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¿Un chavismo sin Chávez en Venezuela ?

Par Steve Ellner  |  11 octobre 2012     →    Version imprimable de cet article Imprimer

A pesar de una persistente inseguridad y de una economía muy dependiente del petróleo, los programas sociales y nacionalizaciones implementados por Hugo Chávez han producido cambios profundos en Venezuela. El Presidente disfruta de un apoyo popular intacto tras trece años en el poder y parece estar bien situado para vencer en el escrutinio del 7 de octubre. No obstante, si Chávez decidiera retirarse del poder, ¿se detendría la dinámica que él ha impulsado ?

Un favor siempre se obtiene a cambio de otro favor”, reconoce Joanna Figueroa. Esta habitante de Viñedo, un barrio popular de la ciudad costera de Barcelona, en el este de Venezuela, prometió militar por la reelección de Hugo Chávez desde el momento en que el Estado le proveyó un techo en el marco de la “Gran misión vivienda”, un ambicioso programa de viviendas sociales. Ella misma construyó su casa, junto con un “equipo de trabajadores” compuesto por un albañil, un plomero y un electricista asignados por el consejo comunal. Su trabajo consistía en mezclar el cemento. “Amor con amor se paga”, profesa, retomando la divisa vigente entre los adeptos de Chávez. El éxito de este eslogan, que se oye un poco en todo el país, da muestras del vínculo emocional que aún existe entre muchos venezolanos y su presidente.

El escrutinio del 7 de octubre próximo cristaliza intereses considerables. Aunque al candidato de la oposición, Henrique Capriles Radonski, le guste presentarse como un renovador sin prejuicios ideológicos, no deja de pertenecer al partido conservador Primero Justicia (PJ), que defiende los intereses de los inversores privados y considera con desconfianza cualquier intervención del Estado en la economía. Sin embargo, la oposición se ha calmado después de su golpe de Estado fallido de 2002 y de su decisión, tomada por despecho y sobre la marcha, de boicotear las elecciones nacionales. Hoy, sus dirigentes participan en el proceso electoral y manifiestan su ferviente apoyo a la Constitución de 1999, adoptada con una aplastante mayoría de los votos y que ellos habían rechazado en aquel momento. Incluso lograron nuclearse detrás de un candidato común, designado en febrero último a través de una elección primaria.

El balance positivo de la Misión Vivienda, que está dando un techo a miles de hogares modestos haciéndolos participar, al mismo tiempo, en el desarrollo del programa a escala barrial, probablemente no sea ajeno a la persistente popularidad de Chávez, que sigue liderando las encuestas. Por más que la oposición se jacte de que la victoria es suya, está empezando a verse cierto desánimo. El director de prensa Rafael Poleo, figura influyente de la derecha y enemigo encarnizado de Chávez, recientemente desaprobó la candidatura de Capriles por considerarla “incapaz de llegar a cualquier lado”. La declaración tenía lugar después de la publicación en mayo de un estudio de opinión que otorgaba el 43,6% de los votos al presidente saliente, contra solo un 27,7% a Capriles. El balance de la gestión de Chávez obtenía, por otra parte, un 62% de opiniones favorables. Un trago tanto más amargo cuanto que el autor de la encuesta, el Instituto Datanalisis, pertenece a un fiel de la oposición, Vicente León.

La popularidad de la que parece gozar Chávez tiene motivos para sorprender, habida cuenta de sus trece años en el poder y del hastío que semejante longevidad instala necesariamente en la opinión. Asimismo, su candidatura podría verse perjudicada por las incertidumbres relacionadas con su cáncer, que se hizo público el 30 de junio de 2011 (aunque no se develó ni la localización ni la gravedad de la enfermedad). Por otra parte, la oposición no dejó de denunciar la imprevisión del presidente, quien se abstuvo de designar a un reemplazante capaz de asegurar la continuidad del poder en caso de vacancia precipitada. Tanto dentro como fuera del país, los medios cercanos al mundo de los negocios explotan con gusto los problemas de salud del jefe de Estado venezolano para reducir sus probabilidades de una reelección. Como indica un estudio realizado por el periodista Keane Bhatt, el duelo bajo los trópicos entre “la fragilidad de Chávez” y la “energía juvenil” de Capriles se ha impuesto como un clásico en la producción de Reuters, de Associated Press o del Miami Herald. (1)

