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Otro « populismo » es posible

Par Christophe Ventura  |  15 de septiembre de 2015     →    Versión para imprimir de este documento imprimir

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Abordar el tema del « populismo » es una acción arriesgada pero no por eso menos estimulante. Arriesgada porque quién lo hace se expone a una descalificación violenta y definitiva por parte del sistema político y de los aparatos mediáticos e intelectuales establecidos. Estos últimos ya ganaron, de hecho, la batalla del vocablo « populismo ».

La « elitocracia » política, intelectual y mediática pro-sistema ha conseguido reducir esta idea a una sola palabra, utilizada como proyectil para desacreditar cualquier proyecto político que busque conseguir lo que Chantal Mouffe [1] llama la « radicalización de la democracia ». El término « radicalización » tiene aquí varios significados. En primer lugar, se trata de concebir la vida democrática como un proceso social e institucional concreto que tiene por función la mediación y la resolución de antagonismos y diferendos, mediante una conflictualización pluralista asumida por la sociedad. Se trata también de facilitar la ampliación de las fronteras y del perímetro de intervención de la democracia frente a los agentes económicos y financieros, y de reponer el « demos » al centro del proceso de decisión, sobretodo en el Estado, con el fin de proponer un método y una herramienta de acción colectivos para resolver pacíficamente la crisis del sistema-mundo.

Para los administradores y beneficiarios de los intereses capitalistas y financieros que ocupan nuestras instituciones, nuestros medios de comunicación y nuestras administraciones, se trata de destruír a sus adversarios « populistas » rebajándolos al estatuto de alquimistas de las bajas pasiones del populacho. Demagogia, manipulación de las masas y de las mentalidades, irresponsabilidad, peligrosidad anti-democrática son las palabras claves asociadas al « populismo ». Esta visión se corresponde con la idea que se hacen nuestras élites secesionistas del rol que debe jugar el pueblo en la organización de la sociedad. Su proyecto « post-política » - es el de una democracia sin conflictos, sin pueblo, administrada por una aristocracia de hecho, que ya no necesita ser legitimada ni por Dios ni por su sangre, sino por su posición de « intermediario-experto » entre el mundo complejo de la mundialización y de la economía y la población « de los de abajo ». Estos (los de abajo) sobreviven a los piés de los montes globalizados, confinados en un territorio desde el cual nunca percibirán la cima, allí donde todavía se despliegan, se protegen y se reproducen los poderes reales.

Los nuevos profetas de los índices e indicadores, de la balanza bursátil, de la « cadena de valor » capitalista, del rigor presupuestario y salarial, de la « competitividad país » que fijan y controlan el nivel tolerable de compatibilidad entre la vida democrática y social y la acumulación sin fin de riquezas de una minoría - cada vez más concentrada y que se apropia de nuestras riquezas - son sólo los felices vasallos de los poderes financieros.

La ONG internacional Oxfam divulgó que desde comienzos de los 1990, los ingresos del 1% de los individuos más ricos en el mundo, es decir unos 60 millones de personas, aumentaron de 60% e indicó que « con la crisis financiera [de 2008] el proceso se había acelerado ». Este fenómeno de hiper-acumulación fué todavia mas rápido para el 0,01% de los más ricos : 600 000 individuos, entre los que se cuentan los 1200 multimillonarios identificados en el mundo (los 100 primeros ganaron 240 mil millones de dólares suplementarios en 2012), controlan « suficiente como para terminar cuatro veces con nuestro nivel de pobreza en el mundo ». En 2014, Oxfam precisó más su cálculo : ochenta y cinco individuos en el mundo poseen tanto como la mitad de los más pobres del planeta.

Considerando que « las desigualdades extremas corrompen la política y frenan el crecimiento económico » y que estas « desigualdades económicas extremas se han disparado estos últimos treinta años en el mundo, hasta transformarse en uno de los más grandes desafíos económicos, sociales y políticos de nuestra época », la organización reveló lo inpensable : « desde la crisis financiera, el número de multimillonarios se multiplicó por más de dos y alcanza ahora a 1 645 personas ».

