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Literatura

Mircea Cartarescu : satánico deseo de libertad

Par José de María Romero Barea  |  30 septembre 2017     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956) es, al menos, dos personas : el ser humano devastado por el dolor, el zombi, el muerto en vida ; el escritor, la estrella de la nueva literatura rumana, el candidato a Premio Nobel, la imagen en palabras de sí mismo, la huella. Estos dos hombres trenzan la historia de su literatura : el primero rastrea al segundo (y viceversa) para encontrase. Para encontrarnos. Su obra es una historia de detectives con la catástrofe en los talones. Su objeto, la salvación de uno mismo ; su corazón emocional, la pérdida y el silencio.

Leer a Cartarescu es habitar el mundo de los dobles, los paralelos, los laberintos, las sombras y las máscaras, las muertes dentro de las muertes, las historias dentro de otras historias, como una caja china de revelaciones. El autor rumano es, sin duda, uno de los creadores de mayor (y más oscura) lucidez en la historia de la literatura, un fenómeno que, como esa palabra que uno siempre tiene en la punta de la lengua, atrae y al mismo tiempo rechaza la búsqueda de lo que es y significa. ¿Cómo llegar a la literatura de Cartarescu, en esa zona liminal entre claridad y oscuridad envolventes ?

Nostalgia

El rumano no es un autor realista. En sus novelas se habita un mundo de ilusión. Predomina en ellas el conocimiento autorreferencial. En sus cuentos, la historia que estamos leyendo la escribe el narrador : la forma y el intelecto se encierran en un relato de corte gótico, donde hierven la delincuencia y la culpa. Se ocupan lo mismo de las esencias (el travesti, el pecador, el asesino) que de las existencias (el poeta desterrado, el hermano desaparecido, el autoexiliado). A veces, el andamiaje del libro asoma a través de su superficie, como uno de esos edificios posmodernos en el que los interiores están en el exterior. A veces, los ecos y las reverberaciones demasiado insistentes nos hacen sentir incómodos.

La traducción de Nostalgia, su novela de 1989, al castellano nos presenta a un escritor que tiene su lugar en una constelación que incluye a Jorge Luis Borges, Bruno Schulz, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Milan Kundera, y Milorad Pavic, por mencionar solo unos pocos. Aunque cada uno de sus cinco capítulos es independiente y puede ser leído como tal, están regidos por una armonía temática, diríase que hipnótica, que es la misma que se encuentra en los juegos infantiles y la creación mitológica. Todo ello y por extraño que parezca, con el trasfondo de los bloques de vivienda deteriorados de una apocalíptica Bucarest durante los años de dictadura comunista del pasado siglo.

Este viaje, de índole surrealista, lo hacemos en gran parte a través de los ojos de niños o adolescentes, que experimentan ese choque entre realidad y ficción que caracteriza a los mejores relatos de la colección. El capítulo “El Ruletista”, que actúa a modo de prólogo de la colección, no solo es solo la historia de un hombre que se gana la vida jugando a la ruleta rusa, sino la crónica de una transformación : “El Ruletista no es un sueño, no es la alucinación de un cerebro escleroso ni tampoco una coartada”.

La sección “Nostalgia” consta, a su vez de tres capítulos/cuentos que inaugura “El Mendébil” y en el que se relata la venida de un Mesías-niño. La redención tiene lugar en un bloque de apartamentos, donde viven el protagonista del relato y el narrador, que recuerda su infancia en su antiguo barrio, y sus aventuras con un niño al que apodaban El Mendébil, “sus ojos perfilados por ese pellejito negro, como si tuvieran rímel, su figura ambigua, firme y dulce al mismo tiempo”. El relato contiene muchos de los rasgos que vendrán a caracterizar la ficción posterior de Cartarescu : un estilo sin adornos, diligente, con impulso narrativo ; cambios tonales bruscos ; complejos engranajes que incluyen la realidad cotidiana y la pesadilla ; un mundo que se parece al real, pero en el que la agitación interior de la psique está en la cuerda floja.

Los personajes del cuento “Los gemelos”, segundo de la serie, se aíslan por voluntad propia. Historia de amor surrealista y obsesivo entre dos adolescentes, al comienzo de la historia, uno de los personajes, no sabemos si hombre o mujer, se viste y se maquilla para salir. A través de los ojos del narrador, asistimos a la miríada de impresiones que pasan por su mente : “Abrió el botiquín, colgado en la pared opuesta a la bañera. Cogió el tubo de Meprobamar, le quitó el tapón y lo vació en la palma de la mano. Había unas veinte pastillas, exactamente las que necesitaba”.

