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Pacificación enérgica

Par Anne Vigna  |  14 janvier 2013     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Ante la perspectiva de los Juegos Olímpicos, Río de Janeiro “pacifica” sus favelas, un eufemismo que esconde la naturaleza ambigua de una política dirigida a punta de fusil.

La escena podría suceder en cualquier barrio de la ciudad : una patrulla policial que irrumpe en tromba y agrava un poco más el embotellamiento. Pero hay que estar en una favela “pacificada” de Río de Janeiro para observar cómo una muchacha intenta razonar con el policía, quien le contesta a gritos que conviene “no insistir” porque, después de todo, “aquí nosotros somos los jefes”. Desde 2009, los habitantes de la favela de Pavão-Pavãozinho lo dicen : “El morro ha cambiado de patrón”. Los traficantes le cedieron el lugar a la policía, con lo que las armas y el poder simplemente cambiaron de manos. Se trata, en este caso, del resultado más flagrante de un programa que data de 2008 : la “pacificación” de las favelas. Pero su impacto no siempre es tan negativo.

“Os donos do morro” (los dueños del morro) es el título que eligió el equipo del Laboratorio de Análisis de la Violencia, dirigido por el sociólogo Ignacio Cano, para su estudio sobre la pacificación en Río (publicado en julio de 2012) (1). Los trabajos demuestran que, aunque incompleto e imperfecto, el dispositivo ofrecía resultados indiscutibles en materia de seguridad. “En las trece primeras favelas pacificadas de Río, la cantidad de muertes violentas bajó un 70% y las que producían las intervenciones policiales son hoy cercanas a cero”, nos explica el sociólogo. Crítico desde hace mucho de la violencia de las fuerzas de orden, Cano no podría ser acusado de idolatría securitaria. Y su informe no deja de lado los atropellos policiales y las dudosas elecciones estratégicas : “Hubiera sido mucho más acertado pacificar primero las favelas más violentas. Pero la elección se hizo en función de los grandes eventos deportivos, y no de la realidad de la criminalidad”. El coronel Robson Rodrigues, de la policía militar de Río, una de las cabezas pensantes del proyecto de pacificación, lo reconoce de buena gana, “son los Juegos Olímpicos [JO, previstos para 2016] los que dictan nuestra elección. Incluso diría que, sin esa cita, el proyecto nunca hubiera salido a la luz”.

La pacificación nace de lo que en Río se llama una “coyuntura excepcional” : la ciudad ganó la organización de los JO y, por primera vez, el ex presidente Luiz Inacio Lula da Silva (del Partido de los Trabajadores, de izquierda), el gobernador del Estado, Sergio Cabral (del Partido del Movimiento Democrático Brasileño [PMDB], centroderecha), y el alcalde de Río Eduardo Paes (PMDB) sellaron una alianza política. Hacía tiempo que la lucha contra las facciones criminales de Río casi no producía ningún resultado, a no ser un número cada vez más elevado de muertos, en particular entre los jóvenes negros. Así, en 2005 un grupito de policías fue enviado a Boston para analizar la operación Cease Fire, “Alto el fuego”, realizada en los barrios pobres (y por lo tanto negros) de la ciudad. La idea : crear una unidad de policía de proximidad, a la inversa de las ideas que entre 1994 y 2001 habían defendido el alcalde Nueva York, Rudolph Giuliani, y su “tolerancia cero”. Tanto en Boston como en Río, la policía concentra así sus esfuerzos contra las armas y renuncia a interferir en el tráfico de droga, incluso cuando la tarea se revela más ardua en Brasil, donde también hay que explorar el acceso a territorios donde la policía sólo se aventuraba episódicamente en un desbordamiento de violencia.

La primera operación tuvo lugar en 2008 : ayudado por una agencia de comunicación, Cabral creó el término “pacificación” (que no se utilizaba en Boston). Desde entonces, permanecen algunos símbolos : la policía de elite de los Batallones de Operaciones Especiales (BOPE) –que el filme “Tropa de elite” (2007), uno de los más grandes éxitos comerciales brasileños, hizo célebre– planta su bandera en medio del territorio. Una manera de señalar el “cambio de propietario”. A continuación, el territorio nuevamente conquistado es pasado por un peine fino, una fase que puede durar un año en algunos grandes complejos de favelas, antes de que se instale una Unidad de Policía Pacificadora (UPP). Para evitar la violencia, las operaciones se anuncian por adelantado para que los traficantes y las armas puedan desaparecer. Así, la mayoría de las pacificaciones se desarrollaron sin hacer ni un solo disparo.

Una vez establecida la UPP, se instaura la segunda fase de la pacificación : la UPP social, “un componente esencial sin el cual la política de seguridad no puede ser exitosa”, insiste el coronel Robson Rodrigues. El objetivo es instalar servicios públicos y crear equipos destinados a dinamizar la economía local. “En los papeles, el proyecto es maravilloso, pero en los hechos, hay pocos medios y ninguna democracia”, se lamenta la urbanista Neiva Vieira da Cunha. Se le reprocha a la ciudad construir costosos teleféricos sobre los morros, mientras los habitantes reclaman en primer lugar hospitales y servicios de saneamiento. Por otra parte, los habitantes ya no tienen voz en este tema, puesto que la ciudad expulsa sin miramientos a los habitantes bajo petextos a veces falaces, como el hecho de que habitan en zonas de risesgo. “Todas las favelas podrían ser consideradas en riesgo. En realidad, la ciudad se libera de sus habitantes que viven en las alturas para crear miradores sobre Río. Sólo se burlan de la gente que vive allí desde siempre, como en Santa Marta, la primera en haber sido pacificada”, agrega el urbanista. En la favela Providencia, en lo alto del puerto, los habitantes son expulsados para dejar lugar a un proyecto turístico vinculado con los Juegos Olímpicos. Para sus habitantes, la pacificación tiene un perfume bien amargo.

Sin embargo, ya se evidencian algunos cambios sociales y económicos. Para Cano, es también uno de los efectos más positivos de la pacificación : “La disminución de la estigmatización de las favelas es real ; los habitantes ya no sienten la necesidad de ocultar dónde viven cuando buscan trabajo”. Los habitantes de las favelas pacificadas obtienen por fin empleos formales. ¿Será suficiente para alejar a los jóvenes del tráfico de droga ? “El tráfico no es únicamente una historia de dinero, sino también de poder. Al retirar las armas, la pacificación derribó los bastiones y el tráfico perdió mucho de su atractivo”, estima Rubem Cesar, director de la Organización No Gubernamental Viva Rio, que trabaja en las favelas desde hace veinte años. Un atractivo del que todavía carece la policía, sobre todo cuando se comporta, como es a veces el caso, en “terreno conquistado” y ejerce la misma forma de control social autoritario.  

(1) Laboratório de Análise da Violência, “Os Donos do morro” : uma avaliaçao exploratória do impacto das unidades de polícia pacificadora (upps) no Rio de Janeiro, Universidad Federal de Río de Janeiro, 2012.





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