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Tornados venidos de otras partes

Par Bernard Cassen  |  5 novembre 2015     →    Version imprimable de cet article Imprimer

Hay momentos en los que la historia en construcción se asemeja a una serie de campos minados cuya lista podemos, racionalmente, establecer con nitidez. Estamos en uno de esos momentos.

La novedad, a causa de la globalización acelerada, es que esos campos están interconectados de uno u otro modo y que, aun sin vínculo alguno –material o inmaterial–, la deflagración de una carga explosiva en uno de ellos puede provocar otra a miles de kilómetros de distancia. En definitiva, se trata de una declinación de la “teoría del caos” que puede tomar formas militares, políticas, económicas o financieras y, a menudo, resulta ser una combinación de varios de esos factores. Nos recuerda que el meteorólogo estadounidense Edward Lorenz, en 1972, resumió metafóricamente dicha teoría en una interrogación que cosechó gran éxito mucho más allá de su disciplina científica : “¿Puede el aleteo de una mariposa en Brasil provocar un tornado en Texas ?”.

Del mar de China a Siria, pasando por los territorios palestinos y –en otro nivel– por las políticas de austeridad en Europa, hay cada vez más aleteos de mariposa de esta índole en todo el mundo. Si bien los tornados de todo tipo que estos ya desatan –sin hablar de los que vemos venir– son de una violencia creciente, resulta necesario relativizarlos con respecto a aquellos, apocalípticos, que el calentamiento global permite vislumbrar.

Debido a su historia, notoriamente colonial, y a su situación geográfica, Europa es la región del mundo en la que las conmociones procedentes del exterior, hoy por hoy de Oriente Próximo con las olas de refugiados, son las que más incidencia política y social tienen en las sociedades locales, hasta el punto de hacer de la inmigración un tema electoral prioritario que hace las delicias de los partidos de extrema derecha. No obstante, esos flujos son de una amplitud muy modesta –de alrededor de 332.000 en 2015 para una población de la Unión Europea (UE) de más de 500 millones de habitantes– en comparación con los 628.000 refugiados en Jordania, el 1.147.000 en Líbano y los casi 2 millones en Turquía.

Podemos preguntarnos los motivos de semejante vulnerabilidad europea, ya que, vista desde afuera, la UE, con sus 28 Estados miembros, parece tener las condiciones ideales para salirse de su postura defensiva en todos los ámbitos, cuando no anda a remolque de Estados Unidos. Dispone de todos los medios para ejercer peso de forma positiva en los grandes temas mundiales, para amortiguar el impacto de los tornados llegados de otras partes y para invertir la curva del pesimismo generalizado. Es, en efecto, globalmente rica, científicamente avanzada, heredera de una larga tradición democrática y dotada de una significativa población crítica en términos demográficos.

Una de las explicaciones de esta paradoja es la brecha entre las buenas intenciones proclamadas hacia el resto del mundo y la realidad concreta de las políticas de la UE. Este doble discurso no engaña a nadie –en todo caso, no a las víctimas de la austeridad impuesta por Berlín, Fráncfort y Bruselas– y le resta toda credibilidad a los que lo apoyan.

A ese respecto, Angela Merkel tiene que tener mucha desfachatez para decir, tal y como lo hizo en Berlín el pasado 15 de octubre para defender la apertura de las fronteras a los refugiados –la cual dista mucho de basarse únicamente en motivaciones humanitarias y se debe, en gran parte, al envejecimiento de la población alemana–, que “hace falta una Europa solidaria, cualquier otra opción está abocada al fracaso”. La Canciller tiene una concepción selectiva de la solidaridad : los griegos lo saben muy bien… 





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