La sección “Nostalgia” se cierra con el capítulo/cuento “REM”. En él, asistimos al descubrimiento de la realidad por parte de la protagonista : “Estiro mis patas transparentes en la habitación. Tiemblo de deseo, de esperanza. Acecho en la ventana y luego, ágilmente, salto hacia la puerta”. La protagonista, una vidente integral sin interés por la realidad, languidece en la oscuridad, aplastada por un trabajo burocrático sin salida e, igualmente, por un padre tiránico. Escrito bajo el hechizo de Kafka, con crudas escenas de violencia, la inocente fe de su protagonista en la justicia la deja dolorosamente en manos de la explotación.

Las historias ahistóricas de Cartarescu son obras modernistas, pero el suyo es un modernismo transmitido desde los márgenes culturales. Rumanas en lenguaje y cultura, universales en su enfoque, el mayor peligro para la obra sería un exceso de análisis. Con Cartarescu la respuesta individual es todo, y esta respuesta, de conformidad con Nabokov, se altera de forma significativa en cada relectura. La oscura lucidez de Cartarescu nos asegura que sus historias seguirán siendo fértiles tras muchas lecturas.

Lulu

Emparejamientos y ecos. Las vidas de los (al menos) dos hombres que son Mircea Cartarescu se reflejan la una a la otra en su desintegración y sus reparaciones cotidianas, donde ambos mueren y vuelven a la vida. Ambas entidades sienten la culpa y la necesidad de hacer penitencia ; ambas buscan la salvación a través del arte. Parte de la magia de Lulu (1994), consiste en recrear un país de los sueños donde estos dobles negativos se convierten en algo positivo. Así, esta novela corta se convierte en la crónica de un sueño imposible en el que podemos seguir siendo niños y al mismo tiempo (jugar a) ser adultos.

La adolescencia entraña una doble negación : no se nos permite ser niños y aún no somos adultos. Víctor, su protagonista, es la imagen más salvaje, más autoindulgente y destructiva de Cartarescu : “Me levanté de la cama y corrí al espejo de encima del lavabo porque los ojos se me habían inundado de lágrimas y quería verme llorar. Sabía que Baudelaire solía hacerlo. Me vi pequeño, moreno, con la cara delgada y sin pizca de espiritualidad en la mirada. Empañé mi imagen con el aliento y escribí sobre el espejo, con el dedo, tal y como escribía cada día, como en un diario sin memoria : DESAPARECE”.

Como apunta en el prólogo el escritor, editor y crítico literario Carlos Pardo (Madrid, 1975), Lulu es, sobre todo, retrato del artista adolescente, estudio subjetivo del “crecimiento de la mente de un poeta”, en palabras de Wordsworth. En ella, Cartarescu esboza una teoría entusiasta de unicidad con el universo en el que nuestro nacimiento es olvido y la literatura un medio para recuperar esta unión : “Encerrado en esta minúscula habitación, arranco este texto de la carne de mi mente como si me extirpara yo solo, ante el espejo, un tumor monstruoso. (…) No corto un tumor, sino un órgano vital, como si el texto fuera mi verdadera vida y yo mismo, tan solo una ilusión”.

Lulu está escrito en una prosa íntima, cercana. La ficción, en algunos pasajes, se hace consciente de sí misma, es búsqueda del paso secreto hacia la madurez que se describe en los libros. La novela no es solo ficción, sino predicción : “Para los treinta años tenía que ser todo o nada. El precio era –lo sabía y rumiaba esa idea durante horas y horas– la monstruosidad. Era Leverkühn, era el enano de Lovecraft, era Roderick Usher, el que enterró a su hermana en una cámara oscura, debajo de la escalera”. Al mismo tiempo, Lulu revela la paranoia mórbida de un tiempo de silencio. Un ambiente hostil lleva al narrador a bucear dentro de su imaginación : “Orientalismos, marihuana, música rock, todo el cóctel penetraba lentamente entre nosotros, tiñendo de colores vivos la maravillosa indiferencia de la juventud. ¿A quién le importaban la Unión de Jóvenes Comunistas, la televisión y los periódicos ?”.

