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UNA ETNIA NO CIVILIZADA PUEDE DESTRUIR EL PLANETA

Nefastas costumbres de los “Hucheros”

Par Gustavo Duch  |  29 janvier 2015     →    Version imprimable de cet article Imprimer

El autor recogió información de una revista especializada en antropología, donde Marta Soler Montiel y David Pérez Neira hacen conjeturas acerca de por qué la población de una remota y poco conocida etnia padece tres desórdenes patológicos que acaban afectando muy intensamente a su modo de vida y podrían destruir nuestro planeta.

Tres sesgos fundamentales –el antropocentrismo, el etnocentrismo y el androcentrismo– influyen en la comprensión cultural y en la organización material de los sectores agrario y alimentario de una extraña y exótica etnia. El primero de estos trastornos parece ser una mutación genética ligada al cromosoma Y, que hace que se mantenga una estructura social patriarcal muy rígida, tanto que por lo que cuenta el artículo de Marta Soler Montiel y David Pérez Neira (1), se podría decir sin exagerar que dicha sociedad parece un pelotón del ejército donde sólo los machos valientes y sexualmente heteronormativos disfrutan de todos los privilegios. Privilegios que están presentes en todos sus escenarios de vida, en sus hogares, en el campo, en las escuelas... Llegando a darse situaciones de maltratato y explotación a las mujeres de su etnia de forma muy habitual.

Los varones adultos son los propietarios de las tierras y son ellos los que, al atardecer, se encuentran en las plazas de sus aldeas para comercializar las cosechas producidas. En cambio, las tareas que han asignado a las mujeres, como el cuidado del hogar, de la familia o de los pequeños huertos, son actividades que en su sociedad quedan invisibles y marginadas. Como explica el artículo, el predominio de esa masculinidad mal entendida es responsable de la conformación de una sociedad tan obsesionada por producir cuanto más mejor, que desprecia todo lo que garantice la reproducción de sus propias vidas. Por ello, no extraña que sus territorios estén ocupados por enormes plantaciones de monocultivos, donde en ocasiones se encuentran a niñas y niños trabajando explotados al servicio de los hombres dominantes.

Parece ser, y esta es su segunda patología, que la mayoría de los miembros de su comunidad –y la totalidad de sus mandatarios– nacen con una deformación en el nervio óptico que les altera el campo visual y les hace ver que todo gira a su alrededor, que ellos están en el centro de todo. No afirman que el Sol, los planetas y las estrellas giran alrededor de la Tierra, como se creía antiguamente, sino que están convencidos de que el universo, el Sol, los planetas y las estrellas giran alrededor de ellos mismos. No es que crean que son los elegidos de la creación, como tantas religiones han instruido a sus creyentes, es que se tienen a ellos mismos por dioses poseedores de poderes mágicos ; se sienten sobrenaturales, sí, literalmente, por encima de la naturaleza, a la que maltratan sin ninguna consideración.

Es tan grande su desprecio por los que no son como ellos y tan grande su obsesión productivista que cuando ven a los otros seres sólo vislumbran cómo sacarles provecho. Por ejemplo, cuando ven un vaca, sólo ven sus ubres. Y cuando ven un cerdo, ¡ay ! cuando ven un cerdo, sólo ven su aprovechamiento total de tal manera que lo confunden con una hucha a la que idolatran como su divinidad. De ahí deriva su nombre, los hucheros, pues el dios al que adoran es el cerdito-hucha y lo sirven engordándolo con monedas hasta el acto ritual de su sacrificio. Cuenta el texto que en cuanto nacen sus hijos les regalan un cerdito-hucha que colocan en su mesita de noche para que les proteja y guíe por el buen camino de la sagrada acumulación.

Como cualquier sociedad humana, practican cantos y plegarias a su dios. Arrodillados frente a él, rezan por el milagro del engorde perpetuo. Según una hipótesis del artículo, tal vez, esta misma deformación óptica es la que les hace creer que viven en un mundo plano e infinito, y sin conciencia de planeta esférico y finito, viven en esa enajenación que les llevará a su segura desaparición.

A la creencia del engorde ilimitado del cerdo divino, sus gobernantes –cultos en eufemismos– le llaman con mucho estilo “generar riqueza” o “la lógica del crecimiento” ; en sus banderas exhiben un “plus ultra” como lema y en las escuelas de negocios enseñan que hay que “comerse el mundo”. Sí, sí, como estamos viendo, los hucheros son una de las pocas etnias que aún practica el canibalismo : comerse el mundo, comerse a sí mismos.