La irrupción de la enfermedad también reaviva la espinosa cuestión del liderazgo dentro del movimiento de Chávez, que está empezando a reconocer que la concentración del poder en sus manos no presenta únicamente ventajas : mientras que sus ministros van y vienen, el presidente –cuyo retrato adorna la cuasi totalidad de los afiches bolivarianos– reina como la única encarnación de un proceso político que parece depender enteramente de él.

Durante una visita a Brasil, en abril de 2010, un periodista le preguntó a Chávez si algún día pensaba ceder el lugar a otro dirigente : “No tengo sucesor a la vista”, respondió este. ¿Aún sigue siendo así hoy ? El año pasado, le admitió a uno de sus antiguos asesores, el profesor universitario español Juan Carlos Monedero, que acababa de ponerlo en guardia contra los peligros de un “hyper-leadership” en Venezuela : “Tengo que aprender a delegar más el poder”. En los períodos en los que sus tratamientos lo alejaban de sus funciones, varios responsables políticos llenaron el vacío y emergieron como posibles sucesores. Especialmente el actual ministro de Asuntos Exteriores, Nicolás Maduro, un ex dirigente sindical que presidió la comisión encargada de la nueva legislación laboral y que cuenta con un sólido apoyo dentro de las organizaciones de trabajadores. O también el vicepresidente ejecutivo, Elias Jaua, muy popular entre la base militante del movimiento chavista. Sin olvidar al presidente de la Asamblea Nacional, el pragmático Diosdado Cabello, un ex teniente que tiene un sólido apoyo dentro del ejército. Fuera de la omnipresente tutela de Chávez, “algunos de nosotros pensábamos que iba a ser difícil continuar con el proceso –explicaba el ex asesor Monedero en mayo último–. Actualmente, no tenemos más ese temor, ya que hay docenas de personas que podrían continuar el trabajo sin el más mínimo problema”.

De haber un tercer mandato, el futuro político de Chávez seguramente dependerá de la aptitud de su equipo para profundizar los cambios introducidos, para elaborar nuevos programas sociales capaces de revigorizar la base popular y para luchar contra la inseguridad (2). El camino ya recorrido no impide que se considere esta posibilidad. Elegido por primea vez en diciembre de 1998 gracias a un programa moderado concebido para borrar la imagen belicosa a la que había quedado pegado después de su tentativa de 1992, el antiguo alborotador de la Academia Militar de Caracas se había apurado a hacer votar una nueva Constitución, a lanzar una vasta reforma agraria y a renovar por completo la legislación social y económica. En 2005, proclamó su conversión al socialismo y nacionalizó los sectores estratégicos de la economía, como las telecomunicaciones, los bancos, la electricidad y el acero. A partir de 2009, la “revolución bolivariana” extendió su control a empresas más pequeñas, pero cruciales para la vida cotidiana de la población. Acompañada de una escalada verbal contra la “burguesía”, la “oligarquía” y el “imperialismo estadounidense”, esta política de expropiación, no obstante, persigue un objetivo menos polémico : garantizar la soberanía alimentaria del país.

