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Obama II

Par Ignacio Ramonet  |  11 de octubre de 2012     →    Versión para imprimir de este documento imprimir

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Tres elecciones decisivas se celebran en las próximas semanas cuyo resultado dibujará el nuevo rostro del mundo. La primera es la del 7 de octubre en Venezuela. Si –como lo prevén los sondeos– gana Hugo Chávez, será una gran victoria para todo el campo progresista en América Latina, y la garantía de que los cambios continuarán.

La segunda, a mediados de este mes, tiene lugar en el marco del XVIII Congreso del Partido Comunista de China, donde con casi toda seguridad, Xi Jinping será elegido nuevo secretario general del Partido, en sustitución de Hu Jintao, primer paso hacia su probable elección, dentro de unos meses, como próximo presidente de China y, en consecuencia, líder de la segunda economía mundial, de la principal potencia emergente y rival estratégico de Washington.

La tercera, el 6 de noviembre, decidirá el mantenimiento del demócrata Barack Obama en la presidencia de Estados Unidos o su sustitución por el republicano Mitt Romney. Aunque está demostrado que un cambio de mandatario no afecta demasiado al poder financiero (que es quien decide en última instancia), ni modifica las opciones estratégicas fundamentales de la potencia estadounidense, no cabe duda de que estas elecciones, en el contexto internacional actual, resultan determinantes.

A priori, Barack Obama salía con pocas esperanzas de renovar su mandato. Pero el asesinato de diplomáticos estadounidenses en Libia y los ataques contra la embajada estadounidense en Egipto el pasado 11 de septiembre –justo once años después de los atentados contra el World Trade Center en 2001– han hecho entrar de repente los temas de la política exterior en la campaña electoral. ¿Podría esto favorecer la reelección de Obama?

Ningún candidato ha ganado jamás basándose en un proyecto (o un balance) de política exterior. Sin embargo, se puede afirmar que esos trágicos sucesos recientes no han desfavorecido a Obama en la medida en que, por contraste, su rival republicano Mitt Romney dio, en esa ocasión, una imagen de político superficial e irresponsable. Muy alejada, en todo caso, de la imagen que la opinión pública tiene de un verdadero hombre de Estado.

Si añadimos a eso el efecto devastador que provocó, días después, la difusión de un vídeo “clandestino” en el cual Romney declara con desprecio que la mitad del país –los electores de Obama– se compone de “víctimas”, de “perdedores” y de “asistidos”, podemos afirmar que el presidente saliente recobra, a pocas semanas del escrutinio, posibilidades de ganar.

No era evidente. Porque, habiendo prometido mucho durante su campaña de 2008, Barack Obama decepcionó en igual proporción. Él mismo admitió haber vendido demasiados ­sueños. Y su popularidad se despeñó ­desde muy alto. Tanto que cabe preguntarse ¿cómo un hombre que atrajo a dos millones de personas el día de su toma de posesión en Washington en enero de 2009, y que tiene más de trece millones de seguidores en Twitter, ha podido perder tan brutalmente su magia?

Intelectualmente brillante, el primer presidente negro de Estados Unidos no ha conseguido transformar su país. El dinero sigue dominando la vida política, las instituciones siguen paralizadas por los bizantinismos del Congreso, la economía sigue renqueando, y la hegemonía planetaria de Washington está más cuestionada que nunca.

También es cierto que, al llegar a la Casa Blanca, el nuevo presidente se vio enfrentado a una crisis financiera, industrial y social de una gravedad ­sólo comparable con la Gran Depresión. El país había perdido ocho millones de empleos… Sin embargo Obama dio la impresión de no darse cuenta que el navío se hundía. Siguió con su ­papel de Gran Embaucador de la campaña electoral. No vio venir el naufragio. Y falló durante la primera parte de su mandato.

Tenía que haberse apoyado en su gran popularidad para atacar –inmediatamente– los excesos irracionales de las finanzas y de la banca. Restableciendo la prioridad de la política sobre la economía. No lo hizo. Y su presidencia arrancó sobre una base errada.

Obama debió también utilizar el apoyo de la nación para golpear de inmediato al Partido Republicano y ampliar el frente de las reformas. Debió dirigirse directamente al pueblo para presionar al Congreso. Y obligarle a votar las leyes sociales y fiscales que hubiesen permitido reconstruir el Estado de bienestar y restablecer la felicidad social. Tampoco lo hizo. Escogió la prudencia. Y fue otro error.

No cabe duda que sus reformas de la sanidad y de las reglas de Wall Street han sido importantes. Pero las obtuvo muy rebajadas. La ley sobre la reforma de la sanidad se elaboró de modo muy conservador, y la consecuencia es que millones de estadounidenses han tenido que recurrir al sector privado de los seguros de salud. La reforma de las regulaciones del mercado financiero tampoco ha tenido un alcance suficiente para poner fin a las peores costumbres del sector especulativo y bancario. En fin, la Casa Blanca no promovió suficientemente el Employee Free Choice Act que hubiese garantizado a los trabajadores la posibilidad de crear más sindicatos.

Pero además, Obama había prometido cambiar el modo de funcionamiento de la vida política estadounidense, en particular en el Congreso. Igual que hizo Franklin D. Roosevelt en los años 1930, Obama debió movilizar al pueblo y utilizarlo como un arma en su combate legislativo. Tampoco lo hizo. Y acabó por parecerse a las momias políticas de Washington que tanto había criticado. Y que los ciudadanos detestan. Consecuencia: fueron los republicanos quienes se dirigieron directamente al pueblo…

En principio, los demócratas disponían de todo lo necesario para gobernar. Controlaban los poderes ejecutivo y legislativo: la presidencia, la mayoría en la Cámara de los Representantes y la mayoría en el Senado. Normalmente, el control de esas dos palancas esenciales basta para dirigir un país. Pero ya no en nuestras sociedades post-democráticas. 