Los poderes globalizados delegan a los saduceos de la « elitocracia » el control político, económico, ideológico, intelectual y cultural de los territorios y de sus ocupantes, para que ningún « freno democrático » logre afectar el buen funcionamiento del sistema global, puesto que es a nivel de las « unidades pais » de este sistema que puede destabilizarse la arquitectura de los poderes. La unidad « país » es el talón de Aquiles del sistema globalizado, su «polvorín» potencial. El « país » es un campo de fuerzas en el cual las clases dominantes no controlan, aún cuando dominan el terreno, todos los parámetros e ecuaciones que determinan las energías populares y sus fluctuaciones. Saben bien que si un país - sobre todo si se trata de una unidad central en el dispositivo – rompe con la cadena de consensos, esto podría interrumpir la fluidez y la armonía de la mecánica de acumulación mundial. Saben también que una ruptura así atrae inevitablemente a otros elementos a una dinámica de insumisión, como lo ha demostrado el escenario latinoamericano de los años 2000.

La actual victoria política e ideológica de la « elitocracia » contra el « populismo » se debe entender a través de este prisma. Está desgraciadamente favorecida por el hecho de que en los países del centro del poder europeo, las fuerzas « populistas » que se han desarrollado estos últimos años para expresar la indignación de las categorías más directamente dañadas por la asfixiante austeridad organizada desde el 2008, son de derecha y nacionalistas. Esto juega a favor de los dominantes, que las utilizan como frenos y cortafuegos para defender al sistema, sobre todo asustando a las clases medias con el riesgo de « desórden », concepto que podría ser traducido por « puesta en cuestión de los privilegios de los dominantes ».

En Europa, la hegemonía de un « populismo » de derecha al interior de los « populismos » no se puede negar, aún cuando algunas fuerzas progresistas nacidas de situaciones « populistas » han gobernado a la izquierda (Syriza en Grecia) o ganen posiciones de poder (Podemos en España). Las fuerzas « populistas » de derecha - siendo el Frente nacional el modelo más acabado- han conseguido reconstruír un pueblo con un discurso mobilizador de tipo « quieren lo poco que poseemos, pero no lo tendrán ». Este discurso busca, con éxito, mobilizar a unas categorías contra otras (en particular los inmigrados y los pobres) en período de penuria de trabajo y de recursos del Estado. Un poco de social, sí, pero en pequeñas cantidades y reservadas sólo a los ciudadanos nacionales. Propone también la elección de dirigentes íntegros al servicio del fortalecimiento de la « unidad nacional » dentro de la competencia internacional, manteniendo la explotación de los trabajadores, pero sólo por patrones nacionales.

Este es, en substancia, el proyecto de sociedad que proponen los « populismos » de derecha. También profesan una radicalización, pero aquí se trata de la radicalización del sistema. En suma, cada uno con los suyos y todos contra todos. Este discurso llama además a la defensa de identidades tradicionales (la cristiandad, la tierra, la comunidad étnica, etc.) que él se encarga de mantener - con el fin de reunir a las categorías que forman su publico - contra la « elitocracia ».

Sin embargo, otro tipo de « populismo » y otras identidades colectivas son posibles. Perder el miedo impuesto por los que fijan las reglas del juego y dictan las palabras para la batalla intelectual permite darse cuenta que la noción de « populismo » es antes que nada la expresión de una nueva disposición para la política. El « populismo » no es en sí ni de derecha ni de izquierda a priori, ni reaccionario ni progresista. Se fija cuando redefine y reorganiza las fronteras y las diferencias políticas anteriores, gastadas y pervertidas por el consenso y la práctica de los partidos instalados en el centro del dispositivo del poder.