Hoy, algunos bienes de primera necesidad como el arroz, el café, el aceite o la leche se producen en el país a través de una red de empresas públicas y están disponibles a precios accesibles. En junio último, Venezuela inauguró, incluso, su primera línea de fabricación de mayonesa a base de aceite de girasol. La implementación de nuevos servicios públicos reconocidos como competitivos –alimentos, bancos, telecomunicaciones– sugiere que un Estado no es necesariamente incompetente para administrar empresas. La demostración es menos sólida en el caso de las industrias pesadas como el acero, el aluminio o el cemento, siempre sujetas a conflictos sociales y a las fallas de la red comercial. Al asegurar él mismo la venta de los materiales de construcción a los barrios que los necesitan, sin pasar por intermediarios preocupados por sus márgenes de ganancia, el Gobierno espera resolver al menos una parte del problema. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de la ONU, la tasa de pobreza en Venezuela bajó un 21% entre 1999 y 2010. Pero ese comienzo de redistribución en beneficio de los más modestos no alegra a las clases medias, que siguen siendo mayormente hostiles al presidente saliente. Si bien las encuestas otorgan a este último una ventaja de veinte puntos sobre su rival, las proporciones se invierten en cuanto nos acercamos a los barrios caros. Entre los más ricos, el elogio del bolivarianismo suele suscitar una hostilidad visceral, ligada al terror –sabiamente alimentado por la oposición y los medios patronales– de que el Gobierno termine prohibiendo algún día la propiedad privada. A lo cual se suma, en ciertos casos, un resentimiento hacia los pobres, que parecen acaparar para sí toda la generosidad del Estado. Sin embargo, el Gobierno no ha escatimado los gestos en favor de las clases medias y altas, como la instauración de una tasa de cambio preferencial para los viajes al extranjero.

Mientras que Chávez parece querer despegarse de algunas exageraciones del pasado, Capriles juega claramente la carta del hombre de la renovación. No deja pasar una sola ocasión sin recordar que tiene solo 40 años y que, por lo tanto, no es responsable de las políticas calamitosas infligidas a los venezolanos antes de 1998 (aunque los partidos que estaban en el poder en aquel entonces hoy le dan su apoyo). En sus discursos, suele asociar la “manera antigua de hacer política” con los episodios de intolerancia y polarización que han marcado el país, tanto antes como después de la llegada al poder de Chávez. Defendiéndose del sectarismo, promete no eliminar los programas sociales del Gobierno actual, sino, al contrario, mejorarlos. Por ejemplo, propone hacer votar una nueva ley, bautizada “Misiones para todos por igual”, que garantizaría a los ciudadanos de todas las tendencias y todas las etiquetas políticas las mismas condiciones de acceso a los programas sociales. El 1 de febrero de 2011, entrevistado por una cadena de televisión privada, explicaba : “Lo positivo del balance de Chávez es que ha vuelto a poner a la orden del día la cuestión de la lucha contra la pobreza. Pero ahora hay que ir más lejos y superar los simples discursos para terminar con ese mal”.

Sin ninguna duda –los números de la CEPAL lo sugieren, por otra parte–, los programas sociales del Gobierno venezolano no se basan en “simples discursos”. Pero las palabras de Capriles (que corroboran las de Teodoro Petkoff, un ex guerrillero que hoy es portavoz del establishment local) representan una forma de victoria ideológica para Chávez. Asimismo, revelan que, para el candidato de la oposición, el antiguo teniente coronel podría no ser ese loco dictador que los medios privados denuncian desde hace años.

Si bien la oposición ya no cuestiona la eficacia de la política social bolivariana, Chávez y Capriles, en cambio, adoptan posiciones diametralmente opuestas en materia de política económica. La cuestión que enfrenta a los dos bandos con la mayor virulencia es la de las expropiaciones. Para los adeptos a Chávez, la expropiación es una herramienta para construir una economía mixta para el interés general, en especial en los sectores de la construcción, los bancos y la alimentación : al atacar vivamente el control de los monopolios privados sobre esos sectores vitales, el Estado ha puesto fin a las penurias artificiales que antes sufrían los consumidores. “¿Cómo es posible que esta vez no se observe ninguna de las penurias que azotaron al país durante cada período electoral pasado ? –se interrogaba el diputado Irán Aguilera, cercano a Chávez–. Porque las empresas estatales llenan el vacío creado por el sector privado con fines políticos”.