El ojo castaño de nuestro amor

Los relatos de Cartarescu narran las historias que los propios personajes promulgan, como si hubieran conformado sus destinos en el arte antes de experimentar la vida. Las referencias literarias inundan el texto. Chateaubriand se cierne sobre ellos, con su autobiografía fantasmal. La crítica literaria se convierte en un personaje más, junto a la pedagogía. En El ojo castaño de nuestro amor, el poeta, narrador y crítico literario rumano consigue codificar la memoria, la sátira, la fantasía y la especulación cuasi mística. Sus narraciones modernistas renuncian a la trama en favor de las ideas, el estilo, y, en este caso, los múltiples puntos de vista, todos ellos alucinados, de la contemporaneidad.

Epigramas y retruécanos golpean a diestro y siniestro al lector, que se abandona con placer a una tunda de imágenes e ideas completamente originales y contundentes. En “Un escritor”, por ejemplo, el autor de Lulu se pregunta : “¿Por qué las inmensas bibliotecas de Occidente descansan sobre los hombros de dos hombres que no dejaron escritos a su paso, Sócrates y Jesús ?”. En el relato que da título a la colección, que podría aplicarse a cualquiera de los gobiernos corruptos y las corporaciones sin escrúpulos que existen, se cuenta : “En sus recursos por ministerios y bufetes de abogados aparecieron unos personajes que les aconsejaron callar. Sus desesperadas cartas a las autoridades que gobernaban entonces el país no obtuvieron respuesta. A Victoras se lo tragó la tierra miserable de unos tiempos terribles”.

Los cuentos “La época del nes” y “La ruina de una utopía” promulgan la empatía. Sus protagonistas son, por una parte, un drogadicto cuya comprensión de la realidad es totalmente lógica, pero aterradoramente tenue, y por otra, un lector que, de lleno en su lectura, no tiene ni idea de lo que está pasando (“El drama de mi vida empezó después, cuando en vez del Libro me vi obligado a vivir la realidad”). La conspiración, la paranoia y la búsqueda del enemigo perfecto se cuentan entre sus temas recurrentes. No es de extrañar en un escritor de la clase trabajadora de Bucarest que alcanzó la mayoría de edad en el apogeo de la dictadura de Nicolae Ceaucescu y su omnipresente agencia de inteligencia, la Securitate : “El mundo parecía estancado en lo sórdido y lo previsible. El comunismo era la realidad. Todo lo demás eran fantasmagorías de película americana”. (“Los años robados”).

Las epifanías tienen lugar, casi invariablemente, en el hogar familiar, lo que permite al autor de Las Bellas Extranjeras esbozar una teoría de la unicidad. Tras de sus fantasías delirantes, de sus largos pasajes cuasi-ininteligibles, los cuentos de El ojo… regresan a tierra firme para esbozar los efectos de una (mala) educación en Bucarest y sus (d)efectos (de)formativos. La enfermedad y la soledad nos repliegan en nosotros mismos. La memoria, sin embargo, puede ayudarnos a construir mundos. A partir de ese pasado –que se extiende hacia atrás para abarcar toda la historia humana– Cartarescu logra un puñado de relatos de intensidad visionaria.

Satánico deseo de libertad

Todos los libros de Cartarescu han sido editados en castellano por la editorial Impedimenta. El rumano nos lleva a través de todos sus juegos y sus dispositivos estructurales, en tentadoras páginas de engañosa lucidez. El autor al que aludíamos es un personaje más entregado a la brillantez, la manipulación y la rabia. Tanto su presencia como su ausencia proyectan su sombra sobre su producción. El ser humano, su alter ego, nunca ha logrado un éxito literario, pero escribe sus memorias tan rápido como puede, antes de morir. El placer domina el meticuloso artificio de una obra que, en lugar de amortiguar las emociones, las controla.

Un satánico deseo de libertad, una desesperada necesidad de conocer, son el motor de una ficción primitiva pero vital. Terminada la lectura, nuestras suposiciones se reúnen a nuestro alrededor de manera extrañamente satisfactoria, logrando paradójicamente una autenticidad intensamente sentida. Aún resuenan en nuestros oídos las revelaciones, cuando las últimas palabras parpadean, antes de desaparecer. Las voces de los dos posibles Cartarescu se fusionan en una sola, y la narración regresa a la primera persona a través de la segunda y tercera. El autor (el ser humano) aparecen de nuevo, para hablarnos en silencio.





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