En realidad, a pesar de su legitimidad democrática, Obama y el Partido Demócrata, sólo disponían de una baza. Cuando hoy se necesitan al menos tres para gobernar. Le faltaban pues dos más: los grandes medios de comunicación de masas (los republicanos tienen la cadena Fox) y un poderoso movimiento popular surgido de la calle (los republicanos tienen el Tea Party). Obama y los demócratas no tenían ni los unos, ni el otro. Y constataron su impotencia…

De tal modo que –algo insólito– se vieron desbordados por la derecha en pleno periodo de crisis económica y social… La derecha estadounidense tuvo el monopolio de las manifestaciones en la calle, de las luchas contra el Gobierno y hasta de la batalla de las ideas… Consecuencia: en las elecciones de medio mandato, en noviembre de 2010, los demócratas perdieron la mayoría en la Cámara de representantes.

Hubo que esperar a los albores de la campaña electoral para que Obama entendiese por fin que debía salir del lodazal politiquero de Washington y apoyarse en una estrategia orientada hacia los movimientos populares. En Denver, en octubre de 2011 –por primera vez desde que llegó a la Casa Blanca–, Obama movilizó directamente a su base popular lanzándole una llamada de socorro: “Os necesito. Necesito que protestéis. Necesito que os movilicéis. Necesito que seáis activos. Necesito que os dirijáis al Congreso para gritarle: ‘¡Haced vuestra tarea!’”.

Esta nueva estrategia resultó eficaz. Los parlamentarios republicanos tuvieron de repente que ponerse a la defensiva. Un nuevo Obama más atacante y en plena progresión en los sondeos empezó a emerger. Y hasta tuvo nuevas audacias: se declaró en favor del matrimonio entre personas del mismo sexo, y en favor de otra política hacia los inmigrantes que pusiera fin a las expulsiones indiscriminadas de los sin papeles. Su popularidad aumentaba.

Entre tanto, los republicanos elegían para representarlos en la carrera a la Casa Blanca al multimillonario Mitt Romney. Este concentró inmediatamente sus críticas contra Obama denunciando el “balance catastrófico del mandato” del presidente: 23 millones de parados o precarios; un déficit presupuestario nunca visto en Estados Unidos; y una deuda nacional en aumento del 50% en cuatro años y equivalente al PIB estadounidense.

Romney confiaba en unas encuestas según las cuales el 54% de los electores declaraban que Obama no merecía un segundo mandato; y un 52% estimaban que vivían “peor hoy que hace cuatro años”.

El candidato republicano no paraba de repetir eso a lo largo de su campaña. Olvidándose de señalar que los sondeos también decían que el propio Romney no conseguía convencer a los electores de su sinceridad y de su interés por la gente. Las encuestas también revelaban que una mayoría de estadounidenses estaba de acuerdo con Obama sobre casi todos los grandes problemas: desde la reforma de la sanidad hasta la política fiscal. En cualquier caso, pensaban que Barack Obama los defendería mejor que Mitt Romney.

Este tuvo entonces la idea de designar al muy conservador Paul Ryan –presidente de la ­Comisión del presupuesto de la Cámara de Representantes– ­como candidato a la vicepresidencia. Cosa que estimuló a Obama porque, a partir de ese momento, decidió invertir los papeles habituales de una campaña presidencial. Se plantó en opositor ofensivo en vez de defender su balance. Ya no fue él quien se justificó por sus dificultades para relanzar la economía, sino que obligó a los republicanos a explicar su impopular plan de recortes del presupuesto nacional, su promesa de “reducción de los impuestos de los millonarios” y de supresión de las ayudas a las familas modestas. De ese modo, Obama se transformaba en campeón de las clases medias, segmento principal de la población estadounidense y por consiguiente del electorado.

Hecho significativo, en su discurso del 6 de septiembre pasado ante la Convención demócrata, el presidente no defendió su balance, excepto en política exterior. Recordó la muerte de Osama Ben Laden, la retirada militar de Irak y su decisión de retirar las tropas también de Afganistán.

Habría mucho que decir sobre el balance de su política exterior que es globalmente muy decepcionante. Tanto en América Latina (Cuba, Venezuela, golpes de Estado en Honduras y Paraguay, etc.) como en Oriente Próximo (primaveras árabes, Libia, Siria, Irán, Palestina…). Pero, ya lo hemos dicho, el resultado de la elección no lo determinará la política exterior.

Todo se jugará sobre las cuestiones económicas y sociales. Y éstas, en los últimos meses, han mejorado netamente. El crecimiento, por ejemplo, vuelve a ser positivo (+0,4% de media por trimestre). La situación del empleo ha mejorado mucho (un millón de empleos creados en los últimos seis ­meses). Salvada de la quiebra gracias al Estado, la General Motors ha recuperado el primer puesto (en vez de Toyota) en la lista de los principales fabricantes de automóviles del mundo. La construcción de viviendas también va mejor. La Bolsa ha progresado más de un 50% desde 2009. Y el consumo de los hogares vuelve a estar en alza.

¿Será esta reciente mejoría suficiente para garantizar la reelección de Barack Obama?





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