los pájaros, leones, tigres y serpientes.

Pero no se pudo conseguir que hablaran como los hombres ; sólo chillaban, cacareaban y gramaban ; no se manifestó la forma de su lenguaje, y cada uno gritaba de manera diferente.

Cuando el Creador y el Formador vieron que no era posible que hablaran, se dijeron entre sí : ’No ha sido posible que ellos digan nuestro nombre, el de nosotros, sus creadores y formadores. Esto no está bien’, dijeron entre sí los Progenitores. Entonces se les dijo : ’Seréis cambiados porque no se ha conseguido que habléis. Hemos cambiado de parecer : vuestro alimento, vuestra pastura, vuestra habitación y vuestros nidos los tendréis, serán los barrancos y los bosques, porque no se ha podido lograr que nos adoréis ni nos invoquéis. Todavía hay quienes nos adoren, haremos otros [seres] que sean obedientes. Vosotros aceptad vuestro destino : vuestras carnes serán trituradas. Así será. Esta será vuestra suerte’. Así dijeron cuando hicieron saber su voluntad a los animales pequeños y grandes que hay sobre la faz de la tierra”.

¡Y pensar que este relato data de al menos dos siglos antes de llegada de los Testamentos !

Lo antedicho, así como la amistad de Miguel Ángel Asturias con el poeta francés Paul Eluard, y el contacto con el Ulises de James Joyce, hicieron inevitable la concesión del Nobel. Además, se consideraba el precursor del boom hispanoamericano por su experimentación con estructuras y recursos formales propios de la narrativa del siglo XX. En París recibió la noticia de la atribución del Premio Nobel de Literatura en 1967.

Acudí como periodista a la recepción que le dieron, donde también estaba el cineasta español José María Berzosa. En aquel momento cuajó la idea de asistir a la entrega del Nobel para realizar un reportaje destinado a la televisión francesa. Berzosa sería el realizador y yo el encargado de las entrevistas y del guión. Asturias no sólo lo aceptó, sino que nos invitó a que viajáramos a Estocolmo en el mismo tren que le llevase a él y a su comitiva, a su secretario personal Pascal y a su esposa Blanca. Berzosa y yo iríamos en el departamento contiguo. Ocupamos casi dos vagones del tren París-Estocolmo.Una maravilla : cochecama, agua fría y caliente y comida en el restaurante, que ni Thomas Cook. Al divisar Elseneur y el castillo de Hamlet se oye un ruido estrepitoso, como si hubiese descarrilado un convoy. En medio del alboroto se eleva la voz sabia del impávido Nobel : “Something is rotten in the state of Denmark” (“Algo está podrido en el Estado de Dinamarca”), de Shakespeare y Hamlet. Las calles de Estocolmo estaban sucias de publicidad de los plátanos Chiquita, nombre que adoptó la United Fruit Company para ocultar la matanza en la estación de Ciénaga, cuyo recuerdo constituye el capítulo central de Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez.

Nos alojaron a todos en el Hotel Central, el mejor de la capital, donde instalan siempre a los galardonados. Allí reunió a la prensa. Minutos antes de comenzar, el dichoso Pascal reparte el discurso que su amo habría de pronunciar por la noche. Empezaba así : “Magestad” (sic). Me levanto y me dirijo a Pascal : “Dígale a su embajador que “Majestad”, aunque se pronuncie igual, no se escribe con g, sino con jota : Majestad, como exigía Juan Ramón Jiménez. El recadero recupera lo que había distribuido. Regresa a los dos minutos con la dedicatoria corregida por la mano de Asturias. Le había puesto un título : “Mi voz en el umbral”. Nos lee un fragmento a modo de ensayo para la sesión real de la tarde : “Majestad (corregido) : Cataclismos que engendraron una geografía de locura, traumas tan espantosos como el de la Conquista, no son antecedentes para una literatura de componenda y por eso nuestras novelas aparecen a los ojos de los europeos como ilógicas o desorbitadas. No es el tremendismo por el tremendismo. Es que fue tremendo lo que nos pasó. Continentes hundidos en el mar, razas castradas al surgir a la vida independiente, y la fragmentación del Nuevo Mundo. Como antecedentes de una literatura, ya son trágicos. Y es de allí que hemos tenido que sacar no al hombre derrotado, sino al hombre esperanzado, ese ser ciego que ambula por nuestros cantos. Somos gentes de mundos que nada tienen que ver con el ordenado desenvolverse de las contiendas europeas a dimensión humana, las nuestras fueron en los siglos pasados a dimensión de catástrofes (…)”.