Por su parte, la oposición se propone devolver lo antes posible al sector privado sus derechos inalienables. “No tengo la intención de pelearme con los empresarios ni con quien sea a este respecto”, admite Capriles con franqueza. El favorito de los empresarios esgrime que las empresas controladas por el Estado han sufrido una caída en su producción, aunque sin proporcionar estadísticas que apoyen esta tesis. Prefiere poner el acento en el gran regreso de los inversores extranjeros, esperando que su cuerno de la abundancia le permita cumplir su principal promesa : la creación de tres millones de empleos en seis años. La ortodoxia liberal que impregna su programa también afecta la seguridad social, que ya no estaría controlada por el Estado, sino por un sistema mixto que favorecería el “ahorro individual y voluntario”. La Mesa de la Unidad Democrática (MUD), coalición heteróclita formada por los partidos que apoyan a Capriles, reclama, por su parte, una “flexibilización” de la ley que regula el control del Estado sobre la industria petrolera “a fin de promover la competencia y la participación del sector privado” (3).

Más allá de sus deseos de sumar adeptos, no es seguro que el candidato antichavista pueda seducir más allá de las clases medias que componen la base de su propio partido, el PJ. Primero, porque proviene de una familia de empresarios que han hecho fortuna en los sectores más variados, del inmobiliario a la industria, pasando por los medios de comunicación : un perfil poco habitual dentro de la clase política venezolana. Luego, Capriles es el ex alcalde de Baruta, un gueto selecto de la aglomeración de Caracas. No es seguro que la imagen modesta y juvenil que intenta dar de sí mismo alcance para contrabalancear semejante currículum entre los electores menos favorecidos, por más hartos que estén de Chávez.

El dirigente de la oposición no siempre es ayudado por sus propias tropas. Recientemente, el MUD atacó vivamente la Misión Vivienda, calificando de “fraude” y de “fracaso” la expropiación de los terrenos destinados a la construcción de viviendas sociales. Una ofensiva arriesgada, tratándose del programa estatal más popular del Gobierno de Chávez. Según el ministro de Información, Andrés Izarra, ya se han alcanzado los primeros objetivos, con la construcción de doscientas mil viviendas desde el lanzamiento del plan, en 2011.

Siempre ligado a su pasado militar, Chávez lo presentó como una “guerra” que debía movilizar al conjunto del Gobierno y del movimiento bolivariano. En algunos barrios, los estudiantes reciben una beca para formar “brigadas” encargadas de construir las casas. Pero el papel principal lo tienen los cerca de treinta mil consejos comunales creados desde 2006. Ellos son quienes reclutan a los trabajadores, calificados o no, y quienes seleccionan a los beneficiarios del programa. El contrato para pasar “del tugurio a una vivienda digna” estipula en qué lugar y según qué normas debe edificarse la nueva casa. Cada trabajador recibe su salario al final de la obra, bajo la forma de un cheque emitido por un banco nacionalizado, pues los pagos en efectivo dieron lugar a malversaciones en el pasado. Por otra parte, se han tomado medidas para evitar la reventa especulativa de las viviendas. “Este es un proceso de aprendizaje, donde los errores cometidos anteriormente por falta de control se van corrigiendo sobre la marcha”, nos explica Leandro Rodríguez, del Comité de Participación Ciudadana del Congreso Nacional.

Chávez eligió oportunamente la fecha del 1 de mayo, en plena campaña electoral, para promulgar la nueva Ley Orgánica del Trabajo, última gran iniciativa de su mandato. Los progresos que esta aporta no son menores : reducción del tiempo de trabajo a cuarenta horas semanales (contra cuarenta y cuatro anteriormente), prohibición de la subcontratación en favor de empleos estables, extensión de la licencia por maternidad a veintiséis semanas (contra dieciocho anteriormente). El texto también restablece el antiguo sistema de indemnizaciones por despido, eliminado en 1997 por el gobierno liberal de aquel entonces. De ahora en adelante, el trabajador despedido recibirá una indemnización que corresponderá al monto de su salario mensual multiplicado por el número de años que trabajó en la empresa, una reivindicación de larga data de los sindicatos venezolanos. Capriles manifestó su desacuerdo con esta nueva legislación, arguyendo que no resolvía el problema del desempleo ni la suerte de los trabajadores clandestinos privados de protección social. Luego precisó la naturaleza de su queja : “Chávez sacó esa ley de la galera para que lo ayude a ganar el 7 de octubre”.