El « populismo » es en sí un proceso de regeneración de lo político en tanto que espacio de construcción y de resolución de los antagonismos que se expresan en una sociedad. Mobiliza y forja identidades colectivas partiendo de demandas sociales al comienzo heterogéneas, no tomadas en cuenta ni por los partidos, los sindicatos, las empresas, las instituciones ni por el Estado, que pueden cuajar y llegar a construír una voluntad común entre grupos sociales e individuos de distintos y alejados orígenes, pero que todos, por una o otra razón, rechazan el órden establecido y la opresión que éste impone.

Deformando el famoso epigrama del geógrafo anarquista Elisée Reclus (1830-1905) « el hombre es la naturaleza tomando conciencia de sí misma » podríamos afirmar que « el populismo es la política retomando conciencia de si misma ». El « populismo » traduce un estado de tensión en la organización de la sociedad. Es la expresión de « murmullos » de las poblaciones subalternas. Revela una situación de difusión en todos los niveles de la sociedad del descontento provocado por el bloqueo de los canales tradicionales por los cuales deberían transitar normalmente las demandas y las exigencias ante las instituciones. El « populismo » no es un proyecto político como tal, y no podría serlo. Es un proceso de mobilización mediante el cual se reconstruye en el órden político una ciudadanía de intervención refractaria al mundo tal como es.

Desde este punto de vista, el « populismo » debe ser un desafío para todo actor político. La profundización de la crisis de la mundialización y el refuerzo armado de la austeridad como mecanismo de extracción de la riqueza de nuestras sociedades que favorece el enriquecimiento de los « hiper ricos », estimularán en el futuro el desarrollo de corrientes « populistas » surgidas en la periferia en contra de las fuerzas centrales de los sistemas políticos.

La importancia y la combinación de fenómenos como la indiferencia del Estado y de las instituciones ante las demandas sociales y políticas sectoriales, la corrupción política - es decir de fusión del dinero y de la clase política que anula la autonomía de la política -, la degradación de los cuerpos sociales intermediarios, las desigualdades y el empobrecimiento al interior de cada sociedad, determinarán, en escenarios siempre únicos, la orientación política que tomarán esos fenómenos.

Reaccionarios o favorables a las mayorías y a la justicia ? Los brotes populistas serán objeto de una ruda « batalla de orientación » entre las fuerzas procedentes del órden anterior. En esta secuencia que se abre antes nuestros ojos, la izquierda de transformación organizada, nacida de la tradición obrera y del socialismo de los siglos 19 y 20, no será más el espacio central en el cual cristalizará armónicamente la multiplicidad de demandas sociales y politícas del mundo futuro. Las generaciones de izquierda criadas en la época de las conquistas obtenidas con la construcción del Estado social, no deberían cometer el error fatal de denigrar al « populismo » y de desconocer su naturaleza y su potencial en las luchas futuras por orientar las mutaciones que se preparan en nuestra sociedad. Por su parte, las generaciones contestatarias nacidas ya en la era del « populismo » están huérfanas de victorias y no tienen un proyecto de transformación sistemático. No han tenido tampoco ninguna experiencia sensorial del progreso en materia de derechos sociales en la sociedad. Sin embargo, ellas tendrán la responsabilidad de gestionar los desafíos más grandes que la humanidad haya tenido que enfrentar : el cambio climático (que provocará fenómenos de enormes migraciones humanas y animales), la escasez de recursos para sostener nuestro modelo destructor de desarrollo productivista, el trabajo en un mundo cada vez más informatizado y robotizado, etc.

A la izquierda le cae la responsabilidad de no renunciar a la construcción de un pueblo emancipado y de fecundar al « populismo » que viene con sus mejores tradiciones. Entre ellas, la defensa y la promoción de la soberanía popular será el objeto de una lucha singular. Esta está hoy en día literalmente desmantelada puesto que la mayoría de las cuestiones económicas y monetarias que determinan la vida concreta cotidiana de los individuos se tratan fuera de su espacio et de toda deliberación colectiva.

En el fondo, en una economía globalizada, ocuparse de la soberanía popular puede ser útil para dos proyectos antagónicos. Puesta al servicio de las fuerzas del órden establecido – y de su guardián de la extrema derecha-, podrá ser una técnica de deshumanización [2] de la sociedad para que pueda surgir un proyecto autoritario que estimulará la competencia en el seno de la población. Se tratará entonces de dividirla para disciplinarla mejor en la lucha global contra las demás « unidades país » del sistema.