Y en esta tesitura proseguía, sin citar para nada a los depredadores yanquis ; como si todas las desgracias del Nuevo Continente provinieran de los conquistadores ; como si él no hubiera escrito la trilogía formada por Viento fuerte, El Papa verde y Los ojos de los enterrados. Yo estaba soliviantado. Dos veces me levanté blandiendo las cuartillas, y en ambas ocasiones José María Berzosa consiguió apaciguarme. A la tercera, aproveché una crisis de asma de mi amigo para preguntar con la mayor candidez posible : “Señor Asturias, creo que falta alguna página en su discurso, porque no contiene ni una alusión a la United Fruit.” Tumulto general : los sesenta periodistas consultan los textos, preguntan unos a otros si los tenían completos, Asturias imperturbable y aturdido. Pero allí se encontraba Blanquita, Blanca Mora y Araújo, baluarte contra los ataques literarios o políticos que sufriera su marido. Vino hacia mí como un basilisco lanzando improperios : “¡Se nota que es usted un español colonialista. Desde que llegó está poniendo trabas, que si con ge o con jota, y ahora que si faltan páginas. Pues no, señor ; no falta nada y tendrá que tragarse este precioso discurso !”

Un año después, en 1968, acudí, como todos los años, al Festival del Libro de Nancy, donde un jurado prestigioso otorgaba el Águila de Oro, galardón de reconocida importancia. Presidía el jurado Miguel Ángel Asturias, y el premio se atribuyó al norteamericano Edmund Wilson. Cuando Asturias bajó de la tarima me acerqué a él, grabadora en ristre. Le recordé, no sin cierta aprensión, lo que me había declarado en Estocolmo : “Señor Asturias ; hace unos meses, cuando le dieron el Nobel en Estocolmo, usted me dijo que había propuesto a García Márquez para el premio del año siguiente. Supongo que hoy habrá votado por él”. “No, chico, porque se ha demostrado... Corren por ahí unas octavillas con la prueba de que Cien años de soledad es un plagio de La Búsqueda del infinito de Balzac. El argumento es parecido, la búsqueda de la piedra filosofal…Era imposible que ganara el premio.”

Volví a París sin darme cuenta de lo que llevaba grabado. Lo comenté con algunas personas, sin darle más importancia. Hasta que caí con un amigo, el escritor cubano Severo Sarduy : “Oye, chico, –me dice– ¡ahí tienes una bomba ! ¡Publícalo cuanto antes !” Lo envié al semanario Triunfo con muy mala conciencia, pues presentía las consecuencias que podrían acarrear a un hombre mayor y escritor apreciable. No me equivocaba. Desde las dos orillas, llovieron las críticas contra Asturias ; la Academia Brasileña de letras, Carlos Fuentes y otros escritores lo trataban de “envidioso” e incluso de “viejo chocho” ; en España, Gustavo Fabra le incriminaba en el diario Informaciones haberse inspirado más él en el Tirano Banderas de Valle Inclán para su Señor Presidente.

Sin pensarlo demasiado, en una entrevista concedida al diario de Oviedo La Nueva España, Asturias rectificaba de esta manera lo que yo había escrito : “Yo no hablé de plagio. Verá : Terminado el jurado del premio del Águila de Oro, se me acercó el famoso periodista Ramón Chao. Le dije que había dos candidatos, el americano Edmond Wilson y García Márquez. Pero, en el dossier de éste, figuraba una denuncia de un tal Cona García, que al parecer señalaba grandes similitudes entre los libros de García Márquez y de Balzac.” Desorientada por estas dos versiones discordantes, la dirección de Triunfo me pidió que le enviase la grabación. Así lo hice, y la reprodujeron al pie de la letra. Y fue peor para él : “Últimamente –decía textualmente Asturias–, aparecieron denuncias sobre la semejanza entre Cien años de soledad y La búsqueda del infinito. Semejanzas que ya fueron denunciadas en América y también en un coloquio celebrado el año pasado en Berlín. Esto me lleva a pensar que habrá que estudiar y reestudiar el tema, y yo creo que sería conveniente que un crítico tomara los dos libros, fuese objetivo y estableciera en qué medida Gabriel García Márquez copió a Honorato de Balzac.”

 Vino García Márquez a París para conocerme y que le diese una copia de las cintas. Lo hice así y de paso le pregunté por el supuesto “plagio” : “Mira Ramón. Todos los cuentos de Cien años de soledad los sé por mi abuela, que era gallega. Me los contaba por la noche. De modo que si plagié a alguien, fué a mi abuela.”

Los biógrafos de Miguel Ángel Asturias coinciden en señalar que este incidente le apenó por el resto de sus días. Pasó sus últimos años en Madrid, donde murió a la edad de 74 años. Fue enterrado en París, en el cementerio del Père Lachaise. Una escultura maya revela el lugar de su tumba. Yo me quedé largo tiempo con remordimientos.





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