El resultado del escrutinio tendrá un impacto mayor en toda la región sudamericana. Capriles ya prometió restaurar relaciones amistosas con Estados Unidos, mientras que otros miembros de la oposición anunciaban una revisión completa de los programas de ayuda y cooperación establecidos entre Venezuela y algunos de sus vecinos. También está previsto un acuerdo de ese tipo con China, la cual proporcionaría créditos baratos a cambio de petróleo. Por último, durante la visita del presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad a Caracas, en junio último, Capriles no perdió la oportunidad de denunciar la insólita alianza con Teherán y exigió que el Gobierno “mejor se ocupe de los intereses de Venezuela creando empleos para los venezolanos”.

El activismo panamericano de Chávez se concretó a través de la creación de varios organismos supranacionales : la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) –presidida por su confidente, Alí Rodríguez Araque–, la Comunidad de Estados ­Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), fundada en Caracas en diciembre último y, por último, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP), que reúne, entre otros, a Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador y Nicaragua (4). En junio último, por instigación de Chávez, el bloque latinoamericano condenó vigorosamente la destitución ilegal del presidente paraguayo –de izquierda– Fernando Lugo, y denunció la inercia de Washington y del organismo controlado por este, la Organización de los Estados Americanos (OEA). La respuesta inmediata del presidente venezolano (retiro de su embajador en Paraguay, suspensión de las entregas de petróleo) le valió, ahí también, las reprimendas de Capriles.

Ante la perspectiva de una alternancia en Caracas, una febril impaciencia se ha apoderado de Washington. Para la Casa Blanca, y para la clase política estadounidense en su inmensa mayoría, Chávez sigue siendo el enemigo público número uno en esta parte del globo. Tres semanas antes de dejar la presidencia del Banco Mundial, en junio último, Robert Zoellick resumía la esperanza general : “Los días de Chávez están contados”. Y predecía con regocijo que, privados de la ayuda venezolana, algunos países como Cuba y Nicaragua vivirán pronto “tiempos difíciles”. Este escenario soñado, agrega Zoellick, brindaría “una oportunidad para transformar el hemisferio occidental en el primer hemisferio democrático”, en oposición al “santuario de los golpes de Estado, los caudillos y la cocaína” que encarna, en su opinión, la pesadilla bolivariana. A principios de 2012, el ensayista Michael Penfold advertía en la revista Foreign Affairs : “Si Chávez gana en octubre, gran parte de la oposición política venezolana quedará reducida. En muchos aspectos, será como volver a la casilla inicial” (5).

Aun entre los especialistas de América Latina, las comparaciones entre el presidente venezolano y sus homólogos de igual tendencia rara vez son ventajosas para él. En un libro dedicado al auge de los movimientos de izquierda sudamericanos, los investigadores Maxwell Cameron y Kenneth Sharpe describen a Chávez con los rasgos de un déspota encarnizado en “desmantelar las instituciones políticas del Estado” y en “crear un partido oficial sometido a él”, mientras que el presidente boliviano Evo Morales simbolizaría “un movimiento político en el cual la función del dirigente no consiste en monopolizar el poder” (6).

Solo unos pocos intelectuales consideran que Chávez ha hecho un trabajo mejor que sus homólogos de Bolivia, Ecuador u otros países. Jeffrey Webber, un profesor universitario comprometido, coautor de otro libro sobre las izquierdas sudamericanas, califica a Morales de “neoliberal reconstruido”, pero aplaude a Chávez por haber “revivificado la crítica del neoliberalismo y haber vuelto a poner a la orden del día el debate sobre el socialismo” (7). No sin razón, los políticos y los observadores de todas las tendencias tienden a reservar un trato particular para el régimen venezolano. Grandes expropiaciones, programas de cooperación en beneficio de los países vecinos más pobres, etc. : pocos Gobiernos del mundo pueden jactarse de haber impulsado reformas tan audaces, o expoliadoras, según el punto de vista.