Al servicio de un proyecto y de un discurso que busca construír un país mejor – y no sólo administrar éste donde vivimos – fundado sobre principios en los cuales la justicia social y la inclusión de los sectores subalternos en los asuntos del Estado, quien debe trabajar para redistribuir la riqueza, son los motores de la prosperidad -, la soberanía popular se transforma en una técnica de humanización de la sociedad, de la economía y del mundo.

Si la cuestión de la soberanía popular no se limita ella misma, puede encontrarse con la cuestión del Estado. Liberando totalmente las actividades del capital y la extensión permanente de los sectores « comercializados » (transportes, alimentación, salud, educación, medio ambiente, etc.) de la vida social, los Estados han lanzado una doble dinámica de pérdida progresiva del control de sus instrumentos de conducción de la economía (moneda, control de capitales, fiscalidad etc.) y de regulación colectiva de las sociedades (trabajo, cohésion social, industrialización, educación etc.). En el camino, habrán minado su propia legitimidad política y moral, como también su poderío, abandonando al mercado una gran parte de los servicios que prestaban a las poblaciones y renunciando a los medios de acción que les permitían garantizar y desarrollar sus recursos.

Relocalizar estos temas en la esfera de la soberanía política [3] puesta al servicio de la justicia y de la prosperidad, puede constituír una hoja de ruta para un « populismo » de izquierda. En nuestro pais (Francia), uno sobre cinco niños (es decir más de tres millones de individuos), vive, según la UNICEF [4], por debajo del índice de pobreza. Treinta mil no tienen una casa y 140.000 abandonan el sistema escolar cada año. La pobreza de los niños materializa el laboratorio humano que crea poco a poco la crisis del sistema e ilustra el trato que piensa dar a las futuras generaciones para perpetuarse.

Así todo, hay que constatar que en Francia los tiempos no son propicios para un « populismo » de izquierda. La hegemonía la tienen la derecha y el Frente nacional ; este último supo captar la energía « populista » y encarnar la doble función « populista », de derecha (« entre nosotros, y todos contra todos ») y la de izquierda (« solidarios, pero entre nosotros » según su interpretación). Por su parte la verdadera izquierda del cambio esta « acorralada», y la falta de movimiento social reinvindicativo pesa sobre sus capacidades ofensivas y hegemónicas. Al mismo tiempo, nuestro país no está confrontado a las condiciones extremas que azotan a los países del sur de Europa. Nuestra « elitocracia » no desarrolla la misma estrategia. Mas que imponer un plan de austeridad frontal y generalizado - un « blitz » austeritario - a una población donde las clases medias representan todavía una armazón sólida de apoyo por consenso al sistema, aún cuando parecen cada vez más insatisfechas, esa « elitocracia » se encarga de desgastar y deteriorar metódica y concienzudamente al Estado social.

Entrampados en una lenta degradación más que atrapados en la desorientación brutal del sistema, todos aquellos que quieren que la futura Francia sea un país mejor, preocupado de aportar bienestar a la mayoría y una buena vida a todos, capaz de terminar con la injusta repartición de las riquezas y de los recursos – que sigue siendo la principal fuente de conflicto y de violencia en el seno de la población y entre poblaciones – tienen como tarea prepararse para el « momento populista ».

Esta perspectiva exige la elaboración de un discurso capaz de crear una unión amplia en torno a los paradigmas del común, de la justicia y de la redistribución como motores de la prosperidad y del bienestar individual y colectivo. Un discurso así, necesariamente radical en sus exigencias ante las fuerzas dominantes para que contribuyan al bien vivir común, debe acompañarse de una estrategia de acción capaz de poner a la izquierda organizada al servicio de las múltiples demandas políticas y sociales que surgen en todos los sectores de la sociedad, y que le permita actuar en favor del desarrollo de solidaridades concretas con la población.