Como decíamos antes, con esa deformación en la mirada, todo lo que ve esta comunidad no-civilizada lo interpreta como mercancías que se pueden vender, lo que les lleva a practicar una agricultura sin lógica alguna. A diferencia de cualquier cultura civilizada, los hucheros no orientan la agricultura hacia la satisfacción de una sana y suficiente alimentación para su población, sino que la dirigen –desde despachos– a los mercados donde más rendimiento económico les pueda ofrecer. Así se observa que en muchos de sus territorios, se padece hambre crónica, a pesar de tener buenas cosechas, que viajan hacia otros lugares donde en cambio, predomina el sobrepeso y gran parte de lo recibido lo acaban despilfarrando. En lugar de gestionar con medida los recursos marinos, pescan mucho, tanto que sus mares están agotados. De hecho, los conflictos que entre ellos se dan tienen su origen en quién puede controlar la producción. Por eso, tanto en el pasado como en la actualidad, entre los hucheros se desatan guerras para apropiarse de la tierra fértil.

Por último, patológicamente hablando, nos queda explicar lo que los oftalmólogos han clasificado como una “degeneración progresiva de las células de la retina que viene a provocarles un pseudodaltonismo adquirido”. Así que a medida que van creciendo, las niñas y niños hucheros, van confundiendo los colores de tal manera que sólo lo blanco les parece que tenga valor. Desprecian, con esos ojos enfermizos, al resto de seres humanos que no sean de su “civilización”, que no convivan en su cultura huchera. Hay grupos de paleontología que, analizando su ADN, afirman que esta etnia es descendiente directa de Colón y otros conquistadores, y no nos debe extrañar, pues así se comportan. Los “otros”, dicen los hucheros, son salvajes e inferiores y están para servirnos. Los “otros” son las mujeres marroquíes que, bajo plásticos y fumigaciones, cosechan los tomates que ellos comerán todo el año ; los “otros” son quienes, cual golondrinas, descansan sobre las vallas que ellos han instalado rodeando su perímetro, impidiendo, con balas de goma o golpes de porra, sus migraciones ; los “otros” son los pescadores de Somalia y Kenia que ahora pasan hambre porque allí los hucheros tienen los barcos pesqueros más potentes del mundo procesando lo que será, junto a todas las recetas de cerdo engordado, uno de sus alimentos estrella : la lata de atún.

Su pseudodaltonismo, como dicen los especialistas, les lleva también a un desprecio interior. Se aborrece todo lo que no sea sus propios modos de vida. Son consumistas, urbanitas, lo urbano “mola” ; mientras que lo rural, lo campesino, lo popular es para ellos detestable. Su manera de hablar les delata. En las películas de buenos y malos que transmiten constantemente por sus cadenas de televisión, los malos son los villanos, es decir, quienes viven en las villas, fuera de las ciudades. Al campesinado, su diccionario, lo define como “persona burda, sin conocimientos”. E incluso desde pequeños, en las escuelas de primaria, al alumnado le obligan a respetar y memorizar las normas de urbanidad, diciendo sin decir, que la ruralidad es abominable.

Sin valorar a quienes producen alimentos, no pagan los alimentos como corresponde. Censurando las dietas tradicionales, han ido modificando su metabolismo digestivo y hoy, los hucheros, como fenómeno nunca visto de la evolución, se han convertido en los primeros especímenes capaces de vivir a base de comer el plástico y el petróleo que les venden en establecimientos uniformes a los que llaman grandes superficies. Los filósofos opinan de ellos que tienen un carácter frío, artificial, metálico, porque, claro, son lo que comen.

Han ido tan lejos que casi han acabado con la cultura campesina. Quizás, porque si ésta busca el equilibrio y la estabilidad, atenta contra su ensoñación del crecimiento perpetuo. Quizás, porque es el miedo a su capacidad de encontrar autonomía lo que que les lleva a arrinconar esa forma de vivir.

Pero no caen en la cuenta de que así, generando pobreza y hambre en el mundo, han hecho que su propia población viva en una burbuja falsa, vulnerable, peligrosa. Su hipertrofia androcéntrica, antropocéntrica y etnocéntrica, no sólo es responsable de una crisis global en su planeta, sino que es la gran limitación que les impide abordar los retos a los que se enfrentan.

Pues sí, al final todo es un problema de cosmovisión. Una visión, una cultura de la acumulación que daña a la propia vida y que impide a la etnia humana urbana mirar con ojos sanos a quien cuida y cultiva la vida.

NOTAS :

(1) Marta Soler Montiel y David Pérez Neira, “Por una recampesinización ecofeminista ; superando los tres sesgos de la mirada occidental”, Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, FUHEM, Madrid, 2013.





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