Una nueva victoria de Chávez en octubre podría acelerar la dinámica de transformación social que está en curso en Venezuela. Su programa “para la gestión bolivariana y socialista 2013-2019” preconiza una intervención más masiva del Estado en los sectores del comercio y el transporte a través de “centros de distribución local para la venta directa de productos” que eliminaría los intermediarios y volvería caduco el modelo de la gran distribución dominante en el resto del mundo.

Otro objetivo es extender los poderes democráticos que ejercen los consejos comunales. Cientos de “comunas en construcción” a lo largo del país –que agrupan, cada una, unos doce consejos comunales o más– garantizarían ellas mismas los servicios de utilidad pública como la distribución del gas o el agua. En total, las nuevas comunas representarían a un 68% de la población. Dispondrían de las mismas prerrogativas que el Estado y los municipios, en especial para la elaboración de los presupuestos, la planificación y la recaudación de impuestos.

A una escala más amplia, la reelección de Chávez consolidaría la “correa de izquierda” que atraviesa América Latina y restringiría aún más la esfera de influencia de Estados Unidos. El avance de las izquierdas sudamericanas durante las últimas décadas ha favorecido los procesos de unión en el plano del continente. Si bien la derecha ganó las elecciones en Chile en 2009, no hubo que esperar demasiado para ver derrumbarse la popularidad del presidente Sebastián Piñera. El año siguiente, la victoria en Colombia del centrista Juan Manuel Santos auguraba una desventura similar, pero el nuevo presidente pronto se sumó a la causa de una unión latinoamericana reivindicada por la izquierda, dándose incluso el lujo de hacer frente a Washington sobre varias cuestiones clave. Solo Paraguay, después de la caída de Lugo, camina actualmente a contracorriente de sus vecinos.

Pero, nuevamente, es en Venezuela donde el escrutinio de octubre cobra su significado más decisivo. La derrota de Chávez tendría como consecuencia –más allá de lo que diga su rival– el devolver al país a la situación que conocía antes de 1998. Un nuevo mandato elevaría su reinado a dieciocho años ; es mucho, tal vez demasiado. Sin embargo, la transformación social de un país en un periodo tan largo, bajo la conducción de un jefe de Estado elegido democráticamente, representaría una experiencia sin igual en la historia. 

 

(1) Keane Bhatt, “Our man in Caracas : The U.S. media and Henrique Capriles”, Nacla, 18 de junio de 2012, www.nacla.org.

(2) Léase Maurice Lemoine, “El desafío de la Policía Nacional Bolivariana”, Le Monde diplomatique en español, octubre de 2010.

(3) VenEconomía, Caracas, vol. 29, n° 6, marzo de 2012, p. 2.

(4) Steve Ellner, “Latin American unity takes center stage at Cartagena summit”, Nacla, julio-septiembre de 2012.

(5) Michael Penfold, “Capriles Radonski and the new Venezuelan opposition”, Foreign Affairs, 26 de enero de 2012, www.foreignaffairs.com.

(6) Maxwell Cameron, Kenneth Sharpe, “Andean Left Turns. Constituent Power and Constitution Making”, en Latin America’s Left Turns. Politics, Policies and Trajectories of Change, Lynne Rienner Publishers, Boulder, 2010, pp. 68 y 74.

(7) Jeffery Webber, “Venezuela under Chávez. The prospects and limitations of twenty-first century socialism, 1999-2009”, Socialist Studies/Etudes Socialistes, Victoria (Canadá), 2010 ; Webber, “From left-indigenous insurrection to reconstituted neoliberalism in Bolivia”, en Barry Carr and Webber (bajo la dir. de), The New Latin American Left. Cracks in the Empire, Rowman and Littlefield, Lanham (Maryland), 2012.





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