Abstracto ? En un documento de orientación sometido a debate interno en Die Linke, los dos co-presidentes del partido de la izquierda alemana, Katja Kipping y Bernd Riexinger, proponen precisar la noción de « populismo » de izquierda. Según ellos, el desafío futuro de la izquierda es dar vida a « una política hegemónica de emancipación, a un nuevo populismo de izquierda que aporte simultáneamente un nuevo lenguaje y una nueva actitud ante el conflicto, incluso en la izquierda misma ». Los dos dirigentes agregan : « tenemos que ser capaces de combinar luchas, conflictos de resistencia y desarrollo de perspectivas comunes. Necesitamos nuevos agentes del común que, concientes de las diferencias y de las disparidades temporales, trabajen para encontrar soluciones pragmáticas. Pero esto no es todo, tenemos que escuchar también los ecos de la calle y aprender a hablar y a discutir sin cesar. Por eso » - precisan los autores – « sugerimos una estrategia de apertura en la cual las sedes de nuestro partido podrían por ejemplo ser utilizados como foro por los movimientos sociales. Así, ellos serían el punto de partida para el desarrollo de nuevas formas de organización en nuestros barrios y comunidades locales, con el fin de aumentar la solidaridad y reforzar la cultura de la acogida y de la apropiación de la vida cotidiana. Mediante ese proceso » – concluyen – « podriamos reforzar nuestra propia capacidad de acción y de hacer campaña localmente ». [5] 

Otro populismo es posible. El pueblo es una alianza. Nosotros debemos construirla.

Este texto retoma la intervención del autor en el coloquio « Hegemonía, populismo, emancipación. Perpectivas sobre la filosofía de Ernesto Lacalu (1935-1914) » organizado en Paris el 26 y 27 de mayo 2015.

Presentación de los trabajos : http://www.medelu.org/Hegemonie-populisme-emancipation

Texto en frances : « Un autre populisme est possible »

Traducción : Rosa Gutierrez

Notas

[1] Chantal Mouffe es profesora de teoría politica en el Centre for the Study of Democracy de la Universidad de Westminster de Londres. De sus obras, leer entre otros, Agonistique – Penser politiquement le monde, Beaux-Arts de Paris éditions, Paris 2014. Chantal Mouffe es también la autora de  The Democratic Paradox y de The Return of the Political (ediciones Verso, no traducidos) y co-autora con Ernesto Laclau de Hégémonie et stratégie socialiste – Vers une politique démocratique radicale, Les solitaires intempestifs, Paris 2009. Publicó también recientemente con Iñigo Errejón, dirigente de Podemos, Construir pueblo- Hegemonía  y radicalización de la democracia, Icaria Editorial,  Madrid 2015 .

[2] Tomamos prestado este término al jurista Alain Supiot. Profesor en el Collège de France, titular de la cátedra « Estado social y mundialización. Análisis jurídico de las solidaridades », entre otras obras es autor de L’esprit de Philadelphie, la justice sociale face au marché total, Seuil, 2010. Esta obra explica  por qué la justicia y la solidaridad social son fundamentales para la prosperidad de la sociedad.

[3] Sobre el tema de la soberanía politica y de la democracia económica, leer Serge Halimi, « Comment échapper à la confusion politique ? » Le Monde Diplomatique, mayo 2015.

[4] « Cada niño cuenta. En todas partes, siempre ». Informe alternativo de la UNICEF y de sus asociados en el marco de la audición de Francia  por el comité de derechos de los niños de las Naciones Unidas, junio 2015, (https://unicef.hosting.augure.com/Augure UNICEF.pdf)

[5] Katja Kipping y Bernd Riexinger, « The Coming Democracy :Socialism 2.0 . On the duties and opportunities of a party of the future in the Europe tomorrow », Berlin, 2015. Disponible en inglés en el sitio de Katja Kipping : http://www.katja-kipping.de/de/article/895.the-coming-democracy-socialism-2-0